Un par de lágrimas

carltonLos años de plomo pasaron y llegó una época menos dura, pero tampoco idílica, allá por mediados de los noventa. La Ertzantza me llamó a su cuartel de María Díaz de Haro y me dijo que, aunque lo que ellos (no ellos sino «ellos») tenían de mí no era el resultado de un seguimiento sino mera información de medios públicos, les parecería prudente por mi parte no tener unas costumbres demasiado regulares. Más en concreto y puesto que en la época yo venía a Bilbao cada quince días por cuestiones de trabajo, me recomendaron no dormir en mi casa cada vez que viniera por aquí. La siguiente vuelta a Bilbao les hice caso y con los ojos un poco empañados pedí habitación en el hotel Carlton. La siguiente vez decidí olvidarme y me fui a mi casa de LA sin ningún gesto de desafío a nadie. Desde entonces han pasado muchos años y nunca había pisado un hotel bilbaino hasta hace dos días.

Vinimos a Bilbao y no para negocios sino por motivos familiares, pero nuestra casa está en obras, casi totalmente derruida por dentro como si LA fuera Alepo. En ese momento recordé mis congojas de aquella vez en el Carlton y el Hotel del Embarcadero en LA me pareció una especie de Guantánamo que, de todos modos sobrellevo con dignidad. Está al lado del piso en obras y las vistas al Abra son las mismas.

Pero el caso es que si vuelves a casa y ésta se te oculta, vuelve la cara para no verte, tu humor cambia y lo que es una serie amable de recuerdos se convierte en una película mala y llena de cortes. Ya no hay proyeccionista y nadie arregla ese celuloide que corre el peligro de desaparecer llevándose contigo una buena parte de tu alma.

En mi paseo durante la única ventana de calma que la meteorología local parece nos iba a conceder inicié el camino de mis rememoraciones tratando de continuar con las que escribí aquí; pero todo era distinto y hasta la casa del músico Andrés Isasi que da nombre al Conservatorio de LA y de cuyo parentesco lejano presumo a veces me pareció descuidada y sin gracia. Nada está ahi para ser visto. Todo está en nuestra cabeza y es ella quien controla nuestra mirada.

El esfuerzo y la Gracia

tristan_e_isoldaLa tarde-noche del 27 acudimos al Teatro Real a contemplar una producción relativamente reciente de la ópera de Wagner Tristán e Isolda, puesta en pie por la colaboración de gente muy importante en este mundo del teatro dramático musical. Conozco someramente la música de Wagner y sé como distinguirla de la de Verdi, ambos nacidos el mismo año hace un poco más de dos siglos, tal como quise sugerir indirectamente con ocasión del concierto de fin de año en el Euskalduna. Pero la sesión operística de hace dos días despertó en mí una de esas contradicciones que, me temo, no hay más remdio que acarrear.

Acudía yo ese día 27 pertrechado por un repaso de mis libros en alemán sobre Wagner (en relación más bien con Nietzsche y no tanto con su ruptura musical y que ya apenas entiendo) y por la relectura del Tratado de la Pasión de Eugenio Trías, quien utiliza la leyenda de estos dos amantes para pensar y hacernos pensar cómo la pasión no puede entenderse sin la imposibilidad de vivirla hasta el final, y cómo esa imposibilidad es como un fuego motivador. Pero también había repasado una columna de Vicente Verdú en El País en la que contrastaba, en el campo de la arquitectura, a los «sentimentales» (que dicen sufrir con sus creaciones) con los «ingenuos» (a los que parecería que todo les fluye sin esfuerzo, como por ejemplo, Picasso en la pintura). Decía Verdú:

Los arquitectos de corte sentimental como Borromini, Le Corbusier, Moneo o Koolhaas suelen pasarlo muy mal aunque digan que no se cambiarían por nadie. Son artistas a la manera romántica, o de crucifixión, que les hace crear padeciendo, y al revés. Dan a luz con dolor y se torturan en beneficio del mundo y de sí mismos. Los «ingenuos», por el contrario, son tipos que se lo pasan la mar de bien. Tienen una idea no a través de un tortuoso paso por el averno sino como ángeles que nacieran espontáneamente de Dios… Foster es, en cambio, como son Bernini, Gaudí, Mies o Sejima, hijos de la inspiración. Hijos naturales de la idea que les sobreviene, sencillamente sale a pasear.

Este contraste es un tema que siempre me ha interesado y sobre el que he escrito criticando la cultura del esfuerzo y tratando de explicar cómo el esfuerzo expulsa el talento. Mi simpatía por la Gracia y el poco mérito que atribuyo al esfuerzo me ha granjeado la crítica de esteticismo, posiblemente incompatible con el trabajo esforzado que exige la investigación científica. Esta confesión no es nueva y está patente en este post, en el que reconozco que un amigo creía ver en Jep Gambardella de La Grande Bellezza un trasunto de mi forma de encarar la vida, una similitud que curiosamente ha sido subrayada por gentes muy dispares y sin conexión alguna entre ellas.

