Estado… ni el vasco

europaSe van poniendo nerviosos los partidos con las elecciones europeas e inician el funcionamiento de su maquinaria electoral. Hoy, como estoy en Bilbao, leo una ración extra de noticias de mi comunidad y me llama la atención las declaraciones del presidente del PNV, más allá de su caricaturización de Bildu, de que Europa se debía mirar en Euskadi y de que tanto Francia como España deberían abrir su mente al derecho a decidir de los vascos. Por otro lado el mismo Ortuzar u otro político declara algo relacionado con lo vieja que se queda la noción de estado-nación.

A mi juicio Euskadi es ya, en efecto, como una confederación de comunidades identitarias, no estaría mal que Europa fuera camino de convertirse en algo así y la noción de estado-nación está ciertamente desfasada tanto porque el Estado, si bien necesario, se ha pasado demasiado en la generación de rentas y la nación no es sino un ejemplo de la idea de comunidad identitaria.

En cambio en el marco de una confederación Europea, como si fuera una Suiza grande, los llamados pueblos, otro ejemplo de comunidad identitaria, tendrían la oportunidad de decidir por sí mismos, la regulación podría ser descentralizada, tal como escribí aquí, iniciando así la disipación de rentas a pesar de lo que se dice en contra de la proliferación de agencias reguladoras independientes e incluso la defensa se podría organizar con menores presiones empresariales.

En resumen que los vascos que crecimos medio frankfurtianos y medio sesentayochistas y que seguimos así como ya dije aquí podríamos hacer realidad nuestra posible doble divisa de que monopolios ni el de la violencia y Estado… ni el vasco.

Otro ejercicio literario: 2. Exilios

BilbaoSolo la noche le calmaría el terror, porque quien le abrazara sería de los suyos. «¿Qué sentido tendría que fuera al revés?» grité como para acelerar el final de mi razonamiento y dejarle tiempo a ella para decir algo suave, inteligente y excitante de lo que, como un tren eléctrico entrevisto por un niño en un escaparate, yo ya no pudiera prescindir. Quería que me hablara, que me tocara, que bailara un vals sincopado y es que no tenía otra manera de pedírselo que hablar de lo mío siempre de forma que le quedara un resquicio para mostrar que aunque solo escuchaba a medias, eso le bastaba para desmontar mi argumento pero que nunca ella abriría el cajón de sus sensaciones. «¿Me imaginas con la pipa del clarinete en la boca, el bastón del timbal en la mano y la oreja pegada a la tensa piel de vaca del tambor mayor?». Quería haber añadido que no le veía a ella calculando el tipo de cambio a aplicar en una transacción comercial entre la URSS y España; pero esta vez pareció que se alejaba de un mundo, el suyo, que siempre competía conmigo en retener su atención y habló más de lo que solía. No había terminado cuando llegamos al punto de la frontera en el que siempre nos separábamos, en la esquina noroeste de su residencia de estudiantes demasiado cara para mí.

Me dijo que ella prefería un mundo completo, que le gustaría coser su ropa, guisar su comida, grabar su música, que este intercambio de palabras conmigo tan alejadas unas de otras era para ella un placer, que yo no tendría que dudarlo, que muchas veces mis ideas, extrajeras en su mundo, le sugerían frases musicales, o le daban, como por casualidad, claves para comprender el infantilismo de Mozart o la torpeza de Bruckner y siguió así seguramente porque creía haberme preparado para lo que lo que ella sabía que yo sabía que iba a venir. Sí, charlar conmigo era un placer; pero también un desengaño diario que le rompía el alma. ¿No podría yo pasarme a su mundo, traspasar la frontera, transgredir mis propias normas implícitas, traicionar a los míos? Ella me enseñaría cantar, a escuchar y a secar el pozo de tanta palabra vacía. Ella conseguiría que yo olvidara a mi propio pueblo y que disfrutara del suyo contándome el sufrimiento de la frontera.

No sabes Juan»- y oír mi nombre en aquellos labios que jamás pronunciaban palabras vanas me vaciaba las ingles- lo que me duele no ser capaz de pasear contigo en dirección contraria, adentrarme en tu mundo colgada de tu brazo y olvidarme de mis cosillas; pero no puedo, yo pertenezco a la música, como pertenecía a mi pequeño barrio inclinado allá en nuestra ciudad. Jamás traté de traspasar sus límites. Sabía que todo lo que había más allá de la plaza circular, o entre ésta y la elíptica, al oeste de la plaza de toros y al este de Begoña no era distinto de mi colegio de monjitas con hábito gris, que el frutero que cuchicheaba con mi abuelo, que la costurera del cruce en el que paraba el autobús del hospital. Lo sabía porque me lo había dicho mi abuelo y porque al fin y al cabo ¿no era esto lo que reflejaban los colores variados del mapamundi o las gradaciones de los colores tierra del mapa de España editado por un ministerio reumático?

