Juan Urrutia

Juan Urrutia, el autor y el economista

Diversidad Cultural

Si quisiéramos bajar el precio del libro por alguna razón relacionada con su dudosa categoría de bien meritorio, lo que deberíamos hacer es eliminar, o rebajar sustancialmente, los derechos de autor o copyright que son los que realmente, con los datos en la mano, encarecen el producto.

Desde hace tiempo trato de elogiar las virtudes de la diversidad. En La Diversidad como Señal escribí que mediante ella embocábamos el camino que lleva hacia la búsqueda eficaz de la verdad; y en La Diversidad Revisitada trataba de estirar el argumento y presentarla como la mejor garantía de la unidad y como una buena estrategia para la supervivencia. Pero, a pesar de mi entusiasmo por la diversidad, estoy en contra del Convenio de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural que se acaba de firmar con el voto en contra de los EE.UU.

Para explicar porqué no hay contradicción entre lo que he dicho en el pasado y lo que ahora quiero atacar, tengo que discutir aquellos extremos relacionados con la cultura que no acaba de encontrar su acomodo en la teoría económica convencional. Se discute sobre la naturaleza de los bienes culturales argumentando, a veces y desde distintas perspectivas ideológicas, que los bienes culturales no son como los otros bienes. El deslizamiento por ese camino conduce inexorablemente a la justificación de la subvención directa o indirecta para su producción como, por ejemplo, reduciendo el IVA que gira sobre esos bienes culturales. Y, por ese camino, se termina defendiendo la "excepción cultural" a la liberalización del comercio mundial multilateral que persigue la OMC, excepción que, en el convenio recién aprobado, se presenta, no como tal excepción; sino como defensa de la diversidad cultural.

Se trata de tres argumentos que no comparto; pero no por falta de interés en la cultura; sino por todo lo contrario. Porque creo en la importancia crucial de la cultura para la convivencia en paz y porque creo que esa función se potencia con la multiplicidad e hibridación de culturas, es por lo que creo que hay que liberalizarla lo más posible. Parece pues que tengo que explicarme.

Comenzaré por la naturaleza de los bienes culturales. No hay nada sustancialmente diferente, desde el puno de vista económico, entre un óleo de Rothko y un para de pantalones de confección. Sobre ambos cabe la propiedad privada y para ambos hay un mercado con su demanda por parte ya sea de los marchantes o los coleccionistas o los museos ya sea del público en general, y una oferta por parte del pintor o del fabricante de ropa. Se me dirá que un óleo no es reproducible; pero ante esta evidencia responderé dos cosas.

Primera, que esto hará que, probablemente, el precio relativo entre los dos bienes cambie a favor del óleo con el tiempo ante lo que solo cabe decir: y qué?. Segundo, que hay bienes culturales reproducibles más o menos fácilmente como, por ejemplo, un cd musical.

Ante estos dos comentarios creo que no hay más remedio que concluir que un bien cultural es aquel que un usuario debiera demandar, pero no lo hace. Pero ¿quién se cree que el "no cambies, no cambies" de la inefable y desaparecida Tamara es un bien meritorio cuyo consumo debería imponerse? ¿ Cómo diferenciarlo de un concierto de Mozart cuyo consumo podría en principio pensarse que serena el ánimo aunque quien lo escucha no se de cuenta?. No creo que se pueda dar una respuesta distinta a la que dice que la diferencia solo se puede establecer por el mercado mediado, quizá, por la crítica musical.

Pensemos pues en bienes culturales como la reciente representación de "Measure for Measure" en el Teatro Madrid o en los recientes libros de autores como Mc Ewan o Coetze y preguntémonos si se trata de bienes cuya producción debiera ser subvencionada. La representación de la obra de Shakespeare mencionada estaba subvencionada por BT y por Orange, dos empresas del mundo de la comunicación.

Seguramente esta subvención se explica como posicionamiento en el mundo de la Economía Digital, interés comercial éste que se oculta bajo el manto de la Responsabilidad Social Corporativa. Me gusta el mecenazgo en general y el cultural en particular; pero no creo que haya que disfrazarlo de una especie de equilibrio homeostático con la sociedad: te cobro el teléfono por bloques de un minuto y luego te facilito el disfrute teatral. Como empresas que usan intensivamente las TIC, a las dos mencionadas les interesa llamar la atención de los usuarios de bienes digitales o digitalizables. Gracias a que esto es así, es de esperar que en un futuro próximo, no tengamos porqué preocuparnos de las subvenciones públicas. Y ¿del IVA qué?.

