LXXII: Ya toca

Euskalduna

euskaldunaMañana será otro año y hoy se acaba el que ha constituido la transición desde el décimo aniversario del inicio del blog hasta la nueva vida que, sin duda, será la última por mucho que dure- y espero que así ocurra pues tengo muchas cosas que hacer. Es decir que hoy es un día muy significado en el que, como cada año, he disfrutado no tanto del aperitivo – aunque los langostinos estaban muy buenos- como del cumplimiento de la tradición en la que ese aperitivo se plasma. Y esta noche volverán los petardos que tanto embelesaban a mis hijos hace ya bastantes años, además del momento de grabar a fuego esa única determinación que nunca me ha fallado.

Pero antes de hoy fue ayer y nos agenciamos dos entradas para el XIII concierto organizado por AMAK en el Palacio Euskalduna. No sabría cantar las glorias arquitectónicas de ese edificio laberíntico, pero ayer a las 8 de la tarde las luces de Bilbao lucían especialmente límpidas a través de los enormes ventanales debido quizá a la limpieza del aire que acarrea el viento sur. Recordé la vista de Manhattan desde Brooklyn o la de LA desde el observatorio Griffith. Los tres casos son de película, es decir, de algo cercano a la narración. Estaba pues ya preparado para olvidarme de mí mismo y flotar por la música de Verdi en ese Réquiem tantas veces oído y tan poco propio de las fechas en las que estamos. Pero ocurrió algo que disipó mi atención totalmente durante al menos la mitad de esa pieza que poco a poco va incrementando su peso.

El gran escenario del Euskalduna acogía no menos de cien artistas entre el Orfeón Donostiarra y la Orquesta Sinfónica de Bilbao (BOS). Los miembros del orfeón ocupaban las escaleras del fondo con tres filas de hombres y tres de mujeres, estas con uniforme de enfermeras de misiones de Africa impecablemente blanco. La orquesta se desplegaba como siempre, sin ninguna novedad pero con el hombre de los timbales un poco más elevado que el resto lo que le hacía lucir como mosca en leche con su frac negro destacando sobre la blancura de las donostiarras. Era muy difícil concentrarse en la solemnidad de la música mientras la mosca permaneciera allí inquieta dando lo que parecían o bien saltitos o bien besos a la tensa piel del parche de todos y cada uno de los timbales en un cheek to cheek extraño pues podrían haber sido o bien los gestos de un padre durmiendo a sus niños o bien el juego previo de una noche de amor si no hubieran venido acompañados por la elección cuidadosa de los palillos con cabecita de lana entre arrumaco y arrumaco.

Acabó esta pieza y a continuación se nos regaló un poquito de los Maestros Cantores de ese Wagner que como Verdi nació en el año 1813. Desapareció la BOS y el Orfeón creció hasta casi hacerme olvidar la mosca. Salí de mi somnolencia y pensé que pensar a la contra, romper las reglas y desconfiar de lo natural son características que no pueden faltar en este resto de vida que tengo que hacer valer ante mí mismo. Se acabó esa pereza que programa un réquiem para el cambio de año (una buena ruptura de las reglas) pero que luego nos regala un trocito de «zarzuelita» de Mascagni y una especie de villancico para que no olvidemos la falsa [[fraternidad]] universal consistente en no criticar el abriguito de fulanita hasta mañana.

Inesperadamente caí en la cuenta de que la mosca no había estado allí, nadie la había visto y solo yo descubrí que esa inquietud que mostraba era la condición previa de una vida interesante. Verdi no la tenía y Wagner sí. ¿La tengo yo? Eso es lo que tengo que descubrir si quiero ser algo más que un miembro cualquiera de una orquesta cualquiera. Hay conciertos compuestos para violín o para viola o piano, pero no hay nada que destaque la potencia artística de los timbales. Y sin embargo sin esos tambores tan poco expresivos no hay grupo humano, no hay ciudad que pueda significar algo. Cuidarlos como oro en paño es mi misión en esta recta final y si para ello tengo que acariciar su piel como de pergamino o besarla sin pudor lo haré. Mañana empiezo lo que hace ya siete años creí iba a ser la obra de mi vida y que constituiría la gran novela de Bilbao.

