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Estoy vigilado

mi6En el último micropost contaba cómo ya había vuelto a Madrid después de un paseíto por levante. Volver siempre tiene un toque de entusiasmo, pero a menudo nos engañamos negándonos a reconocer que también tiene no pocos inconvenientes. Les pondré un ejemplo.

Ayer fue un día raro. En el camino a la oficina traté de saltarme la dieta y entré en una cafetería que me coge de paso y pedí un descafeinado de máquina con leche y los dos churros que quedaban. La camarera, que inició las operaciones con diligencia, se vio interrumpida por los raros requiebros de un tipo raro que los terminó llamándole «virgen» aunque inmediatamente añadió «en el buen sentido» y se puso a charlar con otro recién llegado al que evidentemente conocía.

Quizá por esta profusión de series negras y policíacas que insisto en disfrutar casi todas las noches, creí estar seguro de que se trataba de dos policías secretos tanto por su manera de hablar como por su manera de vestir que no encontraba su lugar entre el traje del ejcutivo y el viejo terno heredado de un profesor universitario poco exitoso. Me apresuré a acabar el último churro, pagué con monedas preparadas de antemano y salí pitando. Casi se me olvidó el asunto hasta muchas horas más tarde cuando ya ocupaba mi sitio en el palco VIP del Calderón, invitado por mi hijo que trabaja en Universal, para disfrutar de la nostalgía del sonido beatle de Paul McCartney.

Resulta que estos palcos VIP ofrecen bebidas y canapés gratis sobre los cuales tanto mi hijo como yo nos avalanzamos ansiosos. Habíamos encontrado ya la vía por la que los canapés salían calentitos pero había alguien con información privilegiada que casi siempre se nos adelantaba. En un momento dado rozó mi mano con la suya y cuando levanté la vista de la bandeja de canapés reconocí al poli secreto de los requibros. Me recorrió un escalofrío al tiempo que la música ambiente dejaba su lugar a la salida a escena de Paul.

Su generosa entrega a la música propia y de aquel grupo que se inició en el club de la Caverna de Liverpool junto con las numerosas birras ya libadas me hizo olvidar el incidente; pero hoy lo recuerdo con un cierto temor. No se si debería volver a esa cafetería. Evitarla sería, al menos, mejor para mi dieta.

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