Mi opinión es que si quisiéramos bajar el precio del libro por alguna razón relacionada con su dudosa categoría de bien meritorio, lo que deberíamos hacer es eliminar, o rebajar sustancialmente, los derechos de autor o copyright que son los que realmente, con los datos en la mano, encarecen el producto. Sobre este tema merece la pena hacer un paréntesis antes de entrar de lleno en el tercer punto , el relativo a la diversidad.

Si elimináramos los derechos de propiedad intelectual nos enfrentaríamos seriamente con las sociedades gestoras de esos derechos que, sin duda, argüirían que, sin ellos, Mc Ewan y Coetze no escribirían. No es extraño que esas sociedades gestoras pongan el grito en el cielo puesto que son ellas las que se quedan con la parte del león de esos derechos; pero ni la evidencia empírica ni la teoría avalan sus argumentos aparentemente desinteresados y ciertamente ruidosos. McEwan y Coetze escriben por necesidad de escribir, y en cuanto a la teoría se ha demostrado que, en ciertas condiciones relativas a la elasticidad de la demanda, el precio que alcanza cualquier bien fácilmente reproducible es positivo y tanto mayor cuanto más fácil es esa reproducción. Luego no se necesita el copyright.

Ahora bien, como este resultado depende de la elasticidad de la demanda, pensemos en un caso en que ésta no es lo suficientemente alta de forma que se podría argüir que esos derechos de autor sí que hacen falta como incentivos en situaciones en las que, además, el autor no está "condenado" a escribir. En un caso así, sin embargo, se puede producir un efecto curioso. Cabe pensar, en efecto, que algunos autores renunciarían a sus derechos de autor si lo autorizara la legislación, a fin de "señalar" que, en su caso, no los necesitan dada su obvia calidad. Si esto ocurriera nos encontraríamos con unos precios de mercado que reflejan la diferencia entre los que tienen confianza en su calidad de los que no la tienen. Se trata de una diferenciación que sería muy elocuente, que nos haría independientes de los críticos ( y de la posibilidad de que estuvieran "comprados") y nos permitiría elegir con mayor conocimiento de causa.

Si se me dijera que, en estas condiciones, todo autor renunciaría a sus derechos, yo contestaría que miel sobre hojuelas pues el precio de los libros sería tan bajo que, más que escuchar a los críticos para orientar nuestra compra, acabaríamos comprando todo y eligiendo nosotros mismos desembarazándonos de lo que nos parece basura de manera expeditiva. Cierro el paréntesis y retomo el hilo.

Paso pues a hablar, en tercer lugar, de la diversidad cultural desde mi confesado gusto por la diversidad en general. Para empezar no creo que la libertad de intercambios entre, por ejemplo, el cine español y el estadounidense vaya necesariamente a acabar con el primero de ellos y a uniformar la manera de hacer cine. Por el contrario creo que nosotros tenemos más que ganar. Los españoles cuyas preferencias se inclinan por el cine americano comercial ya no pueden aumentar mucho en número y, sin embargo, el número potencial de americanos contagiados por el gusto por la estética almodovariana tiene, creo yo, un gran recorrido.

Además, hay que desterrar la idea falsa de que lo que hoy se llama cine americano (o español) tiene una naturaleza permanente que refleja el verdadero espíritu de la cultura de la sociedad que lo produce. Si hubiera una cosa así, debería estar en los museos, pero, en general, lo que llamamos cine español (o americano) es el producto híbrido de muchas influencias mutuas de todo tipo.

Y, para terminar con este asunto hay que añadir que no hay ninguna presunción de que la cultura que se presume potente vaya a acabar imponiéndose. La experiencia de McDonalds nos hace pensar, más bien, que su conquista del mercado era tan precaria como el presunto paseo militar que parecía iba a ser la guerra de Irak. Y, por otro lado, el éxito incipiente del fast-good español demuestra que la cultura supuestamente débil, puede llegar a imponerse.

Espero que no me vayan a decir ustedes de que este fast-good ,que es un híbrido cultural, ha reducido la diversidad. Donde había fast-food y una taberna "típica" puede llegar a haber, no solo esas dos manifestaciones culturales que representan supuestamente un cierto "volkgeist", sino, además, un híbrido nuevo que presagia, poniéndome épico, el nacimiento de un nuevo pueblo (volk). En cuanto se multipliquen los híbridos habrá una mayor diversidad y una tal proliferación de pueblos que esta noción tan peligrosa, acabará por hacerse prescindible.

Juan Urrutia

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