Max Beckmann

Le había conocido hace años, quizá en la Fundación March; pero hoy lo he vuelto a ver con otros ojos en el Museo Thyssen Bornemisza. Su biografía y el análisis que se hace de su obra son objetos de sumo interés. Su biografía lo es pues su vida cubre las dos guerras mundiales y lo que se dice de su obra también lo es porque, parecería que en su expresionismo, refleja facetas muy de nuestro tiempo.

Curiosamente ese tipo de vida que las dos guerras le obligan a llevar me recuerda mucho al de mi padre, cuyo carácter reservado pienso que debió de ser el resultado de esas dos guerras salpimentadas por la española que sí que vivió de cerca. Y quizá por eso la pintura de este hombre me recuerda a las historias que, muy de vez en cuando, contaba mi padre.

Tanto las pinturas como esas historias pueden distinguirse por épocas; pero en ambos casos cada una de ellas tiene un toque reconocible inmediatamente. Tanto Max Beckmann como Rafael Urrutia tenían una manera de hacerse ver fácilmente, reconocible gracias a ciertas formas concretas de expresarse. Aunque, volviendo ya al caso de Beckmann, esto justifica que, aunque su arte pictórico y escultórico pueda ser denominado como expresionismo, este aparece de una forma que nos permite entenderlo como algo más allá que un estilo artístico.

Y esta forma de entenderlo nos lleva, o, en cualquier caso, me lleva a mí, a comprender lo que es una cultura de una forma menos trivial de la habitual. Yo la entiendo como un conjunto de metáforas o de alegorías que sin ser las únicas que rigen en un momento determinado, son las que dan vida a la imagen que conforma nuestra manera de mirar al mundo de nuestro alrededor. La manera de identificar a las mujeres hasta hoy en día, en los 2 últimos siglos por ejemplo, no puede confundirse con ninguna otra y al repetirse una y otra vez dio origen al machismo que, desde hace ya no pocos años, ha sido una parte elemental de la cultura del momento.

Estos lugares comunes corrientes en el mundo cultural reciben desde hace poco tiempo el nombre «memes» (por analogía con los genes), y deviene una palabra que ya se empieza a usar en cualquier periódico.

Como hoy las cosas van más rápidas por lo de la informática, las metáforas y alegorías se renuevan con gran celeridad y ya todos hablamos de memes desde luego, pero también de emoticones y/o de emojis, por ejemplo.

Pues bien, en la obra de Beckman hay varios memes que identifican su obra como expresionista y cuya evolución va elaborando una imagen para cada período cultural. Se puede tratar de ciertas expresiones faciales, de formas específicas de reunirse alrededor de una mesa o del subrayado de ciertas construcciones sociales. Hoy en día diferenciamos distintas formas de comportamiento social a partir precisamente de formas alternativas de hablar, o de comer o de hacer el amor. Y podríamos decir que la sociedad y todos sus componentes somos expresionistas, aunque esto no quita que distintos grupos expresionistas puedan adoptar diversos nombres dependiendo de los memes que cada uno de estos grupos quiera adoptar como identificativo.

La exposición de la que hablo tiene un subtítulo significativo: Figuras del exilio. Me parece significativo porque cada día es más común que la vida de uno se desarrolle fuera de su entorno natural. Desaparece la vida rural y los jóvenes ejercen su profesión en ciudades muy distintas en las que pasan cierto tiempo antes de moverse a otra. Cualquiera sujeto a esa dinámica tiene algo de exilado y por la forma en que llega a ello podríamos decir que pertenece a diversas culturas, Y, para terminar que, por esa razón, está bien en todas partes y maravillosamente en ninguna.

Banksy y la propiedad intelectual

Destrucción de obra de Banksy en Sotheby's

Conozco a Bansky desde que comenzó a «fijar carteles» en muros aparentemente públicos y con un éxito artístico notable. Ha continuado su éxito pero ahora de una manera algo distinta tal como muestra lo ocurrido en Sothebys hace pocos días. Se subastó un cuadro de este artista anónimo y se lo llevó una señora por una cantidad superior al millón y medio de dólares. El cuadro tenía un marco barroco de gran grosor que, parece, escondía un cortapapeles que funcionó como tal desde el primer momento posterior a la concesión y, ante la extrañeza general y llevada quizá por el entusiasmo del arte, esa señora, o alguien distinto, pagó casi el doble por el cuadro ya en lonchas en casi su totalidad.

