Exit, Voice and Loyalty

meetingEl paso del tiempo es inexhorable y este libro de Hirschman tiene ya unos 45 años de modo que ya quedamos pocos que lo hayamos leído cuando salió. Pero a pesar de su vejez me parece raro que su título no haya sido citado por economistas o politólogos en estos últimos años, y especialmente días, en relación al creciente separatismo de Cataluña expresado por su gobierno autonómico y el simultáneo desprecio del Gobierno central . En mis contactos con mis amigos, tanto catalanes como no, creo haber discernido posturas alternativas que subrayan uno u otro de los conceptos que dan título a este post.

La posibilidad de salida (exit) de España era lo que aparentemente se jugaba en las últimas elecciones autonómicas catalanas que no han proporcionado una solución clara, sino que más bien han resultado en un barullo posiblemente a causa de las posturas expresadas por los diversos partidos políticos sean centrales o catalanes (voice) y lo que se impone ahora es la lealtad (loyalty) a la discusión serena y respetuosa con las formas y la coherencia de las ideas.

Y la coherencia de esta discusión ¿no apunta ya en una cierta dirección? De los tres conceptos utilizados por Hirschman para analizar el comportamiento de los consumidores en el mercado y posteriormente por muchos otros con él para tratar de entender el comportamiento de organizaciones, el más confuso es justamente el tercero pues la lealtad envuelve necesariamente a un grupo mientras que la salida y la voz pueden ejercerse en principio de manera individual. Por lo tanto nos encontramos aquí con una continuación de las ideas del último minipost y de sus comentarios

Cualquiera que sea la colectividad de que se trate (pueblo, nación, estado, región, etc.) y cualquiera que sea su relevancia o su solidez intelectual según unos u otros, en mi opinión debería estar prohibido por la lealtad poner trabas a la voz y a la salida. Es decir que el derecho de autodeterminación no me parece que pueda ponerse en duda aunque caben, ¿cómo no?, toda clase de discusiones sobre las condiciones de su ejercicio. El peligro de excesiva divisibilidad de los grupos iniciales que su ejercicio puede traer consigo lo veo disuelto o al menos minimizado por la evolución de las tecnologías de la comunicación y me parece que marchamos por el camino de la confederación asimétrica. Pero mi opinión ya apareció en este trabajo que espero se publique pronto como una colección de ensayos sobre el nuevo relato que la Gran Recesión en sus diferentes fases nos está trayendo.

Individuo o colectividad

refugiados siriosCreo que no es difícil distinguir entre Cristiano Ronaldo por un lado y el Real Madrid por otro lado. Cristiano es un individuo y el Real Madrid un colectivo. Un individuo puede pertenecer a varios colectivos y un colectivo naturalmente contiene varios individuos. Hasta aquí todo está en orden, pero en cuanto comenzamos a hablar de derechos la cosa se complica.

Hace unos días, seguramente el último viernes, Soraya Sáenz de Santamaría en la rueda de prensa posterior al consejo de Ministros, se permitió unos comentarios sobre los problemas de migración y de asilo que están ocurriendo en el Este de Europa. No recuerdo las palabras exactas pero vino a decir que España se iba a tomar muy en serio el asunto de los refugiados «pues se trata de derechos de individuos y de familias». Así de primeras me pareció interesante que la vicepresidenta de un gobierno que no admite el derecho a decidir de los catalanes admita como algo obvio el derecho de la familia. Es muy cierto que Cataluña no es homogénea, pero tampoco tiene por qué serlo la familia.

¿No podríamos entender a un individuo como una partícula y a la colectividad como una onda? La mecánica clásica parecería chocar con la mecánica cuántica, pero parece ser que los físicos hoy pueden entender por ejemplo la luz como un conjunto de partículas que llaman fotones o como una onda y ambas caracterizaciones son posibles aunque, y esto es lo importante, la distribución de las sombras de la luz después de atravesar una placa se distribuye de manera distinta.

En resumen que para un lego como el que esto escribe lo anterior se podría traducir en términos de derechos como un derecho individual y un derecho colectivo, siendo este último menos obvio e intuitivo que el primero pues la sombra está distribuida con una mayor varianza.

