LXXXIII: Y del conservadurismo político ¿qué?

jeffersonComo en el último post decía de paso que no tengo nada contra el conservadurismo político y me dedicaba a criticar al conservadurismo intelectual y, como después de las elecciones europeas, nos encontramos en una especie de encrucijada política, he pensado que igual merece la pena volver la atención sobre algo que escribí hace más de diez años y que, después de releído, refleja bastante bien mi posición política actual. Curiosamente me parece interesante el leerlo ahora aunque ya no se utiliza tanto la etiqueta «neoconservador» pegada a una actitud política muy concreta. Véase aquí el texto completo. Es muy largo de manera que me limito a copiar los lemas que constituyan el decálogo de mi postura política de entonces y de hoy:

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite

LXXXII: Contra el conservadurismo intelectual

Conservadurismo intelectual

conservadurismo-intelectualHe leído en no sé donde que es la diversidad genética la que nos libra a nosotros, al igual que a cualquier otro grupo animal (o vegetal, supongo) de no desaparecer a causa de cualquier epidemia por muy contagiosa que esta sea. Como los agentes patógenos son muy específicos, no es ya posible que acaben con todos los individuos, sino solo con algunos derivados de alguna mutación pasada de la que uno espera no descender.

Me encanta que la Diversidad se empiece a apreciar incluso por aquellos que quizá fueran propensos a considerarla como una degeneración. Cuando esta degeneración se ha considerado orgánica o racial pues ya sabemos a donde nos lleva; pero incluso cuando esta diversidad solo se trate de una simple y presunta degeneración intelectual, esta idea o sensación de que las cosas en cualquier campo intelectual degeneran en su evolución me produce espanto. Y, sin embargo, es algo muy corriente que esa idea negativa sobre la diversidad subyazca a los debates de ideas en los que todo lo que no coincida con la manera en la que que yo y unos cuantos amiguetes pensamos o actuamos son caminos interesados y corrompidos por intereses espúreos cuando no por debilidad del espíritu. “Todo el mundo lleva el agua a su molino” es la expresión en la que se plasma la falta de confianza en la Diversidad y la sospecha que acompaña a cualquier atisbo de Rebeldía. Confianza y sospecha que constituyen la base del conservadurismo en sentido genérico. Cuando este conservadurismo no es del tipo político (que no rechazo por principio) sino simplemente intelectual, me resulta especialmente irritante justamente porque la Diversidad y la Rebeldía están en la base del pensamiento de lo que llamamos ciencia en su mejor versión, tal como lo explico aquí (pp.79-89).

Para hacernos una idea de los efectos del conservadurismo intelectual, hablemos de la epidemia de la Economía Neoclásica. Este tipo de aventura intelectual en el campo de la Economía era hasta hace relativamente poco tiempo la única digna de llamarse “ciencia” (económica), en el sentido de que cualquier concesión a intuiciones basadas en la observación casual (como por ejemplo la idea de la renta permanente como determinante del consumo individual en cualquier momento) y no en la total racionalidad del agente individual era inaceptable. Por lo tanto ese calificativo de inaceptable debería extenderse a las consecuencias de observaciones que no pasen el test de la racionalidad. Y sin embargo la llamada Behavioral Economics, que incorpora rasgos del comportamiento detectados por especialistas y examinados en experimentos repetidos, ya no es una amenaza sino que comienza a convertirse en una nueva ortodoxia, aunque sigue habiendo gente que la considera una infección.

En este sentido tiene su gracia preguntarse, por ejemplo, por la racionalidad de las expectativas, sin la que, desde que Lucas la introdujo, cualquier modelo macroeconómico es simplemente rústico. Me atrevo a preguntarme si esa idea fue adoptada en su día más bien por simple fidelidad con la “raza”, o la metodología propia de esa “raza”, que por la observación de los hechos. La respuesta es que esas expectativas racionales solo caben en situaciones donde uno puede creer en que el equilibrio del sistema es una buena descripción de la situación y que, por lo tanto y sin ninguna razón de peso para ello, debe rechazarse como patógena la idea de que hay situaciones de desequilibrio que deben ser estudiadas para poder colegir a donde va ese grupo humano modelado. Me temo que ese camino que hemos seguido, u observado seguir a la mayoría, a pesar de ciertas llamadas de atención, ha llegado a un punto en el que sería de agradecer una cierta mutación que nos deje respirar y alcanzar nuevas perspectivas y renovadas visiones que quizá sean menos dogmáticas que las anteriores. Pero el conservadurismo nos atenaza.

Pero este tipo de cosas no pasan solo en el mundillo de la Economía, sino que pueden observarse en casi cualquier campo. Así es, en efecto, en cualquiera a los que yo me he acercado, aunque solo haya sido un poco y de manera tangencial. Casi nadie se molesta en darte buenas razones para admirar a un artista nuevo o a un científico con una idea nueva, ya fuera la sutileza de la pincelada, la forma de montar un film, la densidad de una escultura, la mayor coherencia con ciertos pretendidos hechos presuntamente bien establecidos, la brevedad o lo contrario de textos literarios, su aplicabilidad en la vida real fuera del laboratorio, etc., etc.

Me parece que la mayoría de las opiniones en cualquier campo de la actividad humana no pueden clasificarse de racionales, sino solamente de tradicionales. Y de ahí la importancia de la Rebeldía y de la Diversidad, pues ambas juntas salvan a los creyentes de ojos cerrados de la desmoralización que produce el abrirlos, o del martirio elegido por fidelidad. No es lo mismo ser expulsado del pretendidamente único paraíso que salir de un cierto edén empujado por la Rebeldía para aterrizar en otro que creemos está ahí porque nos lo promete la diversidad. Lo importante de esta última es que parecería garantizarnos justamente que nada se pierde, aunque por períodos de tiempo parezca que ha sido enterrado en un sitio secreto.