Pero, sin embargo– continuó ella, también sabía otras cosas a través de aquellos domingos en los que mi abuelo me cogía de la mano y desde el Arenal atravesábamos el puente y enseguida tomábamos a la derecha y nos parábamos a ver salir a la gente del concierto. Quiero decir que sabía que esta obligación, ese ritual como el de mis compañeritas en su iglesia, no era liberador, era triste y mi abuelo, cuando ya todas las señoras empingorotadas del bracete de su señor marido aburrido y con bigote habían desparecido ascendiendo lentamente hacia la calle mayor o calle ancha, mi abuelo titubeaba, se entristecía mientras descendíamos hacia nuestro mundo, se le turbaba la mirada y se le rompía la voz hablándome de cosas incomprensibles. Yo le apretaba muy fuerte la mano y acababa guiándole yo a él a nuestro pequeño piso de Zabala. Las prácticas de violín y los deberes llenaban mis tardes de domingo más allá de la presencia del abuelo; pero nuca pude ver tras la bruma que borraba el azul de sus ojos esas mañanas de domingo; nunca supe que algunas calles eran fronteras y que nosotros estábamos exilados. No quiero volver a estar triste con esa clase de tristeza, quiero que vengas a mi mundo, Juan, porque yo nunca podré ir al tuyo porque a los exilados se nos nota, en nuestras maneras relamidas, en nuestra actitud huidiza, en nuestra mirada periférica, en nuestro insistir en sentarnos cerca de la puerta que no queremos estar con nadie que nos declare sin dudas y para siempre, de manera radical, que lo dejará todo por nosotros

Estaba agotada, su aliento le bailaba alrededor de la boca y su cabello parecía humear. Solo los ojos eran fríos, sus ojos grises, determinados y sin asomo de vacilación. Cogí su mano izquierda, le quité su guante de lana negra, arrojé mi aliento sobre sus dedos. La tomé con mi mano derecha y le volví acompañar a su refugio rompiendo la rutina de estos primeros meses.

Sloane sq.: las trampas de la memoria o los límites de la wikipedia

Sloane SquareEl Roto nos pregunta hoy en su viñeta diaria, en referencia indirecta a la muerte de Adolfo Suarez, si no se tratará de necrofilia y no de admiración. Es un asunto de nuestra memoria y la del presidente, y eso me ha traído a la cabeza la disyuntiva del título. La memoria, en efecto, nos juega trampas que wikipedia no puede remediar. Esto hay que saberlo, o por lo memos expresarlo, para que nos demuestren lo contrario. Pensé en esto durante un buen paseo por Sloane Street que nos llevó a Sloane Square. Todo ello en un barrio céntrico y visitado mil veces por mí, a veces solo y otras veces acompañado. Está cerca de sitios para mí míticos, como el hotel Hyde Park, no lejos de la famosa esquina de ese parque, o los almacenes Harrods, o el barrio de Chelsea, tan encomiado por mi hermana, buena conocedora de Londres, y al que volví en la visita anterior a la de hace unos días cuando DT alquilaba un barquito casi enfrente de unos mews en Cheney Walk, en los que un día de juventud me prometí vivir algún día, una promesa entre tantas otras que ha quedado sin cumplir… de momento.

Me acuerdo de cosas como las ya mencionadas y otras, pero esta vez el paso por la plaza Sloane me ha hecho pensar que la memoria se va acabando, sea por sí misma–la edad–sea por razones patológicas–alzheimer–porque a recordaba cuadrada y es cuadrangular. Esta forma debería ayudar a identificar un par de recuerdos que creía tener. Creí saber que en una de las esquinas estaba un restaurante, cuyo nombre no recuerdo, y que visité al menos una vez que paré en las Carlton Towers, no tanto por la calidad de su comida sino porque era propiedad de David Niven y uno esperaba encontrar caras conocidas. Y también esperaba reconocer el cine cercano en el que vi una película de Alejandro Jodorowski cuyo título sí que recuerdo: El Topo. Pues ni lo uno ni lo otro. Ni mi búsqueda angustiada en Internet me ha ayudado en ningún sentido, ni mi memoria da más de sí. Pero, como todo tiene sus compensaciones, en mi búsqueda infructuosa topé con la galería libre de Saatchi and Saatchi: una gozada, especialmente por haberla encontrado sin apoyos digitales.

Otro ejercicio literario: 1. Fronteras

Unter der lindenMi topografía sentimental iba a ser destruída a lo largo del otoño por los comentarios precisos que como puñales de acero bien templado fue ella intercalando en mi candoroso discurso a lo largo de un paseo que se hizo regular y tomó poco a poco su forma y sus contornos propios. Más adelante, durante la primavera, nuestra cercanía serena se vería enturbiada, pero hasta que la alegría irreprimible y la arbitrariedad irreductible de X llegó a nuestras vidas, la rutina de nuestros contactos me hacía rebosar de complacencia.