Portu, acero y poesía

PortugaleteMis andanzas me llevan a pasar a Portugalete en la margen izquierda vía ese trasbordador, mal llamado puente colgante, para no aburrirme de dar siempre el mismo paseo. Al llegar al otro lado opto a veces por caminar hacia Santurtzi y otras por hacerlo hacia Sestao hasta que me topo con la acerería compacta, monumento a la memoria de aquellos Altos Hornos que iluminaban la noches bilbaínas.

Se me agolpan los recuerdos de la vieja estación de tren o de la plaza del baile, pero camino ciego a todo lo que no sea la procesión de viejos jubilados que todavía murmuran de sus jefes mientras caminan a lo largo de las vías del metro. Así llegó a la compacta y me topo con este recuerdo triste a todos los represaliados hasta el año 1977. Se trata de una humilde placa con un precioso poema de Blas de Otero que cantamos o coreamos mil veces en aquellos años de plomo.

Me queda la palabra

portugalete

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Y mientras vuelvo hacia Portu me pregunto si realmente nos queda la palabra. No se contestarme o no quizá no quiero pues tengo miedo a hacerlo negativamente, pero no puedo impedir que Paco Ibañez resuene en mis oídos.

Escapada

El restaurante del PompidouNo soy muy aficionado a los museos, pero de vez en cuando, en un momento dado, disfruto mucho de ellos. Cuando llega ese momento no me conformo con uno y los voy enlazando tratando de encontrar un nexo de unión y encontrándolo, solo a veces en lo que veo, y muy a menudo meramente en mi cabeza, que siempre se las arregla para encontrar hilos con los que tejer algo. Eso me pasó en Madrid no hace mucho tiempo cuando de una tacada visité un par de exposiciones sobre el surrealismo (en sus orígenes, avant la lèttre o en su relación con los sueños) y otra sobre japonismos. No era muy difícil trazar unas líneas de relación entre Magritte y, sobre todo Delvaux, el diseño de telas sutiles y el noucentisme catalán. Pensemos en Fortuny y ya tenemos de donde tirar para desenredar el ovillo.

GravityEse hilo es desde luego la domesticidad propia de estas fechas, tan calentita, tan al socaire de sustos que no sean provocados por nosotros mismos. Una domesticidad que recuerda a la sensación que evoca el final de Gravity cuando la Bullock llega sana y salva de vuelta a la Tierra y nosotros los espectadores dejamos de verle flotar y sentimos su sufrimiento por tener que esforzarse por vencer la gravedad. Ese toque de leve sufrimiento, como el de sentir el agua un poco demasiado caliente, es lo que define la domesticidad de los Arts and Crafts de los que hablaba María hace días y de la que yo me hacía eco indirectamente en este post relacionado con otra visita a París hace un año.

Llevo unos días en mi ciudad y todavía no he visitado ninguno de los dos museos que frecuento. Guggenheim y Bellas Artes. Ya tengo bastante domesticidad. Pero dentro de unos días me pasearé bien acompañado por París y me parece que quiero visitar algunas exposiciones a ver si soy capaz de deshilachar lo conocido y sumergirme en lo incomprensible. Son solo unos días pero me tienen que servir para hacerme a la idea de que existen cosas, situaciones y sensibilidades que nada tienen que ver con el tedio de la repetición.

BraqueYa sé que quiero ver la exposición de Braque en el Grand Palais a ver si me entero del mérito del cubismo como victoria de la geometría sobre la vida sin forma y me hablan de que no me puedo perder la exposición de Phillip Parreno en el Palacio de Tokio. Siempre visitaré el centro Pompidou, entre otras cosas porque desde su restaurante, asequible a turistas como yo, la vista de París es preciosa y ya tengo ganas de ver una ciudad grande que se vea que es grande. Además siempre hay algo interesante que ver en esa joya de la arquitectura. Además visitaré como a ciegas esos pequeños museítos casi desconocidos en los que he visto a menudo verdaderas sorpresas.

