El Duverger de ma jeunese

LibrairieAcaba de fallecer Maurice Duverger un autor francés de derecho constitucional general, y de otros temas relacionados, que me empeñé en leer al principio de la carrera en aquel tiempo en el que no me interesaba nada lo que me enseñaban de economía y, en cambio, sentía mucha curiosidad por el derecho político público. Poco a poco fueron cambiando las tornas y, a medida que se especializaba el derecho y la economía se hacía más abstracta, me pasé a esta última. Pero no es esto lo que quiero contar. Lo que me viene a la cabeza son esos viajecitos a Biarritz a aquella librería en la que se podía pedir que te enviaran libros a Bilbao, libros imposibles de encontrar en esta mi ciudad. Una librería que desapareció hace años según creo recordar y pienso que con acierto pues no aparece en esta lista de tres librerías que incluye el kiosko de prensa del gran ciclista Darrigade. Nadie debe pensar que solo íbamos a Biarritz a ver cine bueno prohibido en España o a comprar el Playboy. También íbamos a comprar libros serios que, en mi caso me sirvieron para presentarme como un estudiante brillante cuando en realidad es ya desde aquel entonces que aprendí a sacarles partido a las contraportadas de libros con los que me hago. Olfateo y memorizo la contraportada sin llegar a leerlos y mucho menos estudiarlos.

Montoro, el País Vasco y Europa

olentzero-gorbeaLlego a Bilbao para pasar las vacaciones de Navidad y lo primero con lo que me topo en los periódicos locales es una discusión sobre la postura del Gobierno Vasco en manos del PNV en relación al regalo de Papá Noel de Montoro a la Comunidades Autónomas que se anunció en el Consejo de Política Fiscal y Financiera.

Comenzando por el principio hay que recordar que, gracias al buen comportamiento de las instituciones locales y de la administración central, el cumplimiento del compromiso de España con la UE en materia de déficit fiscal va poder cumplirse con facilidad en este 2014 y suponer en consecuencia que esto ha debido de animar a Montoro a hacer un gesto de generosidad hacia la CC.AA. a pesar de que, en su mayoría, no han cumplido con el objetivo de no sobrepasar el 1% de déficit.

A Montoro le sobran unos 5.000 millones de euros y ha dotado un Fondo de Facilidad Financiera con la finalidad que ahora describiré y ha puesto en marcha otros apoyos de los que no voy a hablar. Lo que llama la atención es el apoyo a las CC.AA.. En efecto, a aquellas comunidades que hicieron uso del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA) endeudándose con el Estado para poder pagar sus servicios y que generan un déficit mayor del 1% se les condona la deuda de los cuatro últimos años a cambio de dejar a Montoro vigilarles más de cerca. Las que cumplían con sus compromisos y no se endeudaron con el FLA podrán tomar prestado del Estado a un tipo de interés cero. Estas medidas tienen al menos dos facetas. Una es que hay una cierta mutualización del endeudamiento entre CC.AA. y la otra es que, aprovechando la anterior, se reduce la autonomía fiscal existente y se hacen distinciones más o menos arbitrarias.

El País Vasco ha cumplido con sus compromiso de déficit y por lo tanto podría disminuir su futura carga fiscal en un monto que los periódicos locales cifran en unos 40 millones de euros. Hay quien piensa que deberíamos aprovechar esta oportunidad en lugar de refinanciar la deuda actual a tipos positivos aprovechando esta mutualización de la deuda. Pero hay otros, y entre ellos el GV, que parecen opinar que 40 millones son un precio razonable para preservar nuestra autonomía financiera que podría ser torpedeada si, en estos momentos en los que se pone en tela de juicio la justicia de un Concierto Económico que, dicen no pocos, dota al País Vasco (y Navarra) de claros privilegios.

Esta segunda postura, de la que participo, tiene sus peligros pues muchos podrían tomarla como una confesión de parte del privilegio en materia fiscal del que disfrutamos los que habitamos en una CA con régimen de Concierto Económico. Por lo tanto los que la defendemos deberíamos, además de hacer bien las cuentas del cupo, cosa que queda para otro momento, explicar bien nuestra postura. Y la mía se basa en dos pilares que, añadidos a nuestra identidad, sostienen mis convicciones políticas.