Como yo vivía beim Frau Schultz aguas abajo del Salzach muy cerca del Neue Brüke y ella aguas arriba a medio camino entre el Schloss y Helbrum, nuestra cita diaria de las cinco de la tarde ocurría precisamente al borde este del recinto universitario donde yo había pasado toda la mañana de ocho a una y el que volvía a atravesar, viviendo desde el oeste y a donde ella llegaba desde el este saliendo por primera vez en el día de su mansión en la que, como en una finishing school, ella y sus dos compañeros eran mimados por un elenco profesoral de campanillas que visitaba Salzburg, y vivía in house, precisamente para ofrecer a estos tres seres privilegiados, esperanza mundial de una generación generosamente becada en sus países de origen, todo el saber musical acumulado en Mittel Europa en los tres últimos siglos. Sus lecciones le agotaban físicamente y llegaba pálida y con gestos de estiramiento de vértebras. Yo llegaba fresco pues el pequeño paseo desde la casa de frau Schultz y hasta el punto de cita era más que suficiente para desentumecer unos músculos que no habían sido utilizados más que para caminar entre la Universidad y mi casa, es decir la de la señora Schultz.

Quizá por esa diferencia física cuando ella tomaba la palabra el camino entre la frontera de la cita hasta su wohnhouse y vuelta se podía convertir en solemne y el paso en procesión. Pero rara vez era este el caso y lo habitual era que mi locuacidad resonara sobre la planicie a lo largo de del recorrido por el camino asfaltado con una simple capa de galipot. A nadie que haya leído un poco de los clásicos de economía le extrañará que yo le diera vueltas al asunto de las fronteras. Estas rayas abstractas separan y unen como el borde mismo de este campus de juguete. De donde vengo paso por delate de algunas oficinas iluminadas ya a esta hora de la tarde y de muchos comercios que, a tenor de la presunta morosidad de la escasa clientela, uno pensaría que permanecen abiertos por caridad pero que configuran un centro muy bien iluminado como si fuera un escenario en época de festival, y no en época de entre festivales en la que los escenarios permanecen cerrados a cal y canto como un féretro, para atravesar finalmente el remedo de campus dedicado por la tarde a la enseñanza profesional roma para oficinistas, comerciantes y agentes municipales.

Ese es mi mundo y es triste, muy triste, si no nieva porque el cielo te hace sentir oprimido por su proximidad preñada de pedrisco y si nieva porque nunca esa nieve permanece virgen, un millón de veces hollada como por un único par de galoshes ofrecidos en todos los escaparates ya sean de comestibles, golosinas, de trajes típicos o de tejidos para confeccionarlos.

Su mundo, que recorremos desde la frontera hasta su Schule for der Musik der Moderne, ida y vuelta durante 75 minutos, nada tiene que ver con el mío; solo hay una pradera verde, un camino medio grava, medio asfalto, pájaros entrevistos y mil plantas discretas, unos bancos inservibles para descansar durante medio año, el sonido lejano del agua del río y un silencio solo roto por el sonido de un piano apenas audible o por unas escalas vocales claramente perceptibles como emergiendo de una vivienda quizá habitada por una diva cuya fotografía ocupa un lugar destacado en todos los escaparates del centro.

Jamás nos adentramos en mi espacio, sino que recorremos juntos el suyo como si yo tuviera que aprender su idioma, aceptar su familia artística y no hubiera lugar al intercambio entre su arte y mi ciencia, ´como si ésta tuviera que inclinarse de manera natural ante algo tan poco definido pero tan imprescindible como el planeta música.

Yo sabía de antemano que si ella y yo formáramos un mundo, supongamos, yo estaría en intendencia y ella en cultura, que la especialización sería total y que ella jamás se mancharía las manos con la pasta de la pizza o con la gota de vino rebosante del garrafón y que ella no habría de preocuparse por el mínimo componente calórico de la alimentación o por la protección ante la intemperie: estas cosas serían parte de mi mundo. Y que ella compondría en silencio, marcaría la cadencia de los días como dueña del tiempo y llamaría la atención sobre las palabras. Y como correspondería los dos mundos solo se mezclarían para comerciar durmiendo cada uno en la cueva propia del mundo al que pertenecían, acurrucados y abrazados a los suyos, protegida ella del ataque de alguien de otro mundo con sus tendencias lascivas que tanto horror le debían producir a juzgar por la expresión de sus ojos en cualquier momento del paseo.

(Continuará)

Lo difícil es el título: ¿Inversión Temporal?

Una chica en el cieloLos posts surgen en mi cabeza en algún momento de los paseos que, como infartado, debo realizar cada día. En la media hora que ando desde casa a la oficina y en la otra media hora de vuelta, me basta con escucharme el ruidito del cerebro, reconocer su origen y comenzar a elucubrar. En dos o tres días estoy preparado para escribirlo; pero lo difícil es el título, difícil y crucial, pues el éxito de un post de escasas mil palabras depende del tirón de esas primeras que conforman el título. Por ejemplo, en el caso del presente post, mi primer título para poder pensar sobre su contenido ha sido el de «Inversión Temporal», una expresión nada atractiva y que podría ser malentendida en varias direcciones lejanas a la que yo he ido elaborando en mis paseos.

