Homenaje a Alberto Lafuente

alberto-lafuenteSeñoras y señores, Maike, Nahia:

Alberto pertenecía a un pequeño grupo de amigos varones que no conducen y poseen una inteligencia por encima de lo normal. No conozco la razón de esta correlación, pero como, en un momento u otro, he oficiado de conductor de todos ellos quiero decirles que he aprendido mucho durante mis carreras de taxista ocasional. Desde luego aprendí de Alberto, uno de estos amigos de los que hablo, durante los tres primeros años de la Comisión Gestora; pero también antes y después de esa pertenencia. Y aprendí especialmente de su manera de enmarcar los problemas, fueran estos los relacionados con la puesta en marcha de una Universidad, la Carlos III, o se trataran de otros muchos cuya solución no era obvia.

Aunque sé que me toca hablar de los tres años en los que ambos formamos parte de la primera Comisión Gestora de la Carlos no pienso dejar de hablarles de mi amistad y de mi admiración por el Alberto a quien hoy tratamos de homenajear.

Pero esta amistad a la que quiero referirme no tuvo que esperar a la puesta en marcha de la Carlos III. Por un lado la Facultad de Empresariales de Zaragoza era bastante famosa y tuve la ocasión de dirigirme a Vicente (Salas) y a él a fin de avisarles de que era posible que la Fundación Bernaola, a cuyo patronato yo pertenecía a pesar de ser ya profesor de la Facultad de Económicas pública, fuera a solicitarles un estudio serio sobre la posible renovación de los estudios de Empresariales en la llamada Comercial de la Universidad de Deusto. Esta iniciativa no prosperó, pero me permitió iniciar un contacto fructífero con estos dos profesores que, en el caso de Alberto, continuó con un encargo que me hizo desde el Ministerio de Industria en donde ya estaba desde hacía algún tiempo y que tuvo que dejar para incorporarse a la Comisión Gestora. Me encargó un trabajo sobre Economía de la Cultura que apareció en el volumen 267 de la revista Economía Industrial.Este trabajo llevó su tiempo pero mereció la pena pues me abrió un campo nuevo en el que trabajé algunos años más ya en la Carlos III. Por todo ello tengo que agradecer muy mucho los buenos oficios de Alberto Lafuente.

Comienzo con estas anécdotas sin mayor interés para ustedes, pero que muestran que comenzamos a conocernos intelectualmente desde bastante jóvenes y que no quiero dejar de mencionarlos aun a riesgo de no dedicar el suficiente tiempo de esta mi presentación a muchos asuntos políticos, de administración, culturales o científicos sobre los que hablamos y discutimos placenteramente durante su permanencia en la Comisión Gestora presida por Gregorio Peces Barba y que comenzó a funcionar en septiembre del año 1989 bajo el manto protector de una especie de Rector colectivo, que creo se llamaba Patronato y estaba formado por personas del Ministerio de Solana y presidido por Juan Rojo a la sazón Secretario de Estado de dicho Ministerio.

Tardamos unos meses en trasladarnos definitivamente a Getafe y comenzamos nuestras reuniones en un piso de la calle Carranza quiero recordar. Era una época financieramente buena pues ni siquiera había llegado la pequeña caída económica de los años 92-93. Fue ya en Getafe cuando se conformó del todo la Gestora con dos personas más relacionadas con el derecho,el que hizo de Secretario, Carlos Lasarte, y nuestra gran amiga, de Alberto, de Daniel y mía, María Emilia Casas, y comenzó el trabajo en serio.

Para Alberto y para mí éste trabajo en serio no era ejercer de profesores pues habíamos negociado que el primer año no se nos exigirá docencia excepto, para nuestra sorpresa, alguna asignatura del primer curso de derecho (que atendió el profesor Gonzalo Rubio proveniente también de Bilbao). Digo «también» pues Alberto era en cierta medida muy bilbaino tanto por sus estudios en La Universidad de Deusto, coincidiendo en clase con Goirigolzarri y aprendiendo ambos de las enseñanzas de Eguiagaray y porque fue en esta universidad en la que, al tiempo que añadía la sociología a sus conocimientos de Derecho y Empresariales, fue conquistado por Maike (que no es bilbaína pero es que nadie es perfecto).

