Gemeinschaft und Gesellschaft

toennies_gemeinschaftLa tarea que me esperaba estos pocos días en Lucerna no era poca cosa ni cosa fácil, así que saqué fuerzas de flaqueza y comencé a pasear, después de un opíparo desayuno con Machalen, por la orilla del lago en la búsqueda de alguna idea que pudiera orientar mis elucubraciones a lo largo del día. Curiosamente lo que vino a mi cabeza, quizá por la influencia de aquel idioma que conocía muy regularmente, fueron dos términos utilizados por primera vez juntos y en contraste uno con el otro por Tönnies: Gemeinschaft y Gesellschaft. Entre divertido y un poco cabreado pienso que estos dos conceptos y las relaciones entre ellos es lo único que aprendí en los tres años que perseveré en la universidad privada de mi ciudad hasta que me largué a Salzburgo a profundizar mis conocimientos de comercio internacional únicamente porque era éste el tema que privilegiaba la fundación Fullbright.

Y después de tantos años vuelven a mi mente estos dos conceptos en este primer día en Lucerna tratando, en el fondo, de sacarle ventaja a Ramón a través del idioma alemán que este decía desconocer. Pero aparte de este fondo que yo siempre encuentro en cualquier cachito de vida después de siete años de tratamiento psicoanlítico, estaba la evolución general de la sociedad tanto en el lugar de donde yo provenía con mi nueva identidad como en esta España centrada en el Madrid que ahora habitaba.

Recordé que en aquella época traté de manera poco técnica de comprender una y otra noción y de unir ambas en un intento de comprender la sociedad. Recordé más tarde que a lo largo de estudios posteriores después de aquella triste despedida de Machalen llegué a entender que la comunidad (Gemeinschaft) no era sino el conjunto de memes (una palabra entonces desconocida y fruto de la teoría de juegos evolutivos) que habían surgido en un cierto grupo de seres humanos como resultado de la selección de estrategias que, repetidas una y otra vez y seleccionadas como las mejores, se habían establecido como señas de identidad (digamos comer con el tenedor) de una sociedad determinada.

Algo bastante distinto de lo que denota la palabra Gesellscchat, una noción ésta que me hizo rememorar las normas y cruces de relaciones entre los negociantes de la ciudad de mi juventud y que servían para facilitar los contactos propiamente comerciales o industriales. Recordé fotos de mi abuelo con un sombrero que debía ser el adecuado para un agente de bolsa en aquellos años del cambio de siglo y a la espera de la gripe que se denominó española. En ese momento en esa sociedad se cruzaban memes de conducta estereotipada con la gestión de normas legales y consensuadas sobre la forma de dejar constancia de ciertos intercambios de mercado. ¿No sería cierto que unir ambas nociones de manera consciente era justamente lo que las TIC en general y lo que se ha llegado a llamar la economía P2P estaban consiguiendo con consecuencias, piensa Juan, realmente inesperadas y sorprendentes?

Pero no tenía la mente para este tipo de pensamientos que serían, pensé, más de tarde. Me dejé llevar más bien por la nostalgia y por la belleza del lago en esa época del año y bajo esa luz matinal y resbalé hacia mis preocupaciones más inmediatas y menos generosas. Lucerna era quizá un lugar adecuado para rememorar esas nociones sociológicas y utilizarlas como referencias básicas para entender mi propio trabajo y así mejorar la presentación plástica de mi C.V. y para acercarme a esa actitud básica algo redentora que siempre ha anidado en mí y que no llego a entender de dónde viene.

A estas alturas de mi carrera no sé muy bien cómo distinguir bien estos aspectos pues ese deseo curil de que mi trabajo, por muy intelectual que fuera, habría de servir para mejorar la vida de mis congéneres, y especialmente la de los más cercanos, no puedo distinguirlo, desde mi ego poco humilde y basado en un C.V. razonable que yo creía incomprendido, de ese otro gesto de convertir ese curriculum en una obra de arte plástica o en un remedo de semejante cosa que adornara las paredes de mi humilde casa en Madrid.

