Juan Urrutia, el autor y el economista
Las principales características del CAPITALISMO QUE VIENE han sido ya establecidas en algunos casos, y sugeridas en otros, en los capítulos anteriores. Falta sin duda un hilo que las engarce y a ello dedicaré el EPILOGO de esta obra en el que trataré de explicar que en el futuro próximo, en un mundo globalizado, con enorme peso de la economía digital y en pleno auge de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el capitalismo será un eficiente mecanismo de disipación de rentas (en sentido técnico) y funcionará de tal manera que los peligros de un terrorismo internacional (que quizá lo que pretende es la eliminación de rentas de manera abrupta) se disiparán también.
Pero antes de abordar este colofón al razonamiento que he intentado desplegar, creo que es bueno tratar de cerrar algún tema que permanece abierto y problemático como es el del individualismo así como preguntarnos en qué medida este capitalismo que he dibujado es compatible con el Estado del Bienestar o resuena en la misma frecuencia de algunas ideas recientes sobre felicidad que van encontrando su sitio en el entramado teórico-económico. La manera en que pretendo enfrentarme a estas ideas es un contexto específico, el del Humanismo, en cuyo marco pretendo indagar a efectos de contestarme en qué medida la Teoría Económica y el Capitalismo pueden ser considerados en algún sentido como un Humanismo.
Bajo el título pomposo de Capitalismo y Humanismo me gustaría discutir dos temas que, además de ser apropiados para ir terminando con la parte IV de este volumen, están relacionados entre sí, no dejan de ser interesantes en sí mismos y permiten notar claramente el contraste entre el capitalismo de ayer y el capitalismo al que nos dirigimos. Estos dos tema se pueden expresar mediante dos preguntas: ¿Es la Ciencia Económica un Humanismo?, ¿Es el Capitalismo que viene el entorno adecuado para que florezca el Humanismo?
En cuanto a lo que es la Ciencia Económica o lo que es el Capitalismo creo que podemos prescindir de investigaciones ulteriores una vez que hemos tenido ocasiones más que sobradas de acercarnos de una manera impresionista a la Ciencia Económica y una vez que el Capitalismo ha sido tomado como tema central de este trabajo. Ahora bien lo que es el Humanismo es algo que necesitaría ser elucidado. En el primer apartado avanzaremos un cierto trecho en esa dirección reflexionando sobre nociones alternativas del Humanismo de forma que nos sea permitido contestar al primer interrogante. Sin embargo es conveniente fijar desde ahora tres características sin cuyo examen no podrá decidirse si la Ciencia Económica es o no un Humanismo y cuyas condiciones de posibilidad condicionarán nuestra respuesta acerca de la viabilidad del Humanismo en el seno del Capitalismo, especialmente de ese Capitalismo que he argüido está a la vuelta de la esquina.
Las tres características a las que me refiero son bien conocidas y pueden expresarse de diferentes maneras al tiempo que pueden seguirse sus implicaciones hasta allí donde queramos. La primera hace referencia a que no hay Humanismo sin una consideración del hombre concreto y libre. Cualquier idea, propuesta, política o consideración que sólo proceda en base a una idea abstracta del hombre -de forma que se puede intercambiar, pesar, medir, etc- no es propiamente humanística, como tampoco lo sería si considerara que ese hombre concreto no es libre en sus decisiones.
La segunda característica definitoria del Humanismo es el antropocentrismo. Ese hombre concreto no está perdido en los confines del universo sino que ocupa el centro de lo existente. El resto de lo creado está ahí para ser descubierto, entendido y aprovechado a favor de ese hombre concreto. De ahí surge la tercera característica propia del Humanismo. Consiste ésta en que ese hombre libre y concreto a cuyo alrededor gira todo puede no sólo conocer su entorno sino modificarlo en su propio beneficio. Estas tres características deberán ser repensadas a la luz de esas novedades intelectuales relativas al agente individual a las que hemos hecho referencia extensa en la primera parte de este trabajo.
Cabe de momento adelantar unas respuestas vagas a las dos preguntas planteadas. La Ciencia Económica, tal como la conocemos hoy, no está lejos de poder presentarse como un Humanismo que cumple las tres características mencionadas o está en camino de hacerlo. En cuanto al Capitalismo al que nos lleva la conjunción de esa Ciencia Económica y las novedades tecnológicas y globalizadoras que he estado considerando, la respuesta tiene que ser mucho más matizada, y no dejan de vislumbrarse algunas tendencias que nos llevarían a imaginar al hombre como algo "repe" que configura inconscientemente el mundo mientras es constituido por éste y cuya capacidad de modificar la naturaleza o su correlato social es más bien limitado. En las dos secciones que siguen trato de justificar y conectar estas dos conclusiones de momento poco precisas.
En la primera sección hablaré sobre la posibilidad de considerar a la Teoría Económica como un saber que tiene características humanistas. Para ello tendré que volver atrás y repasar ideas sobre el agente individual que han sido expuestas en capítulos anteriores y ello porque difícilmente podremos hablar de Humanismo sin enfrentarnos a la noción de individuo. En la segunda sección, sin embargo estudiaré el sistema capitalista, tal como lo he dibujado hasta ahora, para tratar de argüir en qué sentido, si alguno, podríamos hablar de él como humanista, habida cuenta de algunos temas interrelacionados como el de la innovación acelerada, la felicidad, la igualdad de oportunidades y el Estado del Bienestar1
Desde la "muerte de Dios" hace más de un siglo, hasta la "muerte del sujeto" que le sigue, lo prestigioso intelectualmente es no conformar un Humanismo. El marxismo, el existencialismo y el cristianismo son ambiguos al respecto. El joven Marx podría dar origen a un Humanismo negado en El Capital. Sartre afirma que el existencialismo es un Humanismo de una forma criticada por el radical Heidegger y el cristianismo oscila entre la búsqueda de potencia teológica y el cuidado humanista de un hermano2.
La lingüística inventó la noción de estructura y la aplicación de esas ideas a distintos campos, como por ejemplo, el antropológico, creó el estructuralismo como proyecto intelectual en donde el hombre no es el protagonista. El post-estructuralismo posmoderno problematiza la noción de estructura pero de ninguna manera recupera la centralidad del ser humano. Ante este giro intelectual ¿qué podemos decir de la Ciencia Económica?. Tomando a la Teoría Económica como el corazón de esa Ciencia Económica, nos preguntamos por lo tanto si la Teoría Económica puede considerarse un Humanismo.
Como ya he dicho, contestar a esa pregunta exigiría precisiones respecto a lo que entendemos por Teoría Económica y lo que se entiende por Humanismo. Sin embargo en lugar de comenzar delimitando ambos conceptos es más ágil, y en el fondo más fructífero, confrontar una situación en cuyo contexto la pregunta tenga sentido y sea relevante. Pensemos pues en el movimiento antiglobalizador y pongámonos en situación. Coloquémonos en medio de una batalla campal entre policía y manifestantes en la que se escenifica una lucha virtual entre las delegaciones de los países miembros del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que abarrotaban el centro de reuniones en Seattle, Washington, Melbourn, Praga, Génova, etc, y los manifestantes pertenecientes a diversas organizaciones no gubernamentales que pretenden asediarlo o incluso invadirlo.
En el caso de Praga (que tomaré como ejemplo) los días anteriores se habían hecho verdaderos esfuerzos por acercar posiciones entre los directores de esos dos organismos multinacionales mencionados y las ONGs menos anárquicas y belicosas. Esfuerzos éstos tan loables como inútiles ya que no pudieron evitar los alborotos y la clausura precipitada de la asamblea.
Ubiquémonos ahora en cualquiera de los bandos que pugnaban en Praga y tratemos de aislar las diferencias básicas que los separan. Los de dentro tienen una concepción abstracta del ser humano. Los de fuera sienten al ser humano en concreto y sus protestas y exabruptos van dirigidos a denunciar la insensibilidad y la inhumanidad de los apologistas de la globalización y el libre mercado, últimos responsables, según ellos, del sufrimiento observado.
No es que entre los funcionarios del Fondo o del Banco no haya quien sufre con los pobres; no es que entre los anarquistas antiglobalización no haya quien tiene una concepción abstracta del hombre. No es eso en efecto; pero sí es cierto que la confrontación entre unos y otros, los de fuera y los de dentro, podría quedar bastante bien captada por la contraposición entre un pensamiento humanista y otro que no lo es. De ahí que la pregunta sobre el Humanismo de la Teoría Económica no sea trivial o puramente retórica. De su respuesta depende quizá que organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales puedan entenderse y colaborar en la erradicación de la pobreza (a la que nos acabamos de referir en el capítulo anterior) y del sufrimiento masivo de seres humanos. Trataré pues de perfilar la pregunta pero sin divagaciones excesivas y siguiendo siempre como hilo conductor la confrontación descrita en el caso de Praga en el 2000.
Para conseguir el objetivo así descrito iré paso a paso. Me preguntaré en primer lugar si la Teoría Económica deja traslucir una concepción específica del hombre y si esa posible concepción se corresponde con el comportamiento humano generalmente observado. En segundo lugar exploraré las relaciones que existen entre la Economía y lo que se suele denominar las Humanidades. Terminaré esta sección con un comentario sobre la concepción postmoderna de lo que es el individuo.