Pero esta especie de procesos que ocurren necesariamente traen consigo de forma recurrente un efecto desmoralizador consistente en tener que modificar tu apreciación de los que considerabas amigos, pensando que seguramente a ellos les pasa lo mismo contigo. Lo peor en estos casos es que, en aras de esa amistad, traten de explicarte el por qué has acabado saliendo de una cierta tradición, explicándote tus proyecciones psicológicas. No parecen apreciar la Diversidad ni la Rebeldía, así con mayúsculas, y te acusan de “llevar el agua a tu molino”. Esta es la forma en que han acusado a Piketty de cometer algunos errores en el tratamiento de los datos o de forzar la teoría para sacar adelante esa idea de que el capitalismo tiende necesariamente hacia la desigualdad. Su molino, nos vienen a decir, debe ser nada menos que la lucha de clases esa de la que habló su respetadísimo Marx.

Mi caso es mucho más sencillo, pues carezco de maitre à penser santificado. Soy muy frívolo y mi molinillo quizá consista simplemente en el gusto por la novedad, un gusto totalmente burgués que trato de satisfacer con al agüilla de unas neuronas envejecidas que no renuncian al placer de encontrar paradojas.

Impresiones de Toledo

Toledo contemporánea
La Goulue no me defraudó en Toledo. Es un instrumento idóneo para tomar notas rápidas e instantáneas, como las fotos de los turistas que desoyen las instrucciones de las azafatas de los distintos espacios en los que se recogen las obras de arte que se juntan para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de El Greco, y que incluyen lo que llaman Toledo Contemporánea, con una exposición de fotos de Toledo comisariada por Elena Ochoa Foster y tres obras de Cristina Iglesias destinadas a permanecer en la cuidad, una en la Plaza del Ayuntamiento, otra en el convento de Santa Clara y la tercera en la Torre del Agua en el campus de la ciudad universitaria que desplazó en su día a una antigua fábrica de armas. Estas exposiciones de hoy, así como el conjunto de las obras de El Greco, suscitaron en La Goulue unas impresiones que me obligó a transcribir y que ahora paso a leer y a explicar. Espero no defraudarle yo a ella.

    grego

  1. «Euskera: no se oye otra cosa en Toledo». Parece una boutade, pero es solo una exageración, pues entre muchos idomas «raros» que parecían resaltar un extraño cosmopolitismo de mazapán, escuché el que es mío aunque no lo hable… todavía. Quizá esta expansión castellana del euskera se debe a que la escultora Cristina Iglesias es de Donosti y a que hace cosas que, al menos a mí, me gustan mucho, aunque según alguno de mis acompañantes es demasiado «decorativa». Este cosmopolitismo también se manifiesta en la existencia de un restaurante en la Plaza de los Montalbanes que exhibe orgulloso el nombre de L´Hermitage justamente donde comimos noski, ensaladilla rusa y un chuletón casi tan grande como si fuera de Berritz, rodeados por la alegría de un grupo de emakumes recién escapadas de casa disfrutando de su libertad que aprecian todavía más al pensar en lo mal que se estarán arreglando sus maridos. ¿Será Toledo parte de Euskalherria?
  2. Homónimos: «Anunciación y Encarnación. Ascensión y Coronación». Nunca, en mi ya dilatada vida, me había fijado en que la anunciación fertilizó inmediatamente a María. Y tampoco que su ascensión a los cielos en vida coincidió con su coronación sin un solo instante de reposo o de reflexión.
  3. «El tándem San Pedro-San Pablo». Se muestra muy a menudo en varios retablos o en trocitos de éstos dedicados al apóstol y al gestor, una pareja que se merece un recuerdo o una comparación, a o con, Moisés y Aron: el poeta sentimental que escucha la palabra y el hombre práctico que construye instituciones.
  4. «Se hacen copias de las lágrimas de San Pedro». Aparece este apóstol sentimental y débil en muchas ocasiones, lo que lleva al turista a preguntarse sobre el precio que cargaba El Greco a una,s y otras y si ese precio variaba con la información sobre el número de copias existente. Quizá no se apreciaba la unicidad como se ha hecho después de manera tan tonta.
  5. «Trocitos de cuadros» escribe La Goulue, y aunque no estoy seguro de lo que ella me quiere decir con esa frase, creo que se refiere a las muchas piezas que no son sino trozos de otras mayores, como si hoy vendiéramos una novela por capítulos o en formatos diferentes, con más o menos capítulos según el precio.
  6. «El Sagrado Corazón y Conchita». Estoy asombrado de la perspicacia de La Goulue, que nada más ver un cuadro de pequeño formato del Sagrado corazón, mostró su capacidad fisiognómica que le hizo ver en él la réplica exacta de la vencedora del concurso de Eurovisión.

Y con este comentario no muy correcto llega mi agendita secreta y viva al final de su exploración de Toledo. No somos sino vehículos de los genes, yo sé que el lenguaje nos habla y por fin he comprendido que la Goulue me ordena recordar. Espero haber cumplido con ella. Por mi parte solo quiero añadir que quedé apabullado por la riqueza de las distintas exposiciones con cuadros de todo el mundo. Yo ya conocía muchos, pero verlos todos juntos me dio todo un subidón.