Gaudeamus igitur

gaudeamus igiturHace mucho tiempo que dejé mi plaza de profesor en la Universidad, pero esta institución ha sido mi cuna y mi hogar así que aprovecho cualquier ocasión para visitarla y pasear un poco por sus edificios y rememorar sueños, los cumplidos y los incumplidos. Hace unos pocos días acudí a la apertura de curso y por primera vez me sentí un si es no es decepcionado. Dos son los motivos principales de esta decepción.

El primero tiene que ver con las ausencia de antiguos colegas. Seguramente están trabajando en algo más provechoso que una apertura de curso; pero aun así me apena no verles. Y lo mismo me pasa cuando me doy cuenta de que no todos los que se han doctorado el curso pasado acuden a la ceremonia de investidura. Diría que la idea de una Universidad como un cuerpo y una marca está difuminándose.

El segundo motivo de decepción fue que en los discursos oficiales el énfasis estaba casi siempre puesto en aquellas cosas medibles que permiten considerar a la Universidad como una de las muy buenas. Es comprensible pero es que no todo es medible y entre las hazañas que se mencionan no estaban aquellas que se podrían mencionar como conducentes a alcanzar la sabiduría a través del conocimiento.

De forma que lo único de lo que creí disfrutar (porque pensé que contribuía a mantenerme jóven -dentro de lo posible-) fue ese himno universitario, el Gaudeamus igitur, que hasta ese día siempre me había levantado el ánimo sin entender una palabra de lo que dice. Pero esta vez tuve la humorada de leerlo traducido en internet y me defraudó.

Por puro sentido de supervivencia copio a continuación esa versión en español expurgada de lo que ciertamente me desagrada.

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De paraguas,faros y guías

faro de las Arenas Vizcaya

Acabo de pasar casi una semana en LA (Getxo) y la presencia del mar, las fiestas locales del fin del verano y la exploración de las novedades de la vecina Bilbao me han tenido muy atareado. Sin embargo los paseos me han traído como siempre muchos pensamientos que me llenan de estupor y dan una aparente sabiduría.

Traté de recuperar la memoria de nuestro primer hogar, bien efímero por cierto, pero el recuerdo de la bajada cada mañana desde nuestra casa a las faldas de Santuchu hasta el minibus de la estación de Atxuri, persiste siempre en mi memoria como el comienzo de un día que me retendría en la Universidad de Deusto en un primer trabajo como editor de aquel estudio sobre la riqueza nacional de España que me entretuvo hasta que, por fin,llegó el momento loco de ir a la tierra prometida. Así que llegué en tranvía (ya no hay minibuses) a esa estación, crucé hasta la plaza del Covento de la Encarnación y me apresté a subir aquella cuesta en que consistía «El Camino del Bosque», hoy Basobide y me encontré con la sorpresa de no poder encontrar nuestra casa ya destruida y sustituía por todo un barrio nuevo con un precioso parque y una magníficas vistas hacia Miribilla.

Descendí tristongo por la pérdida de un trocito de pasado y desde la plaza me decidí a adentrarme por la calle Encarnación y es ahí donde salto la sorpresa. Es la calle más oscura que conozco; pero eso no evita que no notes la ropa tendida. Tengo un buen amigo y distinguido snob intelectual que afirma que su snobismo tiene como único límite esa ropa tendida que no puede soportar. Pensé que tengo que pasearle por esta calle en la que la ropa está tendida en cada piso de cada portal, pero con una diferencia pues toda ella está cubierta por una especie de paraguas que más bien llamaríamos sombrilla si no fuera porque semejante senda jamás vio el sol. Bilbao sigue innovando sabiamente pues no es sino sabiduría saber cambiar el uso de las invenciones e innovaciones.

to the lighthouse virginia woolfAnte el relativo fracaso de esta expedición tomé el metro y volvía LA y mi mente se abrió a un edificio delante del cual he pasado cien mil veces y jamás lo he visto. Se trata del centro de salvamento para accidentes marinos y exhibe un precioso faro que no parece que hoy tenga mucho uso hoy en un extremo del ese nuevo Puerto Deportivo del Abra que no acaba de cuajar como sitio de recreo especialmente por parte de aquellos que, como yo, utilizábamos esa parte del Abra para el baño de tarde, una vez hecha la digestión. Sentí que quiero vivir ahí, en esa casa que fue faro en activo.