Para empezar por lo más fácil es conveniente preguntarse cómo son los economistas como seres humanos y cómo son los seres humanos modelados por los economistas. En general el economista "goza" de una imagen social fría y distante propia de una ingeniería social pero, para empezar a defender a los economistas de la acusación de inhumanidad, no se trata de dilucidar si los economistas son o no son maridos fieles, amantes fogosos, padres ejemplares o ciudadanos responsables o si por el contrario son un desastre en todos los ámbitos de lo humano. Hay economistas de todos los pelajes; pero lo que sí parece cierto es que difícilmente encontramos a un economista como protagonista de una obra literaria o como figura ejemplar de algún rasgo humano3.
Hay, sin embargo, una constatación que, aunque produce un escalofrío y constituye un escollo en mi estrategia, es imposible soslayar. En experimentos económicos en los que, por ejemplo, se hace jugar el dilema del prisionero o el juego del ultimatum a sujetos experimentales entre los que hay economistas se ha observado que éstos, los economistas, tienen un comportamiento diferenciado. Cooperan menos a menudo que otros en el primer juego y se alejan más de la división igual en el segundo. Cabría pensar que los economistas son por formación menos fraternales y menos justos que otros profesionales; pero lo más sensato a mi juicio no es pensar así sino constatar que conocen el juego mejor que otros y que saben cual es la solución, no muy humana, que la racionalidad impone. No es necesario añadir que ninguno de los dos experimentos citados implica que, en situaciones reales, los economistas se vayan a comportar como lo hacen en el laboratorio.
En cualquier caso estos experimentos que acabo de mencionar revelan que el ser humano en general es más solidario y más equitativo que el hombre modelado por la ciencia económica. Esta constatación nos llevaría a pensar que la economía no sabe captar al ser humano en toda su extensión o en toda su complejidad y, en consecuencia, a aventurar la idea de que la economía no es, o no configura, un Humanismo. Quizá sea así; pero yo creo que esta respuesta es prematura.
En efecto para perfilar la respuesta sobre la naturaleza humanística de la Economía no se trata de saber si los agentes económicos racionales modelados por los economistas teóricos son una caricatura excesivamente simplificadora de los hombres y mujeres que diariamente toman sus decisiones en el mundo real: la caricatura será excesiva o no dependiendo sólo de su rendimiento teórico. De la misma forma no deberíamos entender como economía humanística a aquella que pretende modelar los buenos (o malos) sentimientos que los agentes económicos reales muestran en muchas ocasiones. El altruismo por ejemplo es fácilmente incorporable al esquema conceptual generalmente utilizado sin que varíe este esquema y sin que, por lo tanto, la incorporación del altruismo pueda humanizarlo.
Tampoco deberíamos hacer depender el humanismo de la Economía de su capacidad para explicar comportamientos como los solidarios o equitativos detectados en experimentos como los citados relativos al dilema del prisionero o al juego del ultimátum: las explicaciones al uso pivotan sobre variaciones de los modelos (como por ejemplo considerar que el correspondiente juego se repite) que no ponen en duda la racionalidad del individuo y, por lo tanto, no aportan nada nuevo a la naturaleza del ser humano que conciben.
Mientras las hipótesis standard de los modelos económicos sean suficientes para explicar comportamientos observados no hay razón para tratar de cambiarlas, aunque no reflejen la naturaleza profunda del ser humano y no tengan en cuenta muchos rasgos psicológicos que pueden nublar su razón en algunas ocasiones4. En todo caso, y para disciplinar nuestra imaginación ateniéndonos a la situación concreta que nos hace de hilo conductor, podemos afirmar que no parece que precisiones sobre la modelización utilizada por la Teoría Económica vayan a zanjar el conflicto entre "tecnócratas" y "humanistas" que parece subyacer a los enfrentamiento de Seattle, Washington, Praga, Melbourne, etc. Unos y otros admitirían, yo creo, que no están hablando de esto, sino de algo más profundo.
Con un poco más de rigor suele decirse que la Teoría Económica no es un Humanismo porque no tiene relación apreciable con las llamadas Humanidades. Esto es cierto en un sentido muy pegado a tierra; pero no necesariamente cuando se reflexiona sobre ello en abstracto. Es verdad que los curricula académicos de "Humanidades" y de "Económicas" apenas se cruzan y es también verdad que, en general, no hay doble militancia en los economistas que raramente se desdoblan en filósofos o artistas; pero todas estas evidencias aparentes pierden parte de su obviedad cuando examinamos con un poco más de profundidad la relación entre la Teoría Económica por un lado y las diversas ramas de la filosofía por otro.
Dejando al margen otros precedentes menores, es generalmente aceptado que la ciencia económica se inaugura con Adam Smith, un profesor de filosofía moral. Este origen no es caprichoso pues de hecho la preocupación típica de Smith, tanto en la Teoría de los Sentimientos Morales (1759) como en La Riqueza de las Naciones (1779), no es otra sino la de tratar de aislar las condiciones que dan sentido a la interacción humana y propician la existencia de las instituciones que permiten ordenarla. En este sentido la Teoría Económica tiene mucho que decir y no puede abstraerse de temas como el liberalismo, político y económico, la justicia y la igualdad de oportunidades que, entre otros, han sido tratados o utilizados en este volumen, especialmente en la última parte. Sin embargo puede quizá pensarse que estos temas ni son centrales a la Ciencia Económica ni tampoco a la Filosofía. ¿Hay alguna relación entre la Economía y la Ontología, la Ética o la Estética? Pretendo argüir que sí la hay y que la Economía tiene hoy la capacidad de avivar y enriquecer estos asuntos propios de la aventura filosófica más clásica.
Pensemos primero en la Ontología. No parece que este "topos" básico de la metafísica haya sido muy popular de Heidegger hasta hoy ni que vaya a recuperar su centralidad a partir del estructuralismo en base a la consideración ontológica del individuo. Sin embargo me permito opinar que los filósofos avivarían su ingenio si examinaran algunos resultados contemporáneos, aunque no muy recientes, de la Economía. Mencionaré tres bien conocidos. Los tres tienen en común una característica básica del pensamiento económico: su reflexividad. Esta cualidad hace que las ideas económicas de los agentes económicos puedan influir en la configuración de la realidad económica.
El primero de estos resultados que quiero destacar es el relacionado con la problemática existencia de burbujas especulativas en un mercado de valores, un tema al que se ha hecho referencia en el capítulo III.2.II relativo a los mercados financieros. ¿Qué tipo de realidad es esa que parece observarse profusamente pero que, como se sabe, no podría existir a largo plazo si los agentes económicos fueran racionales?
El segundo se refiere al modelo de Lucas de la curva de Phillips, que he mencionado en el primer capítulo de esta parte IV y que ahora recuerdo y completo. El hecho crucial de que la información no es perfecta hace que los agentes económicos tomen un incremento del nivel general de precios como una elevación del precio relativo que les concierne. Su comportamiento consecuente genera observaciones que recubren una curva de Phillips como la que conocemos, es decir con pendiente negativa en el espacio de tasa de inflación y desempleo. Pero curiosamente este objeto que observamos parece ser como un espejismo ya que en cuanto queremos apoyarnos en él para, por ejemplo, reducir el desempleo, nos encontramos con que no podemos y con que lo único que conseguimos es incrementar la tasa de inflación.
Puede parecer que estos dos resultados no son lo suficientemente robustos como para sembrar dudas ontológicas acerca del realismo de la Economía; pero el tercero debería tener la virtualidad de reforzar esas dudas. Este tercer resultado al que me refiero es el de la posibilidad de profecías que se autocumplen. Dentro de esta familia de resultados es singularmente impactante el que ha dado en llamarse el "equilibrio en manchas solares". De acuerdo con esta idea es posible que haya una economía totalmente determinista en la que existe un equilibrio (determinístico) digamos que de pleno empleo.
Pues bien, si la gente cree que las manchas solares influyen en la producción de esta economía (tal como creía Jevons, nuestro santo patrón romántico) y la dinámica de estas manchas solares es estocástica, puede ocurrir que esta economía determinística exhiba un equilibrio observable en el que el sistema oscila estocásticamente (!) entre el pleno empleo y el desempleo. Las creencias, incluso las falsas como en este caso, han creado realidad en el pleno sentido de la palabra y, dicho sea de paso, vuelven a permitir la efectividad de la política económica, que en el capítulo 1 habíamos dado por perdida.
Estos tres resultados siempre me han parecido que constituyen un reto para la Ontología; pero no soy consciente de reacción alguna por parte de los filósofos. Lo que sí he visto es su utilización genérica, es decir como ejemplos de la reflexividad del pensamiento económico, en la discusión entre Realismo y Retórica como metodologías económicas. Pero no quisiera ahora enredarme con la metodología en general ni con la metodología económica en particular porque la consideración específica de la Filosofía de la Ciencia, aunque es claramente parte de la filosofía, me distraería de mi empeño por sugerir el interés del pensamiento económico para ramas más clásicas de la filosofía.
Volveré pues mi atención a la Ética y dentro de ella a dos temas centrales. El más interesante es posiblemente el tema del utilitarismo en el que filosofía y economía llevan juntas doscientos años. Baste aquí decir que son economistas los que en los últimos años han desbrozado el problema de por qué y en qué condiciones la "función de bienestar social" tiene esa forma de suma ponderada de utilidades que siempre se ha atribuido al utilitarismo. Me atrevería a decir que aquí los economistas han sido los verdaderos filósofos.