Nostalgia de la Goulue

La_GoulueEn una coincidencia feliz, he encontrado un ejemplar perdido de mi Goulue, ese pequeño cuadernillo que te ofrecían en el restaurante de ese nombre, La Goulue, en la calle Madison de Nueva York, y que constituyó para mí un centro de referencia en Manhattan. ¿La recuerdan ustedes? Tal como les contaba hace muchos años aquí no es sino una especie de diminuta agendita en forma de carpetita de cerillas que en un tiempo me resultó muy útil para tomar notas que luego eran ampliadas y transferidas a este blog, y que se referían a las más variadas materias que me gustaría rememorar ahora.

No solamente la presenté oficialmente en el enlace recién mencionado, sino que la llevé conmigo a muchos lugares de los que luego tenía algo que decir. Por ejemplo, a Bilbao, en donde una vez y como resultado de una reunión tomé unas notas sobre Naciones, Estados etc. que luego he podido elaborar más in extenso y que además dieron pie en su día a una cierta publicación, o en donde también pude reflexionar sobre la importancia de mantener las distancias. O a Miami, en donde la arquitectura Deco me inspiró para pensar en el pensamiento esquinado que luego he llamado tangencial.

También me sirvió para reflexionar sobre el lenguaje aquí, o sobre las mentiras de los filósofos en este otro post irritado. Pero sobre todo la utilicé para recordar los parecidos que mi capacidad fisiognómica me fijaba en la memoria visual. Entre estos recuerdo el que resaltaba el parecido obvio entre mi padre, George Sanders, Eduardo Chillida y yo mismo, el que se me apareció en un fin de semana caluroso o el que la pereza me iluminó.

Y un día se acabó mi provisión de estos cuadernitos diminutos, lo que provocó en mí una reacción entre irritada y nostálgica con ocasión de la reubicación del restaurante en N.Y. y que ahora se repite al haber topado inesperadamente con un ejemplar extraviado y en blanco. Lo he encontrado justo el día en que decidimos hacer pellas y acercarnos a Toledo para para no perdernos el despliegue de la obra del Greco que conmemora el cuarto centenario de su muerte en esta ciudad. La utilicé generosamente y tengo comentarios que me gustaría compartir lo que seguramente haré a lo largo de los próximos días. Pero ahora prefiero limitarme a admirarme con la coincidencia entre una de las notas que tomé ese día de pellas y un viejo borrador que en su día no me atrevía publicar. En la nota que tomé en Toledo resaltaba la similitud entre un Sagrado Corazón de El Greco y Conchita, la ganadora del reciente concurso de Eurovisión. Esto me recordó el post autocensurado que ahora me atrevo a reproducir como colofón de este post:

Annie Lenox y Sonsoles Espinosa aparecen en una vieja entrada de mi Goulue como asociadas por alguna razón. Creo que era por un parecido razonable entre ambas. Pero lo interesante no es el aire de familia, por así decirlo, sino saber en qué consiste exactamente eso que tienen en común. Ambas cantan, de acuerdo; pero no es eso lo que me llama la atención. Lo que me intriga es que las dos me sugieren una mujer disfrazada de hombre travestido. Y eso produce no solo morbo; sino sobre todo perplejidad neuronal. El cerebro se paraliza y llega sola y limpia la belleza de una y otra.

annie lennox sonsolesespinosa

En el próximo post hablaremos de Toledo.

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Ni rastro de Bilbao

Construcción vacía - OteizaLa campaña electoral no está siendo ni excitante ni divertida. Por otro lado no me molesta tanto como otras veces quizá porque todos los partidos parecerían querer pasar desapercibidos a pesar de los debates. Sin embargo me he sentido molesto con un par de declaraciones biográficas que supongo a nadie le han extrañado. J.M. García Margallo y F. Sosa Wagner han obviado expresamente (una contracción en los términos de esta expresión que me gusta) su paso por Bilbao y por el País Vasco como si su sola mención fuera un desdoro. Yo conocí a ambos en Bilbao y lo recuerdo muy bien. A José Manuel le conocí mucho pues empezamos juntos los estudios de Empresariales y Derecho en lo que se llamaba La Comercial de Deusto. Nos hicimos bastante amigos y le debo la poca destreza que yo pueda exhibir como proel de velero pequeño. Aunque nunca me dejó empuñar la caña pasé unos días maravillosos invitado en su casa de Donosti saliendo a navegar todos los días. Recuerdo que también discutíamos mucho sobre la fuente última de la autoridad del Derecho. Luego dejó la Comercial y se concentró en el Derecho haciendo los dos últimos cursos en uno, creo que para no perderse la convocatoria de no sé qué oposición. Luego yo me fuí a estudiar por ahí y ciertamente no Derecho ni tampoco empresariales, sino Economía. Para cuando regresé a Bilbao y tuve mi primer trabajo en la facultad de Económicas (en Sarriko) ya estaba allí Paco como profesor no numerario de Derecho Administrativo en la Cátreda de Ramón Martín Mateo, y pronto pasaría a ser nombrado Rector. Así como José Manuel vivía en el Colegio Mayor de Deusto, Paco, ya casado, vivía en una preciosa casita de Algorta, municipio de Guecho. No fueron pocos los años en los que pertenecimos al mismo claustro; hasta que la carrera académica le llevó a otros lugares que no recuerdo. Me asombra que cuando estos días ambos han tenido ocasión de comentar su procedencia y años de formación hayan mencionado de todo menos su paso por Bilbao en años que yo creería muy cruciales en su biografía. Reconozco que me indigna un poco. Me siento herido en mi bilbainismo.

