Juan Urrutia. Cuentos cortos

Ya en Foixà y esperando la llegada de los nietos me asedia el recuerdo de otros escritos que en tres veranos distintos y en este pueblo del Baix Empordà comencé a escribir y más o menos terminé. Me lo pasé muy bien escribiéndolos, pero nunca soñé en ponerlos juntos en una especie de publicación corta de esas que se llevan ahora y que pondría juntos una versión renovada de los tres.

El primero de ellos hacía referencia a una marca de automóvil, el Skoda, que me traía a la cabeza una cierta historia de mis padres cuyo automóvil de esa marca fue requisado por las tropas nacionales con ocasión de su entrada en Bilao en junio del 37. Pergeñé bastantes capitulitos explicando cómo yo, unos ochenta años más tarde, me sentía, ese verano, perseguido por coches de esa marca. Creo que recuerdo el desenlace, pero lo voy a ocultar hasta que sea capaz de rehacer toda la historia.

El segundo escrito se llamaría Herr Kan y no eran más que algunas disquisiciones sobre asuntos de la zona, y de nuestra casa en esa zona, que estaban relacionados con una residencia canina que tenía ese nombre. No estoy seguro pero creo que fue ese verano en el que un día nos encontramos sin poder salir de casa o, como entonces escribí, creo, «encerrados» fuera.

Y el tercero y último de estos relatos veraniegos versaba sobre bañadores y no puedo recordar más que unos amigos, fieles lectores de mis posts, me enviaron anónimamente, un bañador de esos sin patas que no me atreví a vestir muy a menudo en aquel verano. No se me ocurre, de momento, ningún título para este relato.

Me gustaría volver a leerlos y decidir si son aptos para una publicación conjunta. Estos días de Semana Santa parecen indicados para identificar cada fecha, proceder a la lectura correspondiente de todos los posts de cada relato y sopesar su publicación.

Vuelta de Israel

Llegué de vuelta de Israel ayer viernes por la noche. Y digo bien Israel porque aunque, como dejé ver en mi anuncio de pausa, yo pensaba en Tierra Santa, muchos lugares del Nuevo Testamento, como Nazaret o Belén han quedado sin ser visitados. Mis compañeros de viaje son más bien del Viejo Testamento y ello sin mucho entusiasmo. Ellos están más interesados en el futuro de ese país donde viven unos cuantos millones de miembros de su raza.

Tel-Aviv es una gran ciudad y el famoso Independence Hall es el lugar en el que se declaró la independencia y en donde se ofrece una no muy larga presentación sobre cómo ocurrió la cosa, algo que, por una razón o por otra es algo de lo que los occidentales estamos bastante al tanto. Con total independencia de los muchos rascacielos que se han construido y se siguen construyendo, lo más bonito urbanísticamente hablando es el barrio compuesto por casas Bauhaus cuyo diseño y construcción se debe a arquitectos judíos que emigraron de Alemania al principio de los años 30. El paseo entre las calles de ese barrio me recodó a mis paseos de fin de semana durante los cuales visito lugares madrileños desconocidos por la gente del centro de Madrid y me entretengo pensando en donde me quedaría a vivir. Ya tengo elegidas varias casas independientes en esa ciudad israelí que deben tener un precio desorbitado. Es una pena que ese barrio no esté cerca de la muy larga playa en alguno de cuyos restaurantes cenamos todas las noches.

Y pegando al sur de Tel-Aviv está Jaffa precioso lugar lleno de historia, antiguo puerto de esa tierra, hoy sustituido por el de Haifa, y con una parte vieja (muy vieja) que se conserva bien y que curiosamente me recordó a algunos pueblos catalanes por el material de construcción. Aparte de visitar una Iglesia católica muy antigua, atravesamos un puente en cuyas barandillas están los signos del Zodiaco y cuyo contacto con el tuyo propio te garantiza tu deseo más urgente. No voy a revelar cual era, pero debo decir que se cumplió a los dos días. En este caso los bares del puerto me recordaron no tanto a Cataluña sino a Euskadi.

Pero naturalmente la visita obligatoria es Jerusalem, empezando por la identificación de la nueva embajada de los USA. Pero aquí las visitas están tasadas y la parte vieja es una muestra impresionante de estilos históricos distintos correspondientes a las tres religiones que allí han sido. Me concedieron el Santo Sepulcro y nada más. Pero el turismo lo mata todo y mata las ilusiones con las que uno llega allí. El Muro de las Lamentaciones es tan poco serio que a uno se le quitan las ganas de orar o de tan siquiera reflexionar sobre algo más que serio: es simplemente un lugar más para presumir de haberlo tocado.