Y es que los faros son sagrados. Los pintores los pintan sin tregua, las películas los presentan siempre como lugares extraordinarios y la literatura se hace eco de su secreto significado tal como es el caso de Virginia Woolf en esa gran obra llena de sabiduría nada serena que es «To The Lighthouse». Y son, desde luego, guías que nos indican los pasos a seguir entre ese lugar y el siguiente, ese al que llegaremos y nos volverá a indicar la nueva dirección a seguir. Son pues los faros lo que en inglés se llama «Beacon» una palabra distinta que no poseemos en castellano.

Los «beacons» son marcas en el camino y nodos de la red de la sabiduría que nos obliga a encaminar nuestros pasos hacia cualquier lugar que no esté muy lejos, como mucho a seis pasos de distancia. Pero ya sabemos que nadie está más lejos que a seis pasos de distancia de forma que nunca la sabiduría está lejana.

Jihad vs Mcmundo

jihad vs mc mundoHace muy pocos días el periódco el Pais se hizo eco del libro de Bejamin Barber del año 1995 y lo hizo para hacernos sentir que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Quisiera en este minipost hacer un par de comentarios brevísimos fuera de contexto y posiblemente irrelevantes pero que quiero escupir cuanto antes. Este artículo formó parte de una lectura interesante de El Correo de las Indias y yo solo pretendo aquí extender un poco su comentario.

Creo que el libro original recoge bien el espíritu de este momento actual desde el comienzo del título, «Jihad vs. Mcmundo»: de la decepción de una democracia dominada por el capitalismo de amigotes surgen el Estado Islámico, la Cataluña libre, Podemos o el socialismo británico y la ultraderecha de Marie Le Pen. Y esto es dificil de arreglar, dice Barber. Se pueden considerar sus razones, pero lo que me interesa es subrayar la idea de que un Estado sin territorio parecería no tener futuro pues hace fácil la conquista del territorio como puede pasar en Siria e Irak. Y como no se concibe la democracia o el estado sin territorio pues estamos buenos.

Seguro que la situación es dificil de arrelar; pero de ahí no se deduce nada sobre el tamaño del territorio, caben sugerencias parciales y, de paso, es posible disipar en parte el pesimismo.

Por un lado parecería que recuperando este libro de Barber empezamos a darnos cuenta de la conveniencia y la casi necesidad de un mundo organizado como una confederación asimétrica. Por un lado, la necesidad de causas y el entusiasmo que producen cuando las encontramos hace que cada miembro colectivo de esa confederación pueda encontrar su destino y la causa por la que luchar con encono y sin armas lo que configura una suerte de abundancia.

Por otro lado, los problemas de los movimientos migratorios serían más fáciles de tratar en su faceta de asilo, que es la que importa, ya que la distancia es muy pequeña entre miembros cercanos de la Confederación.

Javier despeñado

la galea
Y la separación, y eventualmente el odio, se fueron alimentando de pequeños acontecimientos que les separaba cada año un poco más. Las lecturas generales, distintas de las académicas, se fueron haciendo cada día más diversas. Ramón se inclinaba cada día más y más hacia la ficción española en la que creía ver algunas figuras un tanto ya señeras unas como prometedoras otras que devoraba con deleita como quien trata de enterarse de las cualidades del competidor para emularle con ventaja. A Javier por su parte todo lo patrio le horrorizaba y solo leía en inglés y, a partir de un cierto momento, solo divulgación científica relativa a la aparición del hombre sobre la tierra aunque nunca sobre el comienzo del universo y la emergencia de un planeta no muy alejado del sol.