El primer pilar puede resultar no muy convincente pues está basado en lo que Ignacio Marco Gardoqui llama hoy en El Correo el “método Urrutia”, un asunto este que no se refiere a mí sino a la postura del presidente del Athletic en el que fue en su día el caso Llorente. Nuestro equipo no aceptó el dinero de la ruptura de la cláusula de retención y prefirió esperar a que esta cláusula llegara a la fecha pactada y permitiera el paso de Llorente al Turín a cambio de nada. Esta aparente tontería definía la «filosofía del Athletic» y la dignidad deportiva exigía, tal como escribí aquí hace un par de años, el mantenimiento de esa dignidad aunque, en los tiempos mercantilizados que corren, no parece quedar espacio para esta antigualla de la dignidad.

El segundo pilar es menos importante para un forofo como yo, pero igualmente relevante. O incluso más relevante. Desde el principio de la crisis defiendo la mutualización del endeudamiento europeo que se podría lograr mediante la emisión de eurobonos. Todos los Estados de la UE o de la eurozona contribuirían a la dotación del correspondiente fondo de acuerdo con sus posibilidades y todos ellos se beneficiarían de unos intereses bastante reducidos. En mi opinión esta idea se abre paso poco a poco pero el proceso va lento justamente porque se mueve de arriba a abajo. Mi apuesta sería lograr que España tomara una postura definida en Europa apostando por una generalización del Concierto Económico Vasco y su correspondiente cupo. Ya expresé esa opinión hace años y ello me ganó la enemistad de no pocos líderes de opinión del momento, unas críticas que no hicieron sino afirmarme en mi convicción de que España y, desde luego Europa, o serán confederales o no serán. Algo de esto ya se apuntaba aquí unos meses más tarde

Otro gran primer párrafo

Call-me-IshmaelEl primer párrafo es donde un autor de ficción se la juega de verdad tal como decía hace ya muchos años usando como ejemplo el Call me Ismael de Melville. Siempre he pensado eso y puede que ahí esté la explicación de mi escasa, por no decir nula, producción literaria. Es imposible competir con ese primer párrafo de Moby Dick, o incluso con estos primeros párrafos de los que he escrito aquí (Bolaños) o aquí (Flaubert). Hoy he encontrado otro primer párrafo, en este caso de Jean Echenoz en su librito «Un año», que me ha llamado poderosamente la atención:

Victoire,luego de despertar una mañana de febrero sin recordar nada de la fiesta y encontrar a Félix muerto a su lado, en la cama, hizo su maleta, no sin antes pasar por el banco, y tomó un taxi rumbo a la estación de Montparnasse.

Eduardo Elitista y Salvapatrias

ministro-Serra-RexachSalvapatrias es una palabra que suele utilizarse con cierto tono crítico implicando que quien se presenta a sí mismo como tal no puede ser alguien que conoce sus limitaciones. No es mi caso en relación a mi amigo Eduardo Serra quien hace pocos días escribió un artículo de opinión en El País que bajo el título El Declive de los Estados Nacionales pone en juego, con la habitual maestría retórica de su autor, ideas que me interesan desde hace mucho tiempo y especialmente en estos tiempos en los que las ramas de los árboles (ni siquiera los árboles) no nos dejan ver el bosque. No solamente nos previene sobre el peligro para España de que los Estados Nacionales Europeos se difuminen en la globalización, sino que pone un énfasis, que podría parecer anticuado, en el peligro que corre la idea de Patria. De ahí que en el título de este post incluya la idea de salvapatrias. No es exagerado ni distorsionador pues, después de explicarnos el origen estatal de la superioridad de Europa, nos avisa de que el dominio de lo que llamamos Occidente (Europa y los EE.UU.) está en peligro precisamente por el declive, o decadencia, de esos Estados como tales estados. Como una prueba de esa posible decadencia nos cuenta, seguramente pensando en España, que:

Hasta hace solo unos años, determinados edificios de nuestras ciudades lucían a su entrada el cartel «Todo por la patria» y en las juras de bandera nos comprometíamos a derramar por ella «hasta la última gota de nuestra sangre». La patria representaba la soberanía, el ser (mundano) supremo, y así lo proclamaban solemnemente nuestras Constituciones.
Hoy, muy al contrario, la patria, a la que ahora denominamos «país», cuando no «Estado», ha pasado a ser una proveedora de servicios, fundamentalmente educación, sanidad y pensiones; proveedora a la que maltratamos sin ambages cuando comete el más mínimo error y, por desgracia, los comete con frecuencia.

