Vuelta a Casa

Ha sido una experiencia increíble;pero ya no puedo más. Ya ha pasado más de una semana sin poner un pie en casa y durmiendo al aire libre aunque lo más protegido posible o, alguna vez, en un hostal de una estrella que podía pagar con las limosnas acumuladas durante el día.

He tenido que elegir con cuidado la parada del autobús circular en la que tratar de cobijarme para dormir desde la medianoche hasta la madrugada. Elegí una muy cercana a esas triadas de depósitos para vidrio, comida y cartón. Este material sobra muy a menudo y no es difícil hacerse con él antes de que pase el autobús de la basura y acercarlo hasta la parada más cercana y organizar el descanso. Con el cartón me hago una especie de cuartucho que me protege del viento frío, y lo hago a mi medida. Luego abro la mochila con la que cargo todo el día y saco de ella las prendas que más quitan el frío, incluyendo un chaleco de plumas y un abrigo muy elegante, además de una manta. Luego meto toda la ropa con la que me desenvuelvo todo el día en esa mochila ya vacía y la coloco a la cabecera del cuartucho. Saco un bocadillito de pavo que adquiero en un chino cercano y me lo como mientras concilio el sueño.

El amanecer del día siguiente es ya otra cosa. Tengo que ponerme a caminar siguiendo la senda del circular y ya  vestido con las prendas de vagabundo ocultando el abrigo y el chaleco de plumas dentro de la mochila. Al tiempo hago mis cuentas y calculo cuanto me puedo permitir gastar en comida en las próximas quince horas o así. Es curioso lo poco que, en esta materia, se parece un día a otro.

No es difícil conseguir una dádiva de un par de churros si se intenta justo cuando abren el café y te acercas humildemente.  A veces te regalan hasta el café. Y desde ese momento hasta la hora de tratar de tragarme algo a la hora de comer, comienza mi larguísimo paseo buscando ya un lugar adecuado para pasar la noche en la parada correspondiente dentro del nuevo cuarto de  cartón y tan calentito como soy capaz.

Pero no me contento con un sitio cercano al de la última noche y voy investigando esos lugares en los que prácticamente es seguro que nadie me vea, además de cumplir con las otras condiciones que ya he comentado. No me atrevo a acercarme a esa especie de chabolas bajo unos puentes del río, ni tampoco a pedirle protección al Padre Angel. Se me ha metido en la cabeza que lo que yo necesito son más bien esas partes de la ciudad y no lejos del circular en las que las oficinas cierran pronto y ocupan edificios viejos en los que entre las verjas externas y las escaleritas que te suben a la entrada hay como unos vacíos profundos.

He aprendido que, aunque esos lugares suelen estar protegidos por las normas de seguridad de las empresas especializadas, cuando el guardián correspondiente te ve allí metido no hace nada y te deja en paz hasta que ya llega el primer oficinista al que nunca dejo de pedir la primera limosna del día.

Esto es lo que yo quiero para no sentirme como un asqueroso ricachón sin necesidad de renunciar a todo lo que he acumulado. Pero esta decisión exige el acuerdo de mi mujer. Vuelvo pues a casa con la intención de proponerle un trato raro. Una vez a la semana iré a dormir a casa y de buena mañana iremos los dos a un buen hotel en el que dormiremos esa noche y en el que desayunaremos generosamente, almorzaremos y merendaremos juntos para juntos seguir explorando el territorio de un hombre libre.