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Terrorismo, Filosofía, Economía? y Nacionalismo

No es de extrañar que desde el 11 de septiembre la reflexión sobre el terrorismo se haya extendido en direcciones varias. Entre estas no está, que yo sepa, la dirección económica o, al menos yo no he topado con comentarios económicos o de economistas sobre el fenómeno del terrorismo en sí o sobre la deriva de su naturaleza.

Soy consciente de la existencia de trabajos meritorios sobre el coste para el País Vasco del terrorismo de ETA y de algunos intentos inteligentes de aplicar la teoría de juegos a la tensión entre el Estado y ETA; pero el terrorismo de esta última organización de malhechores es de una naturaleza distinta y más antigua que la de la red Al Qaeda responsable de la tragedia de las torres gemelas. Sin embargo sí he topado recientemente con dos trabajos de corte filosófico que me parecen de interés porque van más allá de otras muchos comentarios especulativos que ha tenido ocasión de leer. Curiosamente esos dos trabajos a los que ahora me referiré, y que no tienen nada que ver con la perspectiva económica, me han evocado algunos conceptos económicos de carácter más o menos abstracto que quizá, como en una jugada de frontón a dos paredes, nos podrán ayudar a comprender mejor la naturaleza del nuevo terrorismo y a profundizar nuestra conceptualización de algún otro asunto económico.

El primer trabajo al que me quiero referir es L'esprit du terrorism que Jean Baudrillard publicó el 3 de noviembre de 2001 en Le Monde y que muy recientemente ha editado Galilée. De entre sus sugerencias siempre perceptivas me gustaría destacar dos. Por un lado el carácter suicida del ataque cambia las reglas del juego o más bien las elimina completamente. Para Baudrillard esto no sería sino el estiramiento hasta la crispación total de una tendencia que observamos en la sociedad ya que, de hecho, el hundimiento de las torres, como algo inesperado y distinto del impacto de los aviones suicidas, simbolizaría el suicidio de nuestro sistema social que muestra directamente así su más que real fragilidad. Por otro lado el acontecimiento vivido en directo por el mundo a través de las imágenes televisivas es un ejemplo evidente de la banalidad y transparencia del mal. El mal es algo simple y sin recovecos: destruye lo que dice querer destruir y no parece que persiga conseguir nada a cambio. A diferencia del terrorismo del siglo XX que tenía, y tiene en la medida que continúa, finalidades reales y específicas, este nuevo terrorismo del siglo XXI es pura simbología y en este sentido refleja muy nítidamente la exigencia airada de transparencia total en la conducta de las corporaciones. Pero esta transparencia total es a su vez muestra, indirecta esta vez, de la fragilidad ya mencionada del sistema económico. Una vez eliminados todos los secretos ya no hay últimas defensas, planes alternativos contingentes o ases en la manga; hay sólo lo que hay y si esto que hay se rompe no hay esperanzas de arreglo. La limpieza total nos ha dejado sin defensas como una piel excesivamente frotada con agua y jabón. Pues bien esta fragilidad y esta transparencia son dos categorías que no pocos economistas asociaríamos al sistema económico al que nos acercamos poco a poco y que parece como un arriesgado número de circo efectuado sin red, es decir como sostenido únicamente por la interacción entre los propios mercados que, por su parte, no se sostienen en nada externo a ellos. A mi juicio no hay idea más interesante que este auto-sostenimiento del sistema de mercado; pero cuando uno la piensa en toda su profundidad no hay más remedio que reconocer, en ausencia de otras instituciones, la fragilidad extrema simbolizada por la implosión de las torres gemelas al derretirse sus varillas arquitectónicas maestras.