Supongo que tienen razón, pues es bien cierto que desde el deporte de mi infancia al trabajo intelectual o profesional de mi madurez, el éxito del esfuerzo siempre me ha parecido ensombrecido y empobrecido por el inevitable olor a sudor, mientras que el éxito de alguien tocado por la Gracia me parece sublime, sin reproche posible y hasta perfumado. Por eso pienso que Verdú debería haber comparado a Wagner con Mozart, mucho mejor ejemplo este último que Verdi cuando se trata de la facilidad en la creación, aunque sin duda Verdi tampoco está mal.

Pues bien, si ahora tratamos de explotar esta comparación que sugiero, quizá aprendamos algo sobre el contraste entre el mundo del esfuerzo y el mundo de la Gracia. En el segundo acto de Tristán e Isolda hay, en medio del estallido nocturno de pasión, un canto repetido a la noche como escenario de una plenitud opuesta de lleno con la mediocridad de lo que puede ocurrir a plena luz del día. La noche sería como un paraíso en el que uno no tiene que hacer como que se interesa por algo, o lo que todavía sería peor, interesarse realmente por ese algo. La noche está para el placer compartido exclusivamente por los amantes. Dice la Wikipedia:

Los amantes, por fin solos y libres de las ataduras de la vida cortés, se declaran su mutua pasión. Tristán desprecia la realidad del día, ya que es falsa, irreal y los mantiene separados. Es únicamente durante la noche cuando ellos pueden estar verdaderamente juntos, y sólo durante la larga noche de la muerte podrán estar eternamente unidos.

Esta vuelta de tuerca tan wagneriana que desprecia la claridad como enemiga del amor eterno, es posiblemente el mejor ejemplo del esfuerzo por ser un artista torturado que piensa que sin tortura no hay belleza ni inmortalidad. Comparamos esta idea con lo que entendemos de la furia de la Reina de la Noche de la Flauta Mágica y aprendemos que, para Mozart, la noche es algo peligroso en la que la Reina-bruja manipula a su propia hija para acabar con Sarastro y así cambiar las cosas del mundo externo aprovechando la impunidad que ofrecen las sombras, lo mismo que ocurre en las luchas a muerte soterradas en la pugna por el poder entre sociedades secretas. La belleza de la maldad es infinita, como infinito es el amor entre los dos amanates de la leyenda celta; pero mientras este último infinito es casi lírico, el infinito de la Reina de la Noche es casi épico.

Este contraste pone en jaque continuo nuestra forma de vivir o de aceptar el fin. Y esto es precisamente lo que Jep Gambardella nos plantea en un momento crucial de su vida, y que corresponde a su último parlamento en el que parecería que su diáfano lenguaje se complica a causa de la tentación del esfuerzo por reconocer su esteticismo que, como espectadores, no sabemos si va cambiar su vida y en qué dirección:

Finisce sempre così. Con la morte. Prima, però, c’è stata la vita, nascosta sotto il bla bla bla bla bla. È tutto sedimentato sotto il chiacchiericcio e il rumore. Il silenzio e il sentimento. L’emozione e la paura. Gli sparuti incostanti sprazzi di bellezza. E poi lo squallore disgraziato e l’uomo miserabile. Tutto sepolto dalla coperta dell’imbarazzo dello stare al mondo. Bla. Bla. Bla. Bla. Altrove, c’è l’altrove. Io non mi occupo dell’altrove. Dunque, che questo romanzo abbia inizio. In fondo, è solo un trucco. Sì, è solo un trucco.

Un párrafo éste tan ambiguo como el contraste que he tratado de explorar en este post, y cuya traduccuión me es ofrecida por D.T.:

Esto siempre acaba así, con la muerte. Sin embargo, antes está la vida, oculta bajo el blablabla. Todo sedimentado bajo la cháchara y el rumor. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los escasos e intermitentes deseos de belleza. Y después el pobre desgraciado y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la manta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Eso es otro lugar, el otro lugar. Yo no me ocupo de ese otro lugar. Así empezaba esta novela. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es solo un truco.

Eso es, todo es un truco y no hay apoyo firme y seguro para nada más allá del amor desinteresado, que nunca merecemos y que se nos da gratis.

On the road

Camino a VitoriaCreo que la última vez que tomé un autobús interurbano fue hace unos cuarenta y pico años cuando viajaba de Pamplona a Bilbao en los permisos de los cuatro meses de prácticas de la mili universitaria. El pasado viernes era pues como una aventura el viaje de ida y vuelta a Vitoria desde Madrid. Comenzando por el aspecto psicodélico de la estación de la Avenida de América en Madrid, toda subterránea y con un ascensor, completamente lleno por una familia numerosa que se muda a Bilbao con todas sus pertenencias y que te baja directamente al -3 y a partir de ahí te las arreglas como puedes para acceder a las plantas -2 o -1, todo el resto del viaje fue una fiesta de sorpresas y un reducto de paz en el que leer periódicos, novelas o ensayos con los que había cargado mi cartera para no tener que limitar mi elección a unos pocos apuntes. Me sentí on the road con lo que eso significa de esperanza y de libertad. No me había sentido así desde mi juventud. Ahí fuera hay otro mundo que nos espera con los brazos abiertos.

