Ned en España

La visita de Edmund Phelps a España estos últimos días y, concretamente su presencia en el IE de Madrid, me hace pensar en dos cosas. La primera es cómo se está enrareciendo la idea de la Universidad para, entre otras cosas, financiar los costes de formación de las empresas y dotar a esta institución benemérita de algo como la utilidad para esas otras instituciones que, a su vez, se financian con la formación que proporcionan estas Universidades «avanzadas». Esta primera cosa merece, pienso, un desarrollo que, puesto que va en contra de la tendencia, ha de ser extenso por lo que hoy no puede entrar en este post.

La segunda cosa en la que me hace pensar la visita de Ned a España es cuanto tiempo ha pasado desde que su trabajo, solo o bien acompañado, fue para mi trabajo de tesis una lectura obligada, en parte por sus ideas ortodoxas, aunque ya estaban en él las ideas luego olvidadas sobre expectativas no necesariamente racionales así como otras muchas demasiado inteligentes como para ser aceptadas por todo el mundo, así como una alegría por su iconoclastia compatible con el éxito académico. Fue un tiempo breve; pero sigo creyendo que con ideas a las que él contribuyó y que amaba, nos podríamos haber librado de la excesiva duración de la Gran Recesión. Pero de esto ya he escrito al menos estas dos veces: cuando le dieron el Nobel en el 2006 y años más tarde cuando A.L., uno de mis «maîtres á penser», celebró calurosamente una colección de ensayos en su honor que denominó Celebrating Ned.

Rules y Leyes

Este libro al que me voy a referir, oportuno en un momento de desconcierto económico en el mundo y en la Academia, es un ensayo escrito por Dani Rodrik que se publicó en inglés en el año 2015 y que fue traducido al castellano en el 2016. Su título original es Economic Rules. The rights and wrongs of the dismal science. Y ha sido traducido como Las leyes de la Economía. Aciertos y errores en entredicho. La diferencia entre los subtítulos no tiene importancia pues no distorsiona el sentido a pesar de que la versión en español prescinde de la oscuridad que se postula de la ciencia lúgubre; pero traducir Rules como Leyes no es adecuado.

Decía que el texto es oportuno justamente porque trata de explicar por qué la Ciencia Económica no es tan lúgubre como podría parecer y puede ser considerada como una ciencia aunque sus rules o los resultados que se obtienen con esas reglas no puedan considerarse como muy científicas a pesar del uso intensivo de las matemáticas en los modelos que se publican en las principales revistas técnicas. Y, desde luego, no puedan considerarse como leyes en el sentido con el que, en general, se usa esa palabra en las ciencias duras.

Los resultados de cada modelo en cualquier área incluyen, en general, algunos que pueden generalizar en cierta medida otros anteriores e incluso constituir unos junto a otros una cierta teoría siempre que ese conjunto respete con claridad su aplicabilidad y por donde habrán de ir los nuevos resultados. En cualquier caso cualquier economista podrá ganar mucho con la lectura de este libro así como con la del comentario que, en el presente año 2017, le dedica Ariel Rubinstein en el Journal of Economic Literature. Ni el uno ni el otro, ni Rodrik ni Rubinstein, aun siendo economistas reputados, cada uno en el contexto de su especialidad, son economistas del todo ortodoxos y su gusto por entender bien lo que están haciendo les lleva a plantearse problemas distintos y a alcanzar resultados novedosos.

Una de las cosas que ambos comparten, y que pienso es algo que la llamada Ciencia Económica puede aportar, es precisamente que las reglas en Economía son algo inteligente de lo que muchas áreas del pensamiento podrían aprender mucho aunque, dada la naturaleza de su objeto, quizá no pueda aspirar a establecer verdaderas Leyes como las de la Física, pues no parece, por ejemplo, que la Ley de la Gravedad, por mencionar una que nadie desconoce, pueda alojar excepciones en nuestro entorno conocido.

La diferencia entre las reglas de la Economía y las Leyes verdaderamente científicas no son difíciles de distinguir por lo que tratar de asemejarlas es un poco tonto. Es, por ejemplo, una tontería afirmar, como suelo hacer yo hablando de mis paseos semanales obligatorios para controlar las posibles consecuencias del infarto de hace años, que he vencido a la Ley de la Gravedad pues siempre paseo cuesta abajo. Es cierto que lo hago; pero en un entorno en el que siempre puedo tomar un taxi cuando me enfrento con una cuesta o con el camino de vuelta. Y también lo sería, tonto, sostener que la acumulación de nuevos modelos en los que se aplican a nuevos campos las reglas que la Economía ha ido desarrollando a partir de un cierto modelo básico, puede llegar a alcanzar una Ley inviolable del comportamiento de los grupos humanos. Aunque pudiéramos imaginar y formalizar intensamente una forma de entender el desarrollo de la cultura de las comunidades humanas no podríamos tratar de afirmar que ese entendimiento lo explica todo pues no todo se explica por lo que llamamos cultura y porque esa cultura puede ir variando a medida que la prevalente se va aplicando aquí y allí en toda su reflexividad.