Quizá menos central ha sido el tema del relativismo cultural de la Ética y la correspondiente problemática de la universalidad de algunos derechos humanos a la que hice referencia tangencial al hablar de fraternidad en el capítulo II.3. Sobre esto volveré más adelante; pero cabe decir ahora que hay una interacción natural entre el pragmatismo americano, e incluso el comunitarismo, con algunos desarrollos económicos basados en juegos evolutivos, a los que me refería en ese capítulo II.3. Estos juegos poseen en general diferentes equilibrios que son alcanzados a partir de diferentes condiciones iniciales y, en consecuencia, lo que puede llegar a configurarse como una norma en una sociedad puede ser ignorado en otra sociedad.
Aunque parezca algo sacado de quicio tampoco cabe ignorar la relación entre la Economía y la Estética. Nociones de arte pueden servir para distinguir aproximaciones alternativas a la política económica5 y, como se sabe, hay toda una rama menor de la Teoría Económica dedicada a estudiar el mercado del arte; pero quizá es momento de tomar respiro y no dejarnos llevar por la inercia analítica ni por la erudición y volver a la situación que debe constituir nuestro hilo conductor.
A efectos de entender lo que ha ocurrido en las reuniones anuales de los organismos multilaterales, y a pesar de lo que acabo de argüir, no cabe decir que la Economía esté hoy muy cercana a la filosofía aunque nace de ella y esporádicamente vuelve a ella, incluso con ideas fructíferas. Tampoco parece que la sensibilidad estética influya sobre la forma de entender un problema económico aunque a veces, pueda aclarar algunos aspectos. No parece que dos economistas puedan distinguirse por sus aficiones artísticas o por sus gustos literarios. Ni los alborotadores antiglobalización están exigiendo que los expertos encerrados en su palacio de congresos sean hombres cultos en estos sentidos, ni éstos, los expertos, se sentirán dolidos por la acusación de una cierta incultura. El enfrentamiento entre unos y otros tampoco parece estar aquí.
La respuesta al interrogante sobre el carácter humanista de la Teoría Económica no está en el descarte del aspecto tecnocrático que pueden tener muchos de los que llevan a la práctica sus resultados. Deberíamos más bien preguntarnos sobre la concepción del agente individual que subyace a la Teoría Económica y preguntarnos si corresponde a ese individuo concreto y libre que está en el centro del sistema económico y que puede modificar su entorno a su antojo. A responder a esta pregunta nos ayudará la primera parte de este trabajo dedicado al homo posteconomicus y también el primer capítulo de esta última parte dedicada a la política económica.
En principio es el homo economicus el que parecería responder con exactitud a la noción de "hombre" que subyace en el Humanismo. El agente individual de los economistas en un ser que elige en libertad (dentro de aquello que le es accesible), que está en el centro de un sistema económico que responde a sus decisiones y se configura de acuerdo con ellas y que, además, puede modificar ese sistema de acuerdo con la política económica o la regulación. El único problema conceptual que aquí puede percibirse es que ese agente individual de la Teoría Económica no es a primera vista un "hombre" concreto distinguible en su individualidad.
Para la tradición británica de la que proviene (con excepciones) la Teoría Económica el agente individual del sistema no es algo problemático; sino algo naturalista y de sentido común. Se trata, en efecto del átomo primitivo de la sociedad con su espesor ontológico propio correspondiente al espesor ontológico del sujeto en la dicotomía, naturalista y de sentido común, que establece el pensamiento moderno entre el sujeto y el objeto.
Sin embargo, en la primera parte de este trabajo hemos visto con detenimiento cómo el agente individual deviene racionalmente más complejo, psicológicamente más denso y socialmente menos individualista. Este sería el "hombre" concreto propio del Humanismo de modo que podremos decir que la teoría económica se acerca a ser un Humanismo sólo si pensamos que el hombre abstracto de la Ilustración, disfrazado de homo economicus, está dejando paso en la Teoría Económica a este otro hombre concreto que hemos denominado homo post-economicus.
Y efectivamente este es el caso. No se trata de repetir todo lo ya dicho en los tres primero capítulos; pero sí merece la pena recordar algunos rasgos. La racionalidad instrumental propia del hombre abstracto naturalista ya no agota la racionalidad del hombre concreto que puede estar sujeto a , y hacer uso de, una racionalidad expresiva (que indica su deseo de ser identificado como perteneciente a una comunidad determinada) o de una racionalidad comunicativa que desea ser entendida. En segundo lugar añadiríamos que la teoría empieza a integrar, además de formas más sofisticadas de racionalidad, rasgos psicológicos bien establecidos experimentalmente.
Pero no es esto lo único que hace del agente individual algo más denso. Es también que el agente individual puede entenderse como poseedor de una identidad plural, como por ejemplo, consumidor, productor e intermediario simultáneamente. Es el juego entre las diversas pulsiones que subyacen a esas etiquetas el que puede entenderse como un juego en sentido matemático de forma que el individuo concreto que estaríamos buscando sería el resultado de ese equilibrio entre diversos yo´s lo que nos permitirá hablar de una institucionalización del individuo, de una individuación del agente individual modelado por la teoría.
Sin embargo, y en tercer lugar, es la concepción del individualismo metodológico lo que hace posible la esperanza de que la Teoría Económica esté en el camino de convertirse en un Humanismo. No se trata aquí solamente de que la identidad puede ser un factor explicativo en la teoría, sino de algo más especulativo que puedo explicar siguiendo a John Davis.
Este autor pretende explorar la identidad del agente individual que pulula por todos los modelos económicos, sean estos ortodoxos o heterodoxos. Para Davis la Economía neoclásica o la correspondiente a la corriente principal, que hace del individuo una pieza central de su análisis, adolece de una concepción adecuada del individuo6. Esta concepción sería la que acabamos de atribuir a la tradición británica y que hemos calificado como de sentido común y naturalista. Pero para Davis esta concepción, que proviene de Descartes y Locke, es insostenible porque este átomo social irreductible está endógenamente determinado tal como sugieren las críticas contemporáneas al atomismo naturalista de la identidad individual propia del modernismo.
Para la faceta sociológica de esta crítica antimodernista el individuo es una creación social que hace y deshace sin pausa su identidad y, para su faceta postmoderna, el individuo es un mero constructo lingüístico inexorablemente impuesto por el lenguaje. Puesto que estas críticas parecen razonables y encuentran su reflejo en algunas ideas de una Economía no ortodoxa, podríamos decir con Davis que la economía heterodoxa, que en general no enfatiza al individuo, de hecho ofrece elementos para una adecuada teoría del individuo7.
No hace falta sin embargo adentrarse en diversos senderos heterodoxos para reconocer la justeza de su llamada de atención sociológica, basta con volver nuestra atención al último capítulo de la segunda parte en la que hacíamos un uso extenso de los juegos evolutivos. El hombre concreto que estamos buscando como pieza de una Teoría Económica humanista, no está conformado por sus preferencias; sino por las acciones que toma en el equilibrio de ese juego evolutivo (que muestran una racionalidad limitada) y que funcionan como pautas de comportamiento que resultan ser útiles en el mundo en el que se mueve conformado por otros individuos abstractos que devienen concretos a su vez. Este comentario que debería ser totalmente natural para quién haya leído este volumen hasta aquí, permite en efecto que hablemos otra vez de la individuación o institucionalización del individuo.
Pero la faceta postmoderna de la critica de Davis tiene también su interés. Nietzsche estaría en el origen de la crítica lingüística: Sin las ilusiones del lenguaje simplemente no hay agentes, no hay egos, no hay conciencia de sí. Descartes y Locke supusieron que debía haberlos porque un mundo sin individuos -un mundo, entonces, sin Dios- era demasiado terrible de contemplar. Sin embargo para Niestzsche, el lenguaje era un voluble juego de máscaras detrás de las cuales no había, simplemente, nada. Las ideas de Nietzsche reaparecen en Derrida, Foucault, Lyotard, Jameson, Rorty, Baudrillard y otros para quienes la identidad individual siempre se disuelve en la nada en cuanto intentamos localizarla8.
Se me antoja evidente que esta vaciedad de la identidad individual es claramente reminiscente de la idea Sartriana de que la existencia del "hombre" precede a su esencia, que, para nosotros, consistiría precisamente en las pautas de conducta que se van estableciendo y que no son idénticas para cada persona. Toda concepción económica que tenga algo de holística (como, por ejemplo, la que subyace en ese último capítulo de la parte II que acabo de mencionar) está en la senda del Humanismo puesto que concibe al hombre como parte de un sistema que va perfilando a ese individuo.
Parecería que para poder declarar a la teoría económica como un Humanismo sólo nos faltaría poder mostrar que la política económica es efectiva. Pero sobre la naturaleza de la política económica ya hemos hablado y nos lleva, en cualquier caso, más allá de la teoría y hacia el funcionamiento del Capitalismo.
Tanto el Humanismo como el Capitalismo, además de ideas teóricas son también prácticas concretas que se han plasmado en la Historia. Necesitamos ver la relación de las ideas teóricas con la Historia para luego tratar de juzgar si el Capitalismo como práctica concreta podría considerarse hoy o quizá mañana como un Humanismo.
