BUE
El caserío había sido reformado en tiempos de mis abuelos. Nosotros ocupábamos la zona frontal mientras el casero habitaba la parte trasera.
Las obras se habían realizado a finales del siglo XIX, con lo que la zona dedicada a la higiene personal dejaba bastante que desear de acuerdo con los cánones actuales.
El WC, vulgarmente llamado retrete, era una habitación pequeña, recubierta de madera, con un asiento corrido que se extendía todo lo ancho de la pared; en la parte central del asiento se levantaba una tapadera que dejaba al descubierto un trozo de madera menos pulida, con otra tapa redonda de menor tamaño en el centro, que se alzaba tirando de una pequeña argolla, cuando era utilizado. .
Levantar esa tapa y sentarse sobre el agujero era exponerse a coger un constipado. El agujero conectaba directamente con el pozo negro, que llamábamos “txitxiposo”. Soplaba el viento y se oia su ulular; no solamente se oia; su fuerza quejumbrosa nos azotaba en la zona más sensible de nuestra anatomía. Las visitas al lugar solían ser breves y precipitadas.
El resto de los medios de higiene consistían en jarras y palanganas en las habitaciones.
Si se quería tomar un baño, el dispositivo era de otro orden. En la planta baja existía una habitación sombría, con un sistema de calentamiento que no recuerdo bien pero que debía consistir en algún tipo de estufa de leña ó carbón.
Por las noches se procedía a bañar a los niños. Se llenaba un balde de zinc con agua caliente. Se colocaba este en mitad de la habitación, inmediatamente debajo de la única bombilla que alumbraba el habitáculo y se procedía a restregarnos y fregarnos bien. Lo recuerdo como un proceso húmedo, desagradable e irremediable.
El único consuelo era que después nos esperaba una toalla suave y acogedora y un camisón limpio y bien oliente.
JUE
Me resulta difícil comentar sobre este recuerdo de mi hermana. Tanto porque es como un cuento cerrado en sí mismo, completo, como porque las costumbres higiénicas evolucionaron en los siguientes años en los que, como diría nuestra madre, yo estaba “en la mente del señor”.
Sin embargo, y tal como ya he comentado en otros posts de esta serie, Gorrondo era, a pesar de su abandono, lugar de peregrinación obligado todos los veranos de mi niñez aunque simplemente como una excursión campestre. Desde Algorta mis amigos y yo, convenientemente acompañados por nuestros cuidadores, no todos mujeres ( algún día hablaré de D. Diego) tomábamos el tren en la estación de Neguri y en tres paradas estábamos en la estación de Berango desde la que un corto paseo nos llevaba al caserío.
El momento álgido del día era cuando se nos permitía entrar en la casa y pasar un poco de miedo ante los fantasmas que habitaban aquel caserón y que vivían entre las sábanas que mi memoria imagina erróneamente todavía puestas sobre las camas como si los habitantes hubieran huído precipitadamente.
Lo cierto es que el “komuneko” era de lo más celebrado. Aunque no parece muy poético detenerse mucho en el recuerdo de un lugar así, yo querría añadir a los recuerdos de mi hermana, mi impresión retrospectiva de que se trataba de una pieza de excelente capintería y quizás también de correcta ingeniería hidraúlica.
El cuarto de los baños era también una pieza visitada y creo recordar que estaba justo debajo de aquel mirador adosado que un día se lo llevó el viento, según contaba la memoria familiar, en un famoso vendaval de no sé qué año anterior a mI nacimiento. No tengo la experiencia de ser refrotado en un balde de zinc; pero desgraciadamente tampoco la de ser posteriormente arropado en una toalla perfumada.
No sé si la memoria de mi hermana volverá a visitar este lugar donde quizá se formó lo más profundo de su caracter, pero si lo hace espero que se demore en los caseros que habitaban, y siguieron habitando, la parte de atrás del caserío, culyivaban los campos de maiz y criaban ganado. Estuvieron presentes en nuestras vidas hasta mucho más tarde y no siempre las relaciones fueron fáciles. Pero de aquella época también hay historias familiares quizá relacionads no tanto con BUE sini más directamente con Marisa Elejalde, nuestra prima fisiológica y hermana de corazón.