Reminiscencias entrecruzadas

Tren a las nubes

Tren a las nubesSu tren salía bastante antes que el de Mercedes así que Juan se levantó con sigilo y se adecentó sin hacer ningún ruido innececesario para salir sin despertarle, pagar en recepción, pues la caja estaba todavía cerrada, y tomar un taxi a la estación en donde tuvo tiempo de desayunar algo ligero y prepararse para, una vez arrancara el tren, soñar despierto con la cabeza pegada al cristal y dejando que la imaginación despertara con el día, se adueñara de su mente y le permitiera tratar de ordenar las ideas todavía calientes de la noche pasada. Pero la imaginación es libre y sigue los caminos que realmente le interesan aunque crea que éstos son otros. Le hubiera interesado imaginarse su vida con Machalen como supongo fue la de Nietzsche con Cosima, siempre deseosos de abrazarse, pero sin llegar nunca a hacerlo debido a que ese impulso fue siempre reprimido por presuntos e importantísimos problemas intelectuales. Pero este no era el caso entre Juan y Machalen pues, aparte de no coincidir a menudo dada la movilidad de la directora, entre Machalen y él existían problemas enormemente vulgares y asquerosamente terrenales que se originaron desde el momento mismo en el que él decidió, con ayudas muy concretas, desaparecer para siempre.

Recordó, entre las brumas de una memoria culpable de venganza asesina que, desde que desembarcó en Colombia, cerca de la desembocadura del río Magdalena y vuelto a ser introducido en el tambor mayor de los timbales ayudado por el nuevo timbalista de la orquesta y protegido en todo momento por Aitortxu (que nunca dejaría de ser el contacto con su madre) se las arregló para seguir la trayectoria de la orquesta por Latinoamérica durante unos tres meses y siempre cerca de Machalen con la que rememoró tiempos pasados aunque nunca fueron del todo pasados. Durante todo este tiempo y siempre con el apoyo de Aitortxu y del nuevo timbalista fue urdiendo una red semimafiosa de gentes de confianza que le consiguieron nuevos papeles y hasta fueron capaces de modificar una pizca la fisonomía que reflejaban esos papeles. Todavía sonreía un poco cuando recordaba la extrañeza de Machalen cuando de cuando en cuando dormía con un hombre aparentemente nuevo en alguna ciudad latinoamericana, alguien que solo podía reconocer por la forma en que le escuchaba sus preocupaciones musicales además de, naturalmente, su forma de acariciarle.

Fueron meses durante los cuales el antiguo Jon se convirtió en Juan y vivió a expensas de Machalen pues los pocos fondos con los que pudo huir no duraron mucho. Esta era una cuestión que había que solucionar al llegar a la última ciudad de la gira: Monterrey. Aquí se quedaría el nuevo Juan para dar los últimos toques a su nueva personalidad, para llevar a cabo el plan urdido por su madre y Aitortxu en términos patrimoniales y para desde aquí comenzar una nueva vida que habría de pasar por ese gran Estado Federal cercano a Monterrey que conocía bastante bien. Se despidió de Machalen con lágrimas en los ojos sin saber cuando volvería a verla.

En Monterrey él tomó contacto con los parientes de los que su madre le había hablado mil veces y con los que ella nunca había perdido contacto y, con su apoyo y cobertura, organizó los últimos toques del cambio de su personalidad. Aquí habría de quedarse hasta que pudiera organizar su futuro profesional. Estos parientes le hicieron entrega de los papeles de una cuenta a su nuevo nombre, cuenta generosamente dotada y enviada por su madre que le permitió vivir sin ser una carga para nadie e incluso correrse alguna juerga cuando Aitortxu aparecía por allí en alguno de aquellos viajes que, no se sabía muy bien por qué o para qué, se organizaba él desde el puerto en el que había atracado su barco. Aquí, en Monterrey trabajó con todo cuidado su estrategia para cambiar su identidad de manera radical. Seguiría siendo un economista académico pero de doble nacionalidad, mejicana y española, que pretendía trabajar en los Estados Unidos a partir de su doctorado en la universidad de los jesuitas de Monterrey.