Volvamos al movimiento antiglobalizador como hilo conductor de las ideas que estoy desgranando. Creo que, por un lado, empezaremos a acercarnos al corazón del conflicto entre globalizadores y antiglobalizadores si entendemos los aspavientos de estos como acusando a los expertos de ignorantes de la Historia y que, por otro lado, nos convendría juzgar si el Humanismo como práctica histórica concreta pueda verse reflejada en alguna teoría económica específica. Solo así podremos, finalmente, comparar dos prácticas históricas concretas.
Quizá porque no conocen los detalles culturales propios de los países a los que aplican sus recetas, lo expertos tecnócratas -dicen los críticos de la globalización- prescriben unas recetas tales que pueden llegar a ser contraproducentes y a originar un innecesario sufrimiento9. La globalización por ejemplo, uno de los factores novedosos cuyos efectos he tratado de explorar, también es una prescripción para el desarrollo, y puede ser contestada en esos términos. Parecería que este es el fondo del conflicto; la Ciencia Económica por no ser consciente de la Historia puede ser un instrumento romo que golpea tanto como explica. Sobre este problema genuino acabo de decir algo y ahora diré algo más pues ciertas ideas económicas pueden aclararlo.
Pero para afrontar este problema necesito examinar la compatibilidad entre la universalidad de la razón ilustrada (que define la modernidad) y la diversidad de las construcciones particulares a que el ejercicio de esa razón da lugar en el mundo posmoderno. Para ello me centraré en el problema del sesgo inflacionario y la autonomía del Banco Central, que he examinado en el capítulo IV.1 y que ahora no tengo más remedio que reproducir.
El ejemplo allí examinado me interesa sobre todo como ejemplo en el que discutir sobre Teoría Económica e Historia de manera genérica; pero notemos que se trata de un tema que toca directamente a las partes enfrentadas, multilaterales y ONG´s. El Fondo Monetario, en efecto, recomienda sin fisuras la independencia del Banco Central mientras que, tal como arguyen las ONG´s, el ejercicio de esa independencia a menudo ha traído consigo la recesión económica y el desempleo, especialmente cuando se ha ejercido de manera automática, deshumanizadamente diríamos, quizá para obtener una cierta reputación.
Empecemos por generar el resultado denominado sesgo inflacionario, tal como lo hemos hecho en primer capítulo de este parte IV. Reproduzco por lo tanto el juego de estrategia entre un sindicato (S) y un gobierno (G) reflejado en el panel de la izquierda de la figura. El jugador S controla los salarios y el jugador G los precios y uno y otro pueden mantenerlos (=) o subirlos (+).

Ambos jugadores son racionales en el sentido de preferir más a menos. Las preferencias reflejadas en esta matriz de pagos son razonables y de acuerdo con ellas el único equilibrio de Nash es el correspondiente a la casilla sureste. La solución de este juego es tal que ambos jugadores aumentan la variable que controlan, salarios y precios, generando una inflación que no consigue modificar el desempleo porque el salario real no se ha modificado.
La clave de este resultado, que se denomina sesgo inflacionario, es que la estrategia antiinflacionaria del gobierno (=) no tiene credibilidad alguna ya que la contraria (+) es estrategia dominante. Ahora se ve con toda claridad que una forma inmediata de solucionar este sesgo inflacionario es dar independencia a un Banco Central cuyo gobernador tiene las preferencias reflejadas en la matriz de pagos de la figura de la derecha. Es claro que ahora el único equilibrio de Nash es el de la cuadrícula del noroeste en la que el sesgo inflacionario ha desaparecido.
De acuerdo con este juego de manos intelectual parecería que la racionalidad exigiría la implantación en todos los países de un Banco Central Independiente sin acobardarse por todos los problemas de desempleo que puedan surgir mientras este banco central adquiere su reputación de intransigente, cosa que tendrá que hacer mientras no se conozcan sus preferencias reales. Sin embargo existe otra manera alternativa de atacar la falta de credibilidad del gobierno que supone menos racionalidad y admite diversidad entre países.
Esta manera alternativa está relacionada con los juegos evolutivos. Para poder utilizar el mismo ejemplo de un juego entre Sindicato y Gobierno supongamos que uno y otro agente pueden adoptar estrategias mixtas, es decir = o + con ciertas probabilidades. En cada periodo de tiempo hay una interacción entre ellos y de la observación de su resultado surge una modificación miope y posiblemente inercial de su estrategia mixta. Esto genera una dinámica de estrategias y esta dinámica quizá posee uno o varios equilibrios estacionarios local y asintóticamente estables cada uno de los cuales se obtiene a partir de unas condiciones iniciales determinadas. Es perfectamente posible que en algunas sociedades se obtenga asintóticamente el equilibrio ( = , =) y que en otras el equilibrio (+ , +). En el primer caso la sociedad no tendrá sesgo inflacionario y no será necesario un Banco Central independiente. En la sociedad del segundo caso sí que será necesario.
Este ejemplo nos hace ver que la Economía posee instrumentos conceptuales capaces de pensar la diversidad y el relativismo cultural. No dudo de que la protesta de los alborotadores antiglobalización está en buena parte basada en la acusación de ignorancia del relativismo cultural que acabo de ilustrar y de que esta ignorancia es motivo suficiente para poner en entredicho muchas de las aplicaciones de la Ciencia Económica; pero no creo que esta sea la última palabra sobre la cuestión que nos ocupa porque los expertos del Fondo o el Banco, y la Ciencia Económica en sí, tal como he mostrado, son muy capaces de entender la protesta y de argüir teniendo en cuenta esa historia y esas peculiaridades culturales.
De hecho muchas discusiones internas en las agencias multilaterales en los últimos tiempos han tenido esta forma. La dimisión de Stiglitz como "chief economist" del Banco Mundial puede enmarcarse en este contexto. Sus acusaciones al Fondo y al Banco podrían ser bandera de las ONG's más atildadas. Y es de esto, seguramente, de lo que hablarían los días anteriores a las algaradas las ONG's y las agencias multilaterales en Praga.
Para alcanzar el verdadero fondo del conflicto subyacente a las confrontaciones de las que hemos sido testigos hay que plantearlo en términos del posible enfrentamiento entre la Ciencia Económica, que pretendidamente alimenta las propuestas prácticas del Fondo y el Banco, y el Humanismo, entendido ahora como un movimiento cultural preciso y datado. Veremos cómo, así visto, el conflicto que nos ocupa se entiende mejor.
El Renacimiento ubicó al hombre en el centro de la escena, en medio del mundo, e inauguró una manera de pensar que subyace a todo desarrollo intelectual de los siglos XVI a XVIII. Esta manera de pensar ha constituido desde entonces un referente por el que se mide cualquier otro desarrollo intelectual. No es el momento de caracterizar el Humanismo y baste aquí con destacar las características frente a las que habrá que juzgar al capitalismo en cuanto posible Humanismo. Por un lado el Humanismo nace y se desarrolla en la edad de las utopías: una vez que el hombre ha tomado el centro de la escena y se ha decidido a pensar, las reflexiones sobre su desarrollo futuro y el límite que ensueña influyen en su situación presente y permiten afirmar que el hombre libre puede modificar su mundo.
Por otro lado, y quizá en contraste con lo anterior, el hombre que se constituye en medida de todas las cosas no es el hombre abstracto, o quizá la proyección en el presente del hombre de la utopía realizada, es, más bien, el hombre concreto con sus virtudes, defectos y contradicciones bien patentes, un hombre que piensa libre y alegremente. Estas características son justamente las que mencioné en la entradilla de esta sección y pueden servir como piedra de toque para otorgar o denegar al capitalismo su Humanismo.
El carácter utópico del Humanismo se manifiesta claramente en tres hitos fundamentales de su pensamiento: la Utopía de Tomás Moro (1516), La Ciudad del Sol de Tomaso Campanella (1623) y La Nueva Atlántida de Francis Bacon (1627). Se trata de obras de lo que hoy llamaríamos filosofía política ya que pretenden entender, y quizá poner en práctica, la posible armonía entre los hombres en sociedad. Nada hay, a mi juicio, tan característico del Humanismo como su creencia implícita en que las situaciones en el límite pueden ser situaciones límites, es decir que hay fuerzas que nos empujan hoy hacia un futuro en donde las contradicciones se resuelven.
Pues bien, el edificio del Equilibrio General Competitivo, una pieza terminada y bien perfilada resultante del pensamiento económico neoclásico ejercido durante siglo y medio, y para muchos, piedra angular del edificio conceptual de la ciencia económica actual, puede ser reconstruido como una Utopía. Esta afirmación deberá chocar a los fustigadores del pensamiento único y a cualquiera que crea que la economía neoclásica se preocupa de las relaciones entre las cosas (reflejadas en los precios relativos) y no de las relaciones entre las personas10. Y sin embargo es una afirmación correcta.
En efecto, en primer lugar sabemos que, en el límite de una economía que va aumentando su número de agentes, el conjunto de asignaciones de equilibrio walrasiano coincide con el conjunto de asignaciones que no pueden ser mejoradas por ninguna coalición de agentes (es decir de asignaciones que pertenecen al núcleo) de esa economía. En segundo lugar también sabemos, que a medida que nuestra economía va acercándose a la economía límite, el núcleo va encogiéndose hasta coincidir con el conjunto de asignaciones de equilibrio walrasiano. Y sabemos finalmente que en el límite se ha alcanzado la competencia perfecta y que esa situación puede entenderse como una situación en que nadie tiene poder sobre nadie.
