Caminar

Acabo de comprar u nuevo libro para mi colección de ensayos sobre el caminar. En este caso es un obra ya antigua de David Le Breton recuperada por Siruela y subtitulada La interminable geografía del caminante. Hace años, muchos, que me considero un caminante y que, como tal, mi manera de pensar en cualquier ámbito se ha adaptado a la de muchos otros autores cuyos ensayos atesoro en mi biblioteca.

En mi caso todo comenzó con la lectura de ensayos de Nietzsche, o sobre él, en los que me enterré en aquel curso que pasé en LA hace ya muchos años. Menciono esto porque después de aquel curso, todavía en los años 70 del siglo pasado, he caminado de muchas formas distintas aunque ninguna como esta última que me ha recordado a aquella maravilla angelina que me permitió conocer muchos rincones variados de esa capital californiana cada uno de ellos relacionado con una cierta crispación sexual diferente, dependiente del lugar y de la hora del día.

Algo así me ha ocurrido estos últimos días en los que mis caminatas han buscado, como siempre en mis fantasías, un lugar especial en el que retirarme a vivir en una presunta soledad madre de mi creatividad en un campo u otro. En esta ocasión mis divagaciones han estado muy influidas por la lectura de El peligro de estar cuerda, la última obra publicada de Rosa Montero y en la que se hace eco de sus innumerables lecturas de psicología, psiquiatría y neurología, algunas de las cuales me han recordado a mis siete años de tratamiento psicoanalítico.

Aunque la hora de mi caminar varía, siempre vuelvo a donde vivo con mi familia cuando todavía es de día de modo que me da tiempo de disfrutar de los recuerdos del paseo recién terminado y de todas sus consecuencias tanto para mi vida, o lo que me queda de esta, como para los pocos retos profesionales con los que pretendo enfrentarme, al menos en mi cabeza.

Casi cada noche surgen, en esta cabeza no del todo arruinada, algunos planes concretos para la siguiente jornada a los que doy vueltas hasta que mi suave píldora de melatonina transforma mis ideas en un suave deslizamiento andarín con la vista puesta en las ventanas de edificios recién iluminados por el sol y que me parece no haber visto nunca a pesar de que están ahí claramente para mi disfrute. Ese despertar dentro de unas horas será el preludio de un suave placer quizá inesperado.