Ideas desordenadas sobre el Brexit

independencia escocesa
Ayer me acosté creyendo que el triunfo del «remain» parecía seguro y hoy me he levantado con su fracaso y el éxito del «leave». Ni ayer ni hoy he pensado mucho sobre el porqué, o las consecuencias en distintos campos, de este resultado y apenas he tenido tiempo de escuchar o leer nada al respecto. Pero creo que quiero explicarme a mí mismo este sentimiento ambivalente que me produce la derrota de la iniciativa de Cameron. Por un lado me dan miedo los efectos económicos que se seguirán de la incertidumbre inevitable sobre esos mismos efectos; pero por otro lado me excitan positivamente las novedades de todo tipo que pueden surgir. O sea que dudo entre mi bolsillo y mi corazón.

Respecto a mi bolsillo no creo que vaya a alcanzar un grado de pesimismo mayor que el que ya tenía. Pensaba, en efecto, que las consecuencias de La Gran Recesión no se habían agotado y que había que repensar la situación global de la economía con la caída de las economías avanzadas en Occidente, que no parecen tener visos de rebotar inmediatamente, y el relativo frenazo de las economías emergentes. Como inversor abierto al mundo rebajé un poco mi exposición a la renta variable en euros y me incliné un poco por diversificar esa renta variable en euros mediante la compra de participaciones en fondos de inversiones no solo en euros, sino también el yenes o dolares y no solo en renta variable sino también en cierto tipo de renta fija empresarial tanto como inversión, poco rentable pero bastante segura, como para cobertura de posibles oscilaciones en los tipos de cambio.

Y el Brexit no me hace cambiar de opinión ni variar mi posición. Más allá de lo que pase en los próximos dos años en Europa mientras se pone en marcha el artículo 50 del Tratado de la Unión, el impacto global en el mundo será limitado en cuanto al crecimiento del PIB aunque sí es verdad que impacto ocurre sobre una tasa de crecimiento ya pequeña de por sí. Pero el impacto no está ahí, pienso, sino en los impactos diferenciales entre países, sectores, o empresas y las consecuencias sobre la estructuración de la sociedad.

En este sentido pienso que todos esos impactos diferenciales pueden repercutir dentro de un tiempo en quiénes vayan a sufrir una caída significativa en el grado de su riqueza o/y su renta. Puede tratarse de mineros de materias primas en Africa, de profesores de universidad y cintíficos españoles allí donde estén, de obreros trabajando en el Fracking en Canadá, de ejecutivos financieros de la City o de pequeños empresarios llorando por sus startups a lo largo y ancho del mundo. O puede tratarse de inversores arriesgados que hayan apostado en la «buena» dirección. Habrá sin duda variaciones en la distribución de la renta y, creo, que la esperanza de reducir la pobreza tendrá que enfriarse tanto a nivel global como nacional. Mi sentimiento respecto a estas cosas me recuera a mi juventud cuando escribí sobre las crisis del petróleo: nada fundamental estaba entonces, ni está ahora, en juego.

No es esta afirmación una expresión de cinismo, sino una creencia firme en que las cosas que están en juego son más profundas y no se reflejan en Bolsa alguna a la que podamos acudir en busca de información sobre las expectativas que arrastrarán la evolución.

O sea que pienso sobre todo en el impacto en la estructuracion de la sociedad, algo que depende de la política y de la forma en que esta tiene de ordenar la sociedad. Los grandes problemas sociales como son la migración y sus secuelas de muerte, miedo, pobreza y necesidad de protección y asilo, solo pueden arreglarse mediante la cooperación transversal y pienso, un poco a la contra, que esa cooperación se consigue no tanto por la unificación del poder sino por la cooperación fraternal entre ciudadanos de distintas «etnias», o de distintas costumbres sociales, siempre dispuestos a ponerlas en juego. Y eso es lo que el Reino Unido significaba para mí: la capacidad de poner en juego sus propias convicciones, tal como demuestra la forma que han tenido de tratar a la emigración. Y es aquí en donde me han fallado los ganadores del referéndum, esos señores mayores y de pueblo que prefieren guardar lo que creen son sus esencias.