Nuestro trabajo serio consistía en elaborar un plan de estudios de Economía y de Empresariales y en seducir a profesores de estos estudios, en ese momento en otras universidades, para que se trasladasen a Getafe con el señuelo de la excelencia perseguida y de un cierto plus en su sueldo. Nuestro trabajo menos serio (o importantísimo, según se mire) era colaborar con los otros miembros de La Comisión Gestora en temas generales relacionados con los presupuestos y, sobre todo, con la finalización de las obras del campus de Getafe y el acondicionamiento y bautizo de los edificios.

No hablaré de estos trabajos menos serios con la excepción de lo del bautizo de edificios. Alberto y yo trabajamos duro en esto último para encontrar un nombre que nos recordara a nuestro caracter norteño. Finalmente dimos con el nombre de Valentín de Foronda (un vasco alavés, liberal y erudito que vivió y escribió entre los siglos XVII y XVIII jamás cediendo ante el poder), y es su nombre el que sugerimos para ponérselo a una antigua nave cuartelaria en donde acabó ubicándose el Departamento de Económicas y Empresariales hasta que comenzó a desparramarse por el campus de acuerdo con las divisiones en distintos departamentos, una tendencia ésta imparable a pesar de la idea revolucionaria de Alberto y mía de que permanecieran juntos a fin de ampliar un poco la amplitud de la mirada de los economistas con estudios no solo empresariales, sino también históricos, matemáticos y sociales.

Todas estas ideas, en las que también colaboraron otros profesores que se iban incorporando, se reflejaron también en la elaboración de un plan de estudios de solo tres años que no logramos fuera aceptado a pesar de que Alberto y yo teníamos buenos argumentos a su favor y de que, de hecho, tengo la sensación de que acertamos con años de antelación.

Pero lo más serio de todo nuestro trabajo fue la búsqueda de profesores de calidad en cualquiera de las áreas de nuestra competencia. Podría contar muchas anécdotas relacionadas con personas que están hoy aquí, pero me limitaré a citar el caso del ex Rector que nos diriga hoy en este homenaje a Alberto. Alberto y yo irrumpimos en el despacho de Daniel Peña en la Escuela de Ingenieros del Paseo de la Castellana, al lado del museo de Ciencias Naturales, y Alberto estuvo iluminado y creo que convenció a Daniel no solo con los incentivos diferenciales con los que contábamos, sino principalmente con su charme, por usar una palabra que remite a la formación francesa de la que también disfrutó. No puedo dejar de mencionar a este respecto las innumerables veces que fue esa charme francesa la que zanjó muchas discusiones en el seno de la Comisión Gestora en los momentos en que los gritos de los otros miembros (incluídos los míos, alcanzaban niveles exagerados y amenazantes para la necesaria camaradería.

Era una época en la que todavía faltaban meses para que la cafetería funcionara de manera regular lo que nos permitió a Alberto y a mí conocer bien Getafe y valorar la posibilidad de que nuestra Universidad pudiera renovar una ciudad que había dejado de ser industrial y debía renovarse de acuerdo con las directrices del Parlamento Regional del momento que intentaba ayudar a la renovación no solo de Getafe, sino de todo el sur de Madrid. No estoy seguro de que Alberto fuera un gran andarín, pero yo puedo certificar que mi interés en el caminar tranquilo tiene su origen en esos paseos del mediodía por los no muy apetecibles restaurantes de la ciudad. Claro que comenzábamos hablando de las últimas discusiones de la Gestora pero indefectiblemente terminábamos comentando noticias de arte o de literatura o de filosófía, además de la política que nunca faltó como tema de conversación. No la valorábamos ambos por igual ni sentíamos las mismas simpatías y antipatías; pero éramos muy capaces de alimentar el pensamiento del otro con los comentarios propios.

En cualquier caso Alberto dejó la Gestora de la Carlos III y comenzó su larga caminata por la administración pasando no solo por la hacienda del Ayuntamiento de Zaragoza sino por muchos otros puestos de la Administración Central que van desde las Loterías y Apuestas o Correos hasta la energía en las dos épocas de la Comisión de la Energía bajo distintos regímenes políticos. La conceptualización de la regulación del sector eléctrico y las maneras concretas de ponerla en práctica fueron sus últimas tareas intelectuales en favor del país antes de volver a su facultad de Zaragoza de manera definitiva.