Y si bien renuncio de antemano a restaurantes como L´Ambroisie, me gustaría confirmar que mi sentido del gusto no se ha desaparecido para siempre. Quizá la Tour D´argent y quizá, si me las arreglo para venderlo bien a mi compañera de viaje, el Jules Verne en la Torre Eifell. No he estado allí desde hace muchos años cuando asistí a un congreso en el que recibí, siendo muy joven, el reconocimiento de Milton Friedman. Bueno, quizá no debiera regodearme en este tipo de memoria. Me hace viejo.

Yeserías

carcel yeserias madridCon la humedad del mar la luz se convierte en una memoria nostálgica como me ocurrió en la última visita a LA. Pero con la sequedad de la meseta esa misma luz de transmuta en una fuente de futuros imaginados. Una combinación maldita cuando por fin entiendes que ya no eres un joven capaz de todo y por todo concernido y, sin embargo, no te dejan todavía pasar a la condición de anciano a ser cuidado y de todo desentendido.

En estas circunstancias y dada mi condición de infartado con su concomitante obligación de caminar 35 kms a la semana, no es de extrañar que combine la nostalgia con la exaltación. Esta última es la que preside el recorrido por el sur de Madrid que voy descubriendo semana a semana a pesar de haberlo atravesado durante años al ir y al volver a y desde Getafe en aquellos tiempos de la Carlos III. Un camino con múltiples variantes y combinaciones que voy describiendo como quien dibuja círculos imaginados, pero que, previo taxi, me permite cumplir con mi obligación sin jamás encontrar cuesta alguna que escalar.

Recuerdo vagamente que hace un par de meses tuve intención de comentar mi descubrimiento del Paseo de Las Delicias, la Avenida del Ferrocarril por la que diariamente conducía mi automóvil volviendo de Getafe, la Estación de Delicias que inevitablemente evoca en mí recuerdos infantiles de aquel juego de mesa que llamábamos el Palé y que ahora, si todavía existe en esta era digital, creo que llaman Monopoly o algo así y evocar, ante el Museo del Ferrocarril aquella conferencia que pronuncié por error y de la que cada vez que la recuerdo, me siento más orgulloso.

Pero ¡cuidado! que me deslizo sin querer hacia la nostalgia o, lo que no sé si es peor, hacia un regodeo enfermizo en el entregarme a la idea intelectualoide de la evolución de las ciudades, elucubrando sobre las huellas que en ellas se descubren, como las pastelerías de ese paseo cuyo nombre las evoca, y cuyos árboles, plantados por los franceses, sus moradores nunca derribaron en un ejemplo de sabiduría del afrancesamiento que también creo oler en los ciudadanos que hoy la habitan. Este Paseo que desemboca, así en forma de bóveda, en el Matadero y luego en el río recuperado hoy como una miniatura del Sena y que sirve como venganza de los madrileños arrumbados y apilados en el sur de su ciudad y que así se imaginan libres de las cadenas impuestas por los conquistadores de ese norte aparentemente cosmopolita.

Este último pensamiento me desliza de la nostalgia a la exaltación revolucionaria que se va acumulando en mi pecho a medida que en esta ocasión, la más reciente, varío un tanto el recorrido y la sangre me sube a la cabeza poco a poco, pero constantemente. Tomo por Guillermo Osma, calle que recibe su nombre, supongo, del noble, y me asombro del bloque de las casas, entre pobres y aristocráticas, que se enfrentan a la placita de Rutilio Gacis que, según leo, tiene sus peligros derivados de la pobreza pero que a mí me parece un perfecto lugar donde perderse, desaparecer. Bordeo luego lo que pienso debió ser la tapia del Matadero a lo largo del Paseo de la Chopera y continuo por el de Yeserías justo cuando el sol cae de plano sobre las casas de la acera norte de ese paseo con su mezcla de casas antiguas disfrazadas de toscanas y otras bien construidas en los noventa que dan sobre el parque que bordea el río. Aquí podría no pasar frío, disfrazarme de anciano y salir a sentarme en alguno de los bancos que bordean el jardín del río mientras me atonto al sol. Pienso que aquí, como en la calle del limón, también podría escribir esa novela que me angustia no empezar nunca, pero la melancolía cesa de golpe cuando caigo en que por aquí debía de estar la cárcel de mujeres, la cárcel de Yeserías, que tan astutamente nos mostró Almodovar y que necesariamente evoca en cualquiera ese amasijo de mujeres, seguramente algunas con sus hijos todavía diminutos, en el que deben mezclarse todas las maldades de carceleras y reclusas reforzándose unas a otras.