Aterrorizado

men-shavingMis problemas cardiacos que están ahí, pero están controlados, me condicionan la vida. No debo desfondarme ni acelerar el ritmo cardíaco, pero debo mantenerme en una forma que mi edad resiente. A pesar de ello no perdono mis paseos y los 35 kms semanales que debo acumular. De hecho me preparo para ellos con una dieta cuidadosa así como con el entrenamiento en casa tres días a la semana.

De una u otra forma cada día comienza de una manera terriblemente rutinaria. Mi cuidado personal me exige el afeitado diario, con espuma y maquinilla de toda la vida. Pero, por un error, hace unos días me hice con jabón en lugar de espuma y la preparación se hace más lenta, lo que me ha permitido notar que mi simetría de piernas y de hombros se extiende también a la dureza y densidad de la barba. Mi carrillo izquierdo es mucho menos suave y fija el jabón de una forma tal que afeitarme esa parte izquierda me exige un mayor número de pasadas de la cuchilla.

A mi edad estoy consiguiendo corregir mi excesiva caída del hombro derecho y la debilidad de mi pierna zurda, cosas estas resultado de la represión en mi tendencia a derrotar hacia la izquierda, pero lo de la barba no parece tener arreglo. Y es esto justamente lo que cada mañana me entristece: las cosas sin arreglo se van acumulando irremediablemente. Pero triste y todo salgo a mi hora como si fuera un colegial bien domado y me encamino a mi «colegio», con la mochila a la espalda, por alguno de los caminos alternativos que tomo según el brillo del sol, la temperatura o la pendiente de las cuestas.

Mi tristeza, sin embargo, aumenta todos los días al notar como mi paso es tan vacilante que me sobrepasan hasta los ancianitos y las ancianitas apoyándose en su bastón o en el brazo de la persona que les cuida y parece darles conversación.

El juego de los semáforos y la ralentización del paso de le gente, incluso joven, contribuye a que a veces yo tome una cierta delantera que me permite escuchar las conversaciones. El otro día una voz de mujer joven susurraba a su móvil: «no soy nada para nadie». Me quedé de piedra, casi me vuelvo y le ofrezco matrimonio: ¡alguien tan triste como yo!

Ese mismo día y ya habiendo resistido el impulso de la solidaridad, continué el camino elegido ese día y vi de lejos a la rumanita que a esta hora temprana pide limosna en la esquinita que le ha sido asignada, y siempre sentada en el suelo exhibiendo su cartel de «sin trabajo» o «quiero trabajar». como si su labor diaria no fuera trabajo. Me palpé los bolsillos y saqué las monedas que allí estaban y me apresté a depositarlas en su vasito de cartón generalmente vacío. Lo hice como cada día, doblando un poco mi cuerpo y estirando el brazo para que las monedas cayeran dentro del vaso. Su vocecita entonó el «muchas gracias» habitual que, lo crean o no, me consuela muchas mañanas y que suele ir acompañado de un «que Dios le bendiga».

Lo que ese día acabó de arruinarme el día, después del afeitado asimétrico y de la soledad afectiva de alguna gente con la que te topas sin buscarlo, fue el anuncio implícito de los peligros que me acechan y que no me parece puedan ser soslayados. Lo que me dejó aterrorizado hasta hoy, de momento, fue que en lugar de la coletilla habitual, ese día le oí un claro «que Dios le proteja».

Martínez-Lázaro no es Cukor, ni Wilder, ni Lubisch

Vaya SemanitaPor fin he tenido ocasión de visionar el último film de Emilio Martínez-Lázaro, después de haber leído sobre su éxito comercial y de haber escuchado una infinidad de comentarios sobre los sketches y chistes que llenan esta obra titulada Ocho Apellidos Vascos. Para los que hemos seguido durante años Vaya Semanita y hemos disfrutado de la capacidad de ese programa realizado por vascos para hacer que éstos se rían de ellos mismos, las expectativas estaban muy altas. Pero el cine es un género con ciertas reglas a las que estamos acostumbrados, lo que hace difícil, aunque no imposible, el inicio de su revisión. Pues bien me parece que esta película ni sirve para suavizar la tensión vasca ni para reinventar el cine a partir de la televisión.

La tensión vasca, sea esto lo que sea en estos días, no se suaviza, ni lo contrario, mediante chistes simpáticos que, estereotipados, descubrí con sorpresa que eran muy estimados desde el primer momento que pisé Madrid («¿En qué se parecen un vasco intelectual y el pato Donald? En que los dos son entes de ficción»).

Por el otro lado, se dice que la creatividad en el uso artístico de la imagen no está hoy en el cine sino en las series de la televisión, americanas desde luego, como podrían ser The Wire, Breaking Bad, en otro registro, The Killing. Este argumento más o menos bien trouvé no aplica a Vaya Semanita, una simple muestra de sketches cortos emitidos durante diez años una vez a la semana y que resultaban graciosos para iniciados en el carácter y la entonación vascos y algunos de cuyos guionistas han colaborado en el guión de esta película con pretensiones de comedia, un género éste en el que el director Emilio Martínez Lázaro brilló en el pasado.

Puede resultar injusto, pero cuando se habla de comedia lo que a uno le viene a la cabeza son piezas de Billy Wilder, Ernst Lubitsch o George Cukor, que apoyados en actores como Cary Grant, Jack Lemon o Jimmy Steward y en actrices como Katherin Hepburn, Shirley Mclain o Marilyn Monroe y, desde luego, en guiones muy trabajados y sumamente inteligentes, conformaron un género al que hay que acercarse con valor y con respeto.

