Rafa Lareina

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LXXI: El poder de las palabras

Rafael LareinaLas palabras importan e importan mucho. Siempre me ha llamado la atención la exigencia de que se diga «I love you» aunque quizá debiera ser obvio que ese es el caso. Y la declaración del cese definitivo de la violencia por parte de ETA ha revivido esa importancia referida a palabras como por ejemplo «terrorismo» en ámbitos relacionados con el País Vasco (¿Euskadi? ¿Euskal Herría?). Como otro ejemplo obvio pensemos en palabras o expresiones como «derecho a decidir», «independencia» o «federalismo» desde el fracaso del nuevo Estatut(¿o?) de Cataluña. Tanto éstas como aquellas se emplean con cuidado y se escuchan con enorme atención bajo el supuesto, que resulta cierto, de que su uso revelará el poder de las partes que hablan entre sí, tanto el que tienen como el que creen tener o como el que quieren que se crea que tienen. Un juego trivial y, sin embargo, parece ser que tan ineludible como el que se traen los amantes con el «I love you» en momentos difíciles de la relación.

Es justamente por este poder que tienen las palabras más allá de su simple significado que un diccionario les atribuye que el lenguaje debe ser examinado con todo el cuidado propio de un lingüista refinado, cosa que yo estoy muy lejos de ser. A pesar de ello me parece que cuanto más nos demos cuenta del inevitable poder de las palabras y de la infinidad de significados ocultos que aparecen en cualquier intercambio de palabras, antes podremos actuar de forma ejemplar sin argucias propias de una sociedad de astutos trileros intelectuales. Decir verdad es el reto.

Pienso en todo esto pues me ha venido a la cabeza una entrevista en TVE 24 horas de finales de noviembre en la que se me abrieron los ojos a la existencia de una verdadera posibilidad de que podamos llegar a una sociedad de personas fiables y no perdamos nuestras capacidades en el descubrimiento de posibles enemigos. Parece ser que yo soy el único que no sabe que TVE tiene como parte de sus estatutos dar voz en uno u otro sentido a todos los grupos parlamentarios y que este año solo le faltaba terminar de dar cobertura a Amaiur dentro del grupo mixto. En este contexto ocurre la entrevista a Rafael Larreina en el programa 24 horas que mencionaba y que se puede ver aquí. No es muy largo y recomiendo que se vea y se escuche como parte del ejercicio de entender el poder de las palabras a fin de ir perfilando cómo ese poder debe estar repartido en una sociedad que quiere seguir siendo considerada como tal y no un simple gallinero.

Lo que quiero destacar es la figura de Rafael Larreina al que conozco desde hace aproximadamente treinta años y que se muestra como una persona cuyo tono y selección de las palabras refleja tanto el intento leal de decir las cosas como él cree que son, más allá de intereses espurios, o de entender las de los otros sin trampas o destapando esas trampas cuando las hay, como la inflexibilidad en el rechazo de las posibles malas interpretaciones de esas palabras suyas.

Rafa, tal como le llamamos los amigos, es un ejemplo de esa [[parresía]] de la que he escrito muchas veces (como aquí y aquí) y de su poder. En el ejemplo que nos ocupa merece la pena hacer notar cómo a veces basta un hombre veraz y justo aunque esté solo para que las partes de un diálogo poco prometedor se den cuenta de que el poder entre ellos no está desequilibrado y que nadie puede forzar el poder implícito de las palabras, sino que todos pueden ya aceptar que una verdadera conversación puede por fin tener lugar sin que ningún «I love you» sea obligatorio. Un hombre solo puede convertir el diálogo en conversación.