En efecto, en el límite nadie aporta nada a ningún subgrupo de gente, luego nadie puede alcanzar ninguna mejora mediante la amenaza de salirse de un grupo: podríamos decir que se ha alcanzado una situación en la que hay rendimientos constantes; pero no en bienes, sino en personas. En mi opinión resulta ser claro que la bonita historia de la competencia perfecta podrá no tener los tintes coloristas ni los detalles próximos de una utopía renacentista; pero posee sus elementos esenciales.
Sin embargo, y desde el punto de vista de nuestro hilo conductor, esta interpretación culta no parece ayudarnos a dilucidar si el Capitalismo es o no es un Humanismo ya que la resistencia activa contra lo que los antiglobalizadores llaman pensamiento único neoliberal no parece dirigirse contra ese posible carácter utópico de la Teoría Económica Neoclásica, sino contra la consideración abstracta del hombre que parece violar la concepción humanista como un ser concreto y libre para decidir11.
Esta segunda característica brilla con esplendor en un humanista tardío, coetáneo durante veinte años de Adam Smith y pensador de culto: Gianbattista Vico. En su Scienza Nuova (1725) inaugura una manera de pensar que creo definitoria del Humanismo que hoy podemos pensar y cuya relación con la manera de pensar propia de la Economía no está tan clara en principio. Podemos afirmar que Vico piensa la sociedad en su camino al límite y que la entiende en base a cuatro elementos cruciales:
Si uno reflexiona sobre las cuatro ideas cruciales que he atribuido a Vico se dará cuenta de que muy bien podrían constituir el nervio intelectual de la ira mostrado ya desde hace años por quienes parecen enfrentarse ruidosamente contra la aplicación de las ideas económicas. Sus formas de manifestarse dan testimonio de su gusto por la invención; luchan por construir la verdad a través de su acción en lugar de admitir las verdades lógicas con las que se les trata de convencer; creen que hay reglas generales que confirman un sentido común13 más útil para la supervivencia que la ciencia aprendida y, desde luego, son multiculturalistas
Aunque sea con un cierto distanciamiento me gustaría abrir como un paréntesis y antes de preguntarme por la relación entre este Humanismo Viquiano y el Capitalismo, preguntarme por última vez qué puede ofrecer la Ciencia Económica a los alborotadores antiglobalización. O, en otros palabras ¿puede hoy la Teoría Económica argüir que cumple con las formas de entender la sociedad propia del Humanismo Viquiano?
Mi contestación a este interrogante no es drástica sino que tiene que ser más bien cuidadosa. En mi opinión hoy hay un cambio de marcha en la Teoría Económica, que le acerca al pensamiento Viquiano y, en consecuencia, a las ideas implícitas de quienes protestan contra el neoliberalismo, la globalización y el "pensamiento único". El estudio extenso de este cambio de marcha necesitaría mucho espacio y una elaboración minuciosa, pero cabe quizá una descripción impresionista del mismo. En dos palabras yo diría que la Teoría Económica va en camino de entender el papel del irracionalismo en la constitución de las instituciones que dotan de estabilidad a la sociedad. Como prueba de esa aseveración arriesgada mencionaré algunos desarrollos analíticos novedosos que han sido mencionados en uno otro momento en esta obra.
La literatura sobre racionalidad limitada (presente en los juegos evolutivos) explora las formas de representarla eliminando la excesiva arbitrariedad. Estos juegos evolutivos, a los que ya me he referido en este capítulo; pero que fueron objeto de atención en el capítulo II.3, permiten considerar el papel que cierta irracionalidad puede llegar a jugar en tiempo real.
La revolución de la información introduce consideraciones de asimetría informacional que explican no pocas instituciones tal como vemos en el capítulo IV.2. El neoinstitucionalismo nos alerta sobre la variedad de instituciones y sobre el papel crucial que éstas juegan en el condicionamiento de las elecciones individuales y sociales y, finalmente, y esto es algo muy importante, la estrategia investigadora cree llegado el momento de integrar desarrollos de la psicología del conocimiento y del aprendizaje en los modelos económicos lo que permitiría entender la constitución del yo a través de la acción, tal como acabo de discutir.
Este cambio de marcha es perceptible y ello me permite contestar a la primera interrogante que he planteado en este capítulo. En efecto la Teoría Económica está en el camino de constituirse como un verdadero Humanismo pero falta trabajo por hacer y, seguramente, en el camino serán inevitables muchas vueltas y revueltas. Como conclusión no es ésta todo lo drástica que sería deseable pero aun así me parece que puede ayudar a entender el conflicto entre expertos y alborotadores que sirve de excusa a mi discurso y de hilo conductor del mismo.
De acuerdo con esta conclusión podríamos decir que lo que los antiglobalizadores comunican de profundo e interesante es posiblemente su rechazo radical a que la Teoría Económica prohíba a los hombres ser dueños de su destino. A esta indignación profunda no se le puede apaciguar con explicaciones económicas más o menos complejas mientras estas explicaciones acaben intentando hacerles creer que el mundo, en sus aspectos económicos, es como es indefectiblemente. Esto es posiblemente lo que los anarcos que viajan de Washington a Génova pasando por Seattle o Melbourne o Praga creen ver en las posturas de los organismos multilaterales: que no hay alternativa.
Cierro así el paréntesis y paso a concentrarme en el segundo interrogante abierto en este capítulo.
Notemos que las ideas Viquianas no sólo describen la manera de pensar humanista; sino que, sobre todo, tratan de dibujar el funcionamiento real del sistema social. Debemos pues examinar ahora si la manera propia de funcionar del sistema capitalista, variable en el tiempo, puede considerarse en algún momento como ese sistema en el que podría florecer el Humanismo definido por Vico. Creo que no tenemos más remedio que, a fin de ordenar ese examen, distinguir entre el capitalismo anterior a las revoluciones simultáneas -o casi- de la globalización, de la sociedad de la Información y de las Tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y el funcionamiento de ese sistema económico después de esas revoluciones.
Si para continuar con nuestro hilo conductor, miráramos al capitalismo de ayer mismo, un Capitalismo que llamaré plástico nos encontraríamos con que hay espacio para la reconciliación entre los integrados y los apocalípticos. Si nos olvidamos de los problemas de la globalización, si no queremos confrontar el creciente valor añadido aportado por la economía sin peso, digital, nueva o virtual y si cerramos los ojos a la decisiva influencia de las TIC podríamos decir que el funcionamiento del sistema económico y la Teoría Económica que trata de entenderlo conforman un todo que desactiva la confrontación en unos términos como los siguientes:
Todo iría mejor, en efecto, si entendiéramos que la Ciencia Económica, aunque sólo pueda decirse que está en camino de convertirse en un Humanismo, deja alternativas a los hombres y son éstos los que tienen que decidir en la práctica, ilusionados tal vez por esa misma Teoría Económica que, a veces, puede jerarquizar esas alternativas y que son, por lo tanto, los hombres, los que configuran el mundo. No es lo mismo que una única receta pueda ser modulada de acuerdo con las distintas culturas que decir que esas culturas pueden ser modificadas por los hombres que pueden elegir entre ellas. De lo primero, tal como he dicho, se ha hablado, de lo segundo no. Y, sin embargo yo creo que aquí está el quid de la cuestión en el Capitalismo de ayer.
La Teoría Económica puede cambiar el marco espectacional y el institucional generando así realidades diversas. De ahí que en ese Capitalismo plástico hay una enorme diferencia entre anunciar que no hay alternativa a una receta dada, aunque se la pueda modular, y tratar de explicar que, entre las varias recetas o políticas económicas existentes, hay una que parece la mejor a una mayoría de personas inteligentes y bienintencionadas. La primera postura produce resentimiento, la segunda ofrece una oportunidad al convencimiento mutuo. El Humanismo parecería pues compatible con el capitalismo plástico de ayer.
Como ejemplo de este capitalismo plástico que parece ser compatible con el control de su propio destino por parte de los hombres voy a referirme a lo que todavía existe como Estado del Bienestar. El origen de esta institución está en las luchas políticas en el Estado Nacional y en el deseo de encontrar la paz social entre una clase de desposeídos y otra de propietarios mediante un arreglo que pretende simultáneamente mitigar el sufrimiento (Beveridge) y estabilizar los ingresos de los funcionarios (Bismack).
A partir del fin de la segunda guerra mundial se generaliza en los países capitalistas, incluyendo los EEUU de América y es como si formara parte de la democracia y desde luego de la política estabilizadora del ciclo, mediante los estabilizadores automáticos. Sin embargo, a partir de los años ochenta del pasado siglo XX se pone en entredicho en parte por razones políticas, en parte por las dificultades previsibles de su viabilidad financiera y en parte por problemas de justicia intergeneracional.
Sin entrar en demasiados detalles es fácil describir el Estado del Bienestar. Pensemos en una caja en donde se recojan los ingresos de un impuesto sobre los salarios (pagado sólo en parte por el trabajador) y de donde salen gastos sociales como pueden ser los gastos de un sistema público de salud o de educación, las subvenciones por desempleo o las pensiones de jubilación. Para simplificar no nos preocuparemos por los ingresos (aunque un impuesto sobre salarios demasiado alto cargado sobre las empresas puede dificultar la creación de empleo) y de entre los gastos nos concentraremos en las pensiones, dejando fuera de nuestra consideración el pago del desempleo (que puede influir en la intensidad de la búsqueda de empleo y en su aceptación), la sanidad (cuya financiación es un problema muy serio) y la educación cuya financiación tampoco es fácil.