Recalentado debajo de mi abrigo me voy indignando poco a poco hasta que no puedo resistir esa cárcel aunque la hayan transformado hace años. Una cárcel es una cárcel y si encierra mujeres con niños es todavía una tortura mayor. Pienso que deberían establecer una en AZCA para que todos los bienpensantes del norte no olvidaran nunca que su entretenida libertad coexiste con dramas ocultos encerrados para no molestar, sin apelaciones, sin indultos. Se me enciende la sangre y pienso en que no hay mejor símbolo de la libertad que la apertura de las cárceles. Imagino a las presas saliendo en tropel y ocupando las casas del sur que acabo de admirar. Imagino a sus niños jugando en esos parques tan bonitos que pasarían de peligrosos a placenteros gracias al calorcito del mero sol. Recuerdo la revolución incruenta del 68 y me remonto a la prisión de prisiones, a aquella que encerraba la libertad ausente en el antiguo régimen. Ya tomamos Manhattan, ahora nos toca Berlín que diría Cohen. Y yo quiero estar presenta cuando ocurra.

Los transeúntes me miran con cara airada, asustada y asombrada. No me extraña porque me oigo elevar la voz con el grito revolucionario por excelencia que no es el reciente «¡a las barricadas!» sino «¡a la Bastille!». Y el grito se va transformando en «¡a Yeserías!» tan vacía como aquella. Qué más da que ya no exista. Sus muros de cristal siguen encerrando mujeres.

Conversemos sin enlaces

venusLos comentarios al último post («El poder de las palabras») han configurado lo que podríamos entender como el comienzo de una verdadera conversación en la que el poder no es asimétrico y en la que las palabras no se usan como armas. Dejando aparte la aclaración sobre Chutzpah (que, dicho sea de paso, tampoco está mal en ocasiones como estrategia para tratar de comenzar una conversación de verdad, cuando se tiene delante a alguien dispuesto a sopesar los distintos poderes y no a dejarlos de lado); merece la pena recordar la segunda parte de lo que dice Juanmi cuando pone en duda que la política pueda albergar la parresia:

Que no se me malinterprete como el típico comentario victimista y vengativo de la AVT y similares organizaciones pro-terrorismo de Estado. De hecho me parece injusta y desacertada la doctrina Parot (que actúa bajo otros intereses políticos), y, aún con todo, pienso que lo acertado es lo que hace este señor (entendiendo su posición): dar un discurso pacífico y sosegado para avanzar en el proceso de paz. Muy bien por su tono y discurso. Pero de ahí a que hable en [[parresía]] queda un trecho.

Posiblemente sea este un buen toque de atención sobre la prisa de la que igual adolece mi post en lo que se refiere a detectar la esperanza que la [[parresia]] me inocula. No, no creo que sea fácil alcanzar el estado de ánimo en el que uno puede «decir verdad». Ciertamente la política, en ningún aspecto y menos en el relativo a la pacificación en Euskadi, constituye hoy un campo plano en el que los dos equipos suben y bajan equitativamente los desniveles del discurso. Pero, la «cara amable de Amaiur», subió y bajó estos accidentes del terreno con elegancia. Tanto cuando afirmó ser solo una de las siete caras amables de Amaiur en el Congreso de los Diputados como cuando se niega suavemente a pronunciar «terrorismo» cuando se lo piden y lo sustituye, efectivamente, por «delitos de convicción política» añadiendo que eso es lo que son las acciones de ETA técnicamente hablando. No puedo validar esta afirmación aunque me parecería raro que dijera semejante expresión sin un fundamente que la apoye.

O sea, