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El poder de la palabra

Una anécdota sencilla ilustra el poder, no de la palabra todavía, sino de la letra, de una simple letra de nuestro alfabeto, la l en este caso.

Un joven colega me convocó por e-mail a una tertulia a las 8 de la tarde a pesar de que el partido del Madrid contra el Manchester iba a ser televisado a partir de las 8.30 p.m. Contesté que de acuerdo y que quién o qué era el Madrid. Me respondió alarmado diciendo que no podría creer que yo fuera del Atleti. Como buen bilbaino le respondí que seguramente él se refería al Athetic de Bilbao (la l desapareció de mi mensaje). Mi contertulio, que es muy rápido, me espetó electrónicamente: No, me refería al Pathetic, me los has puesto a huevo. Yo, que tampoco soy lento y sé perder, repuse: Touché. La ausencia de una simple letra, la l, había desmontado mi arrogancia semifingida de bilbaino. He ahí pues el valor de una letra, ¡imaginen el poder de una palabra!

Algunos vascos tienen la mandíbula conformada de tal manera (seguramente neolítica) que no pueden pronunciar la palabra España más que con un esfuerzo supremo de la voluntad. Ni esta última ayuda a otros vascos a pronunciar Euzkadi, aunque sea denominación con garantía constitucional y equivalente a País Vasco (o quizá por eso mismo) y mucho menos euskara que, al no gozar del prestigio constitucional es sustituido por vascuence . Como se ve las palabras están cargadas y son tan peligrosas como las bombas racimo o las minas personales. Por eso no entiendo que no sean tratadas con cuidado.

Pero el descuido o la mala intención en el uso de las palabras empieza a ser la regla y no la excepción. Y me solivianto un poco. No parece, en efecto, que se esté poniendo el cuidado debido cuando en no sé qué desarrollo de la Ley de la Calidad de la Enseñanza se propone volver al aprobado o al suspenso en lugar de las expresiones que hoy se están utilizando en algunos niveles como progresa adecuadamente o necesita mejorar. Este golpe de mano legislativo me parece poco propio. Primero, volver a lo de siempre porque es lo de siempre me parece una muestra de conservadurismo montaraz equivalente a la insistencia en referirse al vascuence, una resistencia pasiva contra un ataque figurado, es decir un caso leve de paranoia. Segundo, se vuelve a esa terminología porque la nueva, que sólo debe llevar en vigor unos veinte años, parece ridícula a los que mandan, o quizá les parece patética en la excepción juvenil de esa palabra (acepción bien ilustrada por el humor de mi joven colega), otra muestra de conservadurismo no muy tranquilizadora. Nos lleva directamente a la pedagogía de la letra con sangre entra cosa que, a pesar de mi patinazo con la letra l no creo sea recomendable.

Pero ¡ojo!, no vaya a olvidarme de la viga en el propio. Sospecho que todos, y yo desde luego, tenemos algo de conservador y nos parece ridículo (o patético) que la Sra. de González dijera no hace mucho estudiantas y estudiantos o que el lehendakari Ibarreche no falle nunca en mencionar las vascas junto a los vascos o, en general, muchas de las prácticas de lo políticamente correcto. Y sin embargo yo creo que hacer un esfuerzo de voluntad (endureciendo la mandíbula mediante la logopedia política) evitar el autoritarismo que subyace al aprobado (¿por qué aduanero?) a la gaseosidad aparejada al suspenso (que me dejaría sin apoyatura), referirse al euskera (lo que ya es fomentarlo), practicar la discriminación positiva a favor de una futura igualdad en el tratamiento de las identidades de género y, en general, estar abierto a la evolución y la experimentación, son todos ejercicios muy saludables. Así que me despido diciendo que, con relación al euskara, Euzkadi debería redoblar sus esfuerzos por apoyar la formación estable de la identidad de los vascos y las vascas. ¿Pathetic? Yo creo que athletic.

Juan Urrutia

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