Visto desde un punto de vista muy poco frecuente en estos campos de ideas diríamos, leyéndole la cartilla a Eduardo, que el impulso visceral que subyace a la idea de Patria y que es algo comunal, es un impulso dionisíaco que, si bien ha estado iluminado por el formalismo individualista apolíneo que subyace a los servicios públicos, está pasando a limitarse a éstos que, sin visceralidad patriótica, dejarían de jugar un papel constitutivo y se limitarían a conformar una maquinaria estrictamente mecánica. Maquinaria esta que, a su vez, parece no funcionar demasiado bien. Nos encontramos con un reloj de pulsera de estos que se dan cuerda a sí mismos aprovechando los movimientos de nuestra muñeca y que empieza a retrasarse por la ralentización de nuestros movimientos y por las averías del conjunto de tuercas que impulsan el movimiento de las agujas. Dioniso y Apolo son complementarios y eso hace que no podamos minimizar la importancia de los aparentemente pequeños problemas técnicos favoreciendo la atención a los impulsos creativos que estarían en peligro en buena parte por esa globalización que, seguramente y dada su naturaleza, no va a poder generar una patria global aunque la idea de una aldea global a la que se refiere Serra refleje su nostalgia así como la de alguno de nosotros respecto a símbolos nacionales, no iguales para todos.

¿Qué hacer políticamente en una situación así? Por esta pregunta yo entendería la duda de cómo podemos hacer política nacional de manera que solucionemos problemas internos, aparentemente menores y, al mismo tiempo, sepamos competir en un mundo global que plantea problemas realmente serios y estratégicos. Y es en este punto en el que Eduardo deja de ser un salvapatrias y se convierte en un político que trata de mantener a la que fue su patria en un estado fuerte no en sí mismo sino como parte de una coalición de Estados que sigan mandando en el mundo. El amigo patriótico se me ha convertido en político elitista que aspira a ser escuchado como un oráculo al que se le preguntan cuestiones que se diría no tienen solución evidente. La élite a la que aspira a pertenecer se eleva por encima no solo de los problemitas cotidianos simples sino más allá de las discusiones rutinarias y nadie más que él puede definir quién pertenece a esa élite.

Yo diría que, en opinión de Eduardo, solo puede estar a la altura de los tiempos de la globalización quien se de cuenta de que hacer política hoy exige una mayor amplitud en el abanico de pactos entre políticos de distintas persuasiones:

Hasta hoy solo había que pactar las políticas por las que nos relacionábamos con otros Estados: la exterior y la de defensa. Hoy es imprescindible pactar también muchas otras: desde la educativa y la de I+D+i a la energética o la medioambiental, pues todas ellas son necesarias para competir con otros países.

Y Eduardo nos dice que aquellos políticos que no se den cuenta de esto no podrán hacer el bien por su país (¿patria?) pues hoy en este mundo abierto se necesita apoyar la competitividad al máximo dejándonos de pejiguerías como serían esas cositas como el Estado el Bienestar o, añado yo malintencionadamente, la desigualdad. Si no renunciamos a utilizar la política como arma ideológica, diría Eduardo, no podremos mantenernos entre los Estados poderosos de hoy en día y esto a la postre nos empobrecerá en el futuro. La política hoy no podría ser populista y habría de ser elitista en el sentido de que deberíamos dejar sitio a gente que se da cuenta de estas limitaciones. Su premio, me parece que entiende y espera Eduardo, es que conseguirán recuperar el impulso vital de la Patria. Pero eso exige de un verdadero político de los que no se contenta con fantochadas que se esmere en la pedagogía explicando las cosas con claridad y que, al mismo tiempo, lleve una vida ejemplar sin caer en el aprovechamiento del poder en beneficio propio.

Soy consciente de que no he incluido aquí todo lo que cuenta Eduardo en su artículo, pero creo sinceramente que no he distorsionado su nostalgia de un mundo pretérito en el que Dioniso y Apolo se daban la mano o su intención de superarla a través de una alta política al alcance de poca gente y en la que la embriaguez de Dionisio ha de ser frenada. No es mi intención polemizar, pero termino diciendo humildemente que muchos que no pertenecemos a ninguna élite, pero tampoco somos unos ignorantes, no queremos renunciar a la embriaguez ni creemos que ello nos vaya a llevar, por sí mismo, a la irrelevancia total. Nuestro reto es todavía más complicado que ese al que Eduardo nos llama a enfrentarnos. Pero es el que me interesa a mi, nacionalista tranquilo, uno sobre el que he escrito muchas veces y sobre el que volveré.