Durante toda esta época nunca dejamos de vernos y charlar sobre el cielo y la tierra y siempre con gran provecho para mi comprensión de asuntos varios. Quiero también mencionar que en su día también escribí algo a requisitoria suya sobre el Sistema Español de Ciencia y Tecnología algo sobre lo que Alberto había escrito en colaboración con Luis Oro en un libro clectivo. Un trabajo que disfruté elaborando y sobre cuyo contenido fui requerido para hablar en Zaragoza a donde he vuelto hace un un poco más de un año para poner en marcha una tertulia sobre todo con Alberto, Vicente, Aznar y Huertas sobre temas diversos y abiertos.

Fueron tres años buenos e inolvidables para mí y podría terminar aquí; pero he dejado para el final algo relacionado con el comentario con el que comencé. Casi todas las tardes de esos tres años volvíamos juntos a Madrid conmigo al volante. Y aquí ya las conversaciones eran más intimas pues, sobre todo, hablábamos de nuestras hijas, Nahia (la suya) e Itziar (la mía), ambos embobados de tal forma que ese sentimiento compartido ha estado siempre por debajo de todas nuestras conversaciones.

Agur Alberto. Ikusi arte. Adiós Alberto. Hasta la vista

Sidra, Macro y Datos

Sidra macroeconomia

Sidra macroeconomiaNo suelo beber sidra excepto en Asturias y en esta sidrería de un restaurante vasco en Madrid sito en la calle Quevedo. Hacía tiempo que no había estado pero ayer, aprovechando la reunión mensual que unos cuantos amigos celebramos desde hace más de veinte años, nos decidimos a ir desde la Plaza de Santa Ana, lugar de la cita de este mes, hasta esta sidrería en la que, rompiendo la tradición nos decidimos a sentarnos en mesa e improvisar una especie de cenita con sus aperitivos y un chuletón a repartir entre varios.

Solo al final de la cena y ya próximos a levantarnos y larganos cada uno por su lado, me vino a la memoria que fue Alberto Lafuente el que me la descubrió y él también el que me arrastró no pocas veces a comer en ella acompañados de personas muy al tanto de lo que pasaba en el mundillo de la política. Fue como un aula para mí en la que aprendí, con brevedad y contundencia, lo que otros tardan un año en el contexto de un master. Y esto gracias a Alberto. Debería incluir este reconocimiento en la parte que me toca en el homenaje que mañana le rinde la Universidad Carlos III en el campus de la Puerta de Toledo después de unos dos meses de su fallecimiento. Pero me temo que ya no me cabe en el texto que he redactado y, por otro lado, no haría sino remachar la enorme capacidad de Alberto para comprender inmediatamente las líneas maestras de cualquier asunto, capacidad esta que ya subrayo en ese texto.

Quede aquí pues este recuerdo que ayer guardé para mí sin compartirlo con los amigos. Y paso a aspectos de la conversación que nos permitimos entre bocado y bocado. Lo que me importa remachar es la opinión unánime sobre el estado de la Macroeconomía que, de ser la reina madre en los 70 ya no pinta nada a pesar de que sus padres fundadores están por ahí sin aparente autocriticismo ninguno por su parte tal como nos recuerda Paul Romer en un trabajo reciente en los Papers and Proceedings of The American Economic Rewiew y a pesar de que él mismo ha caído en las mismas manías de las que adolece la Macro en general.

Y lo que todavía me importa más es que coincidíamos todos en que la Macro es muy difícil de convertir en una ciencia empírica pues la forma en que se puede agregar el modelo micro básico es tan dependiente de variados y pobremente calculados parámetros que ante un cambio cualquiera de la realidad se puede predecir efectos muy diversos. Ante esta evidencia, y como reflejo del cambio que sentimos hacia modelitos específicos sobre detalles no muy interesantes en sí mismos, las opiniones divergieron un tanto. Los más sensatos de los comensales querían creer que la proliferación de esos modelitos basada en la abundancia de datos sobre cualquier pequeña parte de un sistema económico podían ser vistos como el preludio de una nueva Macroeconomía mucho más acertada. Los no muy insensatos se atrevían a pedir que tanto dato se aplicara no a cuestiones que creían poco interesantes sino a solventar dudas sobre asuntos centrales de un sistema económico. Solo un viejo como yo se atrevió a mostrar su enfado con el uso exagerado de tanto dato alegando que la verdad sobre algo trivial es menos relevante que un cierto error, o incluso una especie de pieza musical, sobre aquello cuya afloración sería clave para nuestra comprensión del mundo entero.