Coincidiendo con la ralentización del tren para parar en una estación ya no muy lejana de Lucerna, tuvo un segundo de recuerdo emocionado hacia ese su gran amigo que no solo le había sacado con el apoyo de Asier de aquella Ciudad en la que hubiera sido peligroso quedarse, sino que además había sido y era el contacto con su madre quien para cuando ya era él un profesor hispano-mejicano,era ya la administradora única del patrimonio familiar dada la casi total incapacidad del padre. Con la ayuda de Aitortxu consiguió transferir a su hijo una donación equivalente a lo que hubiera sido su legítima y con esto y su trabajo en esa escuela privada religiosa que le recordaba aquella en la que comenzó sus estudios en la Ciudad que le vió nacer. Él, Juan, se encontró en una situación holgada y con ánimos de conquistar el país vecino desde el que le sería más fácil coincidir con ella, Machalen, quien durante este tiempo fue afianzando su seguridad como directora y viajaba a menudo por ciudades con orquestas de renombre. En su correspondencia secreta ella le confió que sus relaciones con el festival de ópera de Santa Fe se estaban afianzando y que estaría muy bien si él pudiera hacerse contratar por la Universidad de Santa Fe, no lejos de Monterrey y muy lejos de aquellos otros centros en los que su figura podría ser reconocida.

No es de extrañar que durante estos años hubiera habido no pocas Mercedes en su vida y no se hacía ilusiones sobre la capacidad de Machalen de guardar ausencias; pero sabía que entre ellos había algo irrompible y ella debía pensar lo mismo pues fue ella la que sugirió que se casaran en secreto nada menos que en Las Vegas, una propuesta que Juan dijo aceptar con total entusiasmo siempre que lo hicieran con total separación de bienes. Esto le ponía a él en situación de desventaja pues ella ya ganaba un dinero generoso y desde luego más cuantioso que el que sacaba un profesor de una universidad mejicana o norteamericana.

Y ya casados surgió la posibilidad de la dirección de la orquesta de Granada y del puesto en una universidad de Madrid. Una carambola que les permitía vivir, como siempre, separados y afectivamente muy juntitos. Cada uno a lo suyo y ambos enredados en las relaciones entre pintura y música, por un lado, y entre ciencia y esas dos artes, por el otro lado. Y ahora que ya llegaba a Lucerna podía separar la cabeza del cristal de la ventana del tren y comenzar a elaborar la forma en que dentro de un par de horas atendería al ensayo y trataría de relacionar los tempos musicales con los ejes ortogonales que, de una u otra manera, en un par de cuadrantes o en otro cualquiera, hacían presagiar conflicto.

De vuelta

Javea

JaveaEntre el esfuerzo que tuve que hacer para tratar de pasar el examen final del primer curso básico de euskera y los tres días libres que luego me tomé en Jávea a donde acudí sin instrumento alguno de contacto virtual, me encuentro como recién llegado a un mundo nuevo que no reconozco del todo. Y me temo que no tengo más remedio que perseguir las huellas que mi yo anterior dejó en algunos borradores de entrada en el blog.

Desde ahora y durante todo el verano quiero continuar con la segunda novela en la que se sigue la vida encubierta de Juan el protagonista de El Síndrome del Capataz, pero no me puedo quedar en eso pues también tengo ganas de escribir cosas con enlaces y relativas a los acontecimientos que nos envuelven, especialmente los relativos al mundo de las finanzas en general y de la banca en particular. Pero además me gustaría profundizar un poco en el comunitarismo a través del Manifiesto Comunero y en sus perspectivas actuales así como en su trasunto político.

La lectura del libro que he recibido de Enrique Ojembarrena me está encantando y me hace pensar que este verano en Foixà igual vuelvo a escribir aquellas historietas cortitas e imaginativas con un toque de surrealismo.

Ya se verá.

Ejes ortogonales

andanteDecidieron quedarse en un hotel cercano a la estación. Mercedes llamó a Ramón sugiriendo que lo hacía desde Ginebra y Juan se interesó por el cansancio de Machalen excusándose de haber decidido quedarse a pasar la noche en Basilea pues había perdido el último tren a Lucerna. Machalen estaba agotada y con voz cansina le despidió recordándole que al día siguiente podría asistir a media mañana al ensayo general a partir del cual, y si todo salía bien, podrían seguir pensando sobre la interpretación musical de su C.V.

Hacía algunos años que Juan no pasaba una noche tan agradable pues se encontró con alguien como Mercedes que parecía no tener problema alguno en mezclar sin protesta alguna el placer sexual y la conversación culta como si estas dos cosas fueran cosas que caminaran en la mismo dirección, una dirección llena de sorpresas agradables, desde el descubrimiento de lo inesperado hasta la inmediata asociación de intereses intelectuales. Ambas novedades acabaron, como suele ser lo habitual en estos casos, en un intercambio de antecedentes de cada uno, desde su origen hasta sus aspiraciones o su falta de tales.

Juan trató de explicar su confusión política en los tiempos que corrían y lo hizo utilizando una vieja idea del historiador Fontana al que una vez había escuchado, no recordaba en que sitio: que necesitamos dos ejes para poder ubicarnos en la vida político-social social. Uno de esos ejes, el vertical por ejemplo, mide la situación patrimonial desde la parte superior, la propia de la gente rica, hasta la parte inferior en donde se encuentran las familias de bajo poder adquistivo. El otro eje sería el horizontal, el propio de las actitudes nacionalistas o soberanistas que ubica los centralismos a la izquierda y los separatismos a la derecha. Juan improvisó para Mercedes que su familia estaba en el cuadrante superior derecho aunque no muy lejos del corte de ambos ejes: una familia de clase media y un buen pasar con cierta inclinación nacionalista y, desde luego, anticentralista. La familia de Machalen, continuó improvisando, estaba justo en el origen de las coordenadas, muda respecto a su actitud sobre el soberanismo y justo con el buen pasar que le permitió recorrer el camino de su formación musical.

Se excusó coquetamente sobre este extraño excursus insinuando su deseo de hacerselo perdonar, pero se encontró con que Mercedes no solo entendió esta explicación geométrica sino que la completó diciendo que entonces Machalen y él, Juan,conveniente unidos formaban como una bisectriz del cuadrante superior derecho mientras que Ramón y ella, Mercedes, conformaban una bisectriz del cuadrante superior izquierdo con ella en el origen y Ramón con cierto bienestar económico y un cierto conservadurismo centralista en lo político. Continuó indicando que ambas parejas eran ortogonales en el espacio elegido y que, por lo tanto, difícilmente podrían arreglárselas bien y llegar a ser realmente amigos buenos.

Juan se sintió liberado de esa especie de atadura que siempre sigue a una aventura inesperada y tuvo como una visión optimista de los años futuros con Machalen en Granada, o en cualquier parte del mundo, Mercedes concentrada en su serio oficio bancario Y Ramón y él trabajando duro en persecución de no se sabe qué en el mundo de la ciencia económica y con diarios almuerzos intelectualmente gratificantes.

No necesitó madrugar mucho para tomar un tren de vuelta a Lucerna que le dejara a tiempo en el teatro donde Machalen ensayaría por última vez sin pausas para corregir y con todas las piezas seguidas sin atender a la necesidad de respirar para cambiar de mundo. Más bien con varios mundos seguidos que para él era algo que prefería a lo que mañana sería el verdadero estreno con cambios e incluso con un descanso en el que él tendría que pasearse por el foyer de aquel teatro y escuchar los comentarios de los distintos grupitos de elegantes de la sociedad europea que, él creía, se conocían ya aunque solo fuera de vista después de años viniendo a este concierto inaugural de Lucerna.

Él no tenía cultura musical formal; pero había asistido ya a tantos ensayos y conciertos, había escuchado tantas veces las pausas y exigencias irritadas de Machalen que era casi como si la tuviera. El oído del que siempre había presumido le permitía detectar pequeños deslices imperceptibles para el gran público, pero que luego él comentaría a Machalen junto con su segura conversación tardía del día del concierto en el que él se las arreglaba para dejar fluir una conversación que, viniera de donde viniera, sería sin duda inesperada pues su fondo vendría del fondo del alma y, a pesar de nada tener que ver con el concierto en sí, la musicalidad de éste recubriría las palabras y las opiniones de uno y otro.

