Juan Urrutia

Juan Urrutia, el autor y el economista

A vueltas con las felicidad

Que el dinero no hace la felicidad es una pieza de sabiduría popular en cuyo análisis no imaginamos a los economistas para quienes la idea de felicidad parecería totalmente ajena. Sin embargo empiezan a aparecer estudios y encuestas sociológicos, así como experimentos de laboratorio, relacionados con los determinantes de la felidad, que plantean problemas interesantes que la ciencia económica, en su afán imperialista, pretende hacer suyos.

Pero como simpre hay antecedentes. Limitándonos a los próximos hay que citar The Joyless Society que en 1976 publicó Scitovski en Oxford University Press. En la segunda parte disecciona las estadísticas del consumo cultural americano y europeo y ofrece unos comentarios que hace poco (ver Economista joven, economista viejo en Economía en Porciones, Prentice-Hall, Madrid 2003) yo resumía de la siguiente forma:

A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer. El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer estaría muy relacionado con lo inesperado. La rutina y homogeinización haría feliz a un americano mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.

Habría mucho que discutir sobre esta caracterización del gusto artístico que hace Scitovski e incluso cabría darle la vuelta; pero lo que interesa retener ahora es que la felicidad como confort es muy diferente de la felicidad como placer y que hay como una presunción implícita de que solo la segunda es creativa.

Mucho más recientemente he topado con tres publicaciones que directa o indirectamente, de frente o tangencialmente, exploran los determinantes de la felicidad sin distinguir entre confort o placer. Mesina, di Tella y McCulloch resumen una encuesta sociológica sobre el efecto de la desigualdad sobre la felicidad diciendo que es negativo, grande y significativo en Europa pero no en los EE.UU. En el Economic Focus del 9 de agosto, The Economist se hace eco de las Robbins Memorial Lectures ofrecidas por Richard Layard y en las que éste economista introduce la idea de ocio como determinante de la felicidad. Citando algunos experimentos de laboratorio Layard sugiere que los europeos serían más felices que los americanos debido a que trabajan un 15% menos consiguiendo así un surplus de ocio gracias a un más alto tipo marginal en la imposición sobre la renta que desincentiva el trabajo.

Además de la desigualdad y el ocio podríamos pensar en la seguridad como un tercer determinante de la felicidad y a ello nos llevaría una lectura oblicua del último libro de Robert Schiller, The new financial order editado por Princeton University Press, New Yersey 2003, en el que con verdadero talante proyectista recomienda nuevos y ambiciosos esquemas de aseguramiento mutuo. De acuerdo con estas tres piezas bibliográficas nos encontraríamos con que la felicidad de un miembro individual de un cierto grupo dependería de la desigualdad de la renta del grupo, del ocio al que se puede acceder dados los incentivos fiscales y de la certidumbre que me puedo garantizar a través de los activos financieros disponibles a efecto, de aseguramiento.

Entender las características de una función que uniera igualdad, ocio y seguridad a la felicidad no es un problema baladí o falto de interés; pero está muy alejado de lo que puedo hacer hoy aquí. Hoy y aquí sólo se me ocurren algunos comentarios y una sugerencia interpretativa que quizá puedan tener algún interés.

En efecto, se me ocurre que podríamos pensar en dos tipos de creatividad asociados respectivamente a los dos términos, Manchester y Atenas; que Freeman Dygnon utiliza para caracterizar dos actitudes distintas hacia el conocimiento. La creatividad manchesteriana, estaría asociada a la solución de problemas concretos planteados por la realidad inmediata, mientras que la creatividad ateniense estaría en el origen de conceptualizaciones más generalizadoras.

Simplificando todavía más diría que esta distinción correspondería a la distinción entre tecnología y ciencia, o entre ciencia aplicada y ciencia básica. Mi sugerencia arriesgada puede por ahora explicarse claramente. El equilibrio que Europa alcanza en términos de igualdad, ocio y seguridad proporcionaría más o menos felicidad (¿quién lo sabe?) pero creo que propicia una creatividad ateniense, mientras que el equilibrio que América alcanza entre esos mismos elementos propociona una creatividad más asociada a Manchester aunque no podemos decir nada respecto a la felicidad que proporciona a un americano.

Hace unos años hubiera terminado este conjunto de comentarios sugerencias e ideas afirmando que yo preferiría, en las condiciones expuestas, ser Europeo pues la creatividad que me lleva a la compresión general y a la unificación del conocimiento me hace más feliz que la creatividad asociada a la solución de problemas según van llegando. Habría añadido sin duda que no hay tecnología sin ciencia, una afirmación muy europea o ateniense.

Hoy, a la vista de lo que observo sobre política cientifica o prestigios culturales no estoy tan seguro de que la ciencia preceda conceptualmente a la tecnología y, consecuentemente, pienso que quizá fuera muy feliz enfrascado en problemas tecnológicos simples y bien definidos con la finalidad de no desviarme mucho de la renta media y a pesar de la falta de ocio o de la relativa inseguridad. Pero quizá este cambio en mis preferencias no sea genuino sino el resultado del éxito momentaneo del modelo cultural americano ... a pesar de Bush.

Juan Urrutia

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