Aparte de resumir el acontecimiento el asunto plantea un verdadero conumdrum intelectual. Como he dedicado muchas horas y páginas, de este blog en el asunto de la propiedad intelectual y los derechos de autor no voy a repetirme aquí excepto por un punto que utilicé siempre en contra del derecho de propiedad intelectual.

Este derecho incluye en el caso de la pintura no solo el pago al artista de un derecho por parte del comprador que a su vez deberá entregar a Hacienda; sino que también, en caso de reventa por parte de este comprador, éste deberá pagar un cierto porcentaje al artista a contabilizar sobre el nuevo precio. Esto me pareció un despropósito tal que me sirvió en su día como un argumento en contra del derecho de la propiedad intelectual en general.

Pues se mire por donde se mire esto es lo que ha ocurrido en el caso de Sothebys. Esta agencia cobró de la señora y esta pagaría el correspondiente derecho de propiedad a quien lo vendiera en nombre de Banksy. Cuando el cuadro dejó de existir en su versión aparente seguramente lo que pasó es que la señora lo volvió a vender, muy probablemente a Sothebys y a precio cero o cercano, y Sothebys se lo volvió a vender a esta señora que tendría que pagar un derecho adicional más allá del nuevo precio resultante.

Que el asunto es ridículo es obvio; pero la ridiculez no proviene de la originalidad de Banksy; sino más bien de la ridiculez de una casa de subastas sometida sin queja a este extremo del derecho de propiedad intelectual. Es justamente la originalidad de este artista lo que puede revolucionar el arte pictórico.

Salud, Dinero y Amor

Estoy recuperando mi bienestar general. Ya puedo caminar con cierta facilidad, los médicos parecen haber dado en el clavo en su diagnosis y, curiosamente, esto del deseo lejos de acabarse, se potencia a partir de una cierta edad.

En esto pensaba el otro día cuando me vino a la cabeza aquella vieja canción de Gigliola Cinquetti:

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios. Pues, con ellas uno vive libre de preocupación, por eso pido que aprendan el refrán de esta canción. El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita, que no la tire, que no la tire.

Debe de ser la edad; pero lo cierto es que lo del deseo no me preocupa; pero caminando por Bilbao para hacer mis recados para los que había ido allí, la idea de las finanzas no me dejaba disfrutar de ese mi Bilbao natal pues acababa de leer en el periódico local que una cierta sala del Tribunal Supremo pasaba a la Banca la obligación de pagar el porcentaje correspondiente a las hipotecas y, por otro lado, la salud no acababa de volver a mis entrañas, no a mis huesos.

Tendré que esperar a mi médico de cabecera para que me explique las opiniones de los técnicos acerca de las pruebas que acababa de realizar y esperemos que ese dictamen sea razonable. Y respecto al dinero ya me valgo yo solo para entender que las bolsas mundiales no tienen un enorme porvenir inmediato, especialmente si dependen en una medida grande del sector financiero.

O sea que no me queda más que el amor.

Resurección

Hace diez días traté de recuperar mi manía de escribir posts asiduamente en mi esperanza de llegar a ser un buen bloguero. Desde entonces personas de mi entorno comentaron, sin intención, que para ello el blogueo no tenía futuro y, la verdad sea dicha, así me pareció, cuando comencé a meditar sobre lo que olfateaba a mi alrededor. Mi entusiasmo se ha difuminado y durante estos días he dedicado mi tiempo, o para ser veraz, el que los cuidados médicos me dejaban libre, a la tercera criba de mis papeles viejos hasta un punto que me ha proporcionado cierto optimismo en relación al futuro de mi obra y, en general, al futuro de mi estancia en este planeta.

Me ha parecido pues que hoy era el día adecuado para retomar, no solo la escritura, sino también los largos paseos que me hacían feliz solo unos meses atrás. Y entre esos paseos largos hay uno que me resulta especialmente atractivo: el Paseo de las Delicias. A mis ojos aparece como un lugar en el que durante un par de siglos ha estado viviendo una capa social de ricos en épocas en las que ser ricos, más acá de ser aristócrata, consistía en servir de cerca a esos aristócratas cercanos al monarca del momento.

Desde Atocha hasta el Matadero la arquitectura y las calles que cruzan el Paseo, se me representan como la historia de Madrid que desconozco totalmente y que, por lo tanto, no entiendo porqué siempre hace surgir en mí el deseo de vivir en él o en sus aledaños entre gente que desconozco totalmente, con una edad media que sobrepasa la mía y que dedica el tiempo a las tareas caseras que permite el tiempo que genera la escasa pensión de la que viven.

Sea cual sea la acera por la desciendo aparece ante mi, no solo partes importantes de mi pasado, sino también, tal como hice ver en El Paseo de las Delicias, todo mi posible e improbable futuro y siento como si lo que estoy haciendo a esta edad ya provecta lo podría hacer en este entorno de manera más creativa.

Termino esta vuelta al blogueo comparando un mismo anuncio en el barrio, donde vivo ahora, y ese mismo anuncio en este Paseo. Aquí alguien compra Oro, Plata y Joyas mientras que, en mi barrio, el negociante equivalente solo compra Plata y Joyas. Le sobra el Oro y de él vive, más o menos bien, mientras que la Plata y las Joyas le sirven para mantener el poder adquisitivo del Oro. Eso es así en mi barrio mientras que en este Paseo que adoro, el Oro es también parte de los instrumentos de trabajo que te sirven para generar un poder de compra adicional que quizá sirva para montar un negocio a tono con la forma de vivir de esta barro del sur y con sus nuevos habitantes recién inmigrados.

Hacia un mundo sin heurística

Ewan McGregor en The Ghost Writer

Parece que, poco a poco, se me va pasando el malestar general que me ha tenido atontado durante más de dos meses. Retomo por lo tanto mi manía de escribir asiduamente en la esperanza de poder volver a ser un firme bloguero. Comienzo con algo que escribí hace más seis años, eliminando todos los comentarios.

El pasado viernes mi abono para la temporada de ópera 2011-2012 del Teatro Real, me ofrecía, según el programa del folleto explicativo, una creación de Robert Wilson, Marina Abramovic y Antony cuyo título era The Life and Death of Marina Abramovic. Resalto lo de creación pues puede que no sea una ópera aunque no es exactamente un musical, ni un circo, ni un mero espectáculo de luz y sonido. Y esto es lo interesante intelectualmente hablando, se trata de algo distinto, al menos para alguien como yo que solo conoce algunas puestas en escena de Wilson en Salzburgo y Edimburgo, algunas piezas de Antony y su grupo y apenas si recuerda algunas noticias periodísticas sobre las performances de Marina Abramovic. Y ¿qué es eso nuevo?

Francisco Calvo Serraller nos dice en el programa correspondiente que se trata de una «obra de arte del futuro». Elvira Lindo nos comenta de pasada en su columna de El País que es una oportunidad para que el público del Real (conservador y un poquito pueblerino, pensamos que quiere decir) se sienta en onda y à la page. Mi accidental compañero de sesión piensa que se trata de una banalidad (incursa incluso en una innecesaria y ordinaria escatología) propia de la naturaleza del espectáculo sin relación alguna con el arte y la cultura. Y ¿yo? ¿qué pienso yo? Pienso que se trata de un espejo de un mundo sin heurística.

Mi compañero accidental de sesión, con el que ya he llegado a establecer nada menos que una conversación, una institución muy actual, me hace saber mediante el correo electrónico que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres y ese es un buen punto de partida para contarme a mí mismo lo que entiendo por un mundo sin heurística. Me escribe llamando la atención sobre una buena lista de incertidumbres:

incertidumbres ecologistas, incertidumbres biológicas, incertidumbres del papel de la tecnociencia, incertidumbres de la cohesión de un mundo sobrepasado en el crecimiento del ser humano, incertidumbre de los esquemas validos para una comunidad global, incertidumbres de los sistemas políticos operativos para los nuevos tiempos, incertidumbres sobre el papel de los distintos colectivos del hombre (élites en su mejor sentidos, especialistas, masa humana, en el sentido Orteguiano que por primera vez acede a la educación y a la información con resultados paradójicamente sorprendentes, continuidad de sectores hambrientos en el mundo a pesar del despilfarro diario de alimentos por parte de los que comemos todos los días…

Es bien cierto que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres frente a las cuales es urgente elaborar reglas de dedo (rules of thumb), formas automáticas de reaccionar que vayan conformando una heurística que es posible no sea perfectamente racional, pero que es una forma no suicida de irracionalidad que nos permite no morirnos de hambre, como el asno de Burulan, ante la duda de cual sería la mejor manera de de actuar en este mundo nuevo y quizá desconcertante y que, por otro lado, nos reta a contribuir con nuestra reflexión venga ésta de donde venga.

En un mundo así no hay más remedio que contribuir a una nueva heurística como bien saben los inversores financieros que ya no pueden fiarse de los sofisticados cálculos del riesgo. Por lo menos y de momento, tenemos que elaborar unas cuantas reglas para andar por casa, es decir para orientar nuestros propios pasos, reglas necesariamente elaboradas por uno mismo de forma que cada uno de nosotros se vea obligado a ser un filósofo deconstructor improvisado hijo de esa posmodernidad a menudo simplificada como un raro apéndice de la modernidad. No nos queda más remedio, por pura supervivencia, que deconstruir para volver a aprender todo de nuevo y sin prejuzgar cual sea el final de esta forma de experimentar.