Parecerá poco serio, pero lo que acabábamos buscando era siempre el museo moderno correspondiente. Y lo encontrábamos, incluyendo Haifa en donde también estuvimos, disfrutando de su visita, pero simplemente como si estuviéramos en cualquier capital europea. No faltan artistas israelíes, pero la mayoría de las colecciones son donaciones de judíos que acumularon sus colecciones en países occidentales y legaron su colección o parte de ella a alguno de estos museos maravillosamente construidos.

En términos más vulgares lo que más me llamó la atención no fueron tanto los monumentos sino la cantidad de gente armada, con uniforme o sin él, que uno encuentra por la calle, en el autobús o el tren.

Otra pausa

Tel Aviv

A principios de año escribí este post transmitiendo que nos íbamos a Tenerife con hijos y nietos y sin ordenador pues no que quería distracciones. Mañana me voy, esta vez solo aunque con amigos de Los Angeles, a Tel Aviv y, otra vez, sin ordenador. Será una semana corta, pero espero que me de tiempo para contemplar muchos de esos lugares de los que tanto he leído y estudiado en mi niñez escolar, de Belén a Nazaret pasando por Jerusalem y Haifa.

En realidad lo hago en honor a mi madre que tantas veces me dijo siendo niño que me llevaría a Tierra Santa a donde ella había ido con amigas de soltera y en donde había cabalgado en un camello cuya foto me enseñaba a menudo. Pero eso no quita para que yo vaya con esperanzas de contemplar mucha historia aunque tampoco pienso sacar ni una foto.

Espero que la inestabilidad relativa de la zona no me estropee la escapada.

Gorrión rojo (Red Sparrow)

Gorrion Rojo cartel

Me voy haciendo a la idea de la jubilación y me permito escapadas que todavía se me antojan un tanto disparatadas. Por ejemplo ayer me escapé a media tarde al cine y me fui a ver Gorrión Rojo a un cine cerca de casa. Me sentí como haciendo «pira», pero acabé dándome cuenta que ya no hay esa cosa en mi caso.

La película fue de mi gusto por tres razones todas ellas relacionadas con mi sentido cinematográfico desarrollado en mi juventud o primera madurez:

  1. No se entiende todo, como en la vida misma y, al menos yo, me quedo con la duda de quién está en qué bando, algo que siempre me ha parecido es lo que ocurre en la realidad a pesar de todas las declaraciones.
  2. Está filmada como antes, sin estridencias ni nuevos enfoques con lo que la experiencia me trae a mi juventud y sigo pensando que aquel cine era mejor que el de ahora.
  3. Me siento como cuando he leído al autor de El Topo o de El Espía que surgió del frío, ambas de John le Carre. Siempre está la tensión entre la lírica y la épica.

«La llamada de la tribu»

La llamada de la tribu

La llamada de la tribu es el título del último libro de Mario Vargas Llosa que muy recientemente fue presentado en La Casa de América en Madrid. Se trata de una colección de ensayos sobre sus ensayistas, políticos, filósofos, periodistas o economistas preferidos que le hicieron el camino que le llevó desde una juventud marxistoide hasta una madurez digamos que liberal.

Para alguien que, como yo, no es mucho más joven que él, el camino es conocido aunque comenzó menos radical y terminó o va a terminar menos liberal que el de D. Mario. Nunca pertenecí a ningún partido político, ni he sentido admiración, siquiera breve, por Cuba ni he tratado de vencer en buena lid a otro candidato poco fiable a presidente de mi país. Pero curiosamente y por distintas razones supongo, hemos compartido lecturas cruciales del siglo pasado aunque con entusiasmos diferenciados.

Mario V.Ll. no es economista y yo sí y esta diferencia se nota tanto en los economistas como en los intelectuales franceses tratados en su libro. Ambos hemos leído los dos grandes libros de Adam Smith, la Teoría de los Sentimientos Morales y la Riqueza de las Naciones pero para él la primera obra que acabo de citar es aparentemente la más importante de ambas si nos atenemos al espacio que dedica a una y otra, justo al revés que para mí. En cuanto a Hayek él siente un entusiasmo evidente por él y parecería que le prefiere a otros economistas austriacos que están también en el origen de la Escuela Austriaca que pase lo que pase se mantiene, o al menos se mantenía hasta ahora, como referente para un grupo nada desdeñable de economistas de todas partes, incluyendo un buen número de españoles, y agrupados en buena parte en la Sociedad Mont Pelerin. Yo admiré la que considero su obra cumbre, Camino de Servidumbre, y conozco con bastante amplitud su trayectoria académica. Es una lástima que no dedique bastante más espacio a sus contactos y discusiones con Keynes pues es este gran economista el que podría haber llevado a V. Llosa por un camino también liberal pero menos exagerado que el que el Nobel de Literatura muestra en sus escritos no literarios.

Karl Popper es el otro famoso intelectual, bien conocido por los economistas que, en su generalidad, no han sobrepasado sus ideas metodológicas según las cuales nada puede ser probado como verdad por los hechos mientras estos son los que realmente refutan las teorías. Este es el corazón de su gran obra La lógica de la investigación científica. Sin embargo, como era de esperar, V. Llosa dedica mucho más tiempo a La sociedad abierta y sus enemigos, pues ahí está la gran crítica de sociedades cerradas basadas en unas formas de pensar que no permiten ser refutadas. No tengo más remedio que confesar que este libro en su edición inglesa que leí en el verano de 1967 en Oxford no solo fue un turning point en mi mentalidad política sino el libro más físicamente bello que he tenido entre mis manos y que sigue ocupando un lugar de honor en mis biblioteca.

Los otros cuatro autores que conforman su trayectoria intelectual no están a la altura de estos tres en lo que me he detenido hasta ahora aunque estos restantes sean muy respetables. José Ortega y Gasset se me antoja que es una simple concesión de V. Llosa al hecho de que este su último libro ha sido editado en España y a pesar de la influencia que tuvo en todos los de mi edad su rebelión de las masas. E Isaiah Berlin no es tan respetable en su poca profundidad a pesar de que todos usamos muy a menudo su distinción entre el erizo y la zorra (veces el zorro), distinción esta que nunca he sido capaz de aplicarme ni a mí ni a mis contactos cercanos.

Y así dejo para el final los dos franceses a los que presta atención. No diré nada de J.F. Revel pues cuando este periodista era ya muy conocido yo ya no estaba abducido por la cultura francesa. Pero lo había estado durante mucho tiempo en buena parte por la cercanía de Francia que nos permitía hacernos con los últimos éxitos editoriales de gente como Sartre o Camus a los que V.Llosa no solo cita sino que además había escrito ya sobre ellos y pasarlos de vuelta por la frontera escondidos de la vista de los de aduanas. Estos dos autores si que fueron los maestros de mi generación y por eso me molesta que se les cite por parte de V.Llosa solo para resaltar la figura de Raymond Aron que, a los del 68 nos parecía un tanto carca. Y, sin embargo debería haber sido al revés pues estos dos autores eran simultáneamente literatos y filósofos al tiempo que bien interesados en la política.

¿Deshaciéndome de mis recuerdos?

Trabajos

Hace algo más de un año abandoné la sede en Madrid de la Fundación Urrutia Elejalde (FUE) en donde había recalado bastantes años antes con todas mis pertenencias académicas y en donde fui acumulando adicional material intelectual. La abandoné porque el alquiler era ya muy alto para la FUE y para mi. Para liberar el espacio para dejar el local en manos de sus propietarios tuve que cargar todas las pertenencias en cajas de cartón enormes, de esas que usan los hipermercados para enviarte la compra semanal a tu domicilio. Ordené un poco el material reciente y el resto lo almacené sin demasiado cuidado. Numeré las cajas distinguiendo aquellas que deberían acabar en mi domicilio de Madrid y aquellas otras que entonces imaginé acabarían llegando al muy amplio trastero de nuestro piso de LA (Getxo).

En total fueron unas 25 cajas de las que solo cinco llegaron a mi domicilio habitual mientras las otras 20 ocuparon hasta hace unas pocas semanas un trasterito independiente en Global Box muy cerca de Arganda del Rey. El contenido de las primeras cinco encontró su sitio muy rápidamente porque estaba ordenado de la misma forma que mis documentos y libros en el amplio despacho de mi casa; pero las otras veinte, su contenido, va a exigir un esfuerzo imaginativo para distinguir aquello que, de alguna manera, mi espíritu necesita y aquello de lo que puede prescindir. De momento solo he examinado el contenido de seis cajas, el resultado de tres viajes en mi automóvil a Arganda acompañado siempre por alguien joven y con la fuerza suficiente como para poder trasladar, una por una, dos cajas desde el trastero hasta el automóvil. Lo difícil viene luego cuando tengo que examinar el contenido y decidir qué hacer con él.

La tarea quizá no fuera tan difícil si mi memoria mantuviera su poderío juvenil, pero la realidad es que apenas si recuerdo algunas cosas pero no la mayoría. Esto es especialmente difícil de tragar cuando he encontrado carpetas que contienen el borrador, o los diversos borradores, de trabajos cuya publicación aparece también en esa misma carpeta en una colección que no recuerdo en absoluto y que voy tratando de identificar sobre la base del tema central de la publicación y de los nombres de aquellos autores a los que acompañaba el mío. A veces lo consigo; pero otras veces me resulta imposible y no recuerdo los nombres, por no hablar de las caras, de esos presuntos colegas. Esto no suele ser el caso con las revistas en una lengua distinta del castellano pues son menos numerosas y responden a circunstancias poco comunes al tiempo que tratan de aquellos temas que a la sazón yo pensaba hacían de mí un miembro de un círculo respetable. Pero, incluso en algunos de estos últimos, se ha dado el caso de que sigo sin identificar por qué o para qué escribí esa «contribución» que no me consigue interesar ya. Sin embargo estas tareas se están viendo facilitadas a medida que algunas de estas publicaciones tienen coautores o bien gracias a una especie de C.V. no del todo académico que integra todos mis trabajitos incluyendo, por ejemplo, obituarios y que alguien a quien aprecio mucho elaboró a partir de todos mis papeles muchas veces escritos a mano.

Me ha resultado asombroso la enorme cantidad de charlas o cortos cursos que he dado en lugares insólitos sobre temas que no creo haber dominado nunca. Debe ser mi ego el que me ordena que no me deshaga de estos escritos hasta que sepa lo que representaron para mi, o quien fue quien en su día me convenció para acudir a ese lugar, o que decía yo sobre lo que fuera. Pero más asombroso me ha resultado el cuidado con que yo atesoraba el contenido de los cursos de doctorado. He descubierto hasta ahora las lecturas exigidas, los notas de clase, los exámenes y las calificaciones de los estudiantes de esos cursos desde el año 1987 hasta el 95 siempre sobre los microfundamentos de la macroeconomía y la Teoría Monetaria. No hay ni una explicación general o inicial, solo teoremas y sus pruebas una vez introducida la notación.

Dudo que hacer con todo este material. Creo que a mi alrededor ya nadie conoce los autores de la lecturas exigidas incluso si se tratan de Premios Nobel; pero para mi representan los ejemplares básicos de mi interés en la vida. Estas carpetas serán guardadas en algún sitio seguro.

Recuerdos de otros tiempos

Recuerdos

La lluvia de estos días, que ha seguido a la nieve, me ha traído a la memoria la lluvia bilbaína de mi infancia, adolescencia y juventud de la que nos protegíamos con gabardina y paraguas si había que salir, al colegio por ejemplo; pero de la que disfrutábamos precisamente no saliendo si era posible y gastando nuestro tiempo en esas lecturas que nos inyectaron para siempre el gusto por los libros y la sensación de seguridad al ver llover desde cualquier ventana y, sin embargo, sentirte protegido y disponible para los sueños. Son algunos de esos sueños que, en forma de recuerdos, me consuelan estos días bilbainos en Madrid. Estoy casi seguro que en otros posts habré escrito de esos recuerdos y de personas que me mimaban las tardes tristes. Por lo tanto me voy a limitar a citar muy brevemente dos o tres recuerdos raros.

La primera nevada seria de mi vida consciente ocurrió cuando ya iba al colegio y supongo que fue en el año 1951. Naturalmente hicimos entre todos un enorme muñeco de nieve y lo acabamos destruyendo a base de bolazos que también intercambiábamos entre nosotros. Nunca lo había recordado y ahora lo recuerdo sin entusiasmo alguno pues nunca me ha gustado la nieve ni practicar el esquí.

En cambio este otro recuerdo en el que ahora entro me produce un placer inmediato. Desde que comencé el colegio y terminé la universidad, desayunaba en la cocina de casa todos los días laborables. Y siempre un exquisito chocolate que denominábamos «hecho» queriendo decir que se trataba de una taza de chocolate con leche calentito y no muy denso. A pesar de ello yo siempre solicitaba de Mikaela que le añadiera un poco de «tilinda» que engrasaba aquella mezcla muy anterior al Cola-Cao hacía más sabrosas las tostadas. Por lo que más adelante me contaron yo llamaba «tilinda» a la mantequilla por razones que se me escapan totalmente. Lo interesante es que seguí llamándole así todas las mañanas de los siguientes veinte años o hasta que me fui de la casa paterna. Y nunca he olvidado esa palabra.

Pasaron años y una hermana bastante mayor que yo que ya se las arreglaba con el inglés compró un disco single de un tal Pat Boone que contenía una estrofa que debía decir algo así como esto que aprendí sin saber lo que decía: The mockingbird in the willow tree. Y que creo continuaba diciendo que ese pájaro vigilaba a lo amantes debajo de él; pero de esto no estoy seguro.

Espero poder seguir recordando cosas raras de la infancia o juventud; pero no creo que pueda hacer con ellos nada similar a esta especie de dietario falso de Muñoz Molina quien, con algunos recuerdos más con todos los impactos visuales y auditivos de sus paseos urbanos, ha construido una obra literaria que la editorial llama novela. Como en Madrid la lluvia es casi excepcional, llevo muchos años paseando por las más diversas calles de esta ciudad a fin de cuidarme el corazón y he descubierto el gusto por muchos autores que fueron grandes paseantes y a los que ya he añadido a Muñoz Molina.