En principio no hay nada excepcional en este mecanismo que parecería requerir solamente un mínimo de capacidad en el cálculo actuarial. En ese sentido no parecería muy relevante si el sistema es privado, público o mixto y si funciona a través de la capitalización de lo pagado a favor de cada trabajador o si funciona como un sistema fiscal que paga lo que ha prometido a cada trabajador y establece una conexión con el sistema fiscal general que enjuaga deficits o recibe superavits.
En general cuando hablamos del Estado del Bienestar nos referimos a un sistema público del segundo tipo de los mencionados (pay-as-you-go), un arreglo que, de alguna forma, cubre las inseguridades de los que viven de su trabajo (y no de las rentas de su capital acumulado) desde la cuna a la tumba. Los problemas que pueden surgir son claramente de tipo actuarial y dependen básicamente de la demografía. Son los jóvenes los que financian las pensiones (y los gastos médicos) de sus mayores (quiénes a su vez han pagado su educación) y es posible que cuando la tasa de crecimiento de la población disminuye, cada joven tenga que cargar con las pensiones de un mayor número de viejos. Como los ciclos demográficos no están sintonizados con los ciclos económicos, que siguen existiendo a pesar del amortiguamiento que puede suponer el Estado del Bienestar, puede ocurrir que el sistema haga aguas, exija demasiado del sistema fiscal general y entre en crisis.
En ese momento surgen dos tipos de propuestas14. La primera, que denominaremos europea, consiste en mantener el carácter público del sistema; pero convertirlo en un sistema de capitalización. La segunda, que podríamos llamar americana, consiste además en privatizar (con límites) el sistema. En ambos casos el paso de un sistema de pay-as-you-go a uno de capitalización, sacrifica a unas cuantas generaciones que deben ser compensadas con su correspondiente gasto público. La diferencia real está en el futuro de uno y otro arreglo. En el sistema público europeo cualquier fallo en el fondo del sistema estará cubierto por el Estado con lo que es posible que haya abusos en forma de azar moral. En el segundo cada uno correrá con el sufrimiento que le proporcione la mala gestión privada por la que haya optado, a cambio de su creencia en que la gestión será mejor.
A mi juicio está opción entre seguridad y gestión no es suficiente como para todo el ruido que se oye con relación a este problema. Se trata de un ruido superficial que amplifica las justas reivindicaciones que se realizan por los perjudicados y las críticas de los que creen que el sistema es una carga para la creación de riqueza. El verdadero ruido de fondo, o mar de fondo de esta tempestad superficial, está en otro lado, por muy importantes políticamente que parezcan las pensiones y por mucho que se juegue con los pensionistas como parte privilegiada y creciente (en los últimos años) de la ciudadanía.
El verdadero mar de fondo nos desvuelve al hilo conductor de este capítulo, el que trata de engarzar los argumentos sobre la relación entre Capitalismo y Humanismo. Pues bien, en cuanto las ventajas de uno y otro arreglo están bastante claras, podemos decir que son efectivamente los ciudadanos los que tienen que elegir sabiendo que pueden hacerlo y que hay un coste o un beneficio en hacerlo15. Hay problemas obvios de Economía Política; pero en lo que ahora nos concierne podríamos concluir que este Capitalismo plástico de ayer es, o puede ser considerado, como un Humanismo.
Lo conceptualmente problemático en cuanto a la relación entre Capitalismo y Humanismo surge en cuanto pasamos de este Capitalismo de ayer al que apunta en el horizonte y sobre el que ahora voy a especular una vez más.
Hasta aquí parece que tanto la Teoría Económica como el Capitalismo, tal como lo conocemos hasta ahora, podrían ser considerados como un Humanismo pues cumplen con los trazos definitorios de éste que hemos destacado. La pregunta que nos hacemos ahora es si esta impresión puede mantenerse a la luz de las novedades que estamos tratando de evaluar en esta obra. Hemos visto que la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC, con lo que representa cada una, traen consigo cambios significativos en las instituciones básicas del capitalismo. La propiedad permanece en el centro del sistema y es imprescindible; pero ha de plantar cara a intentos de extender su ámbito en demasía.
La Empresa va ser muchos menos permanente, variando rápidamente de acuerdo con la introducción de nuevos bienes. Los mercados se van completando y el Estado no sólo tendrá menos competencias; sino que tendrá un tamaño menor. Estas ideas nos han ido enseñando que el sistema de mercado al que nos acercamos tendrá cada vez menos que ver con la tradición neoclásica y que nos acerca a una tradición austriaca que no puede dejar de considerarlo como un sistema complejo en el doble sentido de que su dinámica no puede ser replicada por un algoritmo sencillo y de que es impredecible sin que las condiciones iniciales condicionen demasiado su desenvolvimiento.
Recordemos también que en el nuevo escenario la naturaleza de la Política Económica ha cambiado. Tal como hemos visto en los capítulos anteriores de esta parte IV, la política económica reglada no representa ya aquella especie de garantía de estabilidad que en su día parecía prometernos; sino que quizá representa un intento de captura que es inmediatamente reconocible y denunciable.
Parece pues evidente que las señas de identidad del Humanismo no están garantizadas en el Capitalismo que ya vislumbramos. Parecería que somos más libres que nunca como individuos; pero somos individuos en formación. No es nada claro que podamos vernos a nosotros mismos en el centro del sistema económico y, desde luego, es muy dudoso que podamos manejarlo.
Antes de expresar ninguna conclusión específica sobre el carácter humanista de este Capitalismo que nos llega, miraré a algunos detalles que acabarán reforzando la conclusión. Me interesa dar una visión de la innovación alternativa a la que se maneja hoy. Esto me pondrá en disposición de reflexionar sobre la igualdad de oportunidades. Y, finalmente podré concluir que el CAPITALISMO QUE NOS VIENE no es un Humanismo y preguntarme por la naturaleza de la felicidad en ese sistema.
Hasta hoy mismo el proceso Innovador con mayúscula, era de naturaleza lineal pasando por los estadios de Investigación básica y aplicada (I), desarrollo de productos (D) y su entrega al mercado como innovación (i minúscula). Este proceso de I+D+i todavía es objeto de discusiones y de Política Económica. Sin embargo a estas alturas de este volumen ya sabemos lo suficiente como para sospechar que se trata de un proceso que no es lineal sino reticular que pone en juego a varios agentes y a ciertas instituciones de manera complicada. De todo lo dicho en este volumen surge para empezar la idea de que no instrumentamos el cambio; sino que el cambio nos adopta. Toda innovación en este capitalismo adelantado debe partir de la idea Schumpetiriana de la destrucción creativa, de que no hay empresa sin innovación, de que la innovación no es algo que las empresas pueden o no hacer: no hay empresa sin innovación de algún tipo.
De acuerdo con esta filosofía básica, deberíamos aceptar que no somos los que diseñamos el sistema de I+D+i; sino que el sistema de innovación se diseña a sí mismo. En efecto es algo muy parecido al juego dinámico estudiado minuciosamente en el capítulo II.3. El sistema se va conformando poco a poco alcanzando unas pautas de conducta de equilibrio, equilibrio éste que no es único, pero que siempre está dinamizado por la iniciativa privada sin la cual lo único que hay es un dirigismo que puede resultar útil a algunos, pero que no es probable que de de sí todo lo que potencialmente podría dar de sí. Para entender el sistema concreto es necesario conocer los agentes primitivos: empresas y organizaciones de científicos. Estas últimas están ampliamente cartografiadas; pero las primeras son muy variables, tal como hemos visto.
Este sistema debe proponer incentivos para que las empresas alquilen los servicios de los científicos a fin de innovar, pero estos incentivos no deben proporcionar un monopolio tal que acabe arruinando las ventajas de la innovación. Esto pone en juego el problema ya reconocido por nosotros de la propiedad intelectual. Las patentes son un instrumento peculiar del proceso evolutivo de innovación y, dentro de ese sistema, se utilizan de variadas maneras estratégicas no siempre óptimas desde el punto de vista del conjunto16. Además, con la emergencia de los bienes digitales con costes marginales cercanos a cero, el monopolio temporal de una patente no sólo puede representar una enorme disminución del excedente del consumidor; sino también el peligro de un torpedeamiento o inhibición de la propia innovación.
Existe el peligro de que el sistema de otorgamiento de patentes pueda ser capturado por las propias empresas; pero ya hemos visto tanto que hay formas de evitarlo, propiciando la competencia entre oficinas de patentes distintas, como que la tecnología acabará rompiendo inexorablemente esa posibilidad en la sociedad de la información en la que los bienes digitales (fácilmente reproducibles) acabarán significando un porcentaje muy alto del valor añadido. Lo que esperamos por lo tanto es una aceleración de la innovación y una rapidísima rotación en los bienes disponibles acompasada, claro está, con la rápida rotación de empresas cada una de las cuales acorta su ciclo de vida. Pero todo esto que ejemplifica de manera muy plástica el Capitalismo al que nos dirigimos pone en juego tanto el Estado del Bienestar como la igualdad de oportunidades.