Llegaría el momento de interpretar esos lienzos, ahora ya con diversos fondos pintados en un color liso de distinta tonalidad o de distinto color, no solamente como la distinción entre mis ideas y esa vida subyacente para la que quería pensar que trabajaba, sino de traducir eso a música y, finalmente entender que los pasos entre las ideas y sus relaciones tratadas ambas como agujeros y cortes de navaja que los relacionaban entre sí respectivamente no estaban siempre en el mismo plano final, sino que a veces pertenecían a un camino seguido unos años y otras a otros caminos que se me abrían de repente y que no podía dejar de lado. Con el tiempo quizá llegaría a tener la casa llena de lienzos con distintos fondos y quizá un día surgiría la inspiración de cómo disponer todos estos cuadros relativamente pequeños ordenadamente desde el punto de vista musical sobre un enorme lienzo limpio y vacío que habría devenido lo que yo pensaba era la vida a explicar, el objeto de mi profesión, el sentido de mi vida.

Había llegado demasiado lejos, tanto en distancia al hotel como en mis elucubraciones. Pero lo había hecho y ahora me parecía obvio que no debería abandonar Lucerna sin aclarar si hay o no hay un fondo desnudo definitivo cuyo alcance musical nos diga que hemos llegado al final. Pero por ahora ya estaba bien y me tocaba disfrutar de la ensoñación de una siesta bien acompañado.

Lucerna

lucernaPero esa invitación tendría que esperar. Se acercaba el final del curso y el comienzo de las vacaciones y es bien sabido que antes de que éstas lleguen todos queremos acabar con los muchos asuntos pendientes. Machalen sabía bien que si en esta su primera temporada no dejaba bien amarrado el programa de la siguiente, al menos en sus líneas generales, el comienzo de la próxima sería un infierno. Y esta programación no era era tarea fácil pues tenía que cerrar las fechas de los conciertos de su orquesta, la de Granada, y hacerlas compatibles con las de las orquestas invitadas y todo ello de tal manera que ella pudiera aceptar las invitaciones que ya había recibido y aquellas que deseaba fervientemente recibir para lo que haría lo humanamente posible.

Entre el fin de los exámenes y el comienzo de las vacaciones hubiera sido un buen momento para invitar a Ramón y Mercedes a cenar y yo, de hecho, tenía ya preparado mi discurso sobre mi C.V plástico subrayando las diferencias con el de Ramón; pero inesperadamente, Machalen tuvo que sustituir al director propio, ya anciano y desfallecido, de la orquesta estacional para dirigir nada menos que el primer concierto del festival de Lucerna que justamente por esa estacionalidad debía utilizar fechas raras a fin de entrar en sintonía con quien ese año debería dirigirla. Y eso exigía una estancia no muy larga pero de mucho trabajo en esa ciudad justo en las fechas adecuadas para los profesores universitarios cansados del curso y todavía libres de los congresos de verano.

Así que ofrecí, o más bien solicité, a Machalen el acompañarle a esa ciudad suiza por razones no muy santas: me gusta ese cantón, el hotel en el nos hospedaríamos a cargo del festival era excelente y su trabajo me dejaba tiempo para pensar en mis aventuras intelectuales y en mi C.V. plástico y, lo que era mucho más difícil, en su interpretación sonora para lo cual una o dos veces Machalen me permitía acudir a los ensayos, el lugar adecuado para pensar que, en este caso, el festival era un fruto del antinazismo y la orquesta un producto nunca del todo perfilado y siempre expuesto a experimentar aunque, eso sí, siempre sobre un mismo tema, ese que estaba siempre por debajo de mi trabajo académico: cómo dotar de identidad propia a mi obra a partir de numerosos intentos de entender la falta de homogeneidad del mundo. Machalen sonrió y aceptó sonriente mi tramposa propuesta y nos largamos a Lucerna justo cuando debía haber invitado a casa en Madrid a este nuevo amigo y a su mujer quien, me temía yo, no había recibido bien mi falta de correspondencia a pesar de mis elaboradas explicaciones. Ella se dedicaba a la banca y, por lo tanto, siempre veía por debajo de la etiqueta pública algún interés privado.

Machalen sabía que ella o yo aprovecharíamos la ocasión para sugerir una visita a Salzburgo, esa ciudad pueblerina que había visto nacer nuestro amor en su primera época a partir de la extrañeza de no conocernos a pesar de provenir de la misma ciudad. Fueron dos años maravillosos cada uno con lo suyo: ella con la música y yo con el comercio internacional…. y con ella.