Por otro lado la parte académica de los conocimientos de uno y otro fue divergiendo pues mientras Ramón permanecía fiel a la manera puramente teórica y se desinteresaba de los emergentes intentos de convertir la economía en una verdadera ciencia en el sentido de acercarla cada vez más a la manera de hacer experimental.

Estas divergencias en las lecturas hizo cada día menos rica la conversación fuera de la universidad y en las horas disponibles del propio horario docente. Ya no acudían a los mismos seminarios y la edad les impulsó a no comer en la Universidad sino cuidarse en casa, en la de cada uno, claro.

Ni siquiera en los actos solemnes de cada curso coincidían últimamente. Javier dejó de acudir pretextando exceso de trabajo mientras que Ramón seguía acudiendo pues, muy a su pesar, seguía pensando que este mundo académico y especialmente la Universidad debía de ser como una hermandad con al menos un par de genes común, el gusto por la labor bien hecha y la admiración por el club de la inteligencia de la que sería bueno sentirse miembro.

Pero hasta esto se fue esfumando de la mente de Ramón y devino en un brote de odio hacia Javier a quien acusaba en su mente de ser el responsable de la impostura que adoptaba él, Ramón, en la Universidad. Pero su gusto por una hermandad prestigiosa y que justificaba tu falta de sintonía con el mundo de los negocios, le obligó a una especie de doble vida que, a partir de un cierto momento, se fue transformando en una pantomima en la que fingía que nunca estaba de acuerdo en nada con Javier aunque de una forma tal que todo el mundo pensaba que sus discrepancias entre uno y otro eran impostadas. Esto y el éxito de esta impostura llegó a irritarle hasta tal punto que se jubiló un año antes de lo que estuviera obligado a hacerlo y se organizó en su casa de Euskadi para seguir aprendiendo euskera mientras acumulaba la literatura del camino o del caminar o del pasear, una rama muy selecta de la literatura desde Nietzsche a Thoreau pasando por Walser o Rimbaud, un elogio siempre inteligente de la importancia de lo inútil (que es lo que el pobre Ramón creía estar haciendo en los últimos años) y una forma bien real de hacer funcionar las células cerebrales que se necesitan para una creatividad con la que en cualquier caso no hubiera sabido qué hacer.

Pero esto ocurrió después de la muerte de Javier dos años antes. Durante una buena temporada durante la cual sus vidas se cruzaron a penas a Ramón le pareció que que esa separación era sana y que su cerebro recobraba agilidad, pero poco a poco comenzó a echar de menos las disputas falsas que encubrían discrepancias bien reales al tiempo que esa distancia le hacía ver cómo de reales y profundas eran precisamente esas discrepancias. Y en esta fase de una vida impostada se encontraban cuando, aprovechando un congreso al que los dos acudían más bien para hacer un simple acto de presencia entre los pocos de su edad que seguían científicamente vivos, quedaron para ir a visitar la nueva casa de Ramón al borde del mar. Aunque un poco renqueantes se decidieron a tomarse un buen rato de desatención a la ciencia y a hacer ese paseo al borde del acantilado desde el molino hasta la playa salvaje.

Dejaron el automóvil, el de Ramón, justo al borde de ese acantilado a una cierta distancia del fuerte que fue faro, justo en el lugar en el que todos los enamorados habían juntados sus manos u otras partes del físico al anochecer lo que llevó a Ramón a recuerdos nostálgicos que pudo utilizar para mantener viva la conversación como si se tratara de dos buenos amigos. En el camino de vuelta se fumaron un porro, ese gesto que fue a menudo signo de hermandad, y para cuando llegaron a la altura del aparcamiento del amor, Ramón pretendió que no estaba para conducir de forma que Javier se prestó irresponsablemente a tomar el volante siempre que su recobrado hermano Ramón le diera las instrucciones precisas para desaparcar, girar y tomar de nuevo la carretera.

Todo se precipitó. Ramón quitó el freno de mano y arrancó el coche dejándolo en punto muerto. Javier se hizo cargo y, con el pretexto de darle instrucciones, Ramón salió del vehículo y lo empujó con todas sus fuerzas hacia delante. Bastaron un par de segundos para que Javier se despeñara. A partir de ese momento ya no fue necesario fingir hermandad y exponer discrepancias de un modo tal que a pesar de ser serias y profundas que parecieran solo retóricas.