Acabamos de ver su origen y las funciones que el Estado del bienestar ha cumplido y cumple todavía en el Capitalismo, empezando por la paz social, continuando por el aseguramiento y pasando, aunque no lo hayamos mencionado, por una especie de igualdad de oportunidades asociada desde luego a la educación pública y a la sanidad publica. Sin embargo en el Capitalismo que nos cae encima la paz social está sólo amenazada por el terrorismo, sobre el que diremos algo en el Epílogo, y el aseguramiento no es un problema en un mundo en que gracias a la información podemos compartir todas clase de riesgos a través de nuevos mercados ahora fácilmente sostenibles. Hemos de esperar que, por lo tanto, el Estado del Bienestar desaparezca o se reduzca significativamente. ¿Qué queda entonces de la igualdad de oportunidades?. Sospecho que esta noción va a cobrar un nuevo significado muy distinto.
Por un lado no debemos olvidar que las condiciones iniciales no juegan un papel muy destacado ni determinante en un sistema complejo como es el capitalismo que viene. Por otro lado es fácil argumentar que estadísticamente cada uno de nosotros acabará teniendo su oportunidad. Primero, sabemos que nuestra identidad individual es plural de forma que disponemos de diversos talentos adecuados cada uno a diferentes estados de la naturaleza. Segundo, sabemos que la innovación será tan rápida que la elaboración de los nuevos productos exigirá talentos muy distintos en cada instante. Lo probable, se intuye aunque esto exigiría una cierta formalización, es que cada una de nuestras facetas o talentos encuentre su uso en uno u otro momento y que, muy probablemente, lo que en esos momentos ganemos sirva para cubrir las necesidades del retiro. Retiro que, por otro lado, no tendrá el mismo sentido que ahora, puesto que las TIC hacen posible la identificación de trabajo y ocio al menos hasta un cierto punto. Ciertamente habría algunos seres humanos con mala suerte estadística; pero como no es predecible a que clase pertenecen, resultan no ser relevantes.
Claro está que estas predicciones no hay que tomarlas al pie de la letra; sino como tendencias o aproximaciones Pero como tales anuncian un mundo económico muy distinto al actual. No es un Capitalismo que manejamos a efectos de darle forma al mundo. Se trata de un mundo autónomo que nos perfila a nosotros. Las metáforas para descubrir el sistema de mercado ya no vendrán del mundo de la física o de la biología; sino de la cibernética17. Por lo tanto el Capitalismo que nos viene no es el hogar del Humanismo.
El hombre cree crearse su propia personalidad singular, pero no hace más que ocupar el sitio que el sistema le asigna. Difícilmente se puede hablar de un centro ocupado por el hombre concreto existente porque el sistema no tiene centro y porque el hombre es intercambiable. Y el sistema evoluciona espontáneamente sin que podamos decir que el hombre lo controla. Exagerando podríamos hablar del meme egoísta18, los seres humanos estamos aquí para asegurar que persisten unos memes ganadores. En resumidas cuentas en un sistema complejo como el capitalismo que nos viene deberíamos hablar de un posthumanismo capitalista.
Finalmente, después de muchas vueltas y revueltas, hemos alcanzado un punto final en el que el Capitalismo que viene difícilmente podría ser considerado como un Humanismo. Está a punto de alcanzar el status del marxismo maduro de El Capital o del estructuralismo que, a diferencia del existencialismo del Sartre, no son un Humanismo.
La conclusión que acabamos de aceptar sobre EL CAPITALISMO QUE VIENE parecería implicar que la felicidad (sea lo que sea lo que esa locución significa) será difícilmente alcanzable en ese sistema en el que la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC han hecho su trabajo. Pero esta implicación no es tan evidente y merece una reflexión acorde con la reciente inclusión de la felicidad en el conjunto de temas respetables para la Teoría Económica19.
Comencemos esta exploración de la felicidad en el capitalismo que se nos viene encima exponiendo el trabajo de Alesina et al. En su trabajo, estos economistas tratan de explicar porqué el efecto de la desigualdad sobre la felicidad es "negativo, grande y significativo en Europa pero no en los EE.UU"20. Su trabajo parecería estar a caballo entre la exploración de los determinantes de la felicidad y el examen de los determinantes de la movilidad social. Basándose en la combinación de dos encuestas, una americana y otra europea, acerca de la felicidad encuentran la siguiente evidencia. Excepto para los ricos y de izquierdas (que son como europeos), la desigualdad en la distribución de la renta no afecta a la felicitad de los americanos y, excepto para los ricos y de derechas (que son como americanos) la desigualdad afecta mucho a la felicidad de los europeos.
Si nos olvidamos de las excepciones, estadísticamente poco significativas, y hacemos abstracción de ciertos detalles técnicos, diríamos que los americanos no tienen corazón, al menos en comparación con los europeos. Pero, en realidad, y tal como nos lo hacen ver Alesina et al. puede haber una explicación alternativa mejor consistente en reconocer que en América hay una mayor movilidad social, de forma que uno puede luchar individualmente contra su posible pobreza con mayor probabilidad de éxito que en Europa. Podrían haber añadido que la movilidad social americana genera creatividad, que ésta incrementa la productividad y el crecimiento y que éste genera desigualdad tal como sabíamos por la curva de Kuznets que examinamos en el capítulo anterior.
Estas ideas contrastan con las del libro de Scitovski en cuya segunda parte contrasta el modo de vida americano con el europeo a través del análisis del consumo cultural. A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer. El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer está muy relacionado con lo inesperado. La rutina y la homogeneización harían feliz a un americano mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.
A primera vista parece que hay una contradicción entre ambas aproximaciones al Volkgeist de América y Europa. En efecto, si uno ha leído a Scitovski tendería a pensar, antes de analizar la encuesta sobre determinantes de la felicidad, que a los americanos, con su vida poco abierta a la aventura, les gustaría la igualdad mucho más que a los europeos. Sin embargo hay una manera de reconciliar las opiniones, aparentemente divergentes, del Scitovski y de los economistas centrados alrededor de Alesina. Se trata básicamente de entender que la mayor igualdad en la distribución de la renta proporciona mejores oportunidad para convertir el confort en placer.
Pensémoslo. Primero, una misma "calidad" de la descripción de la distribución de la renta se logra con menos grupos cuanto más igualitaria es esa distribución (en el límite una sociedad perfectamente igualitaria se describe como un solo grupo y una sociedad perfectamente desigual se describe con tantos grupos como individuos). Segundo, es muy poco probable que nos dejemos influir por ideas que provienen de individuos pertenecientes a otros grupos ya que apenas nos rozamos con ellos.
Como las novedades que proporcionan placer a los snobs europeos provienen del contacto con otros a través del arte de la conversación, parece claro que en tercer lugar, cuanta mayor igualdad más novedades, más placer y, finalmente más felicidad. Este tipo de argumentos explica también, claro está, porqué los americanos preferirían la desigualdad ya que cuanto menos contactos tengan con los demás menos ponen en juego sus propias convicciones y más protegidos están contra los ataques a sus costumbres, es decir, mayor es su confort.
Esta explicación que acabo de sugerir tiene implicaciones para los temas de la creatividad y el desarrollo a las que no se refiere el trabajo de Alesina et al., pero que nosotros hemos explorado en el capítulo anterior. La menor movilidad social europea hace que uno no tenga gran esperanza en mejorar su suerte mediante el esfuerzo individual y que, al no intentarlo, la creatividad sea menor en Europa; pero se trataría de una creatividad ésta orientada a la consecución del confor y no de la dirigida a la consecución del placer.
A efectos de lo que nos preocupa en este trabajo, lo que parece evidente es que en EL CAPITALISMO QUE VIENE y de acuerdo con el capítulo anteriores de esperar que la desigualdad sea mayor a pesar de lo que hemos dicho en relación a la igualdad de oportunidades. En consecuencia los "americanos" estarán más adaptados y serán más felices en razón a la existencia de una mayor creación de riqueza, mientras que los europeos, aunque resistirán la mayor desigualdad, disfrutarán del placer que trae consigo la innovación continua de ese capitalismo que se aproxima. No es pues descabellado terminar este capítulo afirmando que, aunque no podamos esperar algo como lo que pretendería el Humanismo, es de esperar que la felicidad, lejos de declinar, se rejuvenezca e incremente.
En este capítulo que cierra la parte IV del CAPITALISMO QUE VIENE se pretende entender el Capitalismo en contraste con el Humanismo y cerrar algunos temas específicos como el de la individuación, sobre el que ya hemos reflexionado intensivamente y como los del Estado del Bienestar, la innovación y la felicidad sobre los que apenas si hemos dicho nada con anterioridad a este momento.
En relación al tema general del Capitalismo y Humanismo hemos empezado por caracterizar al Humanismo como el pensamiento que considera al hombre concreto y libre en el centro de un mundo que puede modificar en su propio beneficio. Y con relación a esas características nos hemos preguntado si la Ciencia Económica podría considerarse un pensamiento humanista y si el Capitalismo conforma un entorno adecuado para el florecimiento del Humanismo.
Respecto al primer aspecto el capítulo ofrece suficientes argumentos como para poder argüir que la Ciencia Económica (o la Teoría Económica) están en el camino de convertirse en una especie de Humanismo. Los argumentos para esa conclusión provienen de un cambio de marcha detectable en la Teoría Económica que nos lleva a la consideración del individuo como una existencia que construye su esencia, a la posibilidad de conjugar universalidad y diversidad histórica y al posible acercamiento a una concepción humanista concreta como la que se debe a Gianbatista Vico.