Efectivamente nunca íbamos a estar tan cerca de esa ciudad sin estar en ella y bien podíamos ya intentar caer en la rememoración nostálgica desde los salones de aquel hotel al que nunca nos pudimos permitir entrar en aquellos año de juventud. Pero también comprendía yo que lo que siguió al final de esos dos años al volver a nuestra ciudad y la separación que siguió a esos acontecimientos con ella haciéndose cada vez más firme en su labor de dirección orquestal y yo abandonando el comercio internacional y cayendo en (o ascendiendo a) cotas de abstracción posiblemente excesivas para mi capacidad, no era algo agradable de recordar y quizá era hasta algo peligroso pues yo no era ya aquel que un día desapareció después de, aparentemente, perder un avión que le conducía a un congreso de su especialidad.

Así que Lucerna y solo Lucerna, sin más fantasías. Pero, eso sí, junto a ese cuerpo que aprendí a a conocer en ese otro sitio no lejano mientras ella me ayudaba con ese alemán mío que ha quedado un tanto herrumbroso y que podría bruñir en este cantón suizo al tiempo que pensaba en esa idea (la confederación y sus inesperadas ventajas económicas) que me corroe y que no sé cómo tratar a pesar de estar seguro de que es cierta y de la que nunca he hablado a Ramón pues no creo que la entienda. O, si la entendiera, haría lo posible por intentar destruirla con métodos poco nobles.

Sin embargo, esta estancia puso en juego mi versión del C.V. plástico. La idea de confederación me invitaba a renunciar a poner mis aportaciones académicas como un punto en el lienzo y luego unirlas formando una red sobre el lienzo limpio. Tendría que repensar esto y ensayar a pintar todo el lienzo en blanco (por ejemplo) y luego sustituir los puntitos por agujeros comunicados por caminos estrechos como cortes de navaja. Y a partir de ahí habría de encontrar el momento de, con la ayuda de Machalen, sustituir el fondo del cuadro que yo llamaría a lo Brahms por un fondo a lo Stockhausen.

Mi concepción de la vida iba cambiando continuamente y la forma de dotarle de sentido podría variar radicalmente. No pensaba yo que la vida sin aditamentos no es solo suave con arrebatos momentáneos, sino que más bien mi experiencia me decía que esa vida que suponemos subyacente es más bien un conjunto de acontecimientos separados y solo unidos por nuestro horror al vacío.

Pocos días y mucha tarea, así que mejor no perdía el tiempo elucubrando sobre tontos detalles de la vida misma y me concentraba en toda la problemática subyacente a la comprensión de mi curriculum convertido en arte plástico.

Mi nuevo amigo

malevich

Almuerzo tras almuerzo fuí descubriendo una cierta afinidad entre Ramón y yo a pesar de las enormes diferencias en la forma de expresarnos ya fuera en el tono de voz, que yo nunca levantada acostumbrado como estaba a tratar de no llamar la atención y pasar desapercibido, ya fuera en la duración del turno de palabra autoconcedido e implícitamente limitado por la dinámica impuesta por la necesidad de masticar. No se si los demás colegas lo notaron inmediatamente, pero a mí me parecía obvio que en la mayoría de los temas, siempre de interés inmediato, coincidíamos no tanto en la toma de postura como en el tipo de argumentos esgrimidos.

A medida que transcurría el primer curso juntos en la misma universidad nuestra cercanía fue incrementándose e intercambiamos partes significativas de nuestra formación, inventada la mía en buena parte como la de un chico de clase media y laica con una enorme ira contra el centralismo que había permitido a Ramón aprovecharse de muchas fuentes de financiación, inaccesibles a los periféricos, e ingresar en el programa de una Universidad americana de las casi top y, en todo caso, más reputada que aquella en la que yo sí que había de verdad obtenido mi Ph.D. Una prebenda ésta que Ramón nunca parecía considerar como tal sino como algo natural para alguien como él que no solo era también laico y de clase media, sino también un activista discreto contra el Régimen cuyo aparente desaparición nos había cogido a ambos en esas universidades en las que,además de aprender a aprender, tuvimos la oportunidad de experimentar la experiencia hippie de los tiempos de la guerra de Vietnam. Y no solamente la de la nueva música o la de la liberación sexual sino también la del respeto realmente democrático a cualquier ciudadano o estudiante extranjero. De todo aquello nos había quedado una cierta afición al cannabis que habíamos aprendido a disfrutar con templanza.