El segundo trabajo que ha caído en mis manos es Temblores de Aire. En las fuentes del terror de Peter Sloterdijk, traducido por Germán Cano y editado por Pre-textos en el 2003 con una introducción de Nicolás Sánchez Durá. Si cito el prologuista es porque a él se debe el paralelismo entre la saturación del espacio sobre la que elucubra Sloterdijk y la conocida movilización total de Jünger. El primero nos hace ver con su espléndida retórica que el terrorismo hoy es la prolongación inevitable de la tecnología de la manipulación del medio ambiente que permite eliminar las condiciones de vida de cualquiera y de todos. Una guerra química o bacteriológica así como el nuevo terrorismo, eliminan la capacidad de vivir, no apuntando directamente al cuerpo del enemigo para eliminarlo como en la guerra convencional (como hace ETA), sino imposibilitando la vida de ese cuerpo, que por el mero hecho de respirar, actividad necesaria para la vida, aspira gas letal y se suicida. No hay pues refugio frente a esa guerra o a ese terrorismo de la misma forma que no hay abrigo en la guerra total asociada a la movilización total de Jünger: seas lo que seas estás movilizado y no te queda espacio para la persecución de tus objetivos individuales. En ambos casos, el de la saturación del espacio y el de la movilización total, no hay ni tiempo ni lugar para reflexionar y desde el que ejercer tu autonomía personal. En términos de filosofía posmoderna diríamos que no hay distinción entre el interior y el exterior, no hay nada interno, latente, oculto y por descubrir, todo está ahí fuera obscenamente alcanzable y visible como en la transparencia total. ¿Qué tiene que ver esto con la Economía? Aparentemente nada; pero hay algunas nociones abstractas profundas de la manera de pensar económica que reciben nueva luz de estas consideraciones filosóficas. A continuación me referiré a dos de esas nociones abstractas que podemos considerar no sólo profundas sino pilares fundamentales del análisis económico: la racionalidad y el mercado.

En el reciente pasado me he referido a la racionalidad sugiriendo que el rumor sin sentido de los concursantes de Gran Hermano me evocaba la sopa primigenia de la que nace la vida, mientras que la sobredosis de racionalidad asociada al diseño (en el que todo tiene su función y no hay nada arbitrario) me evocaba la muerte. La moraleja era entonces, y sigue siendo hoy, que hay que ser sabios, no sólo racionales, para saber prescindir del uso de la escueta racionalidad funcional en algunas ocasiones con la finalidad de mantener una reserva de capacidad creativa a ejercer en circunstancias no previstas. La racionalidad excesiva que yo asociaba al diseño, y que hoy asociaría a la transparencia total, podría generar otra vez una enorme fragilidad. El otro pilar fundamental del análisis económico es, naturalmente, el mercado. Describiré la trama de lo que ha dado en llamarse estructura (in)completa de mercados, un tema complicado que según como se explique, puede no tener nada que ver con la saturación del espacio de Sloterdijk, o con la movilización total de Júnger, o ser su más exacto correlato. La manera convencional de tratarlo comenzaría por suponer que, además del conjunto de individuos, están dados el número de mercancías y de empresas, cada una de estas últimas con su tecnología propia que especifica cómo unas mercancías de las dadas se convierten en otras mercancías de las dadas. El problema es encontrar un vector de precios, uno para cada mercancía dada, una asignación de bienes a cada consumidor y un plan de producción para cada empresa dada, tales que cada consumidor maximice su utilidad sujeta a su restricción presupuestaria y cada empresa maximice su beneficio desde su tecnología.

En esta descripción convencional la estructura de mercados es completa, es decir todos los mercados (spot, de futuros o contingentes) están hoy operativos de forma que el tiempo no juega ningún papel y, además, se puede mostrar que la asignación es eficiente. Si la estructura de mercados fuera incompleta, es decir si hoy no existieran todos los mercados, el tiempo importaría, las expectativas contarían y la asignación de equilibrio no sería eficiente. Si ahora miramos esta descripción convencional del mercado, o del sistema de mercado, desde un punto de vista menos convencional surge una sorpresa que es la que me interesa destacar. El número y naturaleza de empresas y mercancías debería ser endógeno. Si se forma un cierto conjunto de coaliciones productivas (empresas) tendremos un cierto conjunto de mercancías; pero sí se formará un conjunto distinto de coaliciones productivas el conjunto de mercancías disponibles será distinto. En consecuencia, es instructivo reparar en que en el equilibrio el conjunto de mercancías que se producen y se consumen no es sino un subconjunto de los posibles.

En una situación así, que contraste con la convencional, cualquier cambio en gustos o en tecnología acarrea un cambio en el conjunto de mercancías disponibles. Como los cambios tecnológicos pueden ser el resultado de la labor innovadora, nos encontramos en presencia de la destrucción creativa de Schumpeter a pesar de que nos estamos moviendo en un mundo neoclásico. De acuerdo con el cambio tecnológico algunas empresas desaparecerán mientras nacen otras que nos proporcionarán, a través de las nuevas mercancías que producen, un mayor bienestar. Pues bien si esta mejora continua es posible, es porque no hemos agotado en la práctica el catálogo de bienes concebibles que existen en el cielo platónico: la movilización nunca es total, ni el espacio esta saturado. Los terribles mundos imaginados por Sloterdijk o Jünger coresponden a la concepción convencional y nunca se harán presentes en el mundo Schumpeteriano que he descrito desde una visión neoclásica aunque no del todo convencional. La destrucción creativa de Schumpeter niega, en efecto, la concepción del terrorismo elaborada por Sloterdijk. Este terrorismo de hoy es de tal naturaleza que no podemos imaginar una reserva implícita de innovaciones, todo seguirá siendo como es.

