Dos ideas complementarias

damas-victorianas
Un verano caluroso, denso en momentos seniles y desenganchado del ordenador(no estoy seguro si voluntaria o involuntariamente) me ha hecho consciente del lío en el que se encuentra el mundo. El independentismo catalán me rodeaba en el Empordà y, en cierto sentido, me sonaba como un carillón que repetía el tono de las campanadas aunque cada quince minutos sonara de manera diferente añadiendo o eliminando una campanada o anunciando que nos iba a relatar algo indiscutible. Su consideración por mi parte y por parte de mis amigos me llevaba a ir acumulando trozos de relato extraño y seguramente peligroso. La violencia doméstica ha sido mucho más numerosa y cruel que otros veranos menos calurosos, este calor pudiera quizá estar detrás del incremento en accidentes de tráfico y con toda seguridad con el aumento de turistas extranjeros con caras de huir… a donde sea. Pero esos asuntos eran hasta banales comparados con asuntos como la caída del precio del petróleo y la correspondiente variación en los equilibrios geoestratégicos avivada además por el cambio inesperado del medio oriente enrarecido por la actividad enfervorecida del Estado Islámico y el correspondiente y brutal incremento de las migraciones así como por el desequilibrio de la economía china y la desaceleración de los BRIC. Podría seguir desgranando malas noticias pero con las ya citadas basta para entender la falta de entusiasmo tanto en los EE.UU. como en la UE con sus problemas propios resultado de la falta de desarrollo institucional y de solidaridad.

En cualquier caso lo reseñado hasta aquí es suficiente para que se me entienda que la trilogía del Baztán ha sido mi manera de olvidarme de estos asuntos y de atribuirlos a las fuerzas del mal que emergen en momentos como el actual en el que no soy capaz de enhebrar un relato consolador y creíble. Pero este relato en tres tomos sobre brujas y ofrendas a dioses primitivos que tan bien encaja en el horror que nos rodea no es suficiente para satisfacer nuestro deseo de comprender lo que pasa o de imaginar lo que nos llega. De ahí que la lectura del último número de la New York Review of books que es lo primero que he leído al volver de vacaciones haya sido como una llamada a la racionalidad.

Este número contiene dos artículos de sendos premios Nobel, Phelps y Sen, que hacen referencia a sendas publicaciones cuyo contenido básico pretenden comunicarnos a fin de ir encontrando un camino que nos permita eliminar al menos parte de la oscuridad de un futuro temido.

Edmund Pelps en su artículo que hace referencia a su libro del 2013 pretende hacernos entender la caída en la productividad total de los factores que está ocurriendo en Occidente y cuya solución adecuada no es otra más que cambiar de manera de pensar y salirnos de economía que asociamos a la manera de pensar clásica que piensa en la eficiencia para dar un rodeo adicional y reflexionar sobre la forma de florecer mediante una educación diferente.

The problem here is not a perceived mismatch between skills taught and skills in demand. The problem is that young people are not taught to see the economy as a place where participants may imagine new things, where entrepreneurs may want to build them and investors may venture to back some of them. It is essential to educate young people to this image of the economy.

We will all have to turn from the classical fixation on wealth accumulation and efficiency to a modern economics that places imagination and creativity at the center of economic life.

Esto es algo que ya se está diciendo aunque con un volumen de voz no lo suficientemente alto. Por eso es muy importante escuchar a Sen quien en base a su artículo publicado en Ethics and International Affaires en 2014 nos hace reflexionar en el mismo número de The New York Review of Books sobre las dificultades de intentar virar el barco de la educación universitaria tomando como ejemplo e intento de poner en marcha la que fue la primera universidad del mundo, la de Nalanda que surgió en el siglo V AD.

The pedagogy that prevailed in the old Nalanda is strongly relevant here. The school regularly arranged debates between people—teachers, students, and visitors—who held different points of view. The method of teaching included arguments between teachers and students. Indeed, as one of Nalanda’s most distinguished Chinese students, Xuan Zang (602–664 AD) noted, education in Nalanda was not primarily offered through the «bestowing» of knowledge by lecturers, but through extensive debates —between students and teachers and among the students themselves— on all the subjects that were taught.

I have been impressed to find that the emphasis on debate is already strong in the pedagogy of the new Nalanda, not just on the topics in the syllabus, but also on more general subjects. For example, when I visited Nalanda last October—a month after classes started there—we discussed the respective roles of “the Silk Route” and “the Nalanda trail” in the development of intercountry connections. There has been much historical discussion of the trading links between Asia and Europe, and particularly the Silk Road linking China with regions in the West. Originally established between the third century BC and the third century AD, during the Han dynasty, the Silk Road was of great importance not only for trade and commerce, but also for the intermingling of people and ideas.