Pero de una forma un poco enrevesada creo que también esto del Brexit me hace pensar que una vez más son ellos, los ciudadanos del Reino Unido, los que nos van a dar una lección. Ese será el caso si esta salida de la Unión acarrea la separación de Escocia, Irlanda del Norte y quizá Gales. Estas separaciones abrirían el camino hacia un mundo confederal, una especie de Suiza global, en el que cada grupo está dispuesto a discutir su planteamiento de la forma de vida con los miembros de cualquier otro grupo y en el que la dimensión es lo suficientemente pequeña como para hacer dificil la corrupción y hacer posible la [[disipación de rentas]].

Quizá en un mundo así podría hacerse realidad el equilibrio Kantiano en el que cada sujeto quiere para sí lo que desea para los demás. Hace un par de años escribí sobre ello y ahora que JRC me ha mandado aquel paper de Roemer ya publicado, me permito recordar aquel post perteneciente a la serie «Hacia un Nuevo Relato». Se puede ver en él con toda claridad que en un mundo de pequeñas comunidades ciertas externalidades (como las existentes en los [[comunal|bienes comunales]] por ejemplo) pueden dejar de ser un obstáculo para el óptimo paretiano.

Nostalgia del eterno verano

infancia en la playaEl taxista me comenta que está sorprendido porque el tráfico debería haber disminuído dado que los colegios ya han cerrado sus puertas, pero sigue denso. El dermatólogo me dice que use sombrero en verano pues tengo la piel muy blanca y la combinación de sol y de piel blanca acaba sacándome manchas en la cabeza y en la frente. Ambas cosas me recuerdan mis veraneos infantiles con su duración eterna y las permanentes quemaduras de sol.

Recuerdo el traslado de casa mediante un camión que acarreaba, junto con algún mueble, vajillas y cristalerías de usos varios e innumerables baúles, maletas y paquetes varios. Yo ya había acabado el colegio y para San Juan, con sus hogueras, ya estábamos en la casita de verano, no lejos de la playa y en donde todos los años, para San Pedro y San Pablo yo tenía el cuerpo totalmente quemado. Sí, me dolía, pero ¿qué importancia tenía tal cosa si quedaban por delante casi cuatro meses de vacaciones, de felicidad, con todas las mañanas en la playa y todas las tardes nadando en lugares inusitados y siempre en compañía de la pandilla veraniega que juntos comenzábamos a aprender a vivir?

Guardo recuerdos que no son precisamente maravillosos, pero que no olvidaré nunca. Un año fui abandonado por padres, hermanas y tíos y tías que se largaban a un vieje turístico a Galicia y a los que yo despedía desde ese balcón de la casita desde el que se veía el mar en todo su esplendor, o la galerna en todo su brío amenazante. Otro año fui sometido a una fimosis que no me dolió nada y por la que fui recompensado con todos los helados de cucurucho que se me antojaron. Y entre todos los muchos otros recuerdos que atesoro, muchos relacionados con las manías de la iglesia vecina, el más dramático es el resbalón desde una barandilla, que rodeaba la casa que había sido de Jose Antonio Aguirre, y por la que yo circulaba a la búsqueda de un balón, y la correspondiente caída en la que que un viejo hierro roñado se me clavó profundamente bajo la rodilla izquierda. Sigo contemplando la cicatriz como el primer presagio de la caducidad.

Hace tanto tiempo de todo esto que las moscas de agosto se combatían con simples tiras engomadas en las que estos insectos quedaban atrapados después de muchas vueltas por la habitación correspondiente con unas pautas siempre iguales que yo creí descubrir desde la cama en la que penaba los castigos que no recuerdo como terribles, sino como una ocasión para pensar no sé en qué. En uno de estos castigos utilice mis uñas para ir escarbando la cal del muro contra el que se apoyaba mi cama. Ante el descubrimiento de mi desaguisado el castigo se dobló y esta vez creo que me limité a oir la radio y a leer tebeos.

A pesar de los castigos recuerdo cada uno de estos veranos infantiles como feliz y el completo olvido de que se acabaría como la clave de esa felicidad. Ahora y a pesar de que mis vacaciones son eternas y me dedico sin pudor ninguno a excarvar continuamente paredes de cal, no consigo reproducir la felicidad que me proporcionaba la emisión radiofónica de una aventura de Diego Valor al mediodía mientras descansaba de alguna de mis operaciones o heridas.

C´est la Vie!