Un valor que no consigo detectar en algo que no pretende nada en ningún ámbito, ni político, ni desde luego, artístico, y en cuanto al respeto con el que ese algo se acerca a una parte muy específica de la temática vasca ni lo encuentro ni lo dejo de encontrar, pero al menos no me he sentido ofendido a pesar de lo estúpidamente txotxolos que aparecen los jóvenes de la Kale Borroka, una característica difícil de asociar con quienes la practican.

A esta pobre impresión ayuda sin duda el elenco seleccionado y el recuerdo de aquellos grandes actores y actrices ya mencionados y difíciles de olvidar. Las críticas que me han llegado salvan a Karra Elejalde, un arranzale creíble. Amaia (Clara Lago) no tiene nada de vasca aunque tenga el flequillo cortado con tijeras de podar y es demasiado menuda como para que nos creamos sus mandonerías. Él (Rafa o Antzon), encarnado por ese excelente monologuista llamado Dani Rovira, no da la figura del sevillano fino e inteligente. Y Carmen Machi, en el papel de Merche (o Anne)… ¿qué quieren que les diga? Pues que gracias a que no puedo evitar ver en ella a Aída llega casi a pasarme desapercibida la incongruencia de una persona que ha vivido cuarenta años en un puerto de Euskadi y parece no saber lo que significa la palabra arrantzale.

Pero este último es solo uno de los varios pequeños errores que nos llevan a echar en falta a los técnicos que evitan errores tales como que un romano lleve reloj de pulsera. Son fallos sin importancia pero que deslucen la comedia. Rafa despechado sube al autobús tratando de volver a Sevilla y lo hace sin billete. Koldo usa el móvil después de haberlo arrojado dentro de su bolsa de viaje al agua del puerto emocionado por su decisión de no zarpar y quedarse para asistir a la boda. Una boda en la que es una pena que no aparezca la amá de Amaia y ex de Koldo, pues su presencia acompañada de su novio sevillano, totalmente natural en la historia, podría haber dado el contrapunto del contraste entre lo vasco y lo andaluz.

Por lo demás, la iluminación está muy bien realizada y algunos paisajes bien elegidos y exquisitamente fotografiados son bonitos, aunque algunas escenas del puerto recuerden demasiado a la Asturias del Dr. Mateo y algunos caseríos de Leitza llenos de flores nos traigan a la memoria visual los patios de Córdoba.

Y, por cierto, solo me reí una vez, muy al principio, en el segundo chiste que cuenta Rafael, el del bilbaíno que no da importancia a haber ganado 100 millones a la lotería ya que esa era la cantidad que jugaba. Pura Vaya Semanita.

Pablo, Limónov y yo

limonovHace unos 8 años escribí esto en relación a la carta a los corintios de San Pablo, tratando de interpretarla como una muestra de entusiasmo de alguien que entiende bien la realidad y se ha decidido a ser una especia de ingeniero social que no trabaja con las grandes ideas, sino con el Amor, es decir, con el deseo de mover el mundo, con la necesidad de ser un héroe. Lo escribí antes del inicio de la Gran Recesión, pero ahora lo leo como si en la primera parte me estuviera diciendo que la cosa no consiste en ser intelectualmente capaz o en ser buena persona, sino en algo un poco más sutil, drástico y contundente al mismo tiempo. El fin de semana anterior volvía a oír esa primera parte de la carta. Dice:

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

Y me vuelve a resonar en mi cabeza por un seminario reciente y por una lectura en la que avanzo poco a poco. En ese seminario, alguien que conoce los secretos nos presentó el estado de la cuestión sobre los límites del conocimiento físico, una magnífica panorámica que va desde el realismo hasta el antirrealismo, cada uno de ellos vistos desde el punto de vista sistémico o histórico. Es difícil ser ya mayor y no poderse enrollar en los detalles del pensamiento filosófico, pues ya sabes que no eres sino unos “platillos que resuenan”. Con la melancolía de no serlo ya te quedas con el sabor de boca extraño de que, seamos lo que seamos y pensemos como pensemos, el asunto de la Verdad, entendido como la correspondencia entre el concepto y “la cosa”, es un problema irresoluble; aunque incluso esto podría ser no cierto. Es difícil de asumir esto y no caer en la apelación paulina al Amor, entendido como construcción de una comunidad nueva en la que todas las verdades previas son puestas en entredicho.

Y este último pensamiento (sin duda revolucionario) me lleva a la lectura de la novela de Carrère sobre Limónov, una persona ésta que parece de ficción, pues acumula todas las rupturas imaginables a lo largo de una vida que coincide temporalmente con la mía, pero que es bien real y resulta ser un héroe de nuestro tiempo capaz de acabar con toda las censuras que le tocaron vivir. Sus peripecias vitales se podrían desgranar como las de la canción de Joaquín Sabina (la del pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo) aunque son menos numerosas: Poeta y pendenciero, disidente en la URSS, exilado en Nueva York, mayordomo en Manhattan, clochard en París, proserbio en los Balcanes y bolchevique ahora. Menos numerosas sí, pero ambos subsisten conservados en alcohol y siguen dando guerra, lo que querría san Pablo, pues el amor no es solo lo que él (Pablo) dice que es, sino también la ruptura de los tabúes sin pedir permiso y sin pagar penitencias o multas.

Y en un último salto desiderativo me pregunto qué tengo yo que ver con Limónov. Pues nada más y nada menos que él es como un espejo de mis propias contradicciones, como lo es de las de cualquiera que trate de ser un héroe épico o un libertario de verdad o en resumidas cuentas un Kontraren Kontra. La censura que yo me quiero saltar por el mero hecho de que existe, es la de la ortodoxia académica entendida en sentido amplio. Cualquier moda intelectual, cualquier manera de hacer convencional, tiene en mí un opositor implacable por acomodaticia.