Fue sin duda uno de esos primeros días después de habernos conocido y de habernos convertido en colegas que yo le conté, en el paseo que en los buenos días solíamos dar alrededor de campus depués del almuerzo, cómo, ante la barbaridad ordenada por el Presidente del país de invadir Camboya, el propio Presidente de la Universidad ordenó una moratoria de tres día que se dedicarían a reflexionar colectivamente sobre la situación a partir de mesas redondas dedicadas a temas específicos. Una de estas mesas pretendía aclarar la postura europea sobre esa guerra tan poco popular en los EE.UU. de América. Lo que quería contar a Ramón era cómo me sentí un ciudadano por primera vez en mi vida cuando, para mi sorpresa, fui elegido para formar parte de esa mesa. Ninguno de mis éxitos académicos posteriores me proporcionaron tanto orgullo como ese reconocimiento de mi opinión en un centro académico del país más adelantado del mundo. Un orgullo que enraizó para siempre mi odio hacia el centralismo español que jamás prestó ni prestaría ninguna atención hacia alguien que no ocupara ya su lugar en ese centro. Ramón se sintió aludido, pero no dijo nada, aunque sí que aceleró el paso de vuelta a nuestras oficinas respectivas no lejos la una de la otra.

No recuerdo bien cuanto tiempo transcurrió desde esa conversación pero no creo que fuera mucho pues estoy casi seguro que fue ese primer curso que recibí y acepté una invitación de Ramón para ir a cenar a su casa con su señora y otros amigos. Entre ellos se conocían bien pero no me hicieron sentirme extraño y, de hecho, se interesaron mucho por la Sinfónica de Granada y por la situación de mi mujer al frente de la misma. Ramón y Mercedes me mostraron su casa y recuerdo muy bien que, a pesar de las bromas de los viejos amigos, me contó el porqué de la presencia de esos lienzos limpios vacíos en la pared que enfrentaba su mesa de trabajo. Su C.V. del que era muy consciente y que pretendía expandir sin límites estaba, ciertamente, escrito en papel y colgado en lo que comenzaba a ser un ordenador aunque todavía la sociedad no se había decidido entre ese nombre afrancesado y el de computador de origen anglosajón; pero él pretendía «marcar» sus éxitos pintando algo sintomático en ese lienzo que, de momento, solo tenía una especie de cruz en negro que parecía querer ser un eje de coordenadas que dejaba cuatro espacios en los que sin duda Ramón pretendía ir colocando sus aportaciones intelectuales de acuerdo con sus valoraciones reflejadas según aquellos aspectos recogidos en los ejes.

Casi me desmayo del impacto de la coincidencia en nuestro gusto común por el lienzo en blanco y tuve que hacer un enorme esfuerzo que me dejó marcas de uñas en las palmas de las manos para no confesar que, por algún azar del destino, yo también había decidido usar la estética pictórica para ir describiendo mi evolución de una manera menos rutinaria y obvia que la exigida por las convenciones académicas. Salí del paso como pude, pero decidí que la próxima vez que Machalen pudiera pasar unos días, o al menos un fin de semana, en Madrid invitaríamos a esta pareja y les sorprendería con mi forma de rellenar lienzos vacíos.

Con una nueva identidad

orquesta granada
Hace muchos años abandoné mi Ciudad por medios un tanto grotescos y dispuesto a abrirme camino en un mundo nuevo en el que todo fuera distinto de lo vivido hasta entonces y me permitiera desaparecer como Jon y volver a aparecer como Juan, un nombre éste más reconocible en la Latinoamérica en la que desembarqué metido en un timbal tal como embarqué, así como menos proclive a malos entendidos en el mundo anglófono de la Norteamérica donde no descartaba desplazarme más adelante e incluso de manera permanente.

Dónde me convertiría en otro y dónde acabaría uniéndome a Machalen, dependía entonces de su destino como directora de orquesta. Hasta que éste no se asentó con cierta firmeza vagué por las Américas, desde Missouri y Tenessee hasta Arizona y Nuevo Méjico, vendiendo baratos mis servicios de profesor de Economía en universidades más bien periféricas que, precisamente por su alejamiento del pensamiento convencional, no fueron óbice para que fueran cambiando el rumbo de mis intereses intelectuales que conseguí plasmar en publicaciones razonables aunque no realmente top. Fue justamente esa relativa mediocridad la que me permitió estar siempre a su disposición, de Machalen claro, y dispuesto a desplazarme a cualquier sitio en cualquier momento. Hasta que le surgió la posibilidad de convertirse en directora permanente de la orquesta sinfónica de Granada, momento en el que decidimos que yo podía ya desplazarme con ella y, con una biografía inventada bajo mi nuevo nombre, aterrizar en España. Habían pasado ya muchos años y yo pensé que nadie podría relacionarme con un tipo que había desaparecido hace ya bastante tiempo de una manera nunca aclarada y que, en cualquier caso, tenía esa nueva biografía totalmente creíble que, en su faceta estrictamente académica, me hacía merecedor de una plaza en una vieja universidad de Madrid.

