Thomas Piketty
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LXXXI: Arrogancia imprudente

En El País de ayer, sábado 26 de abril, el arquitecto Luis Fernández-Galiano se hace eco de la edición francesa del libro de Piketty, «El Capitalismo del Siglo XXI», para disertar con prudencia sobre el incremento en la desigualdad, tanto de riqueza como de renta, en la mayoría de los Estados del mundo desarrollado. Pocos días antes, el 24, el economista Pedro Schwartz, refiriéndose ahora a la edición en inglés editada hace poco tiempo, repartía sabiduría en el periódico económico Expansión, criticando el contenido de este libro de Piketty.

Lo que pretendo mostrar a continuación es que como, además de estos dos artículos y previamente a ellos, ya se ha escrito mucho (incluido lo dicho aquí después de la salida del libro o aquí antes de esa salida) sobre esta obra sobre desigualdad que constituye también un intento valiente de sugerir, siquiera implícitamente, un cambio de marcha en la Economía, la cuestión merece un tratamiento respetuoso como el del arquitecto y no como el del economista, que no destacó precisamente por su prudencia sino quizás justamente por su arrogancia imprudente y siempre brillante.

Cuando los datos nos muestran ciertas regularidades deberíamos tratar de entender la Teoría ad-hoc si es que existe o, en su ausencia, sugerir razones nuevas que justifiquen los datos y comiencen a formular nuevas Teorías, algo, por otro lado, muy de agradecer en un momento en el que la Economía, esa supuesta reina de las ciencias sociales, no pasa por sus mejores momentos. Pero nada de esto es lo que hace Schwartz, sino que se limita a arremeter contra el libro de marras y contra el autor del mismo (y de paso contra una gran parte de la profesión) tachándole de ignorante. Para esto le parece suficiente reducir un posible argumento general a las causas que propician la central desigualdad entre la tasa de rendimiento del capital (r) y la tasa de crecimiento (g). De hecho, ofrece una frase a mi juicio poco clara para cuando el primer parámetro está por encima del segundo: un mantra o lema de la «izquierda razonable» (whatever this means).

En los períodos en los que las economías crecen más despacio, dice Piketty, aparece esa desigualdad y los dueños del capital engordan. Cuando la economía renquea como ocurre en la actualidad empieza una época dorada para el capital.

Esta frase me parece repetitiva y poco clara, pero la continuación es una toma de posición que no me parece que venga a cuento. Continúa interpretando o criticando a Piketty:

La afirmación de que esta desigualdad puede mantenerse durante largos años equivale a una creencia de que no hay relación entre la acumulación de capital y el crecimiento de las economías. La tasa «r» depende de la capacidad de presión política de los capitalistas y directivos, no de la productividad de las inversiones ni de la productividad del trabajo de los grades dirigentes de empresa. En realidad, esta desconexión entre productividad del capital y de los gestores de empresas y el desarrollo económico no parece sostenible. El propio Krugman dice en la NY Review of Books que a largo plazo tienen que ir juntos. El propio ejemplo histórico aducido por Piketty de «Belle époque» de Napoleón III le contradice: si los ricos franceses prosperaron tanto entonces se debe a lo productivo de las grandes inversiones en toda Europa, las ferroviarias y otras obras públicas como el Canal de Suez.

Este punto está bien traído, pero es que en ningún momento se dice en el libro que la magnitud de la desigualdad sea permanente, sino que simplemente se alerta sobre el hecho de que pudiera llegar a serlo si no se toman medidas, pero de esto no se hace eco la voz crítica. También tiene razón el crítico cuando llama la atención sobre la necesidad de tener en cuenta a todos los países, y no solo los desarrollados, justamente porque es en estos últimos en los que la desigualdad ha disminuido en los últimos años. Sin embargo el resultado de tener en cuenta a todos los países a fin de calcular un índice de desigualdad global no está claro, pues puede que haya diferencias entre agregar los índices de cada país en uno solo o agregar primero poblaciones para elaborar un índice global.

Estas opiniones me parecen, en consecuencia, poco prudentes. Y la posible arrogancia, políticamente sesgada, me parece obvia cuando mete en un mismo saco a Piketty , Stiglitz y Krugman entre otros tachándoles de «izquierdistas irredentos» (whatever this means). Aunque lo fueran, llamar la atención sobre la desigualdad creciente por razones quizá estructurales me parece sensato, responsable y todo un reto. Y, quiera o no quiera, Pedro Schwarz con su reseña crítica también colabora a la aceptación de ese reto, algo que debemos agradecerle en cualquier caso, aunque en mi opinión menos que a Fernández-Galiano, que lleva al tema más cerca de la opinión pública en su artículo de El País.

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Juan Urrutia , economista y filósofo mundano. Bitácora en la red desde 2003.