Concluyo infiriendo lo evidente, que la educación no debe concentrarse en lo que hoy se pide a la universidad en general, sino en una educación integral conducente a la buena vida que incluye el conocimiento de lo que se hace en cualquier sitio no anquilosado y, desde luego los valores asociados normalmente a las humanidades que resaltan no tanto la eficiencia y la riqueza sino la felicidad y el sentido del trabajo bien hecho que solo se adquiere en una institución en la que lo primordial es aprender a través del debate y no tanto estudiar aquello que parece era necesario en el siglo XX.

Bygones are bygones

ouroboros 2Un día ya lejano me encontré preguntándome qué ideas en Economía eran realmente una aportación al conocimiento. Y para mi sorpresa solo di con dos: el coste de oportunidad y el coste fijo. Ambas nociones parecen sencillas, pero encierran su complejidad intelectual para comprender esto hay que alejarse un poco de las explicaciones convencionales.

El coste de oportunidad de una cierta decisión es lo que dejas de ganar por no haber decidido la siguiente mejor alternativa. Ni que decir tiene que hay algo misterioso en la idea de que hay un mundo raro (la competencia perfecta) en el que todo el mundo gana su coste de oportunidad de manera que nadie puede pretender aprovecharse de la amenaza de abandonar esa economía perfectamente competitiva pues no está aportando nada especial. El coste fijo de la producción de algo es esa cantidad de inversión que no cambia con la cantidad producida y que, por lo tanto, no puede recuperarse por el procedimiento de abandonar la producción emprendida.

En ambos casos y al referirnos a esos conceptos estamos aplicando implícitamente una concepción del tiempo determinada. Explícitamente el futuro es finito e incluso cercano y el pasado no llega más atrás que una vida humana normal. Y sin embargo cuando nos movemos en la teoría neoclásica del mercado basada en la competencia perfecta, pensamos en un tiempo sin principio y sin final. Es por esta ambigüedad que utilizo el título de bygones are bygones, una forma poco precisa de utilizar el lenguaje natural para convencer y convencernos de que no hay que enredarse con el pasado y hay que mirar solo al futuro inmediato.

Esta idea inunda el final de la tercera temporada en Antena tres de Amar es para siempre. No tiene sentido llorar por un asesinato cometido en el pasado pues ya no tiene arreglo. Despertarse con miedo a ser maltratada por un marido ya muerto es una tontería pues esto ya no va a volver a pasar si ella sabe elegir bien su nuevo compañero. Dejar de soñar con un futuro distinto que se desea es algo que no tiene por qué darse por el simple hecho de que el primer intento haya sido frustrante. Incluso la muerte ajena no debería ser causa de tristeza o de reflexión pues no tiene remedio. Por todas estas razones podríamos decir que esta serie (que procuro no perderme) estaría llena de trampas psíquicas e intelectuales y reflejaría una concepción del tiempo no muy pensada. Nuestro pasado nos tiene a veces atrapados y no podemos librarnos, por ejemplo, del sentido de culpa. Nuestro futuro nos aterra o nos entusiasma dependiendo de cosas inciertas en el corto plazo como podrían ser una lesión corporal o la esperanza de una experiencia amorosa que creemos alcanzable y nueva.

ouroborosEsta concepción finita del tiempo nos lleva a una concepción finita del mundo y sin esta última la narración o el drama no existiría. La teoría del big bang vista como lo que es, una narración, podrá ser sustituía por otra teoría que piense el tiempo como algo infinito en cualquier dirección. Este es el destino poco brillante de la teoría del steady state que no pretende ser una narración sino una simple manera de hablar más libre.

Benet i Jornet, y ya desde la primera temporada de Amar en tiempos revueltos en la primera cadena de TVE, pretendía, como todo dramaturgo, tocarnos esos recovecos de la conciencia asociados a una concepción finita del tiempo tal como cualquier otro que nos pueda venir a las mientes con excepciones escasas y que nos desconciertan como podrían ser Beckett o Ionesco. Quizá nunca puedan ser el origen de una serie televisiva de entretenimiento, pero siempre serán el campo de juego de una radicalmente nueva manera de pensar y de relacionarte con los demás.