El comienzo no hacía presagiar lo que luego pasaría. Ente las dos edades, los escandalosamente jóvenes y los jubilados, que abarrotaban la capacidad del vehículo, a mí me tocó, hasta la parada de Burgos un joven compañero de asiento, educado y con disposición a ayudar a este compañero de ventanilla que le debió parecer tan mayor. Después de leer minuciosamente un par de periódicos, uno de Bilbao pare ponerme a tono con esa tensión copera entre el Athletic y su filial que no se decidirá hasta el miércoles, observo distraídamente la nieve de los montes y lo que ofrece la pantalla de una televisión semipropia de la compañía de transporte, con el libro extraído de la cartera que reposa a mis pies, entreabierto sobre mis rodillas encogidas.

En Burgos hace un día glorioso, fresco y luminoso. Solo veinte minutos de parada. Me zampo mi primer sándwich y con toda la boca llena tengo que responder a un hombre joven que me interroga sobre mi origen y mi destino antes de ilustrarme sobre su habilidad para herrar caballos heredada de su hermano con el que no se trata ya porque ese hermano envidia su capacidad para entender cuando un caballo está sufriendo por falta de esos zapatos que le protegen. Miro al anciano sentado a mi lado en un banquito de la estación de autobuses de Burgos y le oigo decir sonriente: «estos no son peligrosos». Me pregunto por qué ese caballero pudo sospechar que yo me podría haber sentido amenazado, pero no me da tiempo a contestarme pues ya estamos de vuelta en el bus ahora sin mi compañero de asiento y, por lo tanto, con mucha más comodidad para estirarme un poco y comenzar mi lectura, desde el principio, del libro de Garicano del que di cuenta en el último post.

Llueve a cántaros (bonita expresión) durante el breve recorrido entre Burgos y mi destino, lo que ayuda a la lectura, y a la llegada a la permanente estación provisional de autobuses, ahora de Vitoria, no sé donde estoy, pues conozco muy mal esta ciudad a pesar de mi paso por el Gobierno Vasco durante nueve meses. Como no veo un taxi por los alrededores me dirijo a un bar-restaurante que exhibe el tranquilizador nombre de Guria, familiar y como de toda la vida, pensé. Está regentado por chinos desde el camarero de la barra hasta el pinche de la cocina que tratan de convencerme de que una Coca Cola Zero es lo mismo que una Coca Cola sin cafeína. Antes de que la discusión llegue a mayores les hago un esquema, sobre una servilleta de papel, de las marcas de Coca Cola y de cómo todas ellas pueden ser sin o con cafeína y les pregunto sobre una parada de taxis cercana a lo que contestan verazmente, tal como pude comprobar, antes de discutir quien pagaba su error sobre la Coca Cola.

El taxi me deposita a tiempo en el lugar preciso a donde me dirijo para mi reunión. Después de dos horas totalmente satisfactorias llamo a un taxi que me devuelve a la estación de autobuses en la que no me pierdo pero en la que no puedo localizara la dársena en la que estará esperando el autobús de vuelta a Madrid. Me agencio unos buenos pinchos y un botellín de agua en el Guria, en donde continúa impertérrito el mismo chino que me saluda con una reverencia, pero como no sabe de donde exactamente sale mi autobús vuelvo a la estación y me dirijo a un hombre joven quien no solo me informa sino que entabla una bonita conversación conmigo de la que aprendo que se dirige, como yo, a Madrid para al día siguiente ir a Tomelloso para recoger su furgoneta-exposición con la que se gana la vida exponiendo zapatos de distintas marcas. Después de responder a su pregunta sobre cómo me gano la vida yo con lo primero que me viene a la cabeza -representante de aparatos médicos- abordamos el paquebote con ruedas y nos separamos pues a mí me toca otra vez un sitio sin nadie al lado.

Después de algunas dudas sobre la lectura a atacar, me decido por terminar de una vez el libro de Garicano al que en el viaje de ida le he ido cogiendo el punto, pero me distraen cuatro chicas jóvenes que con pinta de pijas han formado un corrillo con dos apoyadas en sus bandejitas y otras dos mirando hacia atrás desde la fila anterior. Son guapas y euskaldunes, hablan en un tono pausado y no muy alto fluidamente en Euskera y con una gesticulación tan distinta de la que observo en Madrid durante mis paseos en muchachitas de esta edad que me pregunto si los idiomas no tendrán escondido un repertorio de gestos propios asociado a su estructura lingüística y a su origen. Me entretengo con estas divagaciones sobre un problema que no me parece haya sido explorado hasta volver a llegar a la estación de Burgos donde busco y no encuentro al herrero.

Después de veinte minutos vuelvo a bordo para descubrir desolado que ellas, mis cuatro admiradas jóvenes, han sido sustituidas por una bandada de chiquillos vociferantes. Cuando se calman puedo volver a mi libro y después de terminarlo todavía tengo tiempo de adormecerme pensando que he pasado un día completo y lleno de vida, mucho mejor que mis días de concentración en una oficinita con todas las facilidades para pensar. Un buen trayecto interurbano en autobús me rejuvenece más que horas y horas de entrenamiento físico.

