Limosna

Desigualgad

Hace como unos cuatro meses experimenté los primeros síntomas de mi diagnosticado vértigo y resbalé en la acera derecha del Paseo de la Castellana, cayendo de cara al suelo. El primero en ayudarme fue un hombre negro de Senegal que, pienso, forma parte de una banda organizada que, entiendo, ponen el dinero recaudado en manos de los jefes de la banda que organizan la vida de los miembros incluyendo sus vacaciones.

Prácticamente me cruzo con él todas las mañanas y procuro depositar en su mano unas monedas sin que su valor sobrepase una cantidad muy razonable. El senegalés las recibe sin mirarlas y saludándome con una sencilla frase, siempre la misma: «gracias papi». Esta actividad me llevó a escribir algunos posts de este blog sobre la fantasía de una vida, la mía, como un pobre de solemnidad que dormía todas las noches en una de las paradas de los autobús circular. Pero recientemente la situación económica ha empeorado y he tenido la vergonzosa tentación de abandonar mi práctica y saludarle cada día sin depositar las monedas en su mano morena.

He procurado formarme una idea seria de lo que debería hacer y me he organizado un buen lío mental. He comenzado calculando lo que le estaría dando en términos mensuales y anuales y, al no ser una cantidad grande sino más bien pequeña y, en cualquier caso, asequible desde mis finanzas, la cantidad de mi limosna no parece relevante para tomar la decisión de seguir haciéndolo o no de no hacerlo ya.

Por lo tanto no tengo más remedio que tomar una decisión basándome en razones más serias. O bien me hago eco de Picketty y aplico sus ideas fiscales a mi situación financiera resultado de distintas fuentes incluyendo, los impuestos que pago y la pensión que cobro, o bien me convierto en un economista de los llamados liberales y focalizo mi pensamiento en la falta de libertad para estar en una economía competitiva que nos llevará a que cada uno acabará ganando lo que contribuya a la sociedad en la que vive.

Pero ninguna de estas estrategias me lleva a solucionar mi problema inicial. Por lo que concluyo diciéndome a mi mismo que cada día haga lo que me dicte el recuerdo de aquella caída y meta la mano en el bolsillo de mi abrigo, tome unas cuantas monedas y se las de al sengalés sin contar la cantidad con la que colaboro a la inmigración de los pobres.

Mas Memoria

Brindis por más memoria

Fui diagnosticado como sufriendo falta de memoria y desde entonces, además de seguir las indicaciones del neurólogo, he trabajado muy duro en recordar muchos asuntos viejos que quiero rescatar. He tenido éxito hasta tal punto que ya apenas si me quedan asuntos viejos por recordar. Así que mis esfuerzos van ahora camino de destapar nuevos asuntos olvidados.

Parece una paradoja pero no lo es: los grupos musicales que me recuerda mi hijo mayor como los grandes de los años sesenta y cuyo nombre no recordaba y cuyas canciones resultan ajenas a mi mente son un ejemplo de esos asuntos olvidados y que, por lo tanto no pueden servir como medida de mi falta de memoria. Los Chunguitos podrían ser un ejemplo de esos asuntos olvidados que ahora no tengo más remedio que recordar en sus detalles. Los Mitos podrían ser otro ejemplo, pero lo más curioso son asuntillos diminutos como el apellido de un tal Daniel, nombre este que he visto en algún anuncio de la tele y que corresponde a alguien que conozco pero cuyo nombre no puedo recordar. Se lo pregunto a mi mujer y no tarda ni un segundo en recordarlo.

Otro ejemplo de hoy es el nombre de un Premio Nobel de Economía que fue un profesor en los USA y que se dedicaba a la Historia Económica. De esto hace tantos años que no se si todavía está vivo. Voy a intentar encontrarlo en la red. Pongo en Google «Nobeles de Economía» y espero encontrarlo. Efectivamente se trata de Douglas North y murió a los 95 años en 2015. Pero lo curioso en cuanto a la memoria es que no puedo recordar si al final de su vida pasó por la Carlos III a donde llegó, de visita, desde la Universidad de Washington en Saint Louis, Missouri.

El resultado de todo esto es que ya se han acabado las conversaciones fluidas y, como consecuencia, las reuniones interesantes. ¿Volverán?

De lo lúdico y lo serio

Lo ludico y lo serio

Hace tres o  cuatro días topé, en la enorme mesilla de noche de mi dormitorio, con un librito de editorial Casimiro con un título intrigante. En portada se lee De lo lúdico y lo serio que se corresponde con el título de este post; pero interiormente se presenta como Over de grenzen van spel en ernst in der cultur (La historia de la cultura, el juego y la continuidad) publicado en el año 1933 en Holanda. No conozco la portada del original; pero en esta de la publicación en español aparece el Autorretrato de Rembrandt del año 1628 y que se encuentra en el Centro Getty de los Angeles

Debía estar ahí desde hace tantos años como los que me volverían a llevar a la época en la que me interesé por la Economía de la Cultura y publiqué varios trabajos en esa materia que he empezado a examinar sin vislumbrar ninguna referencia a su autor: Johan Huizinga (1872-1945). Pero finalmente he comprendido que mi memoria me ha jugado una mala pasada y que, si siento que la mezcla de lo lúdico y lo serio me recuerda a algo, ese algo debe de ser Conocimiento y Sabiduría, el título de mi próxima novela ya casi lista. En esta publicación el conocimiento estaría ligado a lo serio y la sabiduría a la la sabiduría.

Esta posible conexión me gusta pues Huizinga defiende que lo serio, para serlo realmente, debe estar infectado de lo lúdico y el protagonista de mi novela trata de acercarse a la sabiduría, su finalidad última a partir del conocimiento que acumuló en su  juventud tan entusiasmado como estaba por la ciencia especialmente si ésta estaba apoyada en la matemática.