Veranos

MAGRIS_danubio1No todos los veranos son iguales, incluso cuando transcurren en el mismo lugar, quizá porque nosotros no somos los mismos ni un breve espacio de tiempo. Desde que venimos a Foixà como jubilados en julio y agosto yo he seguido año tras año una misma rutina consistente en venir a mediados de julio con una maleta llena de esos libros que en el momento me parece que son los que me toca leer, sea porque contienen obras literarias con las que no he tenido tiempo de meterme en serio, sea porque se trata de ideas de teoría económica enviadas por amigos en activo y que me gustaría degustar, o sea porque son best sellers que solo cuando dispongo de mucho tiempo estoy dispuesto a hojear, bien para disfrutar, bien para tirar a la basura.

A pesar que mi actitud es más bien pasiva y mi intención es disfrutar de lo que otros han escrito, hasta este verano me las he arreglado para mantener el blog activo e incluso a atreverme con pequeños relatos de ficción como aquellos que escribí sobre mis bañadores pasados de moda, sobre la aparente persecución de la que fui objeto por parte de la marca de automóviles Skoda o sobre la residencia canina Herr Kan. Sin embargo este verano la tecnología me ha fallado y, después de un ataque informático, el segundo en pocos años, he tenido que cambiar las contraseñas, mi ordenador se ha resentido y no me deja entrar en mi blog para redactar pretextando que mi contraseña no es correcta. Me asombra lo poco que me ha indignado esta circunstancia y la cara de tramposo que se me debe poner cuando aprovecho la situación para no dar ni golpe y leerme varios periódicos diarios entre piscina y playa. Pero en todo esto hay otro aspecto menos frívolo sobre el que me gustaría reflexionar un poco.

En efecto, ocurre que asocio ciertos libros con acontecimientos para mí importantes. Recuerdo a este respecto lo que leía cuando me dio el infarto o cuando descubrí que tenía una enorme piedra en la vejiga. Estos acontecimientos son bastantes recientes, pero ha pasado el suficiente tiempo como para que nunca haya tratado de asociar las lecturas correspondientes con reflexiones de viejo sobre el sentido de mi vida hasta el momento.

Hace varios veranos fue Joyce y solo el pasado verano se trataba de Proust. Recuerdo cómo creía encontrarme con fuerzas como para pasarme a la literatura y escribir una novela corta sobre mi ciudad como hizo este genio anglo-irlandés sobre Dublín desde la lejanía de Trieste. Que esto no se quedara en un intento sino que ocurriera de verdad, no tiene interés ahora (aunque mi editor me diría que aproveche la ocasión para citar el producto resultante). Lo que me hace casi llorar es notar cómo este verano el paso de los años, acompañado de mi ignorancia de la informática que me impide remendar el ordenador, debilita todas mis fuerzas y ni acudo al informático de la zona ni me empeño en sacar adelante un relato o un ensayo sobre la falta de sentido que uno empieza a descubrir incluso en los momentos culminantes de una vida ya larga.

He de hacer un esfuerzo y tratar de entender qué relación hay entre mi libro obligado, que en este caso es El Danubio de Claudio Magris, y mis sentimientos tristones de un tipo que siente que sobra. Y no solo en las fuerzas productivas del mundo sino incluso en las cenas de amigos. No encuentro ningún punto fijo al que agárrame de forma que no solo no encuentro el sentido a nada sino que tampoco llego a pergeñar una manera aceptable de acercarme un poco a un falso absolutismo.

Magris dice, refiriéndose a un escritor desconocido por mí que:

Aquella sintaxis era también el espejo del Sacro Imperio romano del cual se preguntan, en el Fausto goethiano, como conseguía mantenerse de una pieza, las frases de Jean Paul, que parecen todas subordinadas sin principal y colgantes en el vacío o por lo menos sostenidas por un centro difícil de descubrir, reflejan una conjunción político-social superpoblada de periferias, particularismos, derogaciones, cuerpos separados y estatutos especiales y desprovista de una firme estructura central, como era el imperio alemán entonces próximo a su fin incluso formal(p.76).

No me gustaría que esta cita se quisiera leer como relacionada con propaganda contraria a los deseos de independencia de muchas regiones en el mundo de hoy, sino como un reflejo de mi falta de fortaleza intelectual para inventarme ese acercamiento a un cierto absolutismo que juegue el papel de esa fortaleza que te permite mantenerte de pie. La siguiente cita de hecho acoge ambos aspectos:

Una perspectiva meramente terrena, historicista, es dogmáticamente brutal respecto a lo que parece secundario y menor, Grillparzer acusa a Napoleón de apuntar directamente a la «haupt sache», a la cuestión principal, descuidando la «Nebensache», lo que parece marginal y secundario, pero que, a los ojos del poeta austríaco defensor de lo concreto, posee, sin embargo, su dignidad autónoma y no debe ser sacrificado por el proyecto totalizante y tiránico (p.75).

