Artículos de opinión breves
Hace muchos años Julia Otero llevó a su programa televisivo a Don Gustavo Bueno quien, sin venir mucho a cuento, se despachó a gusto contra la solidaridad. Aunque no lo recuerdo bien, seguramente se indignó ante lo que consideraba un chantaje a la libertad. Creo con Carmen que lo que intentamos decir al hablar de solidaridad tiene mucho más que ver con los otros dos valores revolucionarios: la igualdad y la fraternidad.
La única manera de ser igualitario y respetar simultáneamente la libertad es precisamente lo que hoy se denomina igualdad de oportunidades, una idea que ya no sólo es especulativa; sino que ha sido convertida en operativa por John Roemer mediante esquemas precisos que tratan de aproximar toscamente la idea de que por ser digamos mujer no tienes que ganar menos; sino que tienes que ganar (diría Roemer) si eres la enésima mujer en talento, lo que gana al enésimo hombre en talento.
La fraternidad (o la sororidad) no tiene nada que ver con la justicia. Se trata más bien del conjunto de convenciones a las que ha llegado una sociedad libre y seguramente no igualitaria. Se trata de convenciones, es decir, de normas de conducta que cada uno acepta y sigue porque los demás las aceptan y siguen y porque, siendo éste el caso, es lo mejor que cada uno puede hacer. Ser un hermano o una hermana no significa ser bueno o justo sino que consiste en ser previsible.
Imaginemos una sociedad fraterna y en donde se pone en práctica la igualdad de oportunidades (quizá por pura fraternidad). Creo que la solidaridad no tiene espacio en una sociedad así. Supongamos una sociedad sin igualdad de oportunidades. Las desigualdades que surjan deben quizás ser o aceptadas o reparadas de acuerdo con las ideas de Roemer; dependerá de las convenciones existentes sin que la solidaridad pinte nada en todo esto. Finalmente supongamos una sociedad con igualdad de oportunidades y sin fraternidad. Tampoco aquí pinta nada la solidaridad. El ejercicio de la igualdad de oportunidades traerá consigo convenciones fraternales determinadas que, si no son muy justas o acaban exhibiendo desigualdades, no por ello claman por la solidaridad.