LXXVII: Garicano en la Fundación del Pino

Bruno Mallart, collage

Bruno Mallart, collageEl lunes pasado Luis Garicano Gabilondo presentó su libro El dilema de España en la Fundación Rafael del Pino en una especie de coloquio con Javier Díaz Jiménez quien elegantemente supo mantenerse en segundo plano y dar pie al autor para que presentara las principales ideas del libro ante una audiencia de edad demasiado alta, a la que yo contribuía, me temo, de manera significativa.

Ni que decir tiene que compré el libro porque me interesa mucho poder enterarme de cómo Garicano pone juntas muchas de esas sus ideas que llevan tiempo enriqueciéndonos desde distintos medios, que van desde Journals prestigiosos (que conforman un C.V. envidiable) a distintos medios de difusión. No creo que defraudara a la audiencia pues tiene una rara capacidad de síntesis y una enorme claridad expositiva.

Si el dilema que enfrenta España es el de elegir su identidad económica entre la que define a Venezuela y la que lo hace con Dinamarca, la respuesta que se nos ofrece es que para que seamos como este último país hay que repensar dos pilares fundamentales: la educación y las instituciones. A mi juicio esto es como decir que todo depende de las instituciones pues el sistema educativo es una institución más. Y esa afirmación me parece acertada pues desde hace muchos años sabemos que las instituciones son la clave que explica no solo el subdesarrollo sino también muchos aspectos que identifican a distintos países desarrollados.

Es hora de que alguien con autoridad reivindique el análisis de esas cosas llamadas instituciones y se haga eco de las principales ideas de la Economía Institucional, de enorme tradición precisamente en una de las universidades en las que trabaja, según el C.V., simultáneamente con la LSE, Luis Garicano, la de Chicago.

Con orígenes en el siglo XIX (con Veblen entre otros) y una vida tan brillante como recoleta pues no se clasifica así oficialmente a investigadores geniales como North, Coase, o el mismo colega de Luis en la ciudad del viento, Gary Becker. Por eso eché en falta que solo apareciera el nombre de Douglas North por muy importante y cercano que me parezca, que me lo parece.

Solo he ojeado el libro y no lo puedo asegurar pero creo que la idea de institución se toma como dada sin tratar de entender que se esconde bajo esa denominación tan socorrida. Una indagación en esa dirección se me antoja interesante y urgente especialmente para aquellos que coincidimos con Garicano en que el quid para «ser más productivos para vivir mejor», subtítulo del libro, es justamente la reforma institucional que puede incluir casi todo lo que se nos ocurra desde la educación, desde luego, hasta la Justicia pasando por otros poderes del Estado que tampoco andan muy finos, y no eludiendo la cuestión de la organización descentralizada del poder.

No es fácil sin embargo enredarse en los fundamentos del análisis institucional. Muchos economistas piensan que a ellos no les toca esa tarea, más propia de sociólogos pero me atrevo a decir que alguna de las herramientas usadas por los economistas serían muy útiles. Pensemos en los juegos evolutivos, que aplicados en general y de manera abstracta nos harían ver cómo las instituciones son constructos sociales de una comunidad formada por agentes que se relacionan libremente y alcanzan equilibrios más o menos duraderos que solo a veces son a prueba de entrada de mutantes. Me parece interesante reconocer que, en este sentido, puede no ser fácil modificar las instituciones en la dirección que deseamos y que la apertura puede presionar sobre el funcionamiento de aquellas que nos gustaría preservar.

Esta reflexión sirve, creo, para tratar de complicar un poco más algunas cuestiones. Nada se comentó en la presentación sobre la distribución de la riqueza y la renta ni sobre la posibilidad de que la evolución de esas distribuciones acabe con la llamada clase media. Esta no es una mera descripción estadística, sino una institución que sospechamos juega un papel crucial, no solo en asuntos de estallidos sociales o su prevención, sino también como algo que puede influir en otras variables, como la innovación, que pueden ser vitales para la productividad.

Y tampoco se mencionó críticamente el significado de los rankings del funcionamiento de diferentes instituciones, o de las mismas sobre países distintos, aun cuando no se pueda ignorar los efectos del conocimiento común de esos rankings en el propio funcionamiento de la institución o instituciones de que se trate, tal como yo argüiría que ocurre en el caso de los rankings de investigadores, que condicionan el desarrollo del conocimiento.

En este último sentido y hablando de una institución importante para la productividad como es el sistema investigador cabría preguntarse si esa relación se debe principalmente a la capacidad individual de cada investigador reflejada en el indice H o W de su C.V., o se debe también, o sobre todo, al ambiente intelectual creado en un centro determinado. Esta es una pregunta que ya ha saltado a la prensa en el caso de Izpisúa quien ha conseguido, trabajando simultáneamente en La Jolla y Barcelona, acumular un C.V.admirable, pero no ha sido capaz de elevar el centro en el que trabajaba en Barcelona al nivel que se esperaba.