Como he escrito algunas veces sobre finanzas, algún lector potencial podría pensar que no le apetece mucho escuchar mis meditaciones sobre una forma específica de invertir que es temporal y también tiene otras características. Si no se trata de un experto, no le reprocharía que abandonara la lectura en ese punto de lo que en su mente evoca el título inicialmente imaginado, ya que, al fin y al cabo, toda inversión es temporal, incluida la que no es financiera, y podría consistir en fundar una empresa del sector de la máquina herramienta, por ejemplo.

Los lectores que me conocen mejor podrían quizá pensar que voy a volver con la matraca de cumplir los años que deseo y no los que dicen todos los calendarios desde el gregoriano al zaragozano. Había confiado a mis amigos más cercanos que en este mes de marzo pensaba haber cumplido ochenta años a fin de ir descumpliendo cada 365 días hasta encontrarme dentro de un lustro con mi edad que llamarían real. Pero estos amigos ya están hartos de este chiste, y seguramente ni siquiera habrían continuado la lectura, pues ya tienen la suficiente información en ese título como para seguir fingiendo que me leen asiduamente.

Y, sin embargo, ese título hubiera estado bien, pues lo que quiero contar es algo relacionado con ese deseo de vivir sin agenda del que escribía no hace tanto tiempo. Ese deseo se ha ido perfilando en los últimos paseos desde la vuelta de Londres. De lo que se trata es de invertir el orden de mis tareas, comenzando siempre por la que yo deseo realmente realizar, y dejando para más tarde las tareas que yo creo me son impuestas por las convenciones sociales derivadas de mi educación, y que me obligan a cumplir con los encargos aceptados pase lo que pase, y me cueste lo que me cueste. Y ese orden temporal es el que quiero cambiar, quedando mal si es necesario.

Y este post es un ejemplo de esto. Debería en este momento estar escribiendo mil palabras sobre El Camino de Servidumbre de Hayek en conmemoración de su setenta aniversario, pues me ha sido solicitado con cierta urgencia por el director de una revista de divulgación de negocios y de ideas económicas (quizá porque en su día ya celebré su sesenta aniversario) al que aprecio mucho y al que no me gustaría desairar. Y debería hacerlo pronto porque, además de la mencionada urgencia, necesito tiempo para prepararme para ser un buen anfitrión de los dos ponentes (Mackencie y Guala) que mañana nos ofrecerán su últimas reflexiones sobre la reflexividad en Economía, un tema intelectualmente fascinante y sobre el que también escribí yo hace unos cuantos años aquí, todo ello en el contexto de un acto organizado por la UNED y la Fundación Urrutia Elejalde.

Pero como Presidente del Patronato de esta última institución, debo también reanudar ciertos contactos con dos objetivos muy diferentes pero relativamente cercanos en el tiempo, pues deben de ser alcanzados antes de finales de abril con la Semana Santa mediante. El primero consiste en la tarea siempre delicada de reanudar una vieja amistad que se ha hecho ya anciana debido a la falta de uso, a través de una tertulia de Economía organizada en la delegación en Corte de la Fundación. El segundo objetivo de mis actividades digamos que sociales, consiste en recabar fondos para la última aventura intelectual en la nos hemos metido, lo que significa llamadas y citas para comer con distintas personas que pueden darme pistas sobre el dinero flotante que anda por ahí, cuyo rumbo yo debería de saber virar hacia la nueva aventura.

Sí, debería estar haciendo todas estas actividades que están señaladas en la agenda como urgentes. Y sin embargo, héteme aquí, dándole vueltas al título que debería poner a esta ristra de palabras. Algo muy distinto de lo que me ocurría hace años, cuando no podía sentarme a realizar aquello que yo consideraba era lo mío hasta no haber terminado con todos los recados obligatorios, aunque no fueran perentorios. En el fondo, el de «Inversión Temporal» no es mal título, pues lo que estoy tratando de decir es que el orden de mis obligaciones debe ser invertido. Primero lo que me debo a mí mismo o de lo que tengo capricho. Esta última acotación es importante, pues también tengo capricho de concentrarme en otros proyectos de escritura, ya sea ficción o ensayo, que yo diría que me debo a mí mismo, pero el capricho de hoy es escribir este post, que de manera un poco surrealista, recuerda a la manera que las Indias tienen de contar que la caridad empieza por uno mismo.

Como si siguiera en Londres

Van-Gogh-Sunflowers-National-GalleryEstar cerca de un acuchillamiento o del derribo de un edificio, acontecimientos estos a los que me refería en el último post, no es lo único que hace de Londres una ciudad interesante. De mis últimas visitas hace ya demasiados años recuerdo bien el mestizaje que se mueve por el centro, por los parques o por la City, algo que ya se ve también por aquí, pero no con la intensidad con la que se da en Londres. Se cuenta que la estrategia del Reino Unido en materia de inmigración consiste, a diferencia de la que priva en Alemania, en agregar a diferentes grupos étnicos en ghetos bien separados. Pero esta estrategia no se nota en las zonas de museos, monumentos y restaurantes por donde nosotros nos movimos como turistas veteranos.

Así que en medio de un jardín variado, paseas y te vas encontrando con museos gratis que te ofrecen exposiciones que no son gran cosa, pero que llenan tu mañana de luz. No es poca cosa, pero tampoco memorable, ver en la National Gallery, casi sin hacer cola, los dos cuadritos de la vejez de Van Gohg que se conocen como los girasoles. O una escueta información sobre el último millón de años de los habitantes de las islas británicas y los posibles cruces entre nehardentales y sapiens en el Museo de Historia Natural , a muy pocos pasos del Victoria y Albert Museum, una desorganizadísima e inmensa colección de obras de arte en las que puedes ver desde los cartoons de Rafael para unos cuadros destinados a un Papa, como casts o moldes de columnas romanas. Ambas cosas muestran algo que aprecio mucho: la labor educacional de los museos, para la que no son necesarias obras originales.

Y para abrir el apetito puedes andar hasta la zona de la LSE y perderte unos minutos en la librería que ahora es ya The Economist´s Book Shop, visitar de pasada el museo del arquitecto y coleccionista John Soane hasta hartarte de figuritas traídas del medio oriente, y ponerte las pilas para llegar a la exposición de Hamilton en la Tate Modern, tratando de no perder del todo lo que ha sido de verdad la deriva del arte plástico, y antes de que llegue al Reina Sofía de Madrid.

Pero lo más divertido, con mucha diferencia, llega al día siguiente, después de una buena cena y un desayuno tan copioso como quieras: disfrazarte de Jep Gambardella y acercarte a la Galería Gagosian en Brttania St., en la que en un espacio enorme están colgados los cuadros representativos de lo último de Baselitz. Mientras deambulas solo, te puedes hacer una idea de lo que significa ser un alemán de mi edad, seguro de nada, culpable de todo, y deseoso de hacerte amigo y colega de lo que queda del expresionismo abstracto. Pintarte a ti mismo siempre cabeza abajo no es una gracia, es una manera de decir por quién te tomas.

Sin embargo, lo más emocionante es insistir en tu porte elegante y preguntar por el precio de un cuadro determinado, identificándote como un pequeño y humilde coleccionista. Te tratan como si fueras un magnate ruso, te acompañan hasta el punto central de la galería, y en voz queda te dan una cifra tan disparatada que estás a punto de abandonar tu disfraz y echarte a reír. Pero si guardas la compostura y te das otra vueltita por entre esas pinturas inusualmente claras, acaban acercándose con una trajeta en la mano. Agradeces con un gesto cosaco, musitas que tú nunca llevas tarjetas encima, y después de echar una última mirada a la colección como la que echaría un torero hacia toda la plaza que ha visto una magnífica faena, te deslizas hacia la puerta, que te es abierta con el mayor respeto por un Boris en negro riguroso.

Back home

Autobús cruza_trafalgar_square Ayer volvimos a casa después de unos días en Londres con PO y JO completamente alejados de smart phones, tabletas o lap tops, tal como ya lo avisé en la postdata del último post, y completamente dedicados al arte y al teatro y a… la comida. Una buena despedida de estas minivacaciones parecía la visita a un restaurante misterioso de comida del Middle East en Islington, el Ottolenghi

Está tan de moda (en ciertos ambientes claro) este restaurante del chef israelí Yottam Ottolenghi que nos retrasaron la hora de una reserva hecha con casi dos semanas de antelación de modo que tomamos nuestro taxi con bastante antelación, pero aun así, llegamos tarde pues, según nos descubrió la taxista negra, había un autobús parado que no dejaba circular debido a que se acababa de cometer un crimen con arma cortante dentro de él. Finalmente, y con un desprecio total de este incidente, llegamos a la cita culinaria, pero nuestro retraso nos obligó a renunciar a la mesa para cuatro y a aceptar cuatro sitios en una mesa corrida para irritación de JO que solo recobró la sonrisa después de elegir el vino.

Pero nada pudo arruinar el placer de una comida llena de sabor y aderezada con una conversación a voz en grito sobre las virtudes de este o aquel plato y con codazos y comentarios con los comensales de al lado. Como siempre fuimos los últimos en marcharnos, pero esto es London e inmediatamente atrapamos un taxi de esos londinenses que tanto admiro por su amplitud y por su capacidad de giro.

Al poco tiempo nos encontramos, ya cerca de Trafalgar Sq., completamente parados e imposibilitados para girar a causa de una divisoria inoportuna. Un enorme camión había derribado parte de un edificio y alguna farola que imposibilitaba la circulación. Por recomendación del taxista con acento irlandés de Gallway pagamos y anduvimos hasta esa conmemoración de una derrota de España en aquella ocasión bajo el mando de algunos marinos vascos y tomamos otro taxi que ya nos llevó al hotel sin mayores complicaciones que no fueran las llamativas obras públicas que el gobierno de Cameron parece haber iniciado en honor de Frau Merkel.

Da pena dejar ese mundo abigarrado de distintos acentos o idiomas o colores de piel y renunciar a muchas cosas que hacen la vida interesante, pero hay que volver a casa aunque no fuera más que por retomar este blog que me orienta.