Un poco exagerada esta última opinión; pero esta es la gracia de estar fuera del mundo, que te puedes permitir expresar todas tus opiniones por muy injustificads que sean.

¿Por qué no escribo más?

sarkozy-bruniSi observan ustedes las fechas de las entradas en mi blog notarán que últimamente ha disminuído su frecuencia. En el día de ayer, un día no laborable denominado Fiesta Nacional, me sentí muy cansado y no tuve energía más que para tomar algunas notas sueltas que me temo no sé cómo relacionar o continuar. Sirva como ejemplo de esto esta pequeña nota, de hace días, sobre los tacones altos que usan a veces las mujeres: «Las mujeres casadas con tipos bajitos llevan tacones muy altos para hacer creer al marido que si le sacan la cabeza es justamente por esos tacones. Como esta hay muchas otras cosas en la vida. ¿Cuales?». Pensaba que la idea daría de sí; pero,como ya se ha visto, ese no ha sido el caso.

El día de hoy sí es laborable y ha comenzado pronto para mí con una reunión en el Aspen Institute en la calle Princesa de Madrid. Cuando ha terminado he decidido ir andando hasta la oficina de la FUE en la calle Fortuny, un bonito paseo que he creído que me podía servir para reflexionar sobre mi falta de productividad o como inspiración o como ambas cosas. En esta paseo he (re)descubierto la Escuela de Guerra y este nombre me ha llevado a la reflexión que me hago todos los días 12 de octubre de cada año: ¿por qué, dejando aparte otro tipo de discusiones, el acto principal de este llamado día de la Fiesta Nacional ha de ser un desfile militar? Lo que esta costumbre está poniendo de relieve es que el Jefe del Estado se siente sobre todo militar y esto, a mí, no me gusta nada pues me recuerda a aquellos autores de pensamiento político, como Karl Schmidt, que defienden que la legitimidad de la Ley, o del Estado de donde emana, está en la Fuerza. Pero esto no me da para un post que me apetezca escribir.

Esto es clave en mi poca productividad: la falta de ganas de escribir sobre temas sobre los que no tengo nada, o al menos nada bueno o interesante, que comentar. Esta país está lleno desde hace meses de cositas que revientan las portadas de los periódicos diarios y las tertulias televisivas. Pero si hay algo que, con la edad, ya no trago es, justamente, la repetición continuada de una misma idea, aunque esta sea buena lo que, dicho sea de paso, no es precisamente el caso en los dos ejemplos que acabo de poner. Pero lo que, a veces, me aterroriza es que mi poca creatividad pueda ser efecto de un cierto atontamiento senil como quizá se puso de manifiesto justamente ayer cuando, para pasar la tarde de un día lluvioso, tomé una novela de la mesilla de noche-Cosmópolis de Don DeLillo– y me llevó un cierto tiempo darme cuenta que ya la había leído.

someroPero me consuelo pensando que quizá no pasa nada pero que tengo muchos compromisos que requieren mi atención y tenga que escribir para cumplir con ellos o simplemente tenga que ocuparme de detalles concretos que llevan tiempo. Hace nuy pocos días intervine en Somero 2016 con un texto que se puede consultar aquí y que me llevó tiempo y atención el escribirlo. En pocos días tengo que intervenir en el homenaje a Alberto Lafuente, cuyo pequeño obituario on line escribí hace tiempo, pero que ahora debo extender a cuestiones menos afectivas y más, diríamos, técnicas. Y unos días más tarde debo coordinar una reunión sobre educación organizada oor el Aspen Institute para lo cual he de hacer en pocos días un montón de lecturas especializadas.

oliver-hartSin duda debía de haber escrito sobre uno de los dos recientes premios Nobel en Economía, Oliver Hart, con quien coincidí un verano en California a través de Joe Ostroy y volví a ver pocos años más tarde en Barcelona. Debí haberlo hecho pues ello me hubiera llevado a rememorar aquellas fechas en las que compartíamos un interés común en el Equilibrio General con una incompleta estructura de mercados. Cuando ese es el caso se plantean problemas de existencia y de unicidad y estabilidad que en aquella época me apasionaban pero por una razón singular. Si los mercados no son completos la idea de racionalidad de las expectativas no es obvia y esto me planteaba a mí serios problemas para los modelos de crecimiento en desequilibrio con dinero. Y a él le importaban más los arreglos institucionales que habría que hacer para alcanzar un cierto tipo de optimalidad. Sus intereses eran mucho más «interesantes» que los míos, pero disfruté en su día comentando cositas con él. He encontrado un borrador de un viejo paper de Joe Ostroy en el que nos agradece a ambos nuestros comentarios. Digo que debería haber escrito sobre Hart, pero no lo he hecho y, en esto sí estoy seguro, por falta de ideas brillantes. Un exceso de orgullo muy perjudicial si uno quiere mantener un blog vivo.

Lo peor de mi paseo es que me he ido dando cuenta de que en un futuro inmediato tengo también otros planes comprometidos que, en su realización, me van a volver a quitar tiempo. Justo después de la Jornada sobre Educación ya mencionada recibiremos la visita de Joe Ostroy y su mujer Patsy, buenos amigos desde hace aquellas fechas cuando nos vimos con Oliver Hart, que se quedan unos días en Madrid en su camino al Instituto Europeo de Florencia. En cuanto nos dejan nos vamos a la Cartuja de Valldemosa en Mallorca a escuchar el eco de Chopin y Sand y pensar justamente en música y ciencia, una combinación que ha de ser crucial para mi nueva novela que tengo parada hace demasiado tiempo.

Pero mis compromisos no acaban ahí pues en cuanto vuelva de Mallorca partiré para Tesalónica, en Grecia, a fin de asistir a las jornadas anuales de ASSET y en cuanto vueva tengo que partir para Londres, esta vez en plan placer. La única ventaja de tanta exigencia es que te libras, sin necesidad de mentir, de otros compromisos que se te ofrecen y te amenazan. Pero esa ventaja no me gusta demasiado. Necesito tiempo y cabeza para llevar a cabo mis planes intelectuales. ¿De dode saco el tiempo? Eso será fácil. Lo difícil es saber en donde puedo encontrar el talento perdido.

Se me funde la memoria

el-olvido

Me temo que he entrado ya en la senectud, al menos a juzgar por el estado de mi memoria. Dos cositas de ayer y hoy lo dejarán muy claro.

Ayer pasé mucho tiempo examinando la Memoria de la FUE y firmando donde debía. Tenía un sentimiento raro como de déjà vu y he notado que en un capítulo faltaba una sección pues no había nada entre la 2 y la 4. Esta mañana ya en la oficina he tratado de cotejar mi copia de la Memoria con el original que me envió la persona que se encarga de elaborar estas Memorias. No he encontrado ese original en mi listado de llamadas y he comenzado con mi complejo de ser perseguido por quien entra en mi ordenador. Así que he llamado a esa persona y para mi bochorno no sabía de lo que le estaba hablando.

Durante un cierto tiempo he dudado si había yo tratado de firmar la Memoria de otro año o de si alguien entra en mi correo desde Nigeria. Pero luego ha ocurrido algo que ha disipado mis dudas.

En efecto, hoy de buena mañana he escrito un mail a un amigo para quedar para comer el próximo lunes y me ha contestado que de acuerdo y me ha preguntado en qué restaurante quedábamos. Le he contetado que en uno al que siempre solíamos ir y que creía que se llamaba «El Capricho». Al poco tiempo me ha entrado la duda si ese nombre era el correcto y poco a poco me convencido de que no lo era. Lo bonito del caso es que finalmente he recordado el verdadero nombre y he vuelto a escribir a mi amigo. El verdadero nobre era nada más y nada menos que «El Olvido».

Y, ahora sí, he recordado aquella estrofa flamenca de El Cigala que dice «se me olvidó que te olvidé».