El cine y la televisión españoles

pedro casablancAyer me quedé hasta la una de la madrugada mirando TVE para ver hasta el final la película sobre Prim que ha producido y dirigido Carlos Bardem. Si el espectador no sabe casi nada de la historia de España, la película no se lo aclarará todo, pero le dará una idea y, en el mejor de los casos, le llevará a tratar de aprender algo sobre una época que precede a la Primera República y luego a la Restauración. Pero no era esto lo que me retuvo con los ojos abiertos a pesar de la somnolencia ni tampoco la calidad de la película.

Me rondaban la cabeza ideas sobre el cine español y sobre el papel de la televisión en la vida social. Después de más de un año de escuchar quejas renovadas sobre el IVA cultural y la huida del público de las salas, en estos últimos días nos hemos enterado de que los resultados de audiencia y económicos del año que ahora acaba serán muy buenos. Me pregunto si no tendrá algo que ver el hecho de que TVE dedica fondos a producir películas. E incluso si es quizá posible que el cine español no sea tan malo como en general se proclama. Si será posible que los directores, actores y demás técnicos hayan encontrado una cierta carrera que pasa por el teatro y por la televisión.

Mi sensación es que la colaboración cine/televisión es buena para la cultura y me congratulo de que esa colaboración redunde en beneficios para el sector en general, lo que muy bien podría ser el caso ya que la televisión privada está ya dentro del negocio. Pero si este fuera el caso ¿no nos debíamos preguntar si no sería bueno privatizar la TVE? En mi opinión la televisión debería considerarse como un servicio público para cuya provisión parecería natural, aunque no necesario, la aportación de todos los ciudadanos. Lo que me parece curioso es que gente que opina esto, que se privatice TVE, suele al mismo tiempo oponerse a los nuevos negocios de [[consumo colaborativo]] ya sea en el transporte en ciudad (UBER) o en el arrendamiento de pisos turísticos (Airbnb).

Bueno, no lo sé todavía aunque tenga mi voto decidido: quiero una televisión pública y unos servicios provistos de forma compartida y privada cuando se trata de transporte o arrendamientos turísticos. Pero nada de esto es lo que me retuvo ayer ante la caja tonta. Tampoco la calidad de la película sobre Prim que me pareció escasa; sino lo divertido que me resultó reconocer las caras de actores (pocas actrices había) que me resultan familiares de esta serie que una cadena privada (Antena 3) emite ahora en un horario para viejos jubilados. Me refiero a Amar es para Siempre, continuación de Amar en Tiempos Revueltos (de producción pública). Reconocí a Luis Bermejo (Paco en la serie) apenas visible en la película como un sospechoso Gobernador y a Pedro Casablanch, el ayudante del regente Serrano que hasta hace como un mes era Damián Blasco en la serie.

Sistema complejo

sistemas complejosJuan de Mercado, el 08 del 06 del 2012, y usando el conocido chiste de que «hay tres economistas, uno que sabe sumar y otro que no» escribe que, en ciertos temas, hay economistas que parecen no saber sumar. Aplica Mercado esta sencilla idea a varios temas entre ellos esa idea que hoy renace de repartir el trabajo reduciendo la jornada laboral. Ideas como esa, que a un lego le parecerían obvias no lo son tanto si caemos en la cuenta de que un sistema económico es siempre complejo. Esto es lo que decía al respecto:

Los sistemas económicos son complejos. En ellos, cada variable depende de los valores actuales y futuros de muchas otras, las cuales a su vez dependen de los valores actuales y futuros de las primeras. Es más, estas relaciones de dependencia son cambiantes en el tiempo, dado que las decisiones que toman los agentes económicos varían en función de sus expectativas sobre el comportamiento actual y futuro de otros agentes. Es por ello por lo que la evaluación de medidas de política económica requiere el uso de modelos económicos (que, necesariamente, han de ser dinámicos, es decir, han de tener en cuenta el futuro, de equilibrio general, es decir, han de tener en cuenta la determinación conjunta de todas las variables, además de lógicamente coherentes, es decir, adecuados a la cuestión que se quiere analizar).