Y no puedo cerrar este post sin mencionar, aunque con la boca pequeña pues yo estaba ya saliendo de la sala y no pude escuchar pausadamente la respuesta de Garicano, una última pregunta que parecía inquirir por la posibilidad de que alguien como él bajara al ruedo y se metiera en faena. Creo haber entendido en su respuesta que la división del trabajo es buena y que lo suyo era el trabajo intelectual así como algo relacionado con Ortega al que, añado yo, le preocupaba España pero no se sentía llamado a entrar en política directamente. Creo que, si eso es lo que dijo, tiene razón. Pero entonces no se entiende bien una de las soluciones que apuntó para mejorar el funcionamiento de algunas instituciones y que consistía en introducir en su gestión a gente con buenos curricula. ¿En qué quedamos?

LXXV: Buenas maneras o sustancia

John Kay

John KaySiempre compro el FT los miércoles pues me gusta ensuciarme las manos de tinta rosácea mientras leo, entre otros, a John Kay a cuya columna semanal me he referido muchas veces (como por ejemplo aquí y aquí). El miércoles de la semana pasada su columna se titulaba «Economists: there is no such thing as the «economic approach» y se destacaba en negrita lo siguiente:

Economics is not a method but a subject, one that is defined by the problems it sets out to tackle not by the techniques it uses.

Mi entusiasmo inicial se fue desvaneciendo a medida que iba leyendo el contenido del artículo y se tornó en rabia al final. De primeras me gustó que Kay me recordara el artículo académico del Premio Nobel Gary Becker en el que describe el planteamiento económico como aquel que trata de combinar los supuestos de comportamiento maximizador, equilibrio de mercado y preferencias estables. Tres supuestos que juntos conforman el llamado planteamiento económico. Lo que yo llamaría las «buenas maneras» sin duda obligatorias en los salones de esa especialidad de las ciencias sociales que denominamos Economía con mayúscula. Y estas buenas maneras han abierto muchas puertas a la economía que ha penetrado en los entresijos de posibles explicaciones de fenómenos sociales en principio ajenos al corpus básico como son, ejemplos paradigmáticos, el matrimonio (o su ruptura) o el suicidio.

Sin embargo me parece de justicia reconocer que, como el mismo Kay comenta de pasada, los resultados de estas buenas maneras en temas como los dos citados no son muy iluminadores. Esta aparente limitación del planteamiento económico junto con el deseo genuino de acercarnos al verdadero conocimiento, sobre esas dos u otras materias, ha hecho surgir formas de atacar los problemas intelectuales en las que el comportamiento maximizador no es siempre la regla a seguir y pude ser sustituido por una actitud más ambigua que llamamos optimizadora, las preferencias varían con la experiencia y, en cualquier caso no sabemos cómo se forman y el sistema social de que se trate no está siempre en equilibrio.

El surgimiento de la llamada Behavioral Economics que pretende incluir en el análisis las formas de comportamiento de los agentes individuales no ha rendido hasta ahora un corpus central de doctrina comparable al que surge del uso sistemático de lo que Becker llamó el Economic Approach. Se ha limitado más bien a examinar cuestiones específicas obteniendo explicaciones o hipótesis que deben ser cotejadas por experimentos llevados a cabo en el seno de la hermana llamada Experimental Economics. Esto es lo que Kay pensaría es lo realmente definitorio de la economía, más que el método destacado por Becker. Esto sería lo que yo llamo «sustancia» oponiéndola a las «buenas maneras». De la comparación entre buenas maneras y método surge mi discrepancia y mi desilusión final con la columna que estoy glosando.

En primer lugar no me parece necesario perder el tiempo en cuestiones de delimitación conceptual, pero si nos metemos en ese jardín, creo sinceramente que, en segundo lugar, las «buenas maneras» son más fructíferas que la adoración del realismo sustancial y eso es así porque, como decía el Kay que yo admiro, lo que atraviesa las apariencias es el pensamiento oblicuo. De ahí que el llamamiento a los economistas para que despierten si bien es oportuno en principio, dado el fracaso del planteamiento macroeconómico de equilibrio que ha desvelado la crisis, resulta contraproducente si lo tenemos que tomarlo como una crítica de las «buenas maneras».

LXXIV: O eficiencia o contagio: un dilema para el sistema bancario

Análisis de red

Análisis de redEl origen de la Gran Recesión, de la que se dice que estamos saliendo a pesar de los malos datos de desempleo en algunos lugares, singularmente España, o de otros indicadores no muy buenos, estuvo en muy buena parte en el sistema financiero y especialmente en el sector bancario. La salida tiene que pasar por una revisión de cómo queremos que funcionen los bancos. La cuestión no es fácil y el ejemplo de la Unión Europea es una prueba de ello pues la llamada Unión Bancaria va a ser una tarea hercúlea. Por eso es bueno plantear y opinar sobre las alternativas básicas que se nos presentan ya en relación a la organización global del sistema bancario.