Mi negra en el linóleo: un ejercicio literario

magdalena
Son ya tantos días en este encierro mediador entre un infierno y otro que empiezo a hacerme a la idea de hacer de este espacio oscuro y húmedo un hábitat en el que desarrollar las aptitudes y manías que no me pude permitir en la vida aparentemente ordenada que había llevado hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir o lo que quise que ocurriera. Esa es una de las cosas sobre las que tendría que reflexionar en lo que me quede de vida consciente a este lado del océano al que pienso que voy llegando.

A pesar de que el container tiene una especie de ventanucos por donde se renueva el aire y que resuenan vibrantes en cuanto el viento arrecia un poco, no tengo forma de distinguir el paso de los días incluso si con la ayuda de la linterna que me prestó Aitor puedo saber que hora es, pero no en que día estoy. Tengo que fiarme de mis biorritmos, pero no estoy seguro que éstos no cambien de frecuencia a medida que navegamos hacia el suroeste a partir del levado de anclas en aquella mañana de allí en la Ciudad. Así que la única forma de sentirme vivo que tengo en este zulo es garabatear con un rotulador de punta fina sobre las hojas de mi Notebook de Moleskine que supongo en blanco las ocurrencias que me proporciona el cine mudo del muro del container.

Digo y escribo lo del cine pues durante unas horas del día los ventanucos dejan filtrar un poco de luz que va iluminando las paredes de linóleo de lo que entiendo es sotavento descubriéndome escenas de sombras como en el cine mudo. Claro que también podría, supongo, abrir algunos de los paquetes de cartón que bien estibados recubren la pared de barlovento y que contienen, supongo, muchos kilos de partituras y utilizar alguna para tomar notas o ensayar ese párrafo perfecto que funciona aquí dentro como un salvavidas. Pero esto delataría a Aitor y eso no me lo puedo permitir ni siquiera ahora que he decidido no tener ninguna contemplación con nadie pues tengo que contar con él para que vuelva a abrir el tambor gigante de los timbales para que me pueda introducir de nuevo en él para el desembarco. Es la única manera que imagino de introducirme en este país recorrido por el Magdalena, un nombre que me emociona siempre que lo escribo y me lo repito quedamente en euskera (Machalen). Ella será el siguiente contacto para oscurecerme durante su gira de Cartagena a Buenaventura pasando por Bogotá, Medellín y Cali.

Pienso ansioso en ese momento en el que, una vez desembarcado y transportado no se cómo a algún hotel me desentierren, me vista de miembro de la orquesta y trate de pasar desapercibido espero que escondido en el dormitorio de mi Machalen al que en algún momento llegará Ella para descansar después del primer concierto. Creo saber que entre Ella y Aitor habrán pensado en un plan para hacerme desaparecer subrepticiamente e indicarme el camino a seguir hasta el lugar seguro elegido en el que jugaré el papel que me hayan asignado. Pero digan lo que digan y me aconsejen lo que les parezca pertinente yo sé que me las arreglaré para estar también cerca de Ella en el último concierto y despedirme del amor o del sexo o de ambos de una manera que quiero que parezca definitiva pues a partir de ahí solo puedo tratar de respirar siete veces por minuto y alimentarme de las sobras de bandejas paisas que robaré en la basura de un buen restaurante…si puedo.

Pero estos pensamientos un tanto lúgubres desparecen de repente en cuanto mi cine mudo particular me presenta sobre el linóleo un rostro de negra sumamente sensual. Se encuentra entre el tentetieso abotinado y el búho albino y no comprendo cómo no lo he visto antes. Nunca un rostro me ha resultado tan excitante. Es una composición perfecta, un óvalo fácilmente atrapable entre mis dos manos, dos ojos intensos quizá un poco enrojecidos, una boca pequeña pero sensual a más no poder y un pelo denso y duro como si no fuera de su cabeza realmente. Es la nariz el toque definitivo pues es recta y larga desde debajo de los ojos hasta la boca. Siento que traiciono a Machalen , pero también que me vengo de esa zorra que me obligó a matarle, y me rindo a un deseo lleno de serenidad a medida que se alimenta una seguridad idiota de que esta mulata, mi negra, no es sino el principio de un rosario de placeres nada puros. Me transporto al paraíso justo cuando oigo ruidos fuera como si alguien estuviera tratando de llegar a mí caminando por encima de los containers vacíos llenos de violas, cuernos ingleses y trombones de varas.

Ha sido un falso aviso de llegada aunque según mi reloj biológico no puede faltar mucho. Así que sigo inmiscuido en mis reminiscencias de los peligros que he arrostrado por satisfacer mis impulsos sexuales que tanto tenían de coleccionista estúpido. No ha sido una vez, han sido muchas y todas ellas, menos la buena, por culpa de un estúpido ego que se derrite ante cualquier manifestación de admiración intelectual cuando en realidad yo hubiera preferido pruebas de una admiración más física, pero…la última de mis aventuras ha sido corta y ha acabado de una manera tan terrible que no sé si quiero desembarcar y me pregunto si no sería mejor continuar siempre dentro de este container viendo sombras mudas y tomando notas en papelitos cada vez más escasos.

