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La transparencia en el alambre

A los que sin ser del gremio leemos filosofía por afición por distracción nos ocurre a menudo que esa lectura nos sirve como mandala de meditación y precipita nuestras convicciones o les da un tinte nuevo. Esto último es lo que me ha ocurrido con un pasaje específico (capítulo 3, sección VI, Crítica de la transparencia, pp 98-106) de la recién reeditada Crítica de la Razón Clínica de Peter Sloterdijk (Siruela 2003): ha reforzado mi recelo contra la transparencia o, más exactamente, contra la exigencia de transparencia en el contacto entre la empresa y sus accionistas, es decir entre la empresa y ella misma. ¿Puede una empresa ser transparente para sí misma? Este es el problema.

Peter Sloterdijk nos viene a decir que la racionalización, o explicación racional, de cualquier cosa tiene un límite claro en la explicación de uno mismo. En este caso la exigencia de racionalidad, propia de la Ilustración, es como una tapadera del cubo de la basura donde se acumulan las verdaderas razones, generalmente inconfesables, de nuestra actividades. La conciencia es ciega para sí misma y el magnetismo animal del doctor Mesmer como el sueño magnético o hipnotismo del marqués de Puységur o el mismísimo psiconalálisis freudiano no serían sino formas, cada vez más perfeccionadas, de una mirada lateral que consigue vislumbrar esa sombra a nuestra espalda que desaparece en cuanto tratamos de dar la vuelta para mirarla de frente: imágenes difusas en un espejo que nos permiten vislumbrar la basura levantando levemente esta tapadera del cubo que la obsesión por la razón presiona con todo su peso y su prestigio.

A uno se le ocurre inmediatamente una analogía entre la exigencia ilustrada de racionalidad y la histérica demanda actual por una mayor transparencia como parte del buen gobierno de la empresa. Esta transparencia no sería sino la tapadera que permite aislar los verdaderos bajos fondos de las empresas: los ejecutivos, y no digamos los accionistas, tendrían el privilegio de no llegar a conocer la verdadera porquería que se acumula en la organización gracias a la apariencia de transparencia. Y, es que cuanto más se clama por la transparencia o con mayor énfasis se ofrece, más creatividad contable se está tratando de ocultar.

Enron es intolerable, como horribles son mis deseos más ocultos, pero en lugar de hacer el duelo y comenzar el psicoanálisis corporativo, como haría en el caso de que mi subconsciente hubiera sido objeto de sospecha, bramamos a favor de la transparencia y abominamos de la creatividad contable cuando ésta es, quizás, la única vía zen que una empresa puede transitar. No hay una forma única de reflejar la verdad empresarial como no hay una forma directa de enfrentarse al subconsciente. Para intuir éste necesitamos mirar hacia otro lado como necesitamos contabilizar de maneras diversas y contradictorias operaciones que no podemos tragar. La transparencia como la razón se balancean en el alambre. Como las queramos bien quietas y asentadas estamos perdidos, pues se convertirán en nuestros mayores enemigos.

Juan Urrutia

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