Foixà

Ya estamos aquí y cumpliendo los planes, especialmente los de caminar y leer. Como siempre quedo pasmado de la belleza del lugar y especialmente del campo en general y de algunos puntos de la costa en particular. Respecto a esto último hoy me gustaría ir a la Gola del Ter y presentar mis respetos a las Islas Medas, cosa que, bien pensado, también puedo hacer desde otras playas.

En mi caminar obligatorio este verano mis ojos del alma ven cosas nuevas. Por ejempplo he descubierto que bien podría aislarme en esta zona y leer y escribir diferentes obras simultáneamente. No solo puedo tratar de finiquitar la segunda parte del Síndrome del Capataz; sino que también podría ir perfilando relatos biográficos enlazados en forma de memorias. Estoy seguro que de este intento nacerían otras ideas literarias.

Y ayer decidí conducir hasta el Estartit y, aunque ya lo sabía, me maravilló la enorme cantidad de gente nórdica que hay por alli. Caminé hacia el Molinet y descubrí que en esa zona hay muchas posibles viviendas para un solitario que solo quiere contemplar el mar, escribir y pasear tanto a pie como en barco para poder acercarme al paraíso de las Medas.

Despedida y Planes

Ayer fue un día de despedidas antes de entregarme al verano o, lo que es lo mismo, a ese hacer cosas que nada tienen que ver con mis supuestas habilidades. Ayer, en efecto, me despedí de la entrenadora, de la masajista y del fisio que son mis tres actividades básicas que llenan buena parte de mis días y que, aunque nada tienen que ver con esas habilidades, las condicionan. Creo pues que puedo prescindir de de las dos primeras aunque las echaré de menos. Pero pienso que tengo que agenciarme un fisio en La Bisbal del Baix Empordà.

Por otro lado ya me despedí de nuestro hijo Ramón en una visita que le hicimos a su residencia habitual en Abadiano, Gorabide, al mismo tiempo que, en el juzgado de Durango, cumplíamos con el trámite de declararle incapaz acompañados por Rafa y por Itziar. Fuimos los cuatro y casi se me saltan las lágrimas cuando tuvimos que dejarle allí. No se cómo voy a ser capaz de despedirme de Juan y Cosme, mis primeros nietos, cuando se vayan a Las Arenas, Getxo, aunque me consuela que ese veranito en ese lugar ayudará a que no pierdan sus raíces.

Ni que decir tiene que también nos despediremos de nuestros hijos Rafa e Itziar y sus parejas, pero ahora lo que me pregunto es a qué dedicaré mi tiempo en nustra casa de Foixá. No faltarán las cenas con amigos y comiditas en chiringuitos de la Costa Brava, además de la visita obligada a el lugar en el que sufrí el infarto hace unos seis años y por las mañanas daré mi paseo obligado para cumplir con el caminar del infartado. Ojearé los periódicos, que este verano en Cataluña vendrán llenos de premoniciones de un tipo u otro. Con todo esto de acuerdo; ¿pero y qué haré el resto del día?

La respuesta es que, sin duda, leer. Pero ¿qué leeré? pues, para empezar, ficción sin nigún remordimiento. Sin duda desde el primer día examinaré las novedades en catalán. Pero como pensamos viajar, con nuestros amigos de Los Angeles, a Suecia y a Dinamarca he de hacerme en mi propia bibliteca con autores de esos países que volveré a leer con fruición a fin de hacerme una idea de esas sociedades a las que durante muchos años de juventud deseé pertenecer. Y esto habré de hacerlo antes de hacerme con las novedades catalanas pues pensamos largarnos al Norte a principios de agosto.

Y ¿qué libros habré de leer, o releer, previamente? Para Suecia algo de Strindberg imagino y algo de Mankell con toda seguridad. Para Dinamarca no lo veo claro: Andersen me remontaría a la infancia y Kierkegaard no parece que sea muy de ficción, pero merece un recordatorio. Y para Cataluña lo que encuentre en las librerías de Girona.

Pero volveremos en pocos días a Foixà y ahí comenzaran mis lecturas más técnicas y quizá también una cierta escritura ensayística. Tengo que estudiar «Diversity and Complexity» de Scott Page y entenderlo bien para comparalo con mis ideas y con lo escrito en Conocimiento y Sabiduría, esa primera versión que sería como una continuación de El Síndrome del Capataz.

Pero mi preocupación principal es si seré capaz de escribir un cuento de esos que en el pasado he escrito desde Foixá y de los que guardo un buen recuerdo. Veremos lo que puedo contar a la vuelta.

¿Entendemos algo sin un marco?

Esta película sobre la vida de la pintora canadiense Maudie Dowley, Lewis de casada, puede verse de varias maneras e incluso como una extraña historia de amor que sería la interpretación más sencilla de su intención. A mi, sin embargo, algo que se me quedó grabado es una frase del final en la que expresa su manera profunda de pensar: «todo en la vida viene enmarcado».En la medida en que el marco es una parte importante del significado de cualquier pintura o de cualquier historia, la frase no es nada trivial. Tenemos que saber entender que lo que pensamos, o pintamos o escribimos no va más allá de eso que nos es permitido pensar por nuestra cultura básica, tan básica que ni sabemos que es, también, construida.

La idea de cultura básica, sin embargo, no es fácil de entender en toda su profundidad ni yo pretendo abrir una brecha en el abrigo de neopreno que la recubre. Pero, de todas formas, pienso que reflexionar sobre ella es comenzar a conocer nuestras limitaciones y, más en el fondo, ampliar nuestra visión de lo que somos o podemos ser. Es esta última posible ampliación, la limitación del discurso de Zizek el otro día en el Círculo de Bellas Artes, un tema sobre el que ya he escrito algo.

Zizek comenzó afirmando que hoy en día vivimos en un mundo en el que «lo imposible se hace natural» en referencia explícita a la cultura cibernética. Por debajo de esta frase entendemos que el marco actual de pensar sobre las cosas ha cambiado. En un sentido tiene razón. No porque lo cibernético sea definitivo como forma de entender todo, sino por todo lo contrario, porque nunca llegaremos a un fondo cultural definitivo. En cualquier caso me compré inmediatamente el librito de Byung-Chul Han titulado «Psicopolítica» en el que espero llegar a comprender cómo entendernos hoy a nosotros mismos como determinados por el poder de la seducción de lo cibernético. «Mañana» la cultura básica será otra; pero de momento espero que este filósofo «alemán» de origen surcoreano me abra los ojos hacia todo lo que me rodea más allá de lo obvio y llegue a entender cómo es posible que la libertad subsista en medio de un mundo en el que todos nos explotamos al total de nosotros mismos.

Quiero creer que ni siquiera si este fuera el caso se habría acabado la búsqueda de la cultura básica. También los nazis, tal como los conocemos los no especialistas, podrían haber impuesto su racismo como eso que lo explica todo. A estos efectos me explicaba un amigo que no se quién había tratado de hacernos comprender que no todos los nazis eran tan simples y que muchos entre ellos sabían, o creían saber, que el único fondo posible de lo que aquí he llamado la cultura básica estaría formado por cierto racismo sin duda, pero que en muchos casos este racismo estaba complementado y matizado por la cultura griega clásica en la que nadaban gente como Nietzsche y en la que esa gente veía la única forma posible de alcanzar el orden, un orden en el que es imposible que todos seamos iguales.

Estas ideas me hecen comprender aquellas discusiones sobre Heidegger en las que me perdí hace treinta años. Y esta comprensión no implica necesariamente la aceptación de las ideas envueltas en aquellas discusiones. Efectivamente cuando Heidegger dice que «solo un Dios podrá salvarnos» ¿no está realmente cerrando la posibilidad de llegar al fondo de lo que interesaría?

Trieste o el sentido de ninguna parte

Dentro de un mes hará un año que, acompañados de una amiga con antecedente eslovenos visitamos Trieste y sus alrededores hasta Liubiana, en donde una librera nos contó cosas del profesor Zizek, no muy favorables que he recordado hoy al leer el post del blog de las Indias. Aparte de esta escapadita fuera de Italia, tenemos un recuerdo maravilloso de una ciudad en la que aparentemente no hay nada especial que ver y en la que, sin embargo, se respira un aire familiar, por llamarlo de alguna manera. Manera que, sin embargo, es muy poco adecuada porque el ambiente de esta pequeña ciudad es mucho más agradable que el de cualquier familia aunque no sabríamos cómo describirlo. Solo diciendo que no nos importaría volver y esta vez bajar un poco más hacia Croacia.

No se trata solo de que esta ciudad ha sido y continúe siendo el «hogar» de pueblos muy variados, sino también de que a su puerto han llegado y por sus calles y plazas han paseado personajes muy famosos y con un toque especial (recordemos a James Joyce o a Italo Svevo o a Rilke entre muchos otros).

Se trata de algo más y algo muy distinto. Quizá que es como lo más cercano a lo que llamaríamos Nowhere. Y justamente así (Trieste o el sentido de ninguna parte) se traduce esta novela recién traducida del inglés y escrita por la galesa Jan Morris, libro que nos ha regalado ahora nuestra compañera de viaje.

Nunca he sido muy amigo de los libros de viajes, pero esta vez ha sido distinto y me lo he tragado de un solo bocado. Quizá porque en este caso he encontrado en esta obra el complemento perfecto de mis intentos literarios que se apuntan en el post titulado «Perdido» y que salió el domingo pasado 2 de julio.

Me voy a limitar a copiar una pequeña parte de uno de los últimos capítulos en el que escribe con un tono antropomórfico cómo es hoy esta ciudad con un pasado tan rico y variado. Dice:

Una gran ciudad que ha perdido su propósito es como un especialista tras jubilarse. Se entretiene por la casa. Juguetea con una afición u otra. Lee un rato, ve media hora de televisión…..Pero sabe que la auténtica energía de su vida, la fascinación de una vocación que durante tantísimos años lo impulsó con tanta satisfacción jamás volverá a ponerse en marcha

Y añade algo que es como si estuviera escrito para mí:

Ha dejado de leer las revistas técnicas porque le hacen sentir desfasado. Ha dejado de asistir a las convenciones profesionales… En ocasiones siente que se desmorona, que se desvanece, y evita los obituarios de los periódicos. ¡Al mundo olvida y el mundo lo olvidó!

Dos cosas extrañas

Stranger Things

Stranger ThingsQue la política en España está revuelta parece indiscutible. Que los políticos, algunos digo yo, han estado envueltos en asuntos turbios, tampoco admite dudas. Y se me antoja que, como uno de los resultados de estos cambios que algo tienen de generacional, ocurren cosas extrañas.

Pensemos en primer lugar en la actitud del Ministro del Interior y en su rechazo de la sugerencia de aligerar las penas impuestas a los etarras que lo soliciten después de haber cumplido una buena parte de su pena y que pidan perdón. Alega que, primero, ETA se debería disolver formalmente y entregar todas las armas. Y añade que solo después de esto y solo después llegaría el «estado de derecho», en el que, debemos entender, cabría atender la peticiones mencionadas ¿Hemos de entender que antes no había eso llamado estado de derecho?. Entonces, pienso, es que estábamos en guerra y me resulta muy extraño pensar en aquellos años de plomo como una guerra.

Y, en segundo lugar, me es muy dificil entender que la fiscalía pida 50 años de cárcel para los asiduos del bar Koxka de Alsasua que apalearon a dos guardias civiles y sus parejas. Nada menos que 50 años de cárcel. Y la única manera de encontrar una explicación entendible es que los fiscales están tratando de hacerse notar por algún asunto interno que desconocemos.

Espero que cosas como estas dos no se conviertan en cosas naturales.

Perdido

Sorolla

SorollaNo tengo una manera mejor de expresar mi estado de ánimo que esa palabra que conforma el título de este post. Es decir, no se donde estoy ni a donde voy ni, lo que es peor, qué quiero. Y tampoco puedo culpar a nadie de esta sensación pues todo comenzó cuando decidí «desagendarme», es decir darme de baja de todos los compromisos que había ido adquiriendo desde hace años y que, por lejanos a mis intereses genuinos, no tenía más remedio que anotar en mi agenda de papel (que soy incapaz de abandonar) a fin de no olvidarme de ellos y «quedar bien», expresión ésta que ya entonces odiaba. Y, sin embargo, ahora resulta que solo quiero aprovechar mi jubilación para «quedar bien» conmigo mismo, tanto desde el punto de vista físico como desde el intelectual.

No me he preguntado por qué, pero no me siento capaz de no cuidarme siguiendo las recomendaciones de los médicos. Continúo atiborrándome a esas medicinas que parece ser me son necesarias para preservar mi corazón de las posibles secuelas del infarto de hace seis años. Pero las posibles incompatibilidades no me permiten tratar de eliminar el dolor que me produce el mal de Paget detectado hace ya casi un año.

No se trata de un dolor agudo, al menos en mi caso, pero sí lo suficientemente molesto como para no tener ganas de caminar, algo que debo hacer para mantener mi corazón vivo. El resultado es que camino cada vez más despacio y uso mucho de mi tiempo en los cuidados de un fisioterapeuta y una entrenadora personal que alivian el dolor que el Paget, localizado en mi cadera derecha, me produce en determinados puntos de toda la franja lumbar.

Así que, por una razón o por otra, tengo menos tiempo para llevar a cabo mis planes, a pesar del abandono paulatino de aquellas obligaciones que me imponía mi agenda y que se derivaban de mis oficios anteriores, incluido el de la Universidad en algunas de cuyas organizaciones continúo figurando aunque ya he comenzado a darme de baja, entre otras cosas porque, desde que me marché de ella, está cambiando en contra de mis opiniones que es bien posible que se hayan quedado anticuadas.

Pensé que, en todo caso, no tenía por qué dejar de estar al tanto de las novedades de la teoría económica. Pero la realidad es que, si bien durante cierto tiempo, he seguido leyendo, pero de segunda mano, ya ni siquiera eso y las noticias o comentarios periodísticos al respecto no me interesan casi nada. Así que durante tiempo me dediqué a tratar de escribir lo que se llama ficción. Edité ya El Síndrome del Capataz y justo ayer puse el provisional punto final a su continuación que, de momento, se llama Conocimiento y Sabiduría y en la que trato de explicar el destino de aquel hijo de Bilbao que tuvo que exilarse.

Posiblemente todavía tenga que añadir páginas a este último intento literario; pero a partir de ahí ya no vislumbro actividad redentora alguna. Me veo cuidando mi alimentación, charlando de política con mis amigos jubilados y, en cualquier caso, inmerso en actividades pasivas como el cine, la televisión o pequeños viajes turísticos. Es decir pasando a formar parte de esa enorme mayoría actual que, con su actividad, convierte en realidad lo insospechado, o incluso lo rechazable, solamente ayer.

Podría contar muchas cosas más de esas que llenan mi vida que, todavía, no puedo llamar vacía pero que dejarán de hacerlo en no mucho tiempo. Excepto, seguramente, el contacto con mis nietos Juan y Cosme.