Como primera aproximación, y a no más se puede aspirar hoy, es bueno contrastar un sistema bancario post crisis muy regionalizado con otro totalmente globalizado. En realidad el contraste importante es entre un sistema bancario como red o bien muy tupida o bien con muy pocos centros. Dicho en términos más técnicos tenemos que comparar un sistema bancario en forma de red más o menos descentralizada con otro que estuviera organizado en forma de red totalmente centralizada. Nos interesan pues dos parámetros cruciales: el clustering y el grado de separación o distancia entre dos nodos cualesquiera. Si la red de bancos exhibe un clustering cero (de forma que entre dos nodos unidos a un tercero no hay ninguna posibilidad de unión) y un grado de separación muy grande es que a lo sumo tiene forma de estrella. En cambio si esa red tiene un valor del clustering cercano a 1 y un grado de separación muy pequeño se aproxima a una red distribuída.

Me parece entender que los encargados de pensar dentro de distintos organismos de control financiero nacionales e internacionales tienden hoy a inclinarse hacia una organización bancaria que esté muy repartida entre regiones o países, es decir que esté organizada en forma de muchas estrellas solo unidas por organismos de control supranacionales. Es normal que así sea pues la memoria de esos expertos es un poco más larga que la de los inversores normales (que se suele decir que apenas llega a diez años) y recuerdan que la propagación de la explosión que dio origen a la Gran Recesión estuvo justamente en el contagio, que es mucho más fácil en cuanto el grado de separación en la red de bancos es pequeño.

Sin embargo, antes de aceptar la opinión de estos expertos que nos va a llegar queramos o no, me parecería saludable recordar que frente al peligro del contagio hay una cierta oportunidad en la virtud que adorna a las redes de bancos muy tupidas. Esa virtud es, claro está, la mayor eficiencia que propician en la asignación de fondos financieros disponibles pues muchos de éstos no acaban de llegar a donde deberían por rentabilidad social porque no hay instrumentos derivados que puedan paliar el riesgo debido a que su construcción y valoración dependen de la facilidad de los contactos entre bancos.

Esta distinción me parece que debería ser previa al examen de esas otras sugerencias de reglas que pretenden separar entre banca al por menor de simples préstamos y banca al por mayor en la que las instituciones correspondientes toman posiciones propias aprovechando las oportunidades que ellas mismas generan. Esta mezcla está en el origen de la propagación de la crisis que es muy rápida debido a la forma de red que había llegado a ser muy tupida.

Si admitimos estos comentarios un tanto rápidos y deslavazados creo que es el momento de que todos avancemos un poco en nuestra cultura financiera y, de manera natural, vayamos sopesando la que consideramos es o puede ser la mezcla óptima entre la eficiencia del sistema económico que una buena canalización de los recursos financieros trae consigo y el mayor riesgo de la propagación de cualquier accidente. Así tendremos, para cuando se nos plantee la opción, una opinión como ciudadanos que podemos ejercer el voto a uno u otro partido suponiendo que nuestros gobernantes tengan ideas y además dispares sobre esta materia y las reflejen en sus programas.

Pero no solo eso sino que estas ideas deberán presidir también las decisiones de los inversores y sus asesores entre entrar o salirse de distintos bancos según se inclinen por uno u otro de los cuernos del dilema que se he tratado de plantear.

LXXIII: Flujo de herencias y el impuesto de sucesiones

Herencia

herencia

Durante los últimos años este blog se ha hecho eco repetidamente del problema de la desigualdad creciente (ver por ejemplo aquí entre otras muchas entradas) y muy a menudo se ha subrayado que la distribución no parece formar parte del cuerpo central de la teoría económica, sea micro o macro. Por otro lado hace unos pocos días contaba como compré en París el reciente libro (en francés) de Piketty «Capital in the XXIst century», un volumen de 1000 páginas llenas de información y de sugerencias aunque no hemos de esperar que la distribución en general o ela desigualdad en particular vayan a integrarse en el corpus principal de lo que se llama todavía la ciencia económica.

Esta posible o imposible integración puede ser interesante para los que nos hemos dedicado o seguimos haciéndolo por la unidad de la ciencia, pero es muy cierto que hay muchos problemas que no pueden esperar y que deben ser resueltos sin dilación si queremos alcanzar para nosotros y para nuestros descendientes una vida digna en una sociedad vivible en la que se pueda llevar una vida interesante que permita lo que en mi juventud se llamaba la realización personal. Como a mí no me cabe duda de que para muchos de nosotros la meritocracia es parte de esa sociedad potenciadora nos preocupa el impacto de la desigualdad en general y de la de la riqueza en particular sobre la igualdad de oportunidades y, en consecuencia, nos preguntamos por el impuesto de sucesiones sobre esas características de la sociedad que nos toca vivir.

En este punto me permito reseñar muy brevemente una elucubración que no consigo sacar de mi cabeza, sobre la que he intentado aburrir a algunos amigos durante años y sobre la que nunca he tratado de escribir nada simplemente porque no sabría cómo hacerlo. Se trata de imaginar un mundo social en el que el impuesto de sucesiones fuera del 100%. Esto querría decir que muchas de nuestras preocupaciones sobre el ahorro pasarían a ser ocupaciones sobre el consumo y más concretamente sobre el gasto dedicado a la educación de nuestros hijos. Tendríamos que tomar decisiones concretas sobre pensiones o sobre seguros de enfermedad pero, una vez estructurados nuestros planes, la preocupación mayor sería la de cómo poner a nuestra descendencia en un buen lugar de la línea de salida de forma que puedan alcanzar aquello que su esfuerzo les pueda proporcionar. Un ejercicio este en sociología-ficción que no consigue atraer el entusiasmo de ninguno de mis contertulios.