Ya había casi conseguido olvidar la muerte casi poética de Javier, cuando Ramón recibió la oferta de sustituirle en la Academia de XXXX y su paz casi recuperada se partió en dos. Esa podría ser la ocasión para ganarse su propio perdón ensalzando los méritos de su amigo como el único colega que entendía y apreciaba las salidas de tono de Javier para luego aceptar ocupar su puesto. O quizá había llegado la hora de utilizar al pobre Javier y despeñarle otra vez para a través suyo insultar a los académicos ridículos.

No era nada trivial lo que estaba en juego.

Los sueños no tienen dueño

delacroix y la devolucionUno no es dueño de sus sueños aunque a veces lo contrario sí que es cierto y uno depende en su actividad o en la imagen de sí mismo, de esos sus sueños. Por otro lado toda creación industrial o artística (ya se trate de una medicina o de un libro de poemas o un cuadro) sí que nace del sueño de una mente alerta o de un subconsciente en ebullición y, en un régimen económico en el que los derechos de [[propiedad intelectual]] estén vigentes, esos productos del sueño pueden tener dueño.

Una empresa farmacéutica puede patentar una medicina concebida en su laboratorio y evitar así, al menos durante un cierto número de años, la competencia de forma que podríamos decir que es la dueña de esa medicina. Similarmente el autor de un poemario o de un cuadro puede considerar suyo esa colección de sueños siempre que esté protegida por el correspondiente copyright. A la [[patente]] y al copyright les llamamos formas de [[propiedad intelectual]] ya sea trate de ejercer ésta sobre una nueva forma de soldar o sobre un poemario o un cuadro. En ambos casos parecería que el inventor o el artista son dueños de su sueño (o de su materialización hablando propiamente) y de hecho estos soñadores se ponen de acuerdo con los de su oficio para que su propiedad intelectual sea defendida colectivamente.

Estamos tan acostumbrados a esta forma de propiedad que no nos damos cuenta de lo rara que es. ¿Por qué no puede el inventor vender su producto a quien lo desee sin reservarse el derecho a exigir que nadie lo use sin su permiso, bien costoso por cierto? Y ¿por qué no puede un pintor vender un cuadro con su firma sin tener derecho a participar en los posibles beneficios de un aficionado que lo haya copiado? La respuesta convencional hasta hace poco tiempo tiene su origen en el artículo de Keneth Arrow de 1962 en donde explicaba que estos derechos de propiedad son una forma de reconciliar el incentivo a crear y la conveniente difusión de la obra. Sin estos derechos tendríamos menos innovación y menos cultura. Si queremos aumentar la productividad mediante la innovación o si pensamos que cuanto más arte mejor para las relaciones sociales en nuestro entorno parece lógico admitir la propiedad intelectual convenientemente modulada tanto en su extensión en el tiempo como en el en conjunto de los bienes así protegidos. Y esta ha sido la regla desde hace tiempo pues esta propiedad intelectual ya se impuso en la Revolución Francesa y posteriormente, y como un ejemplo entre mil, se incluyó en la Constitución de los EE.UU. de América.

Sin embargo hace ya bastantes años que, por un lado, empiezan a documentarse excepciones empíricas a la presunta justificación de la existencia de los derechos de propiedad intelectual y que, por otro lado, se ha deducido un resultado teórico que en palabras de sus autores (Boldrin y Levine), traducidos y resumidos por el que firma esta entrada en La Economía en Porciones ,dice lo siguiente:

si la invención o idea creativa está incorporada en un producto ( lo que es siempre el caso) si la reproducción imitación o copia exigen una cierta formación intelectual o técnica que haga que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos) el valor descontado presente de las cuasi rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights o patentes es positivo…. y crece a medida que se reducen los costes de reproducción.

No nos preocupemos ahora por la noción de cuasi-rentas ni por la demostración, por otro lado sencilla, de este resultado y quedémonos con el cuento de que el creador, el que tiene sueños, no necesita ser dueño de sus sueños, no necesita protección regulatoria.