Parecería pues que tanto en el campo de la Economía como en de cualquier ciencia dura (aunque en menor medida) se pueden hacer tonterías y, añado, que no siempre son fáciles de descubrir. Si cada uno de nosotros desea evitarlas lo mejor es tratar de entender la naturaleza del pensamiento que intentamos ejercer y humildemente someterse a sus reglas aprendiendo a disfrutar de su ejercicio y respetando los descubrimientos que seamos capaces de llevar a cabo aunque sepamos que difícilmente serán definitivos.

La Novísima Economía

Dilbert, big data

Dilbert, big dataHace unos diez años y coincidiendo con el crecimiento de la digitalización se impuso en el lenguaje periodístico aquello de La Nueva Economía junto con aquello de las empresas punto.com. Fue un fenómeno no solo del lenguaje que ha dejado huellas como, por ejemplo, esta denominación de startups, sino también de lo que no es fantasía sino realidad más o menos interesante como la disposición del gran público a invertir en empresas pequeñas, sin presencia en Bolsa y relativamente baratas, o aquel gesto efímero de ciertos altos directivos a prescindir de la corbata en horas de oficina.

Por razones que no se han explorado demasiado la manía se fue difuminando y parecía que ya no hacía falta renovar la Economía o los estudios de Dirección de Empresa por razones relacionadas con la informática. Sin embargo grandes empresas de sectores muy básicos se quedaron con el cuento, al menos aparentemente, y comenzaron a renovar la manera que tenían de pensar en su negocio al tiempo que la Economía se ocupó muy seriamente de estudiar la Teoría de Redes, una forma de mirar a los sistemas económicos (y no económicos) como redes de distintos tamaños y formas que incidían en el funcionamiento de muchos mercados y especialmente en aquellos relacionados con la información y sus características. Con lo que la importancia de la informática renace y se comienza a hablar de big data o, más recientemente, de la Economía de Datos.

Si siempre ha estado claro para cualquier economista que piense que la Microconomía no agota su trabajo en la estándar Teoría del Valor, sino que extiende sus principios a áreas menos generales y más realistas como las que conforman la economía aplicada, y que pueden ir desde muchas en las que brilla Nada es Gratis hasta las que desentraña Jean Tirol en su último libro recién traducido al castellano y presentado en Madrid hace pocos días. En esta última fuente aparece justo al final lo que se podría llamar, tal como ya hemos hecho, la Economía de los Datos o, tal como la denomina Tirol, la Economía Digital. A ella se refiere el anteúltimo número del The Economist (6-12 de mayo) que enmaraca su importancia reconociendo que los datos son hoy el recurso más valioso del mundo, como el petróleo lo fue en el siglo XX, y que su naturaleza incide en la forma de regular los mercados. Así como las petroleras fueron en su día las empresas más grandes y valiosas, hoy en día las cinco empresas más capitalizadas son empresas que casi todos nosotros usamos casi sin darnos cuenta: Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft. Generan datos en sus relaciones con sus usuarios y desarrollan algoritmos para sacar un partido casi impensable a esos datos, creando así productos cuya venta genera unos enormes beneficios que explican su valor.

Una vez reconocida la enorme importancia de lo que podríamos llamar la Novísima Economía deberíamos ponernos al día, si queremos colaborar a la comprensión del mundo, a fin de entender los fallos de mercado y su posible remedio y hacerlo con cierta urgencia. Pues bien, a pesar de que eventualmente observaremos rendimientos decrecientes, de momento debemos tener en cuenta que los datos crecen exponencialmente en buena parte debido al «efecto Mateo» que explica cómo cada uno de nosotros y por si acaso podríamos ganar algo de nuestra información (lo que no está descartado todavía) tenemos tendencia a dar (o vender) nuestros datos a la empresa que muestre una mayor capacidad de elaborar los datos más complejos que, con la ayuda de todos nosotros, posee y que a su vez venderá a los consumidores finales y usará para su propio negocio. Así que la abundancia de datos, aunque no de sus elaboraciones, planteará, sin duda alguna, problemas en la competencia entre los generadores de datos que no puedan tratarlos ellos mismos. En esta economía no topamos con la posibilidad, existente en la economía dot com, de que una pequeña start up pueda dejar obsoleta a una empresa grande por su carácter puesto que la innovación está en la generación de algoritmos inteligentes y estos son tanto más inteligentes cuantos más datos traten.