Cena en una terraza

Cap.15. Cena en una terraza

Machalen y juan volvieron de Lucerna muy satisfechos. Ella por el éxito del concierto, incluída su aventura ravelesiana, y él porque, de una u otra forma y aparte otras aventuras,su manera de entender el papel de la música en su forma de trabajar se había enraizado durante el concierto. Y, más a gusto que nunca, esa misma noche en el hotel durante su charla somnolienta habitual después de la cena oficial había procurado apoyar la imagen de su mujer.

Lo de lucerna había sido una pequeña escapad, pero ahora ya faltaban pocos días para que todo el mundo sedispersara y la facultad quedaría vacía. Juan se acercó a recoger sus cosas y solo encontró a Ramón haciendo lo propio. Ellos, le dijo a Juan, pensaban quedarse en Madrid y hacia finales de julio aprovechar un congreso nada excepecional para acercarse al este de Europa y luego, como todos los años, recalar en Asturias ( «tu tierra» le dijo a Juan) para disfrutar de la brisa marina y el olor a ese mar excepcional. Juan puso a Machalen por excusa y contó que se irían pronto a Granada y luego a una casa alquilada en las cercanías de Málaga a la que acudían todos los veranos para encontrarse con no pocos directores de orquesta descansando un par de semanas y encantados de charlar con Machalen mientras él, Juan, hacía uso del aire acondicionado y se entretenía pensando en cómo habría sido la economía en aquellos tiempos de la conquista. A nadie contaba nada pero su idea de la ciencia económica debería superar el test de poder explicar la forma en la que distintas civilizaciones se las habían arreglado para vivir en comunidad. Les quedaba pues poco tiempo para verse antes de dejar Madrid y quedaron en tratar de cenar una de estas noches madrileñas los cuatro juntos en una terraza al aire libre en ese Madrid que parece vigilar que el sol se ponga. En Madrid no hay rayo verde y esta ausencia es un buen comienzo de conversación para una cena en una terraza orientada a poniente. Entre este rayo verde y la elección de qué cenar se rompe el hielo con el apoyo obligado del vino que a estas alturas del año suele ser ese fresco vino blanco que desata la lengua.

Llegó la noche que a ambas parejas convenía y Juan, fingiendo una lejanía que no reflejaba su reciente cercanía a Mercedes comenzó a interesarse muy en general sobre la posibilidad de sacar capital fuera de España ante la situación que parecía avecinarse. Machalen, quien no estaba al tanto de los detalles de la situación de Juan, presumió, cosa rara en ella, de estar a salvo de estas preocupaciones puesto que los pagos que le hacían por ahí fuera cuando iba como invitada y no al frente de la orquesta de Granada, se quedaban en cuentas de ese sitio cuyo informe de situación le llegaba siempre a Granada en cuyo auditorio tenía una caja fuerte donde los almacenaba. Hubiese sido el momento adecuado para la confesión por parte de Juan de la situación de su pequeño patrimonio en Monterrey a su nuevo nombre y sobre todo de la forma en que podría hacerse, en un momento que se le antojaba cercano y peligroso, del resto de la herencia de su madre. Mirando ya de frente a Mercedes inquirió si no habría algún medio de hacerse con la parte que le correspondía a través de cualquier subterfugio de esos que los bancos saben organizar. No era necesario que esa parte de la herencia llegara a su verdadero nombre, sino que podría llegar, mermada, a aquella especie de fundación a través de la cual él podía hacer un uso discreto de aquella parte de la legítima que le había llegado con la complicidad de su parentela mejicana y que tanto le había ayudado a vivir en Santa Fe.

Ramón parecía no entender nada y, por descontado, su rostro mostraba extrañeza por la forma en que Juan parecía dirigirse a su mujer Mercedes. A Juan no le cupo la menor duda de que no estaba al tanto de las maniobras de Mercedes, esas que él había creído descubrir detrás de esos viajes entre Ginebra y Londres de los que Mercedes le había hablado. En aquel momento pensó como de pasada que parecían normales en alguien que trabajaba para un banco en Madrid, pero, en este momento en que levantaba el blanco frío para brindar,se dio cuenta que era posible que, entre Ramón y Mercedes las relaciones no estrictamente amorosas fueran secretas o simplemente consideradas irrelevantes, algo no muy distinto a lo que unía a Machalen con él. Así que desvió la conversación hacia la ortogonalidad que parecía existir, tal como habían descubierto Mercedes y él, entre una y otra pareja que, a modo de despedida para el verano, comenzaban ya a degustar el primer plato.

