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Bajo la sombra de los gigantes

El sábado pasado, como todos los sábados, compré The Economist a fin de ponerme un poco al día de cómo va el mundo y saber si uno puede vislumbrar un rayito de esperanza sobre esa su normalización tan llena de problemas serios en todos los ámbitos. La ilusión con que lo compro es mayor o menor dependiendo de la portada y la de este sábado me llamó mucho la atención pues gráficamente se veía un zapato grande a punto de aplastar a un ciudadano y se podía leer en letra blanca «In the shadows of Giants» y en letra roja un subtítulo que se me antojó amenazante: «A special report on the world’s most powerful companies». Que las grandes compañías dominan el mundo en algún sentido, que lo hacen sin control de la ciudadanía o de los trabajadores y que esto no es una gran noticia es algo que no sorprende a nadie. Y que la lectura del Economist va a acabar teniendo una postura templada señalando los peligros pero destacando al mismo tiempo los beneficios, tampoco. Pero aun así recomiendo la lectura cuidadosa de los tres trabajos que, en el número de esta semana, se refieren a estas materias y ello no necesariamente para invertir mejor sino, más bien, para ir vislumbrando no ya las «posibilidades» de nuestros nietos sino las de nuestros hijos.

Nada más lejos de mi intención que reproducir aquí las ideas o las cifras que ofrece generosamente The Economist. Pero sí me gustaría aprovecharlas para comentar sobre asuntos tan cruciales como el futuro de este capitalismo nuevo en lo que se refiere a la desigualdad, provenga esta de los beneficios empresariales o de los sueldos de los trabajadores, o a la productividad del sistema o las formas de ahorro que permitan una cierta tranquilidad.

La idea central es que no tenemos más remedio que repensar la naturaleza del capitalismo que poco a poco va dejando de ser un sistema generador de crecimiento y bienestar gracias a la destrucción creativa schumpeteriana (que permite que las tecnologías más productivas vayan desplazando a las obsoletas) y se está convirtiendo en un socialismo sigiloso en manos de los gurús de las enormes empresas, muchas de ellas de naturaleza mucho menos material que las de hace treinta años. Este stealth socialism no es muy apreciado por el liberalismo que profesa The Economist, pero me parece bueno que vayamos familiarizándonos con las tendencias que en el mundo de hoy, digital y global, nos van alejando del capitalismo neoliberal de Thatcher y Reagan.

Esto tiene una primera implicación ambivalente. Las finanzas ya no van a ser una actividad rompedora sino el mero seguir los cálculos de las fórmulas que detectan qué valores están por encima o por debajo de su valor fundamental. Estas fórmulas tienen una gran potencia performativa y, de hecho, queda muy poco espacio para atraer ahorro para montar nuevas empresas dispuestas a introducir nuevas tecnologías. Esta pasividad es la responsable de que no sea fácil creer en el valor renovador de la competencia. Si hay algún valor renovador este se encuentra en las mismas grandes firmas que, convencidas por sus directivos van a tratar de hacerse con otra compañía mediante compra o absorción para mejorar el abanico de bienes o servicios que ofrecen. Así se van creando compañías cada vez más grandes que conforman un capitalismo oligopolístico generador de enormes rentas que lo separan cada vez más de la distribución que generaría la libre competencia.

De esta forma se pierden muchas ideas nuevas pues la financiación necesaria para su emergencia no corre riesgos y se acumula en esas grandes empresas. Esto quizá no es del todo cierto pues cualquiera de las empresas que componen el oligopolio global pueden tener grandes ideas nuevas. Pueden quizá pero no hay manera de estar seguros de ello. Por lo tanto no es exagerado estar preocupados por el pobre crecimiento de la productividad global y, por lo tanto, por el crecimiento del producto bruto del globo. Es perfectamente posible que, debido a la disminución de la tasa de natalidad, en términos per capita la cosa no sea tan grave; pero no hay quien nos libre de una cierta preocupación por nuestros hijos o nuestros nietos, matizada, eso sí, por las posibles aplicaciones de las nuevas tecnologías a campos hasta ahora poco productivos como, por ejemplo, la agricultura. Una matización relativa pues también es posible que la esperanza de vida se alargue significativamente.

Estos cambios traerán seguramente cambios importantes en las formas de vida que no son fáciles de imaginar. Pero lo que no es difícil es apuntar por donde irían algunos cambios deseables. El principal es, a mi juicio, la menor variación esperada en la tasa de crecimiento aunque esta no sea muy alta. Y esto es una verdadera esperanza pues permite manejar nuestra vida de manera tal que alcanzar lo que se llama una vida digna sea factible para un gran número de gente que, con independencia del índice de desigualdad, verán a su alrededor gente como ellos mismos. Un mundo en el que, si conseguimos olvidarnos de los inmensamente ricos, la fraternidad y la solidaridad serán más alcanzables.

Especialmente esto último será posible en el marco de un sistema fiscal progresista que elimine las formas actuales de evasión propiciadas por los movimientos de capital facilitados por la globalización desregulada.

Todo esto exige mucha colaboración pero parece que ya el mundo se ha dado cuenta de esto y que lo que ahora se necesita es organizar bien la interacción entre Estados para lo cual el conocimiento científico no avance solamente por la vía tecnológica sino también por la parte que correspondería a la sabiduría.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.