El segundo aspecto es más difícil de abordar. El Capitalismo, tal como lo conocemos hasta hoy digamos, podría muy bien constituir un sistema de interacción social en el que podría vislumbrarse el toque del Humanismo tal como lo hemos caracterizado. En este sentido lo interesante del Estado del Bienestar no es que sea protector (y, por lo tanto, quizá humano en cierto sentido); sino que es algo que los agentes económicos pueden controlar en cuanto a tamaño y cuya naturaleza pueden elegir.
Pero en cuanto introducimos los tres factores clave que hemos estado analizando las cosas cambian. Hemos examinado en la parte III y en un capítulo de la parte II que la propiedad, la empresa, el mercado y el Estado cambian de manera significativa. Estos cambios llevan a la consideración del sistema capitalista como un sistema complejo impredecible sin que sea realmente posible controlarlo por medio de la Política Económica, tal como hemos visto en el primer capítulo de esta última parte.
Debemos pues aventurar la conclusión de que en EL CAPITALISMO QUE VIENE no puede darse ninguna de las características que definían al Humanismo. Somos individuos no completados; difícilmente nos podemos imaginar a nosotros mismos en el centro de nada y es muy dudoso que podamos manejar el sistema económico en ningún sentido. La complejidad inmanejable del sistema económico se refleja en una innovación acelerada que acarrea una rápida rotación de empresas y bienes.
En un sistema así hemos visto que el Estado del Bienestar es opcional y puede desaparecer y hemos aprendido que, sin embargo, hay algo parecido a la igualdad de oportunidades entendiendo ésta en un sentido estadístico y despersonalizado que nada tiene que ver con el Humanismo. Es como si los seres humanos fuéramos meros vehículos de un meme egoísta que se perpetúa a sí mismo. Y, sin embargo en ese sistema el hombre puede ser feliz si por felicidad entendemos algo menos relacionado con el confort y más dependiente del placer que reporta el juego.
1. La espina dorsal del contenido de este capítulo está constituida por mi artículo (Urrutia (2000) ). Sin embargo contiene novedades. Por un lado he añadido comentarios adicionales sobre el sentido nuevo en el que hablamos del individuo, sobre el Estado del Bienestar, sobre la innovación, sobre la igualdad de oportunidades y sobre la felicidad. Por otro lado la reflexión sobre el carácter humanista del Capitalismo, a diferencia de la efectuada sobre la Ciencia Económica en relación al mismo tema, no sólo es nueva; sino que ofrece un perfil novedoso y, en cierto sentido, es como un resumen apretado de la tesis de esta obra.
2. Ambos jugadores son racionales en el sentido de preferir más a menos. Las preferencias reflejadas en esta matriz de pagos son razonables y de acuerdo con ellas el único equilibrio de Nash es el correspondiente a la casilla sureste. La solución de este juego es tal que ambos jugadores aumentan la variable que controlan, salarios y precios, generando una inflación que no consigue modificar el desempleo porque el salario real no se ha modificado. Aquí podría incorporar muchas citas sobre todo en relación al marxismo y al cristianismo. Sin embargo para mis finalidades me basta con las aportaciones de Sartre y de Heidegger relativas al existencialismo que se incorporan a las Referencias de este capítulo.
3. Quizá la única excepción sea la de W.S. Jevons, uno de los padres de la revolución marginalista y un concienzudo escritor de diarios que permiten la reconstrucción de un ser humano real y personaje ejemplar constitutivo del economista romántico por excelencia. Ver el capítulo correspondiente de mi Economía Neoclásica (1983).
4. A pesar de esta parsimonia la parte primera de este volumen nos ha hecho ver que el homo economicus se transforma ya en un homo posteconomicus que es psicológicamente más denso, racionalmente más complejo y socialmente menos individualista, acercando así a la Teoría Económica a la modelización de un hombre menos estereotipado y más cercano al hombre concreto. Volveré sobre esto enseguida en el texto.
5. En el primer capítulo de esta última parte hemos explorado la naturaleza de la política económica. Frente a una concepción que podríamos llamar apolínea nos hemos decantado por una concepción alternativa que bien podríamos calificar de dionisiaca. La primera es la que sostiene que la política económica debe ser reglada y sin sorpresas para que pueda ser comprendida. La segunda sería la que corresponde a EL CAPITALISMO QUE VIENE y lejos de ser reglada acabará pareciendo como si fuera estocástica y no solo discrecional.
6. Ver Davis (2003), p.17. Traducción propia y cursiva en el original.
7. Ibidem, p. 17 Traducción propia y cursiva en el original
8. Ibidem, p. 9. Traducción propia y cursiva añadida.
9. Esta es una de las líneas centrales de la crítica de Stiglitz a la actuación del Fondo Monetario Internacional. Esta crítica surgió en multitud de publicaciones a partir de su dimisión como chief economist del Banco Mundial; pero quizás baste con citar aquí su libro que aparece en las Referencias de este capítulo.
10. Además de a todos aquellos que piensan que conforma con pensamiento ingenieril que hace abstracción de la participación propia de la iniciativa privada.
11. Un ser concreto y libre para decidir que necesita, además la participación consciente en las decisiones colectivas para poder llegar a considerar como propios los resultados de sus acciones.
12. Es necesario distinguir este sentido común viquiano del que es utilizado tan a menudo por el neoconservadurismo y que casi le caracteriza. Este último es como un a priori inconsciente de su dependencia cultural, mientras que el viquiano está constituido por unas reglas decantadas en un ámbito (cultural) determinado que se reconoce como el ámbito en el que es preciso sobrevivir.
13. Sobre esta noción específica de sentido común, ver lo nota anterior.
14.Estas dos propuestas corresponderían esquemáticamente a los trabajos de Rifkin y de la Dehesa respectivamente.
15.Entre estos costes de uno y otro sistema hay dos que nos interesan. El primero de ellos es que, en la medida en que la financiación del Estado del Bienestar es parecida a un sistema fiscal, puede tener un peso muerto que atenaza las fuerzas creativas frenando las iniciativas empresariales. El segundo es la posibilidad, pocas veces mencionada pero bien conocida, de que el sistema sea capturado, bien por el Gobierno para adornar sus cuentas fiscales, bien por los sindicatos que a través de la gestión del sistema, en la que a menudo intervienen, alcanzan una presencia que no tendrían de otra manera.
16.Ver el trabajo de Boldrin y Levine ya citado varias veces, así como el de Paul Romer.
17.Mirowski pone énfasis en este punto en su Machine Dreams.
18.Esto corresponde a las ideas de Richard Dawkins sobre genética y a las aplicaciones que de las mismas hace Susan Blackmore.
19.El libro de Layard, profusamente mencionado en los medios cultos recientemente, contribuye sin duda a la aceptación académica de este tema de la felicidad. Sin embargo las referencias que se ofrecen de Scitovski nos hace ver que hace tiempo que este asunto toca a las puertas del castillo de la Teoría Económica. Y que el castillo ya ha sido invadido es innegable a la visita del trabajo referenciado de Alesina et al. Lo más llamativo del trabajo de Layard es que debido a nuestra apreciación por el status relativo entramos en una "carrera de ratas" que no contribuye a nuestra felicidad pues nos hace trabajar demasiado y abandonar aspectos del ocio, como las relaciones sociales, que nos proporcionan más felicidad. De ahí surge su recomendación mas llamativa y chocante en los tiempos que corren: el reforzamiento de la progresividad de la fiscalidad sobre las rentas de las personas físicas.
20.Las reflexiones que siguen aparecieron en un artículo previo (Urrutia 2003) incluido en las referencias.
Alesina, A.; di Tella, R. y MacCulloch, R. (2001): "Inequality and Happiness: Are Europeans and Americans different?". CEPR, WP. N1 2877.
Bacon, F. ( 1627; 1956)): La Nueva Atlántida en Utopías del Renacimiento. Fondo de Cultura Económica, Méjico.
Blackmore, S. (2000): La máquina de memes. Paidós, Barcelona.
Boldrin, M. y Levine, D. (2002): "The Case against Intellectual Property", The American Economic Review. Papers and Proceedings,92, Mayo,.pp.209-212
Campanella, T. (1623): La ciudad del Sol
Davis, J.B. (2003): The Theory of the Individual in Economics. Identity and value. Routledge, Londres..
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Dehesa, Guillermo de la (2004): Quo vadis Europa?. Alianza Editorial. Madrid.
Heidegger, M. (2000): Carta sobre el Humanismo. Alianza, Madrid
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Mirowski, P. (2002): Machine Dreams. Cambridge U.P.
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Sartre, J.P. (1999): El Existencialismo es un Humanismo. Edhasa, Barcelona.
Scitovski, T (1976): The Joyless Economy. Oxford, U.P.
Smith, A. (1759;2004): La Teoría de los Sentimientos Morales. Alianza, Madrid.
Smith, A. (1776;1994): La Riqueza de las Naciones. Alianza, Madrid
Stiglitz, J. (2002): El Malestar en la Globalización. Taurus, Madrid.
Rifkin, J. (2004): El sueño europeo. Paidós, Barcelona.
Romer, P (2002): "When should we use intellectual property rights?", The American Economic Review. Papers and Proceedings, 92, Mayo, pp. 213-216
Urrutia, J. (1983): Economía Neoclásica. Seducción y Verdad. Pirámide, Madrid
Urrutia, J. (2000): "¿Es la Economía un Humanismo?", Empresa y Humanismo. Pamplona
Vico, G. (1725; 1963): La Sciencia Nuova. Rizzoli, Milán