Es posible, sin embargo, que este fracaso pueda paliarse en parte prestando atención a las ideas y datos de Picketty tal como son usados en este artículo de Robin Harding en el FT del 8 de enero: «Inheritance should not be an alternative to hard work», título este que hay que entender en el contexto de las discusiones sobre imposición propias de la política macroeconómica del comienzo de la salida de la crisis. ¿Se deberían bajar o subir los impuestos? Tanto Picketty como Harding ofrecen interesantes argumentos para justificar su propuesta de subir, o al menos no bajar el impuesto de sucesiones si partimos de un cierto gusto, que muchos compartimos, por la igualdad de oportunidades. El articulista del FT subtitula, en efecto, su artículo de forma bien contundente: «In a world with more inherited riches, it makes no sense to cut estate taxes».

Una de las cosas que hay que entender es que la discusión sobre el asunto del impuesto de sucesiones no está solo propiciado por el problema distributivo asociado a la mayor concentración de riqueza en el 1% más rico y del que se habla sin cesar, sino más bien por una constelación de ideas y de datos que nos plantean la cuestión de la igualdad de oportunidades. A este respecto los datos nos dicen que, por ejemplo en Francia, durante el siglo XIX, un siglo de baja tasa de crecimiento, el flujo de sucesiones constituía entre el 20% y el 25% de la renta disponible. Hacia la mitad del siguiente siglo este flujo cayó al 5% posiblemente debido al mayor crecimiento propiciado no solo por la necesidad de invertir en nuevo capital que sustituyera al destruido, la destrucción de mucho capital físico susceptible de ser heredado, sino también por nuevas leyes favorables al factor trabajo y por una desconocida hasta entonces tasa de inflación que destruyó mucha riqueza financiera.

Parece pues que, en un momento dado, cuanto menor es la tasa de crecimiento mayor es el porcentaje de riqueza que se ha heredado de generaciones pasadas debido claro está, a que menor es el porcentaje de riqueza creada por los que en ese momento están trabajando. Impresión estadística ésta que se corrobora en estos últimos años de crisis de muy bajo crecimiento por el claro incremento del flujo de herencias que han alcanzado porcentajes de riqueza incluso superiores a los del siglo XIX. La razón es naturalmente que la tasa de ahorro ha aumentado y que una gran parte del ahorro proviene de los que han heredado. Harding lo sugiere diciendo que, por ejemplo, es mucho más fácil ahorrar si se ha heredado una vivienda y no es necesario alquilarla.

Notemos que el incremento de la tasa de ahorro debida a la baja tasa de crecimiento contribuye a su vez al mantenimiento de la desigualdad cuando no a su incremento, pero lo que interesa destacar ahora es que a la luz de estos datos e ideas se plantea un problema político entre los que repudian la redistribución vía impuestos y los que valoran la igualdad de oportunidades asociada a la igualdad. Los primeros tenderán a no propiciar medidas expansivas de política económica mientras que lo segundo estarán sumamente interesados en conseguir prioritariamente un incremento en la tasa de crecimiento.

De acuerdo con esta línea de razonamiento me parece claro que no podemos hablar de integración económica a cualquier nivel sin tener en cuenta la relación entre la tasa de ahorro, tasa de crecimiento e impuesto de sucesiones. Tenemos unos pocos meses para unas elecciones europeas en donde se van a enfrentar una vez más los partidos conservadores y los socialdemócratas. Una muestra de que esta idea de Europa no es un camelo sería el debate público y claro sobre este tema por muy exótico que parezca. En mi opinión, como en la de Piketty y Saez en un artículo reciente de Econometrica el impuesto de sucesiones no debería reducirse en estos momentos, sino posiblemente incrementarse justamente porque a medida que la tasa de crecimiento es menor tal como ha llegado a ser en Europa, el impuesto de sucesiones debería incrementarse a fin de no dañar la igualdad de oportunidades.

Semejante conclusión tiene un corolario frívolo: mi elucubración sobre un impuesto de sucesiones del 100% igual no era tan tonta para alguien que cree creer en la igualdad de oportunidades y siempre que se tome como una aproximación a un mundo en el que la vida no nos enfrente a unas desagradables desigualdades sino que nos permita tener fe en nuestra capacidad para competir por méritos.