No tenía duda de que mañana acabaría tratando de relacionar su propio trabajo nada vulgar, pues se planetaba problemas intelectuales propios de su aproximación peculiar a los problemas económicos y en un momento u otro entendidos como decisiones pictóricas, interrogándose sobre su estilo y su composición para finalmente sonsacar a Machalen su traducción a la música de el ultimo concierto que acababa de dirigir.

La música es mucho más carnal que la pintura y su manera plástica de plasmar su obra en diferentes direcciones con investigaciones que le redireccionaban en una dirección cercana y que constituían un cuadrito con un fondo de un color determinado que no siempre podía conseguir a plena satisfacción pero que, combinado con otros de distinto fondo generaba el tono general de ese lienzo como desnudo que finalmente se convertía en una especie de melodía o de su falta y que le rodeaba día a día mientras seguía trabajando en el asunto o el color o tono de uno de los cuadros pequeños y que acabaría cambiando el tono general de su vida.

Pero esta vez, en este ensayo con todo previo al estreno, se preocupaba también por si esta vida aparentemente serena y conseguida durante muchos años dedicados a cegarse o ensordecerse para todo lo que no fuera su cambio de identidad, se vería perturbada por el recientísimo encuentro con Mercedes y la admiración que en él había extraído su cosmopolitismo natural y su limpieza de visión matemática como para estar deseando encontrar la manera de incluirle en su rutina y nunca olvidar que aunque Machalen estuviera en Granada no lejos de casa, Mercedes le iba a resultar imposible de consultar y de abrazar.

Pensó en Fritz y en Cósima y en el misterio que era para él el protagonismo de esta útima en la locura de Fritz y su revuelta contra quien él había pensado durante años que era la clave del alcance del entendimiento en general y del pensamiento de la totalidad.

En Basilea

barcos sorolla
La siesta no duró mucho y, como ella no pidió nada más de él, parecía claro que no necesitaba templar los nervios. Se vistió y con un aufwiedersehen casi inaudible abandonó la habitación y en cinco minutos estaría, calculó él, en el auditorio empuñando la batuta. Juan pensó que esto le permitía tomar un tren a Basilea, ver algo de pintura y volver rápidamente para estar en el hotel cuando ella, agotada, volviera para hacer una cena ligera y tardía. Ese horario que los músicos debían de odiar le daba a él la tranquilidad y el tiempo de pensar sin necesidad de dictáfono, aparato odioso, y prohibiéndose el tomar notas en cualquier pequeña agendita que siempre llevaba con él. Le bastaba resbalar la mirada sobre el campo y dejar que el pensamiento divagara a su antojo.

Suiza seguía llamándose oficialmente Confederación Helvética y los carteles en las breves paradas de tren se lo recordaban a menudo. Pensó que en esto como en otras cosas Euzkadi podría dar una cierta lección a España. Bastaría con que ese territorio prohibido para él, pero nunca alejado de su mente, una ley interna lo declarara así de manera que Gazteiz fuera como Berna y Donosti y Bilbao como Lausana y Zürich respectivamente, cada una capital de su cantón. Nada impediría que las correspondientes Juntas Generales fueran como pequeños parlamentos y sería muy fácil alcanzar la anonimidad de los dirigentes políticos. Dentro de cada territorio florecerían fácilmente esos pequeños negocios, más bien tecnológicos aunque no de tecnología punta, y así sería por la facilidad con la que se podrían arreglar casi cualquier problema laboral y todas las tensiones dentro de cada empresa sobre todo dentro de las cooperativas cuyo funcionamiento había estudiado curiosamente en una extraña universidad del Sur de los EE.UU.que,al tiempo que parecía haber descubierto la teoría de la complejidad, utilizaba las cooperativas de Euzkadi como ejemplo de cómo manejar esa complejidad organizativa sin detrimento de la productividad y dividiendo el trabajo entre la producción nacional y exportación.

