Bloques de piedra

Esperaba yo que este verano fuera definitivo a la hora de decidir en donde iba yo a trabajar en la escritura de mi obra póstuma pues en nuestros planes se encontraba la visita a mis sitios favoritos. Madrid por la cercanía a mi familia; Las Arenas por mi eterno amor por ese mar cantábrico y el Bajo Empordá por su magnífica vista de las islas Medas. Pero mi esperanza se ha ido posponiendo en su satisfacción a pesar de que he tenido ocasión de visitar esos tres lugares durante los meses de julio y de agosto y la oportunidad de escribir en los tres.

Los tres tienen algo en común como son los bloques de piedra que, en mayor o menor tamaño, no como los adoquines, adornan tanto el exterior como el interior de esas tres viviendas y que este verano han atraído mi atención como posibles sostenes de mis escritos. En mi casa del Ampurdán, una antigua masía aislada en un pueblo nada denso, hay como unos 10.000 de esos bloques. Si relleno 100 a la semana laborable (400 palabras al día) podré rellenar todos en 100 semanas, es decir en dos años. Muy factible; pero me pido tres años para poder descansar y tomar vacaciones familiares, además de visitar los otros dos lugares a la búsqueda de compañía, cariño y otros bloques de piedra cuyo relleno no exigirá más que un año extra. En total tengo que estar dispuesto a dedicar como cuatro años a este menester.

Pero la estancia en una u otra ubicación ha de depender no solo del número de bloques de piedra o del tamaño de unos u otros, pues en esa última cuestión no hay grandes diferencias. Estas están en otros detalles que podría resumir en el olor de los tres sitios. El olor de los de Madrid revela el intento de alcanzar la imagen mundial que Madrid no merece y que yo tampoco anhelo. El olor de Foixà me lleva al pasado rural que se convierte poco a poco en un futuro misterioso en todos los niveles tal como yo interpreto mi obra, pues es así que yo la he ido acumulando. Y el olor de Las Arenas es el que me arrulla en la subida y bajada de la marea que me permite descansar cada noche.

Pero esta manera de entender el olor tampoco me resulta definitiva a la hora de decidir el lugar físico donde debería establecer mi lugar de trabajo. Hay otra cuestión que resulta casi definitiva del todo. Se trata de llevar a su límite mi gusto por los bajos o los sotabancos. Generalizando, me gustaría establecer mi vivienda y despacho a pie de calle en una avenida poblada aunque no ruidosa. Esto me permitiría entrar y salir muchas veces al día a comprar comestibles o a darme otros caprichos poco confesables que no pueden convertirse en serios para lo cual lo mejor es que sean muy variados.