Love letters y los Brueghel

loiuVolver a Bilbao desde París el día de Reyes no fue tarea fácil. El avión se retrasó en el Charles de Gaulle vaya usted a saber por qué. Pero eso no fue nada en comparación con el approach al aeropuerto de Loiu. El viento era del Sur y fuerte así que había que salir a mar abierto para girar y aterrizar desde el Noroeste. Además soplaba fuerte y el avión, relativamente pequeño, daba bandazos a medida que descendía por encima del Abra. Recordé un aterrizaje abortado en Eldorado, el aeropuerto de Bogotá, con Marisa, pero no dije nada para no ponerle todavía más nerviosa de lo que estaba con el rostro cubierto con el propio jersey y unas gafas de sol para no ver nada. No había taxis pues hasta entonces habían desviado los vuelos a aeropuertos menos expuestos y habían cancelado muchos otros en origen, así que el gremio no esperaba, parece ser, este aterrizaje valiente del piloto de Air France. Pero llegaron los taxis y suavemente dejamos todo en casa y nos deslizamos hasta el hotel Embarcadero para levantar el ánimo con una comida tardía y bastante vino.

expos-parisYa recuperada la salud mental creo que quiero incidir en lo que decía en el minipost anterior. Sí, París está decaído como esas mansiones llenas de dorados a los que no se les ha frotado desde hace mucho tiempo. Le falta brillantez, de acuerdo, pero París sigue siendo París e incluso de una manera más auténtica, menos turística. El día anterior a la partida fuimos por la mañana a la Pinacoteca de París, uno de esos museos o galerías bien céntricas, cerca de la Madelaine, que ofrecen exposiciones temporales llenas de encanto ante las cuales no se forman colas pues solo acuden franceses ya mayorcitos seguramente de París y como de paseo.

Exactamente como nosotros dos. De forma que varias veces dirigí distraídamente mis comentarios sobre «La dynastie Brueghel» a una señora rubia de la altura de Marisa que me miraba asustada al oírme y ante la que me deshacía en disculpas en cuanto me percataba de mi confusión. No podía callarme pues me encanta esa pintura flamenca en la que se encuadran todos los pintores de esta familia de Amberes que en relativamente pocos años deciden dejar de pintar Teología para pasar a representar la vida real de los campesinos del entorno; lo que no les impide pintar alegorías de los cuatro elementos (aire, agua, fuego y tierra), de los vicios, de los pecados capitales o de las bienaventuranzas. Me encanta esa proliferación de figuritas humanas en sus afanes cotidianos que de repente identifico con la vida rústica de la frontera del viejo oeste con sus manifestaciones de alegría comunal, de sexo, comida y bebida siempre centradas en monedas, extraño reflejo de la transacción que esas manifestaciones exigen. Lo que la vida ha sido para mi generación.

chez-andrezCon la alegría recuperada caminamos por el Faubourg Saint-Honoré y tomamos un taxi a la búsqueda de nuestra brasserie favorita, Chez André, que nos espera en la rue Marbeuf con su eficacia de siempre que en poco tiempo te permite comer (las obligadas ostras) y sobre todo beber como las figuritas brueghelianas, sin remilgos y a la espera de una buena siesta a cuyo despertar todavía tengo tiempo de echar un vistazo a ese número 3097 correspondiente a la segunda quincena de diciembre de la revista Problemes Economiques dedicado a algo que hace años me llevó mucho tiempo de reflexión y a lo que ahora me parece una premonición: Économie et Littérature.

Pero no tengo mucho tiempo para concentrarme pues hay que acudir, después de tomar un té desteinado al Teatro Antoine, de más de 100 años.

Problemes-economiquesVamos a la segunda representación de las cuatro que Anouk Aimé y Depardieu van a ofrecer de Love Letters, una ingeniosa y ya vieja pieza sobre la relación entre un hombre y una mujer a lo largo de toda una vida en la que se han querido, sabiéndolo, pero sin haber tenido más que algunos contactos esporádicos más allá de una relación epistolar llena de encanto, ironía y también desesperación en sus vidas separadas. Una vez más el público era de nuestra edad y, desde luego, no había ni un turista despistado por el título en inglés. Escuchar la voces de estos dos grandes actores con sus cadencias y resabios fue un placer más allá del reproche social a él y la posible diferencia de edad entre ambos. Los aplausos fueron atronadores.

Nos pareció una buena despedida de un París en el que ya no interesan tanto sus maravillas y los recuerdos de la revolución o del existencialismo sino un espejo en el que mirarnos los que todavía estamos a tiempo de ser testigos del cambio que, sin duda, nos viene encima. Hasta es posible que los parisinos lleguen a ser amables. Por si acaso y para dejar la puerta abierta a una nueva visita tampoco esta vez me he acercado a la Sainte Chapelle.

París

1er mai, place Victor-Basch, Paris, 1950Escribo por obligación, porque no quiero París alguno que me distraiga de mi blog; pero esta vez París me ha decepcionado. Mucho de todo, poco de calidad. No brilla y no consigue elevarte el espíritu a pesar de que desde que llegamos nosotros sale el sol entre las nubes. Las calles no están limpias y las huellas del botellón son más visibles que, por ejemplo, en Madrid. Lo más moderno en ópera es «Einstein on the beach» y en teatro no hay nada apetecible. Quedan las exposiciones de arte, pero las colas son enormemente largas. Los restaurantes son siempre buenos y muy caros. Lo mejor es pasear y reconocer los lugares como si acabáramos de volver de la guerra.