La apelación a la complejidad de un sistema sin más me pone nervioso y me enfada.

Para empezar porque, si esto es así en un sistema específico cabría preguntarnos por qué no se aplica la teoría de sistemas complejos a fin de encontrar una respuesta. Un sistema complejo suele tener soluciones múltiples y cabría que, en ciertas condiciones, la reducción de jornada tuviera sentido más allá del mero reparto de una cantidad dada de trabajo medida en horas entre más trabajadores trabajando menos cada uno de ellos.

Pero hay otras razones para mi enfado. No se puede pues hablar de sistemas complejos sin plantearse cómo diferenciar entre teorías reflejadas en modelos complejos. ¿Podemos continuar con el falsacionismo popperiano? Según este criterio deberíamos mantener una teoría hasta que se haya probado falsa; pero lo que está ocurriendo alrededor, por ejemplo en Macro, es que se mantienen aunque estén muy cerca de que hayan sido probadas falsas y se mantienen porque el grupo social de quienes practican esta rama del saber es muy poderoso académicamente. Hay pues que abandonar el falsacionismo e inventarnos otra manera de palpar nuestro camino hacia la verdad. Sugiero que consideremos como criterio de verdad no la correspondencia entre la idea y la cosa, sino la idea que más ha costado parir, esa idea que se ha impuesto al grupo a pesar de la dinámica compleja de ese mismo grupo y que está por debajo del poder académico.

Ya comprendo que esta sugerencia no es muy seria, pero a mi edad uno empieza a creer al cuerpo, es decir a lo que se impone a su mente.

Mis adminículos

bilbaobaldosaTengo un buen y querido amigo que dice a quien quiera oírle que me conoció con boina, paraguas y barba. Yo siempre aclaro que se confunde y que nunca he llevado esos tres adminículos juntos. Y es verdad, pero creo que también lo es, y debo confesarlo, que dependiendo del tiempo, a veces sí que llevo tres adminículos curiosos juntos, pues aunque la barba no duró mucho, la que siempre va conmigo es la gabardina, esa prenda que ya solo llevamos los muy mayores pero que, en mi caso, no deja obsoletos ni la boina ni el paraguas. Quizá esto es así pues hubo un tiempo, allí en mi infancia bilbaína, en el que sí que me protegía con boina, paraguas y gabardina en mi camino al colegio. Hacía frío, humedad y una fina lluvia que nunca cesaba de manera que, al acarreo de los libros escolares, debía añadir cada día esas tres defensas contra el mal tiempo. ¡Aquello era vida! Sobre todo por la tarde, después de comer en casa y de asistir a las clases hasta las siete de la tarde. Volver a casa era como una aventura de Salgari. Siempre lloviendo, casi siempre oscuro como una noche casi cerrada y con un frío que la gabardina no podía contrarrestar. Caminaba rápido, con ganas de protegerme, pero sobre todo de disfrutar de las sorpresas que me podrían estar esperando en casa una vez desembarazado del paraguas, la gabardina y la boina. Escribo esto cuando, por fin ha llegado a Madrid lo que la gente llama el mal tiempo, ese que yo asocio a la felicidad en mi Bilbao infantil con un clima que me llevaba allí, y hoy me lleva aquí, a caminar al ritmo exacto de lo que se llama vida, algo entre la nostalgia y el aburrimiento pero siempre presidido por esa todopoderosa esperanza exaltada de las sorpresas que me esperaban al llegar al calor del refugio, esperanza exaltada esta que, pase el tiempo que pase, nunca acaba por apagarse o serenarse.

Una Macreoeconomía escindida por demasiado tiempo

entusiasmoComo deberes para nuestra reunión navideña anual Juanjo Dolado nos envía unas lecturas obligatorias. Por un lado tenemos que leer un artículo de Fourcade et al. sobre la estructura de la profesión de los economistas académicos y su complejo de superioridad dentro del conjunto de las ciencias sociales en general. Sus ideas principales son estas tal como se expresan en la introducción del artículo:

In this essay, we explore the shifting relations between economics and the other socialsciences in four specific dimensions.

First, we document the relative insularity of economics and its dominant position within the network of the social sciences in the United States. Though all disciplines are in some way insular – a classic consequence of the heightening of the division of academic labor (Jacobs 2013) – this trait particularly characterizes economics.