Cuando a su vuelta a Madrid le contara a Ramón esta intuición ya tenía garantizada una buena escandalera en cuanto este colega se diera cuenta de que el ejemplo era inmediatamente «exportable» al resto del estado español tal como gustaba decir Juan delante de Ramón para que este entrara en cólera y ensordeciera a los comensales de las mesas aledañas a la suya. Pero le pareció conveniente pensar mejor cuándo decírselo. Podría hacerlo antes de invitarles, a él y a Mercedes a su pequeña casa para enseñarles su manera de exponer como obras de arte sus distintas líneas de trabajo clasificadas por colores y todas sobre un lienzo aparentemente descolorido y vacío aunque con un cierto tono que correspondía a la compleja interacción entre todas las líneas de trabajo y cuyo continuo retoque le hacía pensar que, contrariamente a Ramón, nada grantizaba el final de la investigación en alguna clase de verdad. O podría hacerlo después de esa experiencia que, sin duda, acabaría a gritos ante el horror de Mercedes cuyo trabajo profesional había hecho de ella una adoradora de la conversación intrascendente sin tentaciones de confrontación. Pensó que era mejor esta segunda opción pues para la primera conversación era conveniente que estuviera Machalen delante pues ella podría decir, por su boca y con la coartada de la interpretación musical del C.V. de Juan, muchas cosas que él debería ocultar para no dar pistas sobre su antigua identidad.

Y mientras pensaba sobre este pequeño dilema fácil de resolver, cambió de registro y admiro la estación de Basilea y deslizó su mirada sobre un andén paralelo que correspondía al tren que haría la línea Basilea-Ginebra. Allí estaba justamente Mercedes sentada en un banco y echando un vistazo a un periódico que Juan hubiera dicho tenía una cabecera en alemán. Se acercó a ella y después de expresarse mutuamente su sorpresa por encontrarse en semejante lugar decidieron visitar, en buena y cordial compañía, algún museo que a ella no le hubiera dado tiempo a visitar por la mañana. Volverían a tiempo para que ella tomara su tren de vuelta a Ginebra en donde dormiría para volar al día siguiente a Madrid aunque a lo largo de la tarde se le deslizó la indiscreción de decir que volaría Ginebra-Londres y luego, no supo Juan cuanto tiempo más tarde, Londres-Madrid.

Elegir un museo en Basilea es como apostar a un número en una ruleta. O eres un experto tramposo o tienes que dejarlo a la suerte. Esto es lo que decidieron hacer comprometiéndose a entrar en el primero con el que toparan y estuviera dedicado a lo que estuviera dedicado. Extrañamente no se fijaron mucho en los edificios por los que pasaban en una especie de paseo a la luz del atardecer. Cada uno por su lado contó al otro sus relaciones domésticas respectivas y esto quizá les acercó más de lo debido y se encontraron con que el Anatomisches Museum estaba a punto de cerrar aunque les dio tiempo para arramplar con escritos explicatorios sobre la colección de patología y de anatomía que iniciara a principios del XIX nada menos que Jung. No es de extrañar que esto les llevara a hacerse confidencias sobre sus experiencias psicoanalíticas y a entonar una especie de canto a la libertad que, curiosamente se vio recompensado por el encuentro de frente con otro museo que no es muy conocido y aparentemente paradójico: el Schifffahrtsmuseum Verkehrsdrehscheibe Schweiz. Es decir un recuerdo de la necesidad de llegar al mar que tiene Suiza en su búsqueda de libertad. También estaba ya cerrado, pero esto de la búsqueda de la libertad les envalentonó y, muy a propósito, perdieron sus respectivos trenes para Lucerna y Ginebra.

Ravel

La siesta había sido siempre un momento mágico para Machalen y Juan, desde que se conocieron de verdad en Salzburgo hace tantos, tantos años que no merecen ser contados. Así que Juan, después de un alargamiento loco del paseo por la orilla del lago, se aprestó a recibir a Machalen para disfrutar de ese momento después de una ligerísima comidad temprana. Imaginando su ensayo con los músicos de esta orquesta que ella no había dirigido nunca y cómo se habría despedido de ellos hasta media tarde, se disparó su imaginación una vez más en una especie de circumloqio en rededor de Ravel, un gran músico en su opinión y del nunca dejaba de mencionar que era vasco algo reivindicado con especial énfasis por Juan ante Ramón en muchas de sus conversaciones que muy amenudo se dispersaban sobre temas variados y que desesperaba a este último aunque procuraba mantener la compostura.