Machalen y yo no viviríamos juntos porque ella debería hacerlo en Granada si quería prestar a su oficio una dedicación que le permitiera mantener su fama bien ganada y yo me sentiría más seguro disfrazado de profesor de Economía entre una multitud anónima y cercano a unos cuantos ejemplares de gafosos solo preocupados por sus sexenios. Y así comenzó una nueva vida juntos pero a distancia, con ella en la casa casi noble que le proporcionaba la mismísima sociedad filarmónica en Granada y conmigo en una bonita casa de un barrio no caro y cercano a la Universidad que compramos con nuestros ahorros y que aprendimos a disfrutar en común cuando coincidíamos en Madrid y del que, por otro lado, a mí no me molestaba alejarme cuando las circunstancias nos permitían hacer escapadas a capitales europeas en las que su fama no era óbice para la privacidad.

Habían pasado ya más de veinte años desde mi huida y casi treinta desde que nos conocimos allá en Salzburgo y a una edad bastante madurita no formábamos una pareja convencional. Creo que ambos, y yo desde luego, nos bastábamos el uno al otro para vernos reflejados en un espejo favorecedor, pero esto había sido siempre compatible con nuevas amistades de cada uno relacionadas, en cada caso, con la correspondiente profesión de uno y otro, y que acabamos compartiendo aquí o allá en cenitas y en conversaciones que, al no estar centradas ni en la música ni en la economía, siempre resultaban relajantes y enriquecedoras, o eso opinaba Machalen que conseguía casi siempre llevar la conversación hacia el arte en general y más específicamente hacia la pintura. Ya era hora pensaba ella de que comenzáramos una humilde colección de pintura moderna de diferentes artistas de diversas nacionalidades pues parecía que ya teníamos una casa con paredes limpias y esperando ser decoradas con buen gusto y era evidente que la movilidad de Machalen, aunque Granada le anclaba más que antes, le permitía tener acceso a trabajos nada locales ni repetitivos.

La colección se fue conformando y, poco a poco, embelleció las paredes del salón de Granada. Por mi parte pienso ahora que mi ramalazo surreralista reapareció y fui acumulando lienzos vírgenes de tamaños adecuados para las paredes del estudio y el saloncito de la casa de Madrid. Los compraba cuidando en extremo el tamaño de cada uno de ellos para que ocupara el lugar que, dependiente sobre todo del tema que le tenía reservado mi afición a la visualidad abstracta, dejaría transparentar las ideas básicas de mis intentos de crear Ciencia Económica. Como nadie, excepto Machalen, visitó nunca nuestro piso de barrio le tocó a ella sufrir mis disquisiciones intelectuales que, con su paciencia infinita, logró aprender a transformar en ideas musicales.

Pero a medida que pasaban los años, los cursos universitarios y las temporadas musicales, nuestra soledad de pareja comenzó a relajarse un poco para convertirse más tarde en una especie de amago de comunitarismo espontáneo. Fueron años felices y hubieran seguido siéndolo si no hubiera sido por la entrada en nuestro grupito de un colega de mi edad, entregado a la teoría y solterón recalcitrante, con el que solía compartir a menudo un sobrio almuerzo en el comedor de la facultad. Nunca llegué a pensar que con el tiempo se convertiría en el centro de una aventura nada ejemplarizante que enturbió seriamente mi felicidad.