Mi ya amigo de sesión me recuerda que la cultura y el arte, como forma singular de esa cultura, son cosas muy serias que no pueden confundirse con la frivolidad del puro espectáculo para el disfrute del cual basta con acudir a cualquier revista musical. Que son cosas muy serias no me cabe la menor duda, son tan serias que en ellas se refleja nuestra cosmovisión y son ellas nuestro Virgilio para orientarnos en este mundo dantesco en el que el hombre ha vivido siempre más o menos consolado por sus propios mitos y construcciones intelectuales. Que esa importancia no pueda reflejarse en la frivolidad de la gastronomía como una de las bellas artes o en el inocente entretenimiento del Rey León, no me parece tan obvio. Toda creación humana contribuye a la identidad de la comunidad en la que vivimos y esa identidad está hecha de raras pautas de conducta derivadas de la interacción de los miembros de esa comunidad.

Inevitablemente se cuela en la charla del intermedio de esta creación la postura de Mario Vargas Llosa sobre la banalidad en la cultura, una postura explicitada en una entrevista del diario El País, creo que el domingo, como apoyo a la edición de un libro u opúsculo que no he leído, pero que supongo estaba ya prefigurado en aquel artículo de hace unos cuatro meses en ese mismo diario y en el que reseñaba equivocadamente el libro de Carlos Granés titulado «El Puño Invisible». Vuelvo a destacar esta cita con la que yo no podría estar más en desacuerdo:

Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio. O, todavía peor, en una payasada ridícula. Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas -obras maestras- más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la re-elaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.

Ya tuve ocasión, por mi parte, de expresar mi extrañeza por la lectura, a mi juicio equivocada, que Don Mario hace de Granés y subrayar la importancia que movimientos aparentemente irracionales han tenido para nuestra weltanshaung y, sobre todo, para nuestra práctica cotidiana. Y, mira por donde, la creación del otro día en el Teatro Real hace uso de no pocos de esos movimientos artísticos o culturales o intelectuales para montar un espectáculo, sí, un espectáculo lleno de formas de recordarnos que estamos llenos de incertidumbres ante las que no hemos sabido ordenar nuestra reacción. La guerra de los Balcanes es de ayer y está ahí y solo un poco más alejada en el tiempo recordamos la defensa partisana contra el nazismo o la esperanza de la vía de Tito y de la economía cooperativa de su Yugoslavia comunista. Pequeñas cosas que no es de extrañar trajeran consigo desarreglos psíquicos y un enorme sufrimiento y desorientación que olvidó toda clase de heurística previa, se dejó llevar por sesgos en estado puro y, en el mejor de los casos, anidó a creadores como Mariana Abramovic y otros muchos literatos y artistas que no conocemos por estos lares.

La mezcla de música tradicional y hasta diríamos que nacionalista con otra moderna sin llegar a ser digital junto a un libreto, si así se le puede llamar a la historia que se nos cuenta, forma un conjunto poético perfectamente integrado en la sensibilidad de los tiempos sin que por lo tanto se pueda decir que se trata de la obra de arte del futuro. Está ya aquí y perfectamente establecida y algunos nos regocijamos de ello pues nos proporciona como un aire renovado en una escena operística que se ahoga en preciosismos innecesarios como el de I due Figaro de hace unos días que me pareció una total mediocridad cultural por maravilloso que sea el esfuerzo de Eduardo Mutti de recuperar la música napolitana como esta de Mercadante.

La crítica fue unánimemente entusiasta con el esfuerzo de Mutti y sin embargo creyó necesario ofrecer opiniones dispares y contradictorias de esta creación. El público se sintió transportado por Mercadante interpretado por una orquesta organizada por el maestro napolitano y mostró una cierta división de opiniones el pasado viernes aunque me consta que al menos un grupo numeroso se sintió genuinamente entusiasmado por algo que, se siente, está en el camino de poner en tela de juicio la más pequeña de nuestras reglas de conducta a fin de volver a pensar una vez más sobre las reglas de nuestra vida en común y sobre nociones necesariamente cambiantes de lo sublime, lo racional o lo trascendente. Tuve la sensación de que hasta las secretas reglas de higiene o el individualismo fueron puestas en duda con cierta creatividad. Y de ello me alegro.