Explicar de nuevo esta forma de representarse no pareció interesar mucho ni a Mercedes ni a Machalen, pero Ramón se sintió aparentemente interesado en su posición en el eje horizontal como alguien nada comprensivo con el nacionalismo. Expresó un poco irritado que le parecía muy raro que un economista como Juan, tan acostumbrado a moverse en escenarios en los que un número enorme de individuos de cuya incontable abundancia se derivaban muchas de las propiedades del grupo que decía le interesaban, pudiera mostrar interés e incluso entusiasmo por algo que a él le sonaba tribal. Juan, ante el ceño fruncido de Machalen, desvió los comentarios que se le ocurrieron, algo despreciativos para Ramón, hacia las equivalencias entre un planteamiento y otro, un tema que sabía Ramón no dominaba, y que le permitía sugerir que hablarían de eso a la vuelta de las vacaciones veraniegas momento en el cual podrían contrastar los diferentes tonos de piel morena adquiridos en el norte y en el sur con soles de diferente intensidad tostando pieles más o menos blancas.

Se despidieron correctamente aunque sin entusiasmo y mientras volvían en taxi al rudimentario apartamento que Juan habitaba en Madrid, y Machalen parecía adormecida, Juan se dejó llevar por el pensamiento extraño de una vuelta de vacaciones en la que una especie de demiurgo emparejara a unos y otras según el tono de su piel.

Neptuno y Piscis

neptunoHace algún tiempo que escribí que dejaría de leer sistemáticamente a Karin Silveyra mi admirada astróloga y que me pasaba a Susan Miller. Pero ayer volvía a caer en la tentación y como siempre me asombró su acierto. Esto es lo que decía para esos Piscis a los que pertenezco:

Neptuno pasa cada 164 años por Piscis. O sea; más creativo, vulnerable que nunca y menos práctico y pragmático.

Lo de mi falta de pragmatismo no me cogió desprevenido pues observo día a día como crece el montón de asuntos pendientes; pero que estoy vulnerable es cierto y, en cierta medida, me consuela saber que se trata de Neptuno y que quizá no es para siempre. En cuanto a la creatividad sí que me vendría bien una dosis adicional pues tengo varias ideas en la mente que no acaban de salir.

Gracias Karin

Cuestiones patrimoniales

lucerna
El concierto fue un éxito en opinión de Juan y de una parte grande de la audiencia que entendió la complementariedad entre lo suave y lo tosco y duro pero, desde su butaca, Juan observó que otra parte de la audiencia con aspecto tradicional no estaba para estas combinaciones novedosas. Lo que les ocurría seguramente es que, como pagaban una cantidad significativa por su presencia en este concierto de Lucerna, querían lo de siempre y no albergaban deseo alguno de experimentos. Quizá un gran patrimonio no genera nunca deseos de aventura sino más bien lo contrario. Cuando no hay mucho que perder ¿por qué no lanzarse a mundos nuevos en cualquier ámbito? Esto le había ocurrido a la llamada ciencia económica, que ya no estaba para aquellos esfuerzos de unificación teórica que habían entusiasmado a Juan en la época de su tesis doctoral y había girado hacia lo experimental y lo descriptivo tratando de emular ese esfuerzo de las ciencias duras que, a base de experimentos aparentemente banales, iban construyendo un corpus que, se creía, acabaría llegando a esa unificación pero por la puerta trasera como él le llamaba a esta estrategia en su pensamiento sin atreverse a denunciarla en alta voz como algo bastante falsario.