La botadura

Villa de Bilbao_botaduraLa Gran Novela de Bilbao que se va configurando poco a poco en mi mente tiene una segunda parte que he decidido llamar provisionalmente Remolcadores de Altura. Una primera entrega de esta segunda parte (El joven de la margen izquierda) puede verse aquí seguida por una segunda entrega (Una magnífica noche de perros) que puede examinarse aquí ahora completada por los párrafos siguientes.

Cuando finalmente salió de la bañera era justamente la hora habitual para acicalarse y comenzar su paseíto hacia la estación de tren para atrapar ese que le dejaba relativamente lejos del colegio, o para tomar el gasolino y pasar a la margen derecha a fin de coincidir con ella en el autobús que tanto a ella como a él les dejaba prácticamente a las puertas de uno y otro de sus respectivos colegios. No era un día cualquiera, y pensó que ya era hora de hacer valer la indocilidad oculta muy dentro pero que empezaba a saltar por los aires esa mañana cuando se peinaba su cabello con raya a la izquierda. Incapaz de prestar atención a la rectitud de la raya desvanecida después de aquella noche movida, su imaginación se desborda anegando los campos de la rebelión.

No solo era hora de reivindicar su capacidad para desplazarse solo hasta la estación y para embarcarse en cualquiera de los gasolinos que le permitían viajar a la Ciudad cerca de esa muchacha que hace años no le dejaba dormir por las noches completamente perplejo ante su imagen de verano al borde del mar paseando por la playa en dirección hacia las rocas de las quisquillas. Ya era hora también de decirle a ella que le tiene sorbido el seso y de que le exija su respuesta.

Pero eso ahora era lo menos importante. Ya era hora sobre todo de aclarar los secretos familiares y saber porqué se acabó aquella vida idílica pasando los meses de colegio en aquel piso céntrico y los veranos en aquella casa con jardín en la margen derecha rodeado de amigos que comentaban las debilidades románticas por esta o aquella chica de ese o este colegio.

Y ahora comienzo la tercera entrega: La Botadura.

Se vistió de nuevo sin cambiarse siquiera de ropa interior y, antes de que cualquiera de aquellas dos señoras que a veces por separado y otras veces juntas siempre le acompañaban a la estación de ferrocarril con el misal en la mano se dieran cuenta, ya había tomado las de villadiego para esta vez gastarse el dinero en un billete de tren que le dejaría lejos del colegio, pero que le permitiría aclararse las ideas sobre qué tenía de misterioso aquel silencio sobre la vida joven de sus padres que ahora se le antojaba un misterio. Un misterio raro, pues algo pasaba que hacía que padre y madre actuaran como en un guión de cine fingiendo no estar al tanto de lo que estaba al cabo en la calle. Era hora que él fuera admitido en este juego. Era de hecho necesario si él aspiraba a esa historia propia a la que creía tener derecho y, desde luego, tenía ganas de acceder cuanto antes.

Llegó a tiempo de pillar un tren realmente temprano y se le pasó por la cabeza que su madre o aquella otra señora iban a aterrorizarse cuando no le encontraran en ningún sitio. Le dio justo tiempo de gastarse el dinero del viaje de vuelta y llamar a su casa desde el teléfono público de la estación. Contestó aquella señora a la que él adoraba sin las reticencias que inevitablemente plantea una madre, y en dos segundos le dijo que ya estaba en la estación y que no se preocuparan por él. Colgó el aparato sin que doña Carmen pudiera emitir sonido y se deslizó al último vagón justo antes de que el tren se pusiera en marcha.

No conocía el interior de los vagones de esta línea que recorría la margen izquierda, pues hasta ahora siempre se las había arreglado para pasar a la margen derecha y deslizarse sin que se notara su maniobra aunque, a decir verdad, pensó él, ya no estaba seguro de nada que tuviera que ver con el conocimiento y los secretos de la gente que le rodaba. Dejó su cartera de libros al lado de su asiento pues no parecía que fuera a haber mucha aglomeración, y comenzó una divagación naturalmente relacionada con la ría que iba recorriendo a contracorriente. Pensó que llegaría como dentro de media hora a la estación final de esta línea, muy cerca de los astilleros de Euskalduna en los que trabajaba su padre desde que terminó su carrera en Newcastle, unos astilleros propiedad de un nacionalista vasco y de un nacional monárquico, dos figuras bien conocidas en la pequeña sociedad de la Ciudad. Si de algo había oído hablar en su piso de Bilbao, sobre todo por parte de su madre, era de un acto que llamaban «botadura» y al que siempre quería asistir a pesar de la mala cara que ponía mi padre ante tal perspectiva. Pero hoy entendía este joven, ya nada niño, de la margen izquierda, que ese acto era todo un acontecimiento que a juzgar por los comentarios de súplica de su madre debía concentrar a gentes ricas y poderosas, bien porque eran los dueños de los astilleros, bien porque eran los armadores del buque que ese día, y en cuanto una madrina muy escogida rompiera sobre el casco la botella de champán de la viuda, se deslizaría suavemente hacia la ría siguiendo la corriente y desde luego en horas de marea alta que evitaría cualquier accidente prematuro que dañara la quilla de este nuevo buque, como tal vez había pasado con el pesquero botado ayer sin ningún boato y en un dique de los pequeños.