Algo también de lo que hablarían en esta primera siesta en Lucerna si él insistía lo suficiente y a ella le había ido bien su primer ensayo con esta orquesta de aluvión. Su estrategia para captar su atención era mencionar que había visitado un museo de pintura y que lo que vio le había planteado el dilema de si habría influencia ética en la música lo mismo que, creía él, lo había en la pintura. No había visitado ningún museo, pero quería entrar de rondón en una característica de este nuevo amigo al que acababa de conocer, Ramón, y que era alguien que se negaba sistemática y rotundamente a plantear algo similar en relación de esa ética con la ciencia o con cualquier cosa que tuviera que ver con la razón. Le haría cariñosas cosquillas a Machalen diciéndole como de pasada que para un profano como él parecería que Ravel no es merecedor de formar parte del programa de un gran concierto; pero que, sin embargo, lo es a menudo y tanto más a menudo cuando el director es a su vez un gran músico, digamos Piere Boulez. Y guiñé un ojo como para decirle que ya entendía que ella le hubiera planificado para el programa de apertura justamente porque también ella era una gan música.

No era esto lo que ocupaba la mente de Juan esa tarde temprana sino el contraste entre los escritos de Ramón y los suyos en el mundo de la Economía.Ni tampoco eran precisamente ideas lo que le hacía sentirse excitado en contacto con esa mujer que hace ya muchos años había entrado en su vida y tenía la clave de su identidad. Sin embargo ese primer día en Lucerna no podía dejar de pensar que, mientras sus propios escritos eran muy variados y podían agruparse por clases distintas identificadas por un fondo de distinto color con sus correspondientes agujeros y cortes que unían los agujeros, Ramón no tenía más que un único C.V. plástico sobre un fondo desnudo ordedenado por un ejes de coordenadas. Juan pensaba esa tarde que para él no sería dificil ubicar a Ravel en algún sitio de su propio C.V. plástico obligándose así a modificar todo lo ligeramente que se quiera el fondo desnudo, para Ramón la colocación de Ravel en su C.V. plástico sería una tarea sin importancia y siempre podría colocar a este músico vasco en algún sitio aunque lo haría solo por jugar o por obligación pues es muy dudoso, piensa Juan, que lo cosiderara como parte de su cuadro de intereses. En consecuencia, nunca esa colocación obligada le llevaría a cambiar el color del fondo. En cambio en el C.V. plástico de él, continúa pensando Juan, la introducción de Ravel siempre dejaría una huella en el fondo de ese gran lienzo que albergaba todas y cada una de sus obras.

