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Stendhalizado

lunarojaLa noche previa anunciaba la luna llena del siguiente día, nada menos que el 14 de abril. Desperté pronto, me calcé mis zapatillas de andar y me lancé a confundirme con el paisaje ampurdanés como alguien que querría mezclarse con los demás en la espontánea alegría de las primeras luces de una bonita república.Era muy pronto y el relente refrescaba las verdes hierbas del borde del camino inclinándolas suavemente mostrando así una incomprensible falta de ganas de despertar. Estar despierto ene ese momento era, sin embargo, una bendición o quizá hasta algo más. Levanté la vista hacia la sombra del Castillo de Foixá y ante mis ojos apareció una conjunción sagrada. El amarillo de los campos de mostaza, trufados de rojas amapolas y entreverado de un casi imperceptible toque del malva de la lavanda, era ya en sí mismo como una visión sublime sin necesidad de apelar a ninguna bandera determinada. Un par de caballos, blanco y marrón con manchas negruzcas, comen tranquilamente dentro de los límites artificiales de su espacio vital y dos globos aerostáticos se deslizan por un cielo limpio y sereno. Quedo, por un instante, como elevado en un aire que no corre y sé que no estoy respirando . No puedo despertar de mi ensoñación muda e inexplicable que dura un cierto tiempo imposible de calcular pero durante el cual el perro deja de ladrar y los cerdos hacen un receso en su asamblea de cada mañana a favor de los purines. Solo sé que no puedo irme de aquí porque si me voy volveré a pensar y caeré al suelo áspero de una tierra poco acogedora debajo de sus flores y sus plantas. ¿Quien describirá este síndrome ante el que el de Stendhal pasaría desapercibido?

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