Sí, ciertamente esto de las botaduras debía de ser algo realmente grandioso, pues ahora recordaba que la gorra de marinero que acompañaba a su traje de primera comunión llevaba la inscripción Magallanes, un carguero botado hace años y que debía de haber sido, ahora lo comprendía, una heroicidad tecnológica para aquellos tiempos seis años atrás pues todavía, recordó el joven, se comentaba en ciertos círculos muy ligados al negocio de construcción de buques que a veces visitaban a mi padre en aquel salón que mi madre seguramente hubiera querido reservar para meriendas un poco más elegantes que las que ocurrían cuando se reunían allí algunos que ahora cree el chiquillo, no debían de ser de la buena sociedad del momento pues no tomaban té ni eran acogidos o reconfortados con sandwiches de pepinillo.

Quizá fue la parada en la estación más grande del recorrido y la entrada en tropel en el vagón de una gran cantidad de hombres vestidos con monos azules la que obligó a este joven, que por primera vez era lejanamente consciente de que estaba pensando, a retirar su cartera llena de los libros del colegio del asiento contiguo y de paso a cambiar de registro y recordar o imaginar que seguramente era alguno de aquellos contertulios casi clandestinos de su padre el que le traía cada año una zamarra de las que, decía, usan los bacaladeros allá por Terranova. El tejido era muy abrigado y exhibía unos colores y unos cuadros que le habían hecho famoso en su paseo al colegio cuando cada día acudía caminando hasta él desde su piso del centro. Pensó en el capitán de la noche anterior y este pensamiento le llevó de nuevo hacia las botaduras a las que su madre hubiera querido acudir del brazo de mi padre vestido éste con su mejor traje y su sombrero tipo Mr.Eden para no desentonar después cuando la verdadera fiesta comenzara en un hotel de la Ciudad no demasiado alejado de los astilleros. No se sabe si lo logró alguna vez antes de que el niño tuviera uso de razón, pero ciertamente sí que lo consiguió -piensa el joven- en aquella ocasión en la que su madre y él acudieron de tiros largos a una botadura al menos tan importante como lo había sido la del Magallanes.

El camino desde el domicilio hasta los astilleros no era muy largo y se podía recortar cruzando un bonito parque pero, aun así al chiquillo le hubiera gustado haber cogido un taxi pues se avergonzaba de la presunta elegancia de su madre. Un vestido amplio y vaporoso quería disminuir un poco el volumen de una señora de carnes generosas y poseedora de unos pechos que el joven entendía ya por qué un día le fueron prohibidos y tuvo que dejar de acariciarlos y de usarlos como almohada todas las noches ya vestido con su pijama de pantalones zambos y justo antes de retirarse a su habitación. El escote esa tarde era un poco más atrevido de lo habitual y servía de escaparate para un collar de perlas cultivadas que le rodeaba el cuello en varias vueltas cada vez más amplias. La madre tomó de la mano al chiquillo que se iba haciendo cada día más hombre y que ya nunca olvidaría el roce continuo del diamante que girado sobre el dedo anular, a fin de evitar tentaciones de robo, le dañaba la palma de su mano ya grande y velluda. Así llegaron a la plaza en la que se abría una gran verja para permitir la entrada de vehículos de gente principal y por la que su madre y él hicieron su entrada aquella tarde en la que algo iba a ocurrir, presentía este viajero del tren de la margen izquierda, que pronto llegaría a la estación en la que tendría que apearse.

Pero la memoria se le acelera y recuerda cómo trepó con su madre, quien hacía el gesto de apoyarse en él como si quisiera expresar que no estaba sola, hasta la tribuna preparada al efecto cerca de la popa del nuevo carguero en donde lucía el nombre del que él no se acuerda, pues ya le bastaba con la preocupación de estar jugando un papel que no le correspondía y que no sabía interpretar, pues a pesar de su altura sigue llevando pantalones cortos. Van llegando los primeros invitados, todos más tarde que madre e hijo, y poco a poco esta tribunita se va llenando de personalidades de la vida local acompañados de sus esposas que con una cierta displicencia, se van presentando a mi madre que se identifica como la señora de su marido, alguien del que las esposas engalanadas para la ocasión fingen conocer al menos de oídas.

Sigue llegando gente y como sin esfuerzo se va configurando la primera fila que rodea a la señorita madrina, quizá hija del armador y que como por escalafón se conforma con los propietarios, armadores y altos cargos de la empresa con la excepción de mi padre ,al que el chico cree detectar en el dique vigilando los carriles y las vigas que, de momento, frenan el deslizamiento. No va de postín y se cubre con una boina muy alejada del sombrero inglés con el que a la madre le hubiese gustado verle a su lado y no lejos del gobernador civil y su señora un pelín apartada y a la que mi madre hace lo que en el cole del chico se llama la pelota, discreta pero evidente.

Llega el momento y la madrina deja caer la botella de champán que estalla contra la popa. Algunos cables deben de ceder al mismo tiempo y el buque se desliza suavemente como una enorme mole que, junto con la distancia deja empequeñecida la figura del padre que sigue vigilante de la buena marcha de la botadura. Pero ocurre algo y hay como un silencio repentino y total cuando el buque silencioso, a media distancia del camino de su bautismo y ya con la proa en el agua de la ría, chirría casi imperceptiblemente y una de las vigas que deberían ir cediendo dóciles sale disparada y pasa rozando la boina y la cabeza del padre. Sigue un grito de horror y algunas señoras se dirigen a la madre con grititos de alivio. El resto es confusión para algunos y éxito para los propietarios de los astilleros que se felicitan mutuamente con los armadores. Los confundidos siguen rodeando a mi madre y se prestan a esperar al marido y a acompañar a ambos hasta el hotel donde se celebrará este acontecimiento de una botadura que siempre es un hito en una ciudad portuaria.