Lo que en este sector de los datos, su creación, su adquisición y su tratamiento, siguen siendo problemas que necesitarán nuevas soluciones son, sin duda, la propiedad intelectual y la no rivalidad en el uso de esos datos o de muchos de sus resultados algorítmicos. Las soluciones ya encontradas y utilizadas en otros sectores no son necesariamente adecuadas para este sector que conforma la Novísima Economía.

Y aquí llega la esperanza de que haya gente digitalmente bien formada y que, por razones de convivencia, estén dispuestas a encontrar soluciones adecuadas que procuren una cierta igualdad y el libre acceso. He aquí un trabajo tentador para no pocos jóvenes interesados no solo en lo digital, sino también en lo convivencial.

Kentrich y Macron

Un nuevo premio Pricesa de Asturias de las Artes, Willian Kentrich, y un nuevo Presidente de la República de Francia, Emmanuel_Macron. O, lo que es lo mismo, la Internacional y la Marsellesa. Dos himnos que me siguen poniendo los pelos de punta de emoción.

Hace poco en París acudimos en el Marais a una exposición de Kentrich y al entrar or la puerta sonaba La Internacional como parte de una especie de performance sobre Trotski y otras discusiones pertenecientes a los inicios de la URSS. Y hace solo un par de días todos vimos la austera ceremonia del acercamiento de Macron en solitario al podio de la esplanada del Louvre con la novena de Beethoven, en su último movimiento, de fondo musical y al rato la Marsellesa para finiquitar su discurso victorioso.

Pero ya no se si tienen, en la gente jóven, ese efecto que estas dos marchas tenían en mí y siguen teniendo. Dudo de que hoy tenga algún sentido la Internacional proletaria y el contenido de la Marsellesa, si bien emocionante, ya no aplica.

¿Que aplica hoy? Para ser sencillo, lo que importa es la desigualdad generada por las medidas anticrisis aplicadas a partir del año 2008. Y, para ser más concreto no tanto la diferencia entre el 1% más rico y el resto, sino sobre todo la diferencia entre los altos directivos de empresas globales y los trabajadores manuales que ven sus puestos de trabajo en peligro por la digitalización y la globalización.

Y la lucha principal entre unos y otros es la del poder, la de quién toma las decisiones. Pero esta contradicción no es única y se junta a otras no menos enconadas, como pueden ser la separación de razas, la inmigración o la soberanía nacional. Y este conjunto de lo que llamábamos contradicciones está a la espera de conformarse como un problema único tratado por una nueva clase de políticos más internacionales y más jóvenes.

Cuando este sea el caso es posible que surja un nuevo himno que a todos nos emocione o un par de ellos que sirvan para enfrentar los partidarios de una u otra forma de organizar el poder. Es posible; pero de momento no existe. Y cuando exista ¿será cantado por un coro mixto o por un coro femenino?

Hambre y muerte

Guerra: hambre y muerte. Esas dos son las características comunes a dos expresiones de arte. Por un lado está Rebellion, una serie televisiva sobre la primera tentativa de los independentistas irlandeses durante la primera guerra mundial y, por el otro lado, tenemos «La lengua de los secretos» sobre el cerco a Bilbao de las tropas franquistas. No trato de hacer crítica de arte, sea literaria o de imagen; sino que trataré más bien de sugerir que, en estos tiempos de guerras fratricidas y de huídas a ninguna parte, estas dos obras juntan, cada una a su manera, estas dos características, hambre y muerte, que hoy sentimos por doquier y no sabemos apreciar en todo su horror.Si me han llamado la atención es porque tanto la rebeldía republicana en Irlanda como la rebeldía antirepublicana en España son dos acontecimientos de los que se me hablaba de niño en voz queda por parte de personas cercanas que habían perdido la guerra civil española y en su día habían tenido a los irlandeses rebeldes como ejemplo a seguir.

Más adelante ya entendí ambos acontecimientos y sus similitudes a pesar de una historia muy disimilar entre gaélicos y vascos. A finales del bachiller pasé dos veranos en Dublín aprendiendo inglés en la casa de una viuda, Mrs. McCulligan, cuyo hijo mayor se había largado de casa para unirse desde el Sinn Fein al IRA. Y a partir de ahí aprendí lo que representa la unión de la astucia (serpiente) y la fuerza (hacha), es decir el bietan jarrai que ya se acuñaba en Euskadi por parte d los fundadores de ETA, movimiento de rebelión del que yo no había oído hablar todavía.