Y lo hizo manera sorprendente pues durante años pensé que había encontrado la vida tranquila y estimulante que siempre había soñado. Al menos desde aquella película de Joseph Losey con Dirk Bogard de protagonista como un dean de Cambridge u Oxford, no lo recuerdo, que cumple con sus obligaciones tutoriales en sus habitaciones de un college, tiene sus pequeñas coqueterías con alumnas y los fines de semana toma el tren a Londres para pasarlos con su amante y sin ningún accidente que pudiera enturbiar la tranquilidad de la vida universitaria. En Madrid no había high table pero ese almuerzo del mediodía lo suplía pues siempre ocurría que ocupabas un sitio en una mesa en donde se reunían colegas de muy diferentes especialidades y todos interesados en conocer las opiniones de gentes con la cabeza ordenada de manera distinta a la suya. Como un pequeño ejemplo nunca olvidaré una animada conversación sobre el cómo se transformaría la URSS a partir de la caída del muro en el año 1989/90. Hacia el postre ya estaba claro que de lo que hablábamos era sobre quiénes llevarían la iniciativa en el proceso de convergencia a una economía de mercado después de haber eliminado de la conversación las elucubraciones sobre la potencia de la tecnología o la ciencia, la exploración sistemática de la energía subyacente en Siberia, la puesta en valor del arte ruso más allá del material amontonado en escasos museos o cualquier otra idea proveniente de gente de filología hispánica que proponían, alejándose un tanto del tema, invertir en centros de enseñanza de la cultura hispánica pues estaban convencidos del paralelismo y las similitudes entre el alma eslava y la española. Eliminadas de la conversación estas otras ideas en buena parte gracias a la energía de ese físico que para entonces yo creí que podía llamar mi amigo, la pregunta acabó siendo bien sencilla: el capitalismo tomaría impulso a partir de la experiencia de los pequeños comerciantes que habían comenzado a vender bocadillos de salchichón en la mismísima plaza del Kremlin, tal como había experimentado él en un congreso reciente en Moscú, o bien los que se harían dueños de la situación económica serían los funcionarios que llevaban años traficando globalmente en los mercados de la energía. Uno volvía a su despacho con la mente abierta para no solo preparar las clases del día siguiente sino también para tratar de arreglar ese resultado intuido ayer y cuya prueba no acababa de estar bien hecha aunque yo intuía con fe total que el resultado era correcto.

También recuerdo que ese día en particular mi fe se vio recompensada y la prueba salió de manera limpia e inmediata. Me sentí tan satisfecho que llamé a ese nuevo conocido del departamento de Física para invitarle a cenar una pizza en casa y mostrarle cómo representaba yo ese resultado y su importancia en uno de los limpios y desnudos lienzos que colgaban en mi apartamento esperando su plasmación pictórica abstracta.

Hacia un Nuevo Relato

Imagen de la serie Mad Men

Imagen de la serie Mad MenHace algún tiempo que ando un poco retrasado en el cuidado de este mi blog. Creo que la causa principal de esta falta de cuidado es que he estado muy ocupado con la elaboración final de El Síndrome del Capataz y su presentación. Pero no es la única. Mal que bien siempre he tratado de estar en consonancia con el tono básico de El Correo de las Indias y este tono básico hace ya bastante tiempo que ha cambiado hacia un constructivismo social bastante sistemático que exige, para estar a tono con él, un trabajo menos improvisado del que solía ser el mío. Y, por otro lado, no estoy muy seguro de que en el último año aproximadamente yo haya elaborado ideas suficientes en número y novedosas en contenido como para lanzarme a algo realmente original.

Por el camino, sin embargo, he dejado de lado dos elaboraciones intelectuales posibles a partir del material elaborado después de terminar aquel mamotreto que se puede leer on line y que recibió el título de Crónica de una Crisis pues cerró en 2012-13 cuando creí que ya había terminado. A pesar de que ese no era el caso colaboré a una reflexión conjunta sobre las cadenas de la autoría y cómo en los nuevos tiempos el alcance de la autenticidad podía lograrse a partir de la desparición bajo el ejercicio de la negritud y la correspondiente ruptura de esas cadenas e inicié un serial ensayístico sobre la necesidad de un nuevo relato en un mundo en el que la heurística ya no era la misma seguramente a causa de la crisis sufrida hasta ese momento y que continuaba por derroteros inesperados para mí.

Me parecía evidente que, no solo en el mundo de la economía, sino en el mundo de la realización personal los cambios exigían una nueva heurística en forma de nuevas rules of thumb que había que ir reconociendo y que no eran obvias sino que deberían ir haciéndose mediante una mirada lateral a lo que seguía ocurriendo en el mundo de la economía y las finanzas.Y así surgió un conjunto de casi 100 entradas del blog que bajo el título de Hacia un Nuevo Relato deberían reordenarse adecuadamente pienso ahora cuando ya se escribe sobre postcapitalismo (por mencionar el título del libro de Paul Mason) o cuando los indianos llevan ya tiempo escribiendo sobre este libro separando sus puntos fuertes de los flojos bajo un punto de vista digamos que comunitarista.

Para justificar este post voy ahora a elaborar una especie de índice de Hacia un Nuevo Relato para hacerme una idea de cómo o en que dirección funciona mi cabeza y en qué sentido voy elaborando una nueva heurística.
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