Recuerda el joven que en un momento determinado, cuando apenas podían haber pasado cinco minutos desde el vuelo de la viga, llega un obrero con la boina en una mano y un sobre en la otra que entrega a la madre que se hace un lío con el pañuelo que ha sacado del bolso nuevo recién comprado y la apertura del sobre. No revela su contenido, pero su rostro se torna lívido y acaban sus mohines. Toma el brazo del hijo que en medio del jaleo se siente ya mayor y desciende poco a poco las escaleras de la tribuna para enfilar la puerta de autoridades y volver a paso ligero por el mismo camino por el que ambos habían llegado en lugar de caminar majestuosamente por la calle grande hasta el hotel. Las lágrimas se deslizaban por aquellas mejillas tan suaves como su pechos y el silencio solo se rompía por unos hipidos que este hijo ya para siempre identificaría con el ahogo del disgusto y el desengaño.

Los hombres con mono azul descendieron de aquel vagón y el chico les siguió a paso lento, pues tenía mucho tiempo para llegar al colegio, y porque así podía seguir pensando en aquel acontecimiento curiosamente no olvidado y que podría ser clave para ese cambio de domicilio que hacía tan difícil sus encuentros con esa chica que le miraba todas las mañanas y que hoy no tendría más remedio que contestar algo cuando él le abordara a la entrada del colegio de chicas, al que acudía todos los días recorriendo el camino inverso al de la mayoría de las niñas en aquellos años de posguerra tardía.

Jugando con Hotelling

HotellingParecería que la desigualdad es el único tema caliente en la economía, cosa curiosa por un lado y explicable por otro. La fijación de la atención en la desigualdad tanto de la renta como de la riqueza y en su incremento en los últimos años es, sin duda, algo raro en una situación en la que el crecimiento y el desempleo son tan enormemente diferentes a lo que estábamos acostumbrados en países desarrollados pero, por otro lado y precisamente por eso, los que sufren la recesión en sus propias carnes han de estar escandalizados y con ganas de explotar o de hacer explotar.

La conversación generalizada sobre ese tema de moda gravita casi exclusivamente alrededor del libro de Thomas Piketty que, como ya conté, adquirí en enero en la Hune de cerca de La Place Saint Germain en París y al que me he referido varias veces en este blog, la última en este post en el que se puede ver la edición francesa. Lo llevé al Baix Empordà en las vacaciones de Semana Santa y me lo dejé allí, de forma que no he podido cotejar con cuidado cada una de las cosas que he leído sobre su contenido. Todo lo que he escrito sobre el tema se basa por lo tanto en los comentarios de otros. Estos comentarios en general no son demasiado analíticos, aunque estén escritos por Premios Nobel como Stiglitz o Krugman y se limitan a subrayar el enorme trabajo empírico efectuado, a remarcar sus implicaciones políticas y a comentar algo sobre su sugerencia de imponer una tasa global a la riqueza.

No he leído ningún comentario que explique con cuidado y de forma analítica la manera en que el sistema económico genera ese incremento en la desigualdad (que tanto preocupa) más allá de la desigualdad entre la tasa de rendimiento del capital y la tasa de crecimiento. Y, sin embargo, me parece que hay un famoso teorema, denominado según el nombre de su autor, como Hotelling´s Law, que, convenientemente manipulada por mí, sirve para explicar de manera muy simple cómo la competencia inherente al capitalismo genera una situación no óptima en la que la desigualdad puede no existir en un momento determinado y surgir más tarde para perpetuarse sine die.

Este teorema de Hotelling, que ignoro si se sigue explicando hoy en los grados (antes licenciaturas) correspondientes, tiene que ver en abstracto con la diferenciación del producto, pero se ilustra de manera muy clara con el problema de la ubicación, a lo lago de un calle, de dos negocios iguales por parte de dos competidores que pugnan por atraer toda la clientela que puedan arrebatándola al otro competidor. Todos los viejos rockeros recordamos esa ley que dice que los dos negocios se ubicarán justo en el medio de esa calle atrayendo cada uno a la mitad de la clientela que se supone se distribuye a lo largo de la calle y es completamente homogénea. El producto es pues idéntico y muy distinto del óptimo para la clientela que gastaría menos suela de zapatos si se ubicaran los dos productores de manera simétrica en el primer y en el tercer cuarto.

Es pues obvio que la distribución es en ambos casos, el socialmente óptimo y el alcanzado por la competencia, exactamente igual. Pero pensemos ahora en que el crecimiento trae consigo el alargamiento de la calle por parte de unos promotores inmobiliarios. Si este alargamiento es a su vez simétrico la ubicación anterior dejará de ser socialmente óptima, pero la igualdad permanecerá en una presunta nueva ubicación. Pero, y aquí está el quid de la cuestión, se convertirá en desigualdad en cuanto uno de los dos productores tenga un mayor poder político y sepa engatusar al Ayuntamiento que alargue la calle en la dirección que le conviene.

O sea que, de manera muy clara, el funcionamiento de la competencia, central para el capitalismo, puede traer desigualdad gracias a (o más bien a causa de) el poder político, una desigualdad que persistirá pues el favorecido en el primer alargamiento será más y más rico y, por lo tanto, cada vez más capaz de comprar al Ayuntamiento para seguir alargando la calle y además sus herederos serán cada vez más poderosos.