Pero la discusión sobre los derechos de propiedad intelectual no se acaba aquí. De hecho la cuestión se transforma y plantea otros problemas no menos interesantes. En efecto, una vez eliminadas las patentes y el copyright nos encontramos con unos bienes que tienen características de bienes comunales, como por ejemplo, el agua para el regadío o los pastos para la cría de ganado. No son simples bienes de propiedad privada de cuya asignación se encarga el mercado pues el dueño no puede garantizar su entrega en una cantidad pactada y el consumidor siempre espera poder acceder a ellos sin pagar nada. Un economista diría que estos bienes comunales están asociados a una externalidad en el sentido de que el mercado no puede asignarlos correctamente. Pero tampoco son bienes públicos que, como el aire digamos, pueden ser usados por todos en toda su extensión. Estos bienes comunales pueden agotarse con su uso ( lo que se llama La Tragedia del Comunal) y siempre hay alguna manera de racionar su consumo. Tanto los bienes públicos como los comunales introducen distorsiones en el correcto funcionamiento del mercado y en ambos casos pueden concebirse arreglos puestos en funcionamiento por alguna autoridad regulatoria que eliminan esas distorsiones. Pero aun así estos arreglos suelen necesitar financiación pública lo que, a su vez, puede generar otra externalidad.

Aunque no se suele mencionar, creo que ha llegado el momento de decir públicamente que lo mismo ocurre con las evaluaciones hoy tan en boga en muchos campos-más allá de los beauty contests y que esta similitud es un fruto indirecto de la consideración heterodoxa de la propiedad intelectual presentada aquí. Estas evaluaciones, en efecto, producen rankings no solo de científicos o de pensadores en general, sino también de los centros donde trabajan unos u otros, rankings más o menos respetables, elaborados por la sociometría y que, en cualquier caso, producen una externalidad con ciertas características posiblemente encomiables; pero también preocupante pues distorsionan los incentivos de las gentes a que sus sueños les guíen y los dirigen, por el contrario, hacia dónde va la gente que, con pocas excepciones, se deja dirigir por los propios rankings.

¿Cómo convertir esta tragedia en una comedia protagonizada por el [[software libre]]?

Ramón decide aprender Euskera

aprenda  euskeraRamón y Javier compartían una especie de orgullo por su ascendencia. En el caso de Javier esa ascendencia estaba compuesta por gente de prosapia intelectual que de una manera o de otra aparecen en cualquier crónica de la forma en que España había ido mimetizando las aportaciones culturales y científicas europeas desde principios del siglo XX. Este orgullo digamos cultural surgía a menudo como argumento final en cualquier discusión sobre puntos concretos que ponían en juego su carrera académica.

En cambio la intromisión de Ramón en ese mundo académico era reciente en su familia, que sin una cultura meritoria conocía bien los intríngulis del comercio puro y duro y poco a poco habían acumulado, no tanto lecturas meritorias, como ahorros propiciados por la tranquilidad financiera de esa época que fue de la guerra franco-alemana hasta la Gran Guerra. Lo poco que esta familia sabía de temas literarios-culturales lo sabía en inglés y no se preocupaba de importar ideas sino telas. Para Ramón «dividendo» fue la primera palabra que aprendió a pronunciar, antes que «papá» o «mamá», mientras que Javier insistía en usar el alemán que no hablaba para mencionar conceptos como ego o conciencia.

Parecería que la guerra civil debiera haberle ido mejor a la familia de Javier dado su toque cultural germánico, pero para aquel entonces el abuelo de Ramón ya se había hecho rico con el comercio textil y esa riqueza le permitió apañárselas bastante bien sin adherirse a uno u otro de los bandos enfrentados.

Este pedigrí tan distinto explica bastante bien la mezcla de complicidad y competencia que se estableció desde que, casi simultáneamente, volvieron del estudio en el extranjero y trataron de establecerse en la Universidad carpetovetónica. Ambos cerraban filas contra la corrupción intelectual de la academia basada en los favores mutuos y al tiempo divergían en su comprensión de la naturaleza de las novedades que en aquellos años surgían en el mundo del estudio de la economía.