Pensaba que actuaba en su profesión como uno de los habituales de Lucerna que no ponían en juego su enorme patrimonio por acudir a esta ciudad, pero que no aceptaban fácilmente que les dieran gato por liebre tal como ellos lo expresaban. Juan pensaba que su escaso patrimonio le permitía los experimentos pues no tenía mucho que perder y bastante que ganar cuando la profesión se enterara o llegara a sospechar que la Economía no era como una ciencia dura y que posiblemente la irrefrenable tentación de unificar y de contar una historia creíble y bella volviera a ser despenalizada. Y su patrimonio era lo suficientemente escaso como para continuar siempre en la búsqueda de lo mismo al precio de la soledad académica ya que en esa universidad de Madrid solo podía hablar en las comidas o los paseos por el campus con Ramón y ello solo gracias a que Ramón no necesitaba un interlocutor creativo sino simplemente alguien que le escuchara con aparente atención y le pusiera, y solo de vez en cuando, las pegas que provenían de su oculto deseo de unificación. Ramón era lo suficientemente mayor como para haber conocido otros tiempos, pero los rechazaba mediante los desplantes correspondientes. Antes de ir a Lucerna tuvo tentaciones de aislarse totalmente poniendo a Ramón en el sitio de su galería de héroes que le correspondía, pero a la vuelta y después de haber conocido a Mercedes en su faceta sexual y en su profesión, más o menos oficial, de encontrar maneras de manejar patrimonios, cambió de opinión y decidió prestarle una especie de atención fingida a Ramón a fin de abrir la oportunidad de empezar a cuidar su reducido patrimonio y de aprender de ella como podrían Machalen y él seguir manteniendo aparte sus ganacias provenientes del trabajo mientras sumaban el patrimonio de él por un lado y un trocito del de Macahlen que fuera equivalente. Este era un arreglo que les permitiría hacer pequeñas escapadas juntos mientras vivían la mayor parte del tiempo en lugares separados y en todo caso, con muy reducidos gastos generales en la vida poco rimbombante que llevaban ambos.

Quizá podrían llevar a la practica ese deseo austero si Machalen pusiera en venta aquel piso de aquella calle del camino hacia el monte donde ella vivió con su abuelo y los timbales con las persianas siempre cerradas para que no les espiaran los centinelas del gobierno militar y en donde habían vivido los padres de ella antes de desparecer bajo la tierra de esa Ciudad a veces ingrata y en donde ellos dos juntos habían disfrutado de ese amor siempre trufado de amenazas de amargura justo antes de dejar de verse por bastante tiempo. Quizá, pensó Juan, era el momento de vender ese piso pues Machalen estaba más allá de una posible oferta de dirigir la sinfónica de la Ciudad y él no podía volver a ella ante el peligro de decaer en su estatus de desaparecido. Un desparecido que que, sin embargo y gracias a los buenos oficios de Aitortxu y a la intermediación de Asier durante años, poseía un pequeño patrimonio que se encontraba a buen recaudo en una cuenta de ahorro de un banco casi desconocido del Sun belt. Un status de desparecido al que no podía renunciar a fin de hacerse con el resto de la herencia que todavía podría reclamar, so pena de entrar en un viejo camino por el que no quería transitar.

Con estas ideas en la cabeza Machalen y él se instalaron unos días en el apartamento de Juan en Madrid para no hacer nada y prepararse para disfrutar de unas pequeñas vacaciones en la costa del cantábrico correspondiente al País Vasco francés, donde llegaban siempre dando el rodeo de entrar en Francia por Cataluña y conducir el viejo cacharro de Juan por la reciente autopista que ya unía Toulouse con Burdeos, plazas estas que, por razones distintas, conocían ambos bastante bien y cuyo patrimonio cultural les unía desde hace unos pocos años. Juan decidió no dejar pasar los casi dos meses de vacaciones académicas para afianzar su aparente amistad con Ramón y para demandar la asesoría de Mercedes respecto a su escueto patrimonio y empezar a moverlo más activamente a partir del lugar que le indicara Mercedes de forma que ella pudiera ocuparse de la rentabilidad como lo hacía con otra mucha gente como parte de su profesión que, al menos, le llevaba por Ginebra y por Londres.