No me gustaría que esta cita fuera interpretada como la defensa de la unidad política, sino como la manera de «mantenerse de pie» entre las tentaciones de tumbarse a olvidar los problemas aparentemente menores y solo de detalle y el orgullo erróneamente enhiesto y mal entendido de dotar de sentido al todo una vez reconocida la futilidad de este intento. La única forma de enfrentarse humildemente a un destino que no puede tener alternativa alguna a la desaparición, es la que refleja este otro párrafo de El Danubio y con el que termino este post tan despeinado:

Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombres en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles a donde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por este orden y ese ritmo de la nada (p.31).

Cecil y mis moscones

caza con arco jabali
He de confesar, no se si con vergüenza o sin ella, que no tengo ninguna simpatía a los animales, un sentimiento que forma parte de mi rechazo de la naturaleza en general con la posible excepción de algunas flores y de los seres humanos o, hablando con mayor precisión, de algunos pocos de ellos por los que he llegado a sentir hasta algo parecido a lo que entiendo que es el cariño. No he conocido perro que me resulte simpático y cuya compañía agradezca y hasta he llegado de abandonar una perrita a su suerte sin compasión alguna. Los toros no me dan pena ni siquiera cuando en alguna contada ocasión he visto y oído a uno morir delante de mis narices. De manera que mis amigos cazadores no han tenido que perder su tiempo explicándome el origen de su afición o las ventajas ecológicas de la regulación de sus actividades predatorias. No tengo en efecto el más mínimo temor a que se extingan los rinocerontes por ejemplo aunque es posible que alguien pueda contarme una milonga sobre la importancia crucial de su existencia para la preservación, a su vez, de esos pececillos de colores que, como en el caso de algún tipo de flor, a veces alegran mi vida. Por todo esto a nadie puede extrañar que disfrute escandalizando a los presuntos amantes de los animales detrás de cuyas cariñosas maneras o de sus modernas ideas ecológicas yo no veo más que desvíos de la afectividad o el simple gusto por el coleccionismo de trofeos, propios de «mamá» en el primer caso o de «papá» en el segundo.

Todas estas reflexiones me vienen a la cabeza a raiz del caso del león Cecil cazado por un dentista de Minneapolis en Zimbabwe y que entra en el circuito global de la mercantilización a través de los 50.000 euros que el odontólogo cazador ha introducido en el sistema a cambio, supongo, de la cabeza de Cecil. Me enteré de este incidente a través de una lectura interesante del Correo de las Indias y luego he seguido sin ningún interés las derivaciones del caso que han inundado las páginas de los periódicos veraniegos aleccionándonos sobre los fundamentos psicológicos de nuestra empatía con los animales.

Pienso que incluso en la modorra del verano es conveniente ir al fondo de las cosas que pasan. Y por lo tanto pienso que este caso Cecil es una buena ocasión para indagar en el fundamento original del gusto por la caza. En mi opinión se trata del gusto por matar con el que, dicho sea de paso, también nos inunda la prensa veraniega que se regodea en inexplicales (dicen) crímenes de esposas e incluso hijos por parte de gente que a veces decide terminar la orgía acabando consigo mismo.

Esta opinión que reconozco un tanto sacada de quicio está apoyada por mi experiencia personal de la que hablo a menudo entre amigos o conocidos recientes por el deseo de llamar la atención, pero que creo es una de esas verdades que se cuentan en tono jocoso para disimular la crueldad de la profunda verdad que ocultan. Sí, tengo que confesar y confieso que me encanta aplastar y comerme insectos relativamente grandes como esos moscones de verano que nos imposibilitan ya sea la siesta o la lectura tranquila de una novela. Este placer se intensifica hasta el paroxismo cuando coincide o es el resultado del horror de una mujer cercana por la posible picadura del moscón y que se manifiesta en su petición lacrimógena de que lo aleje de ella. En estos casos suelo levantarme en silencio, como un cazador de venados y a un ritmo de semejante especie humana me mantengo quieto hasta que el moscón se pone a tiro. A partir de ese momento actúo con la velocidad del rayo: atrapo el bicho, lo aplasto entre mis dedos, lo que conforma el pico de mi placer al escuchar el suave rumor de su aplastamiento y, de golpe me lo engullo sin necesidad de masticar.