Second, we document the pronounced hierarchy that exists within the discipline, especially in comparison with other social sciences. The authority exerted by the field’s most powerful players, which fosters both intellectual cohesiveness and the active management of the discipline’s internal affairs, has few equivalents elsewhere.

Third, we look at the changing network of affiliations of economics over the postwar period, showing in particular how transformations within higher education (most prominently the rise of business schools) and the economy have contributed to a reorientation of economics toward finance.

Finally, we provide a few insights into the material situation, worldviews, and social influence of economists, which also set them apart from their academic peers. Taken together, these traits help to define and account for the intellectual assurance of economists and, in turn, for their assertive claims on matters of public policy

Estas ideas son curiosas en sí mismas, pero los comentarios de P. Krugman y de B. De Long se concretan en una dirección específica, la de la Macroeconomía y, ante su aparente fracaso -más o menos relativo- nos llevan hacia la discusión sobre la situación científica de esta subdisciplina. Quiero concentrarme en este área puesto que en ella se cruzan las ideas que dan prestigio dentro de la profesión y las que acaban influyendo sobre la política económica.

Krugman dice aquí, en el contexto específico de comparar a los macroeconomistas de agua dulce con los de agua salada, que

Again and again we’ve seen freshwater macroeconomists declare that New Keynesians, let alone those who respect the older stuff, don’t get some basic point; they don’t understand the accounting identities, they don’t understand Ricardian equivalence, they don’t understand the Euler condition, they don’t understand the Fisher equation. Each time it has turned out that the Keynesians understood the concepts perfectly well, and that it was the anti-Keynesians, in their haste to cry “Gotcha!”, who were making elementary logical errors or suffering failures of reading comprehension. You would think that at some point they’d catch on, and realize that New Keynesian economics may be wrong, but it’s not stupid, and neither are the people who do it. (If your worldview says that Stan Fischer and Olivier Blanchard must be dumb, you have a problem.) But they never do seem to learn. Why?

Y Brad de Long entra más en detalle en este comentario:

As I see it, Lucas’s initial bet was that informational imperfections and the consequent confusion between nominal and real price changes where the drivers of the short-run accelerationist Phillips curve, and that credible monetary policies that eliminated any such confusion would stabilize output and employment. Milton Friedman warned at the time that this was silly–or, perhaps, that this was silly if one did not understand that the inflation “expectations” relevant to next year’s price level were a long distributed lag of inflation expectations extending at least a generation into the past. And as model after model failed Lucas, Prescott, and their epigones doubled down, calling for better microfoundations and thinking up new statistical reasons why the correlations in the data that suggested that their research program was degenerating could be explained away.

A la luz de estos comentarios y más allá de la situación de la profesión en general frente a otras relacionadas con otras ciencias sociales, caben algunos comentarios muy generales pero no por ello faltos de interés.

La primera moraleja es que el complejo de superioridad de los economistas parecería basado en unas actitudes que no hacen ningún favor a la VERDAD si por verdad entendemos algo relacionado con la correspondencia entre teoría y realidad económica. Y esta correspondencia ha sufrido mucho en estos años de crisis en los que las buenas ideas con correcto fundamento metodológico, instrumentos adecuados y modelizaciones inteligentes han tenido que inclinar su cabeza después de años de superioridad autoasignada ante ideas más ad-hoc, matematizaciones menos brillantes y modelizaciones un si es no es ramplonas.

La segunda moraleja, propia de la jerarquización profesional que detectan Fourcade et al., es que este ejemplo de la Macro en los últimos treinta años es desde luego un resultado de esa dependencia del recorrido que, sostenida por la reputación como fuerza estructuradora de la autoridad, deja fuera del camino muchas ideas antes de que hayan podido ser corroboradas o falsadas con la consiguiente dificultad de volver atrás cuando nos damos cuenta de los errores en los que hemos incurrido.

Y aunque no fuera difícil volver atrás cabe que nos preguntemos ¿atrás, hasta donde? Y si no sabemos contestar a esta simple interrogación es porque seguimos anclados en una idea de VERDAD no necesariamente adecuada. No nos libramos del falsacionismo Popperiano y ni siquiera contemplamos la posibilidad de que haya otras ideas de VERDAD más acordes con los valores que subyacen a la insularidad de la economía dentro de las ciencias sociales.