Y esto es lo que le confirmó Machalen esta tarde cuando del amor pasaron a la conversación adormecedora. Machalen sostuvo, como si fuera un lugar común para músicos, que las composiciones de Ravel traslucen a menudo una cierta influencia de aires populares vascos, algo que gustaba a ambos , tanto a Juan como a Machalen. Pero no era esa la razón de la exigencia de Machalen ante los organizadores de los conciertos que componían el festival de Lucerna para imponer una pieza de este compositor que no fuera el Bolero de siempre pues éste si bien sirve como propina agradecida de un concierto brillante, nunca recibe la atención que merece. Para Machalen, concedía ésta cansinamente, «su capacidad de orquestar era asombrosa pues demostraba un saber musical profundo mucho más allá de la iluminación repentina que escupe un concierto e incluso una sinfonía y que no deja de ser una simple iluminación por mucho que lleve años el pulir y finiquitar la obra de que se trate». Machalen pareció despertarse un poco para afirmar, parecía que casi de mal genio,que ese convencimiento suyo no quería decir que Ravel careciera de esas iluminaciones. De lo que carecía era, casi susurró, volviendo a reclinar su cabeza sobre el pecho de Juan, de ese ego desbordado que lleva a quien es su prisionero a pulir la iluminación inesperada para que parezca una larguísima labor de genio reconocible por los ignorantes que copan todas las butacas de las salas famosas del mundo y que aplauden más fuerte cuanto más grande es la orquesta y cuanto más ruidoso es el movimiento allegro y más fúnubre el lento. Juan pensó añadir algo sobre los timbales, pero le pareció poco apropiado pues nunca hablaban de ese topoi fundante de su pareja y porque le pareció que Machalen ya había cogido el sueño. Pero en esto estaba confundido pues a los pocos momentos le oyó susurrar algo sobre la esperanza que albergaba de encontrar material suficiente como para terminar esa pieza ambiciosa sobre Juana de Arco que se suponía incabada o casi no iniciada siquiera.Suspiró y dijo claramente:»tienes que conseguirme permiso para poder pasar tantos días como sean necesarios en esa casa de Cambó a la que no se le presta la atención debida». Esto es lo que desde siempre le había enamorado de esta mujer que ahora le abrazaba con sus poderosos brazos de directora de orquesta:la extraña fe que depositó un día en él y que jamás parecía haber perdido a pesar de que nunca había tenido ocasión de mostrarle su verdadero poderío que iba por caminos muy distintos.
Y esta especie de duda sobre su propia genialidad que le asaltaba amenudo y que, de alguna forma, estaba debajo de su manera de esponer la estética plástica de su obra en ese C.V. que iba extendediéndose en muchas direcciones de un nuevo color que un día se dejaba colgar junto con direcciones antiguas y nunca abandonadas sobre un fondo inmediatamente repintado ante la nueva dirección mostrada en un cuadrito nuevo. Ya completamente despierto se aprestó a meditar sobre sus diferencias y confrontaciones con Ramón ante la preguna central de cualquier ser pensante que desee hacer algo con ese pensamiento. De momento se dijo que esta tarde se limitaría a hacerse la pregunta en términos estéticos para reservar para otro día de esta estancia en Lucerna su traducción a términos propios de de su oficio. La pregunta en general es esta: si el fondo de un único cuadro debe hacerse eco de algo aparentemente no genial. Para Juan no había duda y eso le llevaba a cambiar a menudo ese fondo. En cambio para Ramón ese cambio era muy poco probable o frecuente. Y, por lo tanto, Ramón era un creyente en la verdad que jamás pedidría licht mehr licht puesto que no hacía falta pues la única obligación de un investigador y su único placer es continuar con es tono de fondo que es donde hemos llegado.
Se aprestó a dormirse también él, pero la presencia de ella allí al lado le hizo recordar que la petición dramática de más luz por parte de Goethe la entendió por primera vez en una visita a una galería de Munchen en la que ante un retrato de este genio se reconoció en su fisonomía. Tendría que encontrar y examinar fotografías de Ravel para ver si veía en él algún parecido con esas fotos suyas de juventud que guardaba en un cajón de su mesa de trabajo en su modesta casa de Madrid.

Himno de los auxiliares: 2 de mayo

Hace ocho años escribí esto sobre el sitio de Bilbao y el triunfo de los liberales sobre los carlistas que pusieron cerco a la Ciudad; pero tuvieron que retirarse. Creo que casi todos los años escribo algo aquí con ocasión de esta efemérides. Pero este año me voy a limitar a copiar el himno.

Auxiliar bilbaínoSomos Auxiliares
sin color ni grito;
somos defensores
de este pueblo invicto.

Somos liberales
Y derramaremos
Toda nuestra sangre
Por la libertad.

Ya nos llaman a las armas,
Compañeros acudid,
Y corramos sin demora
Nuestro deber a cumplir
¡A vencer!
¡O a morir!

Nunca cederemos
A leyes injustas,
No sucumbiremos
A la fuerza bruta.

Sepan desde ahora
Los que nos escuchan
Que antes moriremos
Por la libertad.

Ya nos llaman a las ….

Dios que nos protege,
Dios que nos atiende,
Sabe que este pueblo
Su gloria defiende.

Si su muerte aciaga
Es morir luchando,
sépase que muere
por su libertad.

Ya nos llaman a las ….