Este gesto veloz produce en la mujer miedosa que rogaba su exterminación una mezcla de asco y de admiración que colma mi alma de macho aunque también oculta un trauma infantil difícil de describir. Me recuerda una de las pocas lecciones de mi padre que forma parte de otra más general sobre la obligación de «no hablar de la comida ni para decir que está buena». Refunfuñaba yo sobre una manzana a medio comer que parecía estar podrida cuando mi padre me la arrebató y se la comió de un bocado incluyendo un gusano que disfrutaba tranquilamente del hueso de manzana. Disfrutó del fruto y finalmente depositó con suavidad el hueso en el plato de postre.

Gestos, política y literatura

San Fermin 2015Quizá deberíamos ser capaces de desentrañar el sentido de una mirada de Schäuble en el Eurogupo o de cómo de fuerte abraza Guindos a Varoufakis en ese mismo foro y, con esas sentidas interpretaciones, construir un borrador sobre lo que creemos está pasando en el pasar en las circunstancias de un mundo con los BRIC opacos o con muchos africanos prefiriendo morir en el Canal Inglés que permanecer en un país en el que no ven ningún futuro o con una capa de corrupción que todo lo cubre.

Deberíamos ser capaces de ejercer esta semiótica del gesto, pero como yo no tengo mucha fe en mí mismo en este campo lingüístico, quizá merezca la pena que me entrene un poco observando gestos más cercanos y los ponga todos en una batidora a fin de elaborar una especie de helado veraniego, frío y sabroso.

La ikurriña en Pamplona aparece en el balcón del Ayuntamiento con ocasión de los Sanfermines, junto a la bandera europea, la española y la de Pamplona y se organiza un lío explotado por los que se han opuesto año tras año a semejante gesto. Según la ley que corresponde y que no tengo ganas de buscar es algo que no se puede hacer a pesar de que hay algunos que traen a colación no se qué otra legislación que permitiría hacer ondear la de cualquier país al que se quisiera agradecer su presencia. Es asombroso que una enseña o bandera sea muy a menudo ocasión de discordias graves entre ciudadanos racionales y se quemen, se pisoteen o se icen inesperadamente como emblema de rebelión.

De acuerdo, es posible pensar que en cuanto que la ikurriña pueda representar a Euskalherria, y hay muchos navarros a los que no les gustaría pertenecer a semejante comunidad, sería sensato no utilizarla en una ocasión importante para todos los habitantes de esa comunidad foral. Sería sensato, de acuerdo, pero ¿es algo terrible tratar de agradar al creciente número de independendistas? Mi sentido semiótico me dice que cinco mástiles son hoy en Navarra mejor que cuatro y mi capacidad limitada de análisis político me sugiere que cuantos más mejor y que es preferible un número impar de banderas. Casi simultáneamente la bandera confederada de los estados del sur en USA se intenta eliminar debido a unos actos calificados de racistas, además de ser presuntamente delictivos penalmente, que se dan en un momento determinado que nadie ha tratado de usar para dar con una cierta explicación de la situación que no se remita a la época de la guerra de la secesión.

Y llega Ada Colau y hace retirar el busto de Juan Carlos I que presidía el salón del ayuntamiento en donde parece ser que la ley exige que aparezca en lugar destacado una representación de la Jefatura del Estado. Para los aparentemente más civilizados se debería haber esperado a tener disponible un símbolo de Felipe VI antes de «derribar» a su padre, pero no me parece a mí muy incivilizado adelantarse a la sustitución del padre por el hijo. Pues lo será o no; pero la justicia ya ha metido las narices cuando quizás una conversación inteligente podría haber llegado a un acuerdo de exhibir, por ejemplo, a un primitivo Conde de Barcelona, quizá un visigodo, que nos recordara la antigüedad de lo que hoy es Cataluña.

Y de gesto en gesto, analizando los que se hacen como los que dejan de hacerse, podríamos ir tejiendo una bonita historia que luciría como un óptimo de segundo orden y resaltaría la altura política de la semiótica, siempre llena de ideas provisionales tal como todas siempre deben ser.

Y termino comentando que llevar a cabo esta conversación entre gestos sería como la escritura y que, por lo tanto, le sentaría como un guante este párrafo de El Danubio de Magris:

Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombres en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles adonde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por ese orden y ese ritmo de la nada.

Y de este párrafo deberíamos aprender a hacer política seria rellenado espacios que sabemos nunca van a estar del todo llenos.