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Nostalgia vs. Esperanza

puente colgante
Hasta estas fiestas navideñas Getxo era pura nostalgia: de mi infancia y de mi juventud. Recuerdos imborrables reflejados en las caras de los paseantes de hoy, no así los nombres que han quedado enterrados en el pozo del olvido que ya empieza a rebosar. Mirar u oír hacia atrás me hace sentir viejo y comienzo a confundir las generaciones, casi de dos en dos, de abuelos de mi edad y sus nietos. Y los recuerdos no son siempre agradables. Junto a aventuras ingenuas relacionadas con el mar o la pesca o, por otro lado el tenis, ahí están también el infierno de cualquier pueblo pequeño que, encima, se encogía todavía más, al limitar mis movimientos a una muy pequeña parte del municipio, allí donde veraneaban los que querían sentirse «gente bien».

El número de habitantes ha crecido y, de manera natural, los paseos extienden su radio de acción con el apoyo, claro está, de este metro que dispone de varias paradas en este municipio y no es la carraca que solía ser el ferrocarril. Mis paseos, ahora obligatorios, han seguido hasta hace poco limitándose a aquellas zonas que frecuentaba en la adolescencia acompañado de una pandilla bien heterogénea que, me temo, mantienen viva la pretensión de ser los únicos habitantes genuinos de un reducto selecto. Nos miramos y quizá recordamos vagamente algunos rasgos faciales que asociamos a una particular ocasión. Hace unos días, por ejemplo, reconocí a un señor de mi edad que creo ya se ha retirado de la medicina que practicaba por aquí y que, sin duda alguna, fue la última persona con la que peleé físicamente siendo ambos muy niños.

Desde mi jubilación paso días señalados en este lugar y empleo mi tiempo en volver a pasar por todos aquellos lugares donde lo mismo hacíamos deporte que nos peleábamos que competíamos en carreras de bicicletas por carreteras sin apenas circulación. Durante esos paseos cultivaba tontamente la nostalgia de un mundo aparentemente feliz o, al menos, sin las tensiones de todo orden que se fueron luego acumulando, intelectuales, políticas y de clase. Esta nostalgia parecía poder suavizar las penas que la vida, de una u otra forma, te va trayendo, penas físicas, desilusiones afectivas o fracasos de tipo intelectual que han permanecido ocultos. Todo este sufrimiento parecía disiparse ante la nostalgia de aquel mundo que para mi era la felicidad ignorante de tensiones bien heredadas bien creadas ex novo.

Pero todo ha cambiado este fin de año con sus fiestas a las que hemos acudido una vez más. Todo lo veo de otra manera , en buena parte a través de los ojos de la siguiente generación para la que la sacralidad del recuerdo no existe y para la que la nostalgia o no ha surgido o está asociada a otros lugares lejanos.

He descubierto lo obvio, que el pueblo es muy extenso y lleno de gente variada repartida por barrios que quizá reflejan no solo las diferencias de clase que yo ya no percibo, sino sobre todo las distintas formas de orientar la vida en cualquier campo, desde la vestimenta al estilo de barba o de peinado. Tengo las piernas destrozadas de caminar, al borde del mar o tierra adentro entre nuevas barriadas que no reconozco e integran comercios que se me hacen verdaderas novedades. No necesitaría bucar un escondite en los barrios periférico de Madrid y podría deaparecer aquí mismo en esta tierra y este municipio que iluminó mi sonrisa de felicidad ingenua.

Pero lo más sorprendente de eta estancia que pronto acabará es que parecería que, de golpe, ya no necesito un escondite, que no me importa nada permanecer expuesto al ojo público pues ya no estoy aquí. Me siento como si estuviera en un puerto galés, irlandés o escocés, como esos que aparecen en no pocas series de las que ahora se alimenta mi espíritu y en los que el sol cae pronto y la guarida nos proteja de crímenes cualesquiera que no sean los propios (como creo recordar decía Juan Carlos Eguillor). Y, así, mis paseos que acaban ya de noche y con nadie por la calle me hacen sentirme en un mundo extraño en el que cualquier cosa puede pasar y en el que la esperanza es posible.

Este silencio oscuro que me rodea ya tarde me hace pensar en el futuro y sentirme joven. Joven y abierto a nuevas sensaciones e ideas que asocio a la marinería que a bordo de barcos de carga colaboran con sus sirenas al jaleo de petardos y fuegos artificiales que acompañan al cambio de año. Entre estos he descubierto a un buque de carga de las Finnlines que ofrece una síntesis de lo que me gustaría ser: alguien que no aborrece la nostalgia sino que utiliza el recuerdo como un simple diccionario que le sirve justamente para acomodar las novedades esperanzadoras que vienen a través de estas líneas de transporte marítimo.

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