Ana Belén, carte de la película «Españolas en París»

Entrenamiento: Ana Belén en La Casilla

Todavía supongo que falta tiempo para que entre en funcionamiento mi plan de trabajar en uno u otro sotabanco dependiendo de la asignación que he realizado al respecto, así que, de momento voy a tratar de organizar mis aportaciones a mi novela póstuma de cualquier manera siguiendo los recuerdos que me vienen a la cabeza.

Pues bien, hoy he tratado de ordenar mis recuerdos de Bilbao y he caído en las aportaciones de Internet acerca de los cines de esta ciudad mía de la que me trasladé a Madrid en 1989 y si bien recuerdo mucho de esa salas, he topado con una que debería haber recordado. Me refiero a los cines (o cine) Urrutia cercanos a esa zona en la que pretendo instalar uno de mis sotabancos bilbainos y que llamábamos La Casilla. Si digo que debería haber recordado es porque a principios de los años sesenta aparecieron en esa zona, en la calle Calixto Díaz, esas salas (o esa sala) en las que comenzaron a proyectarse películas intelectualmente atractivas para un joven que a la sazón trataba de ir más allá de lo que le proporcionaba la Comercial de Deusto, centrada, como estaba, exclusivamente en la «fabricación» de jóvenes adecuados para sacar adelante las muchas empresas de las que Bilbao presumía entonces.

No estoy seguro de poder recordar cuales en concreto fueron algunas de esas películas. Pienso que algo tendrían que ver con la Nouvelle Vague aunque mi recuerdo principal es de la actriz Ana Belén que me entusiasmó para muchos años. Así que se juntaron la belleza femenina, la lejanía del barrio de la zona en la que yo vivía y había vivido, lejanía sin duda relacionada con la fama silenciosa de la vida alegre de los locales de ocio cercanos, en los que se suponía que uno podría conseguir unos placeres sexuales proporcionados por señoritas nada bilbainas y seguramente venidas de fuera e instaladas en ese barrio cuyas calles no tenían ningún nombre vasco y sí nombres de españoles desconocidos para mí como, por ejemplo, el de Calixto Díaz, y desde luego mi edad de joven machito.

Volver a pasear por dicha zona y con deseos no demasiado ardientes es una obligación que me impongo en cuanto consiga fijar el sotabanco correspondiente de La Casilla y repase con cuidado las bellezas cinematográficas de la época a fin de poder iluminar esa mi primera juventud como primer época de mi obra póstuma.