Para el «americano», Javier, la tarea estaba ya prefijada y consistía en cerrar inteligentemente las posibles grietas del modelo de Equilibrio General neoclásico y su extensión a la macroeconomía. Para el «británico», Ramón, se trataba más bien de preservar la simpleza del modelo macroeconómico keynesiano y de soñar con su aplicación a la microeconomía desafiando, si era necesario, la prevalencia de la racionalidad de los agentes económicos como condición de cientificidad.

Esta competencia soterrada no impedía que ambos fueran los animadores naturales de las conversaciones que cada mediodía surgían en el comedor general de la facultad y excepcionalmente en el de profesores. Javier era la estrella que brillaba con luz solar cuando la conversación basculaba irremediablemente sobre algún tema de la transición resaltado por los periódicos o sobre novedades científicas en campos como la antropología o la biología.

Sin embargo la voz de Ramón, casi siempre con un volumen muy bajo, imperceptible, exigía la atención silenciosa de los demás sobre lo que eran sus temas, repetidamente de corte filosófico-literario. Esta forma de competir usando como arma el tono de voz resultaba ser poco reconocible como un pulso y a veces, sobre todo cuando estaba en juego la singularidad de las matemáticas, parecía casi como una extraña melodía de música contemporánea.

Pero a medida que pasaron los años la fraternidad académica cambió significativamente y esas comidas se hicieron más y más ocasionales y ya no existía la costumbre de continuarlas en la sala de profesores. El dúo musical se disolvió y mientras que Javier se aprovechó de este cambio de costumbres para centrar su atención y para ensimismarse en una especialidad relativamente menor de nuestra ciencia y recientemente importada, Ramón cayó en la depresión y se limitó durante años a continuar con la defensa de la tradición inglesa en la que se había formado y en la que no se podía ni debía ocultar tus responsabilidades sociales y políticas bajo la máscara de la ciencia. Ya no tenían audiencia, pero ellos dos seguían divagando y a menudo a gritos sobre temas que sin duda habrían enfrentado a sus antepasados.

Y ese fue el contexto en el que, siendo ya ambos eméritos, Ramón, contrariamente a su costumbre, anunció a gritos que acababa de matricularse en euskera básico en la Escuela Oficial de Idiomas. Ante el pasmo de otros profesores sentados en mesas cercanas del comedor caro, el de profesores, contó en un tono ya más sosegado, que ante su cada vez más patente mediocridad científica se había doblegado a la idea de Javier, divulgada durante años, de la necesidad de dejarse poner deberes para hacerlos muy bien y obtener así una y otra vez el número uno en algo.

Pero en este caso no eran unos deberes cualquiera pues, tal como Ramón siguió anunciando todavía en un tono no solo alto sino también un tanto belicoso, ya era hora de que aprendiera a hablar la lengua de sus mayores y la que ya hablaban sus hijos y nietos. Javier no pudo contenerse ante que le robaran el protagonismo y una vez más falseó sus principios para reprochar a Ramón que se hubiese matriculado en la EOI y no en Euskaletxea, el centro de reunión de los vascos en esta ciudad y un simple lazo de la red de casas vascas en el mundo, un esfuerzo espontáneo aunque apoyado por el Gobierno Vasco, de mantener unidos en sus tradiciones a los ocho millones de vascos en el mundo.

De esta manera continuaban con su costumbre de adoptar siempre posturas diferentes y, en general contrarias a lo que se esperaba de ellos. Así que Ramón explico brevemente que lo que quería era acercarse a este idioma sin otras connotaciones que las lingüísticas y que el curso en esta Euskaletxea madrileña era no solo mucho más caro sino también mucho más duro y que, la única verdad de este discurso, «ya no estoy para esos trotes».

Javier calló y permitió que Ramón se extendiera en que esperaba sentirse joven entre el grupo de estudiantes y disfrutar de ese ambiente de las escuelas de idiomas tan relajante y añadió, guiñando un ojo, tan propicio al ligoteo.