Así que juan quedó a tomar unos vinos con Ramón una noche cualquiera de junio y le improvisó una versión de su idea de volver a cambiar el tono del lienzo base de su C.V plástico después de haber pensado en su propia obra como la mezcla musical de Brahms y Ravel, mezcla nada equitativa pues el fondo seguía siendo uniforme con suaves vaivenes románticos mientras que los extraños folkclorismos ravelesianos jugaban el mismo papel que otras incursiones ya viejas en las aventuras de economistas poco dados a seguir la moda. Ramón escuchó con la aparente atención de siempre, pero esta vez y en un momento estratégico, pues Juan se empezaba a quedar sin argumentos, tomo la palabra y se metió de lleno con esta manía que él pensaba que Juan se tomaba como compartida no lo era tanto. El simplemente gustaba de la pintura y hacía sus pinitos, pero no estaba dispuesto a confundir la belleza con la verdad. Según él con la belleza se podía topar uno, pero la verdad era algo muy serio que se escurría entre las manos de los que solo se valían de ella para dotarse de una especie de fin de fiesta al que todos incluido yo- afirmó con cierta fiereza subiendo el tono- deberíamos referirnos con lealtad pero sin excesivos detalles.

La salidita había durado un vino más de lo conveniente y ambos estuvieron de acuerdo en irse retirando a casa. Juan aprocechó el momento para insinuar que podían salir los cuatro a cenar un día antes de que cada cual decidiera desaparecer. Sus intenciones no eran del todo sanas, pero todo sonó no solo razonable sino incluso pacificador ante la subida de tono de Ramón.

Dos calles

Vista del Abra desde el Molino de Aixerota

Vista del Abra desde el Molino de AixerotaHe pasado dos noches y casi tres días en Bilbao. La razón es la de siempre: cuestiones administrativas y financieras. Pero algo tan aburrido como eso viene compensado por el olor del mar y la lluvia (o llovizna en esta ocasión). Pocas cosas tan hermosas hay como abrir la puerta de tu casa, darle al botón de apertura de todas las ventanas y en unos 15 segundos ver ante tí el Abra con sus barcos atracados con mercancías o turistas, con veleros indicando la dirección del viento y con el sol ya cayendo sobre el horizonte. Como siempre me premié con un paseo maravilloso aunque tuviera que acarrear el paraguas,pero las razones de mi visita me hicieron gastar mucho de mi tiempo ría arriba en el corazón del Bocho. La luz de ese día era extraña y por alguna razón rara (quizá por el centenario del autor del Ulises) pensé en O´Connell st. en Dublín ya desprovista de la Nelson´s Pilar. Recordé que, en su día, alguien me dijo que era la calle más ancha de Europa y recuerdo también que yo pensé que la Gran Vía de Bilbao era todavía más ancha, así somos los bilbainos..y los dublineses. Parece que me equivoqué, pero ayer la volví a mirar con mis ojos de niño y puedo y quiero decir que estas dos calles, O´Connell y la Gran Vía son las cos calles más preciosas del mundo que yo conozco y la últimamejoraría todavía más si el ayuntamiento se decidiera a quitar a lo que podríamos llamar el Sagrado-Corazón Pillar.

El ensayo

Tenía un poco de tiempo para llegar al hotel y acompañar luego a Machalen al ensayo con todo en el teatro; pero su subconsciente le retuvo distrayéndose por las calles entre la estación de ferrocarril y el hotel pensando que no quería ver de fente a esta directora a la que quería desde hace muchos años sin pasar previamente por la música pues ella le habría preguntado por Mercedes y no deseaba verse obligado a mentir o a ocultar parte de la verdad. Quería comentar sus sospechas sobre los dineros de Mercedes y Ramón y sopesar la conveniencia de imitarles en caso de que esas sospechas se confirmaran; pero algo tan poco espiritual debería esperar al día siguiente del concierto. Así que esperó a estar seguro de que ella habría salido ya para el teatro y pasó por el hotel para cambiarse y afeitarse cosa que no pudo hacer en Basilea pues no debía haber pasado la noche allí y no contaba con los adminículos necesarios.

Ya era un conocido para los porteros del teatro y de su director con el que se topó justo al llegar a ese centro musical casi mítico y que le acompañó hasta el palco izquierdo desde donde Juan divisaba con toda claridad los timbales y los juegos de manos del timbalero. Nadie, a excepción Machalen, sabía por qué esa manía, pero él sí que lo sabía y no estaba dispuesto a renunciar a ella pues le devolvía a la época que llamaba la del Dueño de los timbales. Además, esa posición le permitía retrasarse hacia la parte oscura del palco y seguir viendo los timbales mientras nadie podía verle a él y lo que él miraba. Y así podía distraerse y, una vez imaginados y memorizados sus comentarios sobre el ensayo, pasear su mente por sus preocupaciones propias siempre relacionadas con el por qué y el cómo del ejercicio de su profesión investigadora.