Si nos creemos únicos es porque -aunque no lo digamos así- somos mejores, ya que comunicamos un entusiasmo vital por la continua búsqueda de ese mismo entusiasmo que aunque quizá no tenga muy en cuenta la llamada realidad quizá pueda ser la simiente de una manera de trabajar que no deja de transitar por todas las bifurcaciones posibles sin dejarse llevar por la influencia de los que cortan el bacalao por razones a su vez relacionadas con este entusiasmo. ¡Dejemos que el entusiasmo sea el criterio de convergencia entre recorridos distintos de la Macroeconomía!

Tximeleta y Wittgenstein

tximeletaSe ha roto la racha y por primera vez en mucho tiempo nuestra venida a Bilbao no ha traído el sol consigo. Hace un tiempo de perros y los yates del Abra apuntan su proa hacia el noroeste evidenciando el que denominamos viento gallego, el que, a diferencia del francés, trae el mal tiempo. Graniza y hace frío y me paseo por nuestra casa renovada tratando de encontrar el sitio adecuado para cada cuadro pues el cambio del entorno exige una renovación de lo que lo enmarca. Pero lo que da forma y sentido a un entorno no son solo los cuadros; también cuentan otros elementos. Como, por ejemplo, las mesitas bajas. La nueva del salón tiene forma de ala de mariposa y debe ser por eso que, tomando la parte por el todo, recibe el nombre comercial de tximeleta. Se me ha ocurrido que cuando llegue el momento de volver a LA para siempre puedo ocupar mis mañanas en escudriñar por donde sopla el viento y colocar la proa de esa mesa tan ligera en dirección al viento que toque. Una forma esta de no distinguir el interior del exterior añadiendo un intento más a esta tarea terca en la que estoy enganchado y que trata de escapar de la prisión del lenguaje siguiendo la estela de Wittgenstein. Quizá algún día pueda decir que yo hablo y que ya no es cierto que el lenguaje me habla. Pero quizá esta tarea pueda ir más allá de lo esperado e invertir los términos. Estoy dispuesto a sugerir en el Ayuntamiento que proporcione boyas adicionales de forma que todos los yates estén amarrados a dos boyas simultáneamente comprometiendo así la dirección de su proa. El viento habrá dejado de ser un fenómeno del exterior y se habrá convertido en una característica identitaria de mi casa cuya tximeleta habrá de ser consultada por los meteorólogos.

Adios al lenguaje

La última película de Jean-Luc Godard: un joven de 84 años que se da cuenta de lo que aquí hace tiempo llamé el fin de la heurística y de la concomitante obligación de subvertir el lenguaje para que no caigamos en el engaño de creer que las cosas tienen sentido porque podemos contar historias. En la discusión en la que me enzarcé en ése post Godard habría estado de mi parte y lo muestra ya desde el título de esta película, «Adiós al Lenguaje», de donde sale el título de este post.

A los dos días de disfrutar de la película de Godard escuché con relativa atención una conferencia de Fredric Jameson sobre la [[globalización]] y la representación en la que este señor tan serio nos venía a contar que la globalización en la que se habría desarrollado la [[postmodernidad]] en el campo cultural era muy difícil de representar en sí y que no daba origen a ninguna forma realmente novedosa de representación de uno u otro tipo que mereciera ser entendida como cultura. En la discusión del post citado hubiera estado en el otro bando junto con Vargas Llosa y tratando de relacionar el «High Frequency Trading» (aunque no pronunció estas palabras) con la falta de sentido de las producciones que pretenden ser cultura y no son sino mercancías en un mundo en el que el capitalismo ya no tiene alternativa. Ambos Godard y Jameson son o han sido marxistas y esta forma de ver el mundo les ha condicionado su discurso. Pero mientras uno ha renunciado a esa representación de las épocas históricas, el otro continúa buceando en esas aguas en busca del sentido de las formas de representación en el siglo XXI. A este crítico de la cultura se le entiende todo, es un profesor frankfurtiano y, por tanto, se entiende también cuando no acierta con su diagnóstico. Al primero, que es un artista, que ha renunciado a entender o a explicar, no se le entiende nada y por eso es mucho más didáctico pues nos enseña que «allá nosotros», una de las pocas cosas que hoy se pueden enseñar sin sentir el ridículo.