Es realmente irónico que, a estas alturas de mi carrera académica, hace un año perdiera la cabeza y me dejara llevar por una mezcla de sentimientos ocultos de origen genético y aceptara con humos primero y más tarde con un cierto orgullo la invitación a participar en una tertulia intelectual mensual en casa de unos ricos de la margen derecha, un matrimonio en el que él te hacía sentir siempre y de mil maneras sutiles (y otras veces brutales) tu clase de capataz dedicado a la intelectualidad como única vía de liberación del trabajo que te hubiera tocado hacer si no existiera esa patraña del funcionariado y en el que ella se sentía orgullosa de reunir a su alrededor la tertulia más culta de la margen derecha. Ella creía que era la más culta del país, pero a pesar de su posición social desconocía muchas partes de ese país que no se acababa en los conciertos de la sociedad filarmónica ni en los teas del club de selectos socios sobrevivientes del pedrisco de las bolas negras que arrasaban las humillantes súplicas de los arribistas sociales. A pesar de esa barrera siempre presente un día fui invitado a su mansión, cercana al todavía más selecto club de golf, a dar una charla a unas gentes de las llamadas «bien» sobre las bases intelectuales de esa cosa rara que se llamaba ciencia económica y que no dejaba de dar un poco de risa a los que desde hace un par de generaciones al menos se han movido en el mundo de la bolsa y de los consejos de administración de bancos en los que se transmitía una rica información sobre oportunidades que se iban a abrir cuando tal empresa anunciara su nueva planta o su inmediata fusión con aquella otra.

Me sentí ofendido una vez más, pero acepté con el íntimo deseo de vengarme en el propio corazón de los amos. No sabía yo hasta donde iba a llegar esta venganza que comenzó, más allá de la charla, con un coqueteo que cada mes, y fuera cual fuera el tema de la tertulia, fue subiendo en intensidad y se mantuvo estable aprovechando las actividades culturales de la Ciudad a las que yo, tramposamente, fingía estar enganchado. Continuó con esporádicas visitas a actos culturales más allá de la frontera que yo disfrazaba de seminarios en lugares no muy alejados. Y lo malo es que desató en mí el deseo de olvidar el objetivo de la venganza y de vivir solamente el momento y el sexo cada mes más intenso y más parecido a la intensidad brutal que me ha recordado mi negra en el linóleo. En el punto culminante, ocurriera donde ocurriera el encuentro, su rostro, tan parecido al de mi negra, permanecía oculto hasta el momento culminante en el que agotada ya ella levantaba yo el velo con el que había cubierto sus facciones mulatas y terminaba los escarceos con un grito salvajes. Pero esto no duró mucho tiempo.

P.S. Continuará, pero esta semana próxima estaré en el Reino Unido y creo que me voy a dar vacaciones y me voy a limitar a tomar notas en una agendita virgen

Independencia corporal

GolfistaEn los últimos años se habla mucho de independencia, de la de Quebec, de la de Escocia, de la de Euskadi o de la de Cataluña y el problema de fondo florece de nuevo con la crisis ucraniana o, si queremos, la de Crimea. Hablando de esta última D. de U. volvía implícitamente su atención, una vez más, a las posibilidades de la Confederación como una forma política que algunos opinamos que tiene un enorme futuro precisamente en un mundo globalizado pues permite transar entre las aparentes ventajas (autoritarias) de un gobierno central único y la eficiencia en la provisión de bienes públicos locales, incluyendo las lenguas. Por otro lado yo continúo con mis sesiones semanales de entrenamiento gimnástico. Y justo ayer, mientras me entrenaba, me vino a la cabeza una posible similitud entre el «problema corporal» y el «problema político» consistente éste en organizar la convivencia global. El éxito de los ejercicios gimnásticos está basado, precisamente, no solo en lo que en general se dice: el fortalecimiento del core, es decir, para que los legos lo entendamos, el fortalecimiento de los abdominales como fuerza estabilizadora y, en cierto sentido, reguladora. El éxito del entrenamiento se basa también en algo que es menos obvio y también menos espectacular pues no se refleja en nada parecido a unos abdominales tabloides de los que uno puede presumir.

Pensémoslo, sin la «soberanía» de cada haz muscular del cuerpo y sin la sabiduría de ejercitar cada uno de manera independiente sin que uno ayude a otro u otros, no conseguimos el desarrollo muscular óptimo consistente en tener cada sistema muscular curado de todo mal y «en su punto». Si no procedemos así acabaremos, quizá sin ser conscientes de ello, utilizando las partes más fuerte para apoyar el ejercicio de otras menos fuertes de manera que estas últimas nunca acaban de hacerse fuertes. Esta iluminación se acabó súbitamente cuando mi entrenadora personal me dio un grito para que me concentrara en lo se supone estaba haciendo.