Ahora estamos en disposición de remachar lo que ya debería estar claro, que estos dos pilares fundamentales del análisis económico -la racionalidad y el mercado- iluminan tanto la fragilidad y la transparencia que Baudrillard destaca, como la saturación del espacio de Sloterdijk o la movilización total de Júger ayudándonos así a la comprensión del fenómeno terrorista en sus diferentes formas. El terrorismo suicida de Al Qaeda es, en cierto sentido, el negativo preciso del sistema económico al que nos acercamos y que consideramos como el moderno y deseable. La fortaleza de ese terrorismo evidenciada por la imposibilidad de castigar al suicida es como la fortaleza de los mercados convencionalmente considerados que funcionan eficientemente y sin alternativas. Esta fortaleza entraña y encubre sin embargo una fragilidad tan peligrosa como esa fragilidad que sentimos individualmente cuando hemos usado nuestro ingreso de manera racional para maximizar muestra satisfacción sin guardar nada bajo el colchón y colocando todo el ahorro en lo que el propio mercado ofrece en forma de instrumentos financieros que siempre entrañan riesgo. El terrorismo de ETA, por el contrario, se parecería al sistema económico de mercado con formación endógena de nuevos bienes y nuevas empresas que, paradójicamente, podría parecer menos desarrollado ya que en cada momento no cuenta con todos los mercados concebibles. El terrorista de ETA no se suicida, no corre excesivos riesgos sino que se protege la salida, no se lo juega todo en ningún momento. El terrorista de Al Qaeda se lo juega todo, de ahí su fragilidad; el de ETA tiene siempre una salida, como quién oculta su ahorro en el colchón, de ahí su flexibilidad y, al final, su fortaleza. Si mis analogía son correctas aprendemos que el terrorismo Al Qaeda desaparecerá, mientras que el de ETA que asesina objetivos individuales, puede durar a no ser que evolucione hacia unas formas reminiscentes del terrorismo de Al Qaeda como podría ser una limpieza étnica en la que se eliminan las condiciones de vida de poblaciones enteras como cuando se envenena el aire o el agua y se obliga al suicidio de esas poblaciones.

Estas ideas que han pretendido establecer, o al menos sugerir, que cada manera de ser de los mercados está asociada conceptualmente a una forma de terrorismo, no sólo sirven para que los economistas comprendamos a los filósofos que han hablado sobre terrorismo (y quizá para que ellos entiendan con un poco más de sutileza de la habitual nuestras categorías conceptuales); sino también para que las ideas de éstos, que captamos por analogía con las nuestras, nos sirvan para captar más profundamente algún problema económico nuevo. Termino con la mención de lo que las ideas expuestas dirían sobre uno de estos problemas económicos relativamente novedosos y sus implicaciones políticas. La geografía económica sugiere hoy que el mundo, por economías de aglomeración, se va a configurar como una red de ciudades, cada una de las cuales puede entenderse como una antigua ciudad-estado que integra mucho de la industria (por ejemplo agropecuaria) que uno asociaba al campo no urbanizado. Esta tendencia puede ser, de acuerdo con las ideas expuestas, sumamente peligrosa ya que implica el abandono de la naturaleza como reserva de soluciones o de seguridades frente a las contingencias ciudadanas. Por ejemplo, si algo fallara en la industria agroindustrial urbana, la supervivencia en la ciudad peligra ya que la reserva de agro estaría agotada y sería improductiva.

Una mirada superficial a las implicaciones políticas de la fragilidad del movimiento urbanizador cierra unas elucubraciones ya demasiado largas y enreversadas. En la medida en que el nacionalismo tradicional (vasco o catalán, español o francés) está asociado a un territorio siempre tiene algo de rural. Pues bien ese ruralismo acaba siendo la garantía contra la fragilidad de un mundo que tiende hacia la organización como red de ciudades y que, en ese sentido, es el espejo del nuevo terrorismo. El nacionalismo sería pues como el ahorro líquido debajo del colchón. Quizá una anticualla, quizá una inteligente garantía de vida. En todo caso nacionalismo territorial y cosmopolitismo urbanista estarían asociados a diferentes formas de terrorismo.

Juan Urrutia

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