Había llegado a Lucerna con una idea rara que quería desarrollar antes de comentarla con Ramón y plasmarla en su pequeño nuevo cuadro que reflejaba su producción más reciente y que acabaría influyendo en el tono del lienzo de fondo. Los dos últimos años que llevaba en Madrid había comentado muchas veces con Ramón la presunta naturaleza de la investigación que uno y otro creían practicar. Decían perseguir el conocimiento en el campo de la Economía aunque Ramón se especializaba en lo que genéricamente llamaba microeconomía mientras que Juan había sido contratado por sus aportaciones sobrela macroeconomía aunque realmente él perseguía la unificación de ambas ramas hasta construir toda una historia mítica de esa relación entre las personas que se denominba Economía y que no podía cicunscribirse a, por ejemplo, esa rama especializada en Comercio internacional porque la exsitencia de Estados era un añadido espúreo que empobrecería lo mítico de la historia que perseguía. Esta necesidad de creer posible su conversión en el Shakespeare de la ciencia social era su secreto y nadie la hubiera podido descubrir por mucho que estudiare su C.V. plástico que podía explicar de mil falsas maneras.

Es posible que Ramón también ocultara segundas o terceras intenciones en su investigación; pero de momento parecía como si ambos se encontraran satifechos hablando de información y de conocimiento del sistema económico y de su organización. O todavía con mayor precisión dándole vueltas a la manera de conocer todo lo que se había escrito sobre los detalles del sistema bien por las autoridades nacionales de uno u otro país, bien por los científicos qque perseguían su explicación a fin de crear conocimiento sobre el cual, ellos mismos u otros colegas, podían continuar con su exploración. Resultaba que se complementaban pues Ramón era un ratón de bilioteca y sabía todos los datos publicados aquí o allí e incluso los creaba a partir de su investigación o de los experimentos que se deleitaba en montar mientras que Juan decía tratar de poner orden en esos datos y convertir esa masa informe en un cierto todo ordenado a través de una manera de pensar especial a la que él pertendía aportar algo. A veces se reían de sí mismos declarando que Ramón era un técnico y Juan un filósofo. Sin embargo ninguno de ellos había confesado nunca explícitamente su deseo de ser un artista, un verdadro creador que no estudiaba nada sino que creaba novedades más o menos materiales.

Juan había venido a Lucerna para explorar más profundamente la posibilidad de ser un creador pasando de la información y el conocimiento a esa sabiduría que transformaba la naturaleza del pensamiento. Era eso lo que Moisés tenía sobre Aaron, algo que ha hecho de él el fundador de un algo que ni siquiera llegó a conocer pues murió en el intento. La sabiduría puede no ser práctica, pero es extremadamente bella. Como la música. y Juan estaba convencido, aunque no podía todavía entrelazar los mimbres de una explicación de lo que era esa belleza y se entía obligado a tratar de lograrlo si finalmente buscaba la verdad, una búsqueda que creía saber no tenía fin, era imposible,pero cuya pesecución era algo parecido a la felicidad. Lo dificil será-creía saber Juan- escribir bien y de manera convincente que la música es el albornoz de la verdad, la que la cubre para que no enseñe sus vergüezas (que tenerlas las tiene) y, por esa misma razón, hace imposible conocerla aunque te indica indirectamente si vas por el buen camino. Esta idea debería presidir su obra si quería ser conocido como alguien con obra o si, aunque quizá anónimo,pudiera mirarse en el espejo con cierto orgullo.

Fuera cual fuera la pieza corta con la que Machalen hubiera decidido comenzar el ensayo-y por lo tanto el concierto- y cualquiera que fuera la propina si se la pedían, el corazón de este acontecimiento musical estaba en Brahms y Ravel, ua extraña pareja según le habían reprochado a Machalen; pero Juan creía entender el porqué da las decisiones de Machalen:nada más y nada menos que su deseo de resonar en la misma frecuencia que él, un deseo que siempre lograba alcanzar sin ninguna necesidad de que él se lo explicitara a priori pero que reconocía a posteriori subrayando su sempiterno acierto en genral y el agradecimiento que él sentía por el ojo clínico de ella en particular.

Brahs sería como siempre el abrigo de la verdad, un abrigo suave y ligero, como de ante, que sin descubrir nada dejaba intuir con precisón las formas de la verdad. Pero para Juan esas formas eran también un disfraz pues conseguía hacernos creer que eran suaves y sin accidentes de ningún tipo:la verdad no tenía sorpresas y bajo ese abrigo alcanzaba Juan una especie de seguridad dificil de comunicar o de reflejar en su C.V. plástico. Pero bien sabía que la música podía ser tambien como una bata de cama de algodón vasco que se cruzaba sobre accidentes raros resaltándolos como si fueran los granos de un pobre soriático. Y aquí entraba Ravel, extraño compañero de concierto en Lucerna que, sin embargo, Juan creía entender. De la dirección de Machalen dependía si la verdad se cubría primero con el abrigo y sobre él con la bata o lo hacía al revés. La verdad, le estaba diciendo Machalen a él y solo a él, no era nunca única y con esta certeza o sospecha poderosa había que vivir imaginándosela de una u otra manera.

Juan hubiera querido esta tarde-noche contrarrestar las ideas geométricas que Mercedes le dibujó la noche anterior para hacerse perdonar su escapada, pero entendía que si Machalen quería esa noche que se filtraran ideas musicales casi folklóricas a fin de dar la oportunidad a esta audiencia rica y de bienpensantes que creían que la belleza era universal, de reconocer esta segunda faceta de la verdad, eso también le venía bien a él pues por nada del mundo quería convertirse en un suave burguesito bienpensante. Ramón nunca sabría apreciar los pliegues de la bata de Ravel y esto le proporcionaba una ventaja crucial pues estaba en su mano revelársela o no. Esa era la superioridad de la sabiduría sobre el simple conocimiento, la certeza de la ambivalencia de la verdad. Con esta arma podría tumbar a Ramón; pero no era esto lo que esta noche tendría que musitar a Machalen, tendría que arrullarla con una de las facetas de la verdad, aquella que ella hubiera elgido para el concieto de mañana y que habría revelado en el ensayo.

Estoy vigilado

mi6En el último micropost contaba cómo ya había vuelto a Madrid después de un paseíto por levante. Volver siempre tiene un toque de entusiasmo, pero a menudo nos engañamos negándonos a reconocer que también tiene no pocos inconvenientes. Les pondré un ejemplo.

Ayer fue un día raro. En el camino a la oficina traté de saltarme la dieta y entré en una cafetería que me coge de paso y pedí un descafeinado de máquina con leche y los dos churros que quedaban. La camarera, que inició las operaciones con diligencia, se vio interrumpida por los raros requiebros de un tipo raro que los terminó llamándole «virgen» aunque inmediatamente añadió «en el buen sentido» y se puso a charlar con otro recién llegado al que evidentemente conocía.

Quizá por esta profusión de series negras y policíacas que insisto en disfrutar casi todas las noches, creí estar seguro de que se trataba de dos policías secretos tanto por su manera de hablar como por su manera de vestir que no encontraba su lugar entre el traje del ejcutivo y el viejo terno heredado de un profesor universitario poco exitoso. Me apresuré a acabar el último churro, pagué con monedas preparadas de antemano y salí pitando. Casi se me olvidó el asunto hasta muchas horas más tarde cuando ya ocupaba mi sitio en el palco VIP del Calderón, invitado por mi hijo que trabaja en Universal, para disfrutar de la nostalgía del sonido beatle de Paul McCartney.

Resulta que estos palcos VIP ofrecen bebidas y canapés gratis sobre los cuales tanto mi hijo como yo nos avalanzamos ansiosos. Habíamos encontrado ya la vía por la que los canapés salían calentitos pero había alguien con información privilegiada que casi siempre se nos adelantaba. En un momento dado rozó mi mano con la suya y cuando levanté la vista de la bandeja de canapés reconocí al poli secreto de los requibros. Me recorrió un escalofrío al tiempo que la música ambiente dejaba su lugar a la salida a escena de Paul.

Su generosa entrega a la música propia y de aquel grupo que se inició en el club de la Caverna de Liverpool junto con las numerosas birras ya libadas me hizo olvidar el incidente; pero hoy lo recuerdo con un cierto temor. No se si debería volver a esa cafetería. Evitarla sería, al menos, mejor para mi dieta.