Hospitales , pijamas y un camisón

pijamasHace unos días acompañé a mi hijo Rafael a una intervención no muy seria pero que requería un postoperatorio de un par de noches. Desde aquella primera intervención en la que me extirparon la vesícula biliar, mi olfato, mi vista y mi oído no dejan de percibir ciertas connotaciones indescifrables en cuanto entro en una clínica, un hospital o un sanatorio, sean estas instituciones públicas o privadas. Pero estos últimos días he comenzado a descifrar el enigma a través de unas conexiones realmente surrealistas.

Todo comenzó cuando la madre de Rafa me ordenó prestar uno de mis pijamas, quizá un par de ellos y, desde luego, un batín más o menos abrigado. Argumenté que para las operaciones te imponen unos de esos camisones abiertos por detrás que tanto rubor me producen; pero mis protestas fueron totalmente infructuosas ante la evidencia de que ante las visitas previstas no podría nuestro hijo presentarse con semejante indumentaria reminiscente de imposturas lingüísticas, batas blancas y un olor a éter que me recuerda indefectiblemente a la que fue realmente mi primera intervención, si así se pude llamar a una fimosis en vivo o casi, atrapado por un celador que me inmovilizó por completo y cuyo postoperatorio recuerdo como una maravillosa vacación llena de caprichos y rellena de helados de Aberasturi de limón, avellana y fresa.

Así que me lancé a la búsqueda de esos pijamas y batines que no he tenido más remedio que usar en postoperatorios más serios que ya de mayor he sufrido y también agradecido. Pero no fue fácil localizarlos pues no están todos juntos y ninguno está en un sitio apropiado. Es como si después de cada intervención deshacerme de ellos fuera un instinto básico irremediable. Para empezar alguno estaba entre las cosas de Marisa quizá porque es ella quien los compra cada vez que mi hospitalización se hace necesaria, cosa que siempre ocurre fuera de nuestro domicilio habitual, y siempre me encuentra sin esos que guardo previsoramente en un extraño cajón de mi armario casi imposible de descubrir en un intento de olvidar el éter y todo lo demás. Porque como habrán adivinado ya nunca uso pijama.

Esto exije una explicación o quizá no; pero en mi caso tiene un origen curioso. En 1976 visité el Instituto Esalem en donde me interesé por la psicología de la Gestalt y aprendí que nada debía nunca apretar mi cuerpo: ni el cinturón ni el reloj y ni siquera la goma o cinturilla de la cintura de un calzoncillo. Con el tiempo recuperé el cinturón a fin de apretarme la cintura y disimular la barriga y desde luego el reloj; pero el calzoncillo, o más bien su ausencia, perduró más en mi actitud psicoanalítica y retornó muy poco a poco comenzando por usarlo diariamente como ropa íntima y terminando por no quitármelo para dormir.

Así que parece obvio que no sepa donde están mis pijamas ni falta que me hace pues como ya he dicho mi amante esposa me compra la última moda cada vez que tengo que ingresar. No sorprenderá por lo tanto que ayer me diera todo un susto al ver todos juntos en una repisa de mi armario. No soy capaz de asociar cada uno de ellos con cada intervención quirúrgica pero asusta un poco ver juntos un par de pijamas rosas, uno más cereza que el otro, uno con goma en la cintura y el otro con una especie de cordel en ese mismo lugar, otro par de ellos de finas rayas blancas y azules y debajo de los anteriores varios de tonos claros, desde uno como casi blanco y otro de suaves dibujos lineales de colores muy suaves desde el blanco al amarillo marcando como cuadraditos imperceptibles. Ese montón me devolvió al mundo del éter y las camillas, de las batas blancas y las verdes del quirófano, pero cuando ya casi empezaba a marearme apareció debajo de esta colección de pijamas y al lado de los batines a juego- mi mujer no hubiera permitido un desliz de mal gusto- un camisón de cuadrados azules y blancos que no reconocí de inmediato ni tenía nada que ver con hospitales o quirófanos ni se abre por detrás.

Se trataba de eso, un camisón pero, eso sí, de varón, de esos que hace sesenta años, o incluso menos, todavía usaban los verdaderos caballeros como mi padre que murió con uno de ellos puesto. Casi se me saltan las lágrimas por ese recuerdo, pero luego recuperé la alegría rememorando las visitas infantiles nocturnas al cuarto de mis padre donde siempre fui bien recibido especialmente por mi padre y su camisón. Solo en esas ocasiones le vi con esa prenda pues jamás salía de su habitación de otra forma que no fuera ya vestido de calle. Pero quizá ese es sólo mi recuerdo y quizá no coincida con el de mis hermanas mayores pues fue una de ellas la que me regaló hace poco esta prenda de vestir que solo he utilizado una vez y ello en la cama de mi habitación de casa en contra de mis principios. Esa noche me di cuenta de que el camisón quizá no estaría prohibido por Fritz Perls o que, aun si lo estuviera, yo podría usarlo en honor de un padre que fue acogedor y protector mientras pudo. Esa figura de padre que ya he evocado en Faroladas y, por lo tanto también en este post allí acogido me hizo gimotear quedamente toda la noche y ayer mismo me empañó los ojos. Quizá me lo ponga más a menudo pues, además, no aprieta la cintura.