Mi suave rebeldía nacionalista tiene pues su origen en el ambiente dublinés y en el himno nacional que sonaba siempre en el final de cualquier sesión de cine en las salas del centro, donde además, se podía fumar durante la proyección. En aquella época Dublín era más moderno que Bilbao y yo me sentía en casa quizá precisamente porque las historias que me contaban estaban llenas del horror de la guerra, el hambre y la muerte que tan bien se reflejan n «Rebellon» y que se parecían a las que me contaban en mi familia en referencia a los pocos meses que duró la toma de Bilbao y que tanto se parecen a las que escribe Martín Abrisketa en su novea «La lengua de los secreos».

La coincidencia de ambas obras en mi atención es pura casualidad; pero no soy capaz de pasar por alto las similitudes entre esas dos situaciones históricas, no tanto en sus circunstancias temporales sino sobre todo en el horror al que llevaron a muy buena parte de la población de uno y otro país. Los irlandeses ya sabían de la hambruna de la patata, en el origen de la inmigración masiva y los vascos no eran un buen ejemplo de rica vida rural, sino más bien de la necesidad de echarse al mar para descubrir ricas bancadas de peces. La cercanía del hambre quizá explique el gusto de unos y otros por el buen comer y, por lo tanto, la tristeza que, en ambos casos, produce la escasez de alimentos. Y no solo la tristeza, sino incluso el desfallecimiento en plena calle de Bilbao de gente malnutrida.

Dada la época en la que me estoy fijando los papeles de hombres y mujeres estaban bien definidos: traer el alimento y saber prepararlo para disfrute del pescador y la salud de la prole de la que la mujer tenía también que cuidar. En las dos obras de las que estoy hablando estos papeles no se discuten aunque igual se podría tratar de ver un comienzo de emancipación femenina cuando se cuenta las historias de mujeres que, además, están dispuestas a empuñar las armas, cosa que ocurre ocasionalmente y, sobre todo, cuando la muerte se ceba en la vida de su familia haciendo sufrir a los niños que no entienden bien lo que pasa, pero que, intuitivamente siguen la senda de sus padres y madres.

Hambre y muerte están todos los días en nuestra retina a través de las noticias televisivas sobre refugiados que huyen de la guerra de sus países y a veces son aniquilados o se ahogan en el mar y, en cualquier caso, pasan hambre. Y lo que hace un siglo eran casos cercanos y bien localizados, estos últimos años se han generalizado en prácticamente todo el mundo si bien lo que no nos llega está condicionado por la extensión de la cobertura de los periódicos o televisiones de los que bebemos.

Y esta globalización de los problemas debe advertirnos de que, en poco tiempo, todo será distinto más allá de lo que pueda ser el fondo de problemas como Trump, Brexit o la amenaza de Le Pen. Lo que va a cambiar es el reparto de papeles sociales entre los dos sexos. La escasez de comida va a obligar a los varones a aprender a cuidar emocionalmente de la familia, a dirigir el llanto de la muerte, a alimentar a los pequeños y a acumular la munición de las armas de fuego. Las mujeres compartirán más o menos estas tareas; pero ya se acabó su papel de generosas consoladoras del impacto del horror. Ha llegado el momento de ampliar el sentido de «Bietan Jarrai».

Denim y Ecce Homo

Hace no muchos años que me di cuenta que los pantalones que llamamos «vaqueros» y que vestían, y visten, tanto chicas como chicos, no estaban rotos por su antigüedad junto con la falta de poder de compra debida a la crisis; sino más bien por pura coquetería de los que querían atraer la mirada sobre sí mismos revistiéndose de un toque de descuido bohemio en la apariencia. El material del que están hechos estos pantalones, indigo o denim es, posiblemente, el adecuado para que bohemia burguesa no salga demasiado cara porque los cortes que dejan ver un trocito de muslo, pierna o rodilla no se agrandan solos obligando a tirarlos a la basura. Aunque no tengo una idea clara del sector, supongo que estas prendas vienen rotas desde su fabricación.

En cualquier caso no deja de ser curioso que algo mal hecho sea tan apreciado. Me recuerda al famoso Ecce Homo de Borja que, a pesar de su horrorosa ejecución de lo que debería haber sido un simple retoque conservador, atrajo multitudes de visitantes curiosos. No debe ser lo mismo pues no creo que hayan proliferado los retoques deformantes de copias no del todo mal hechas.

Si bien los vaqueros agujereados me hicieron pensar que hacer las cosas mal puede ser rentable en ocasiones, el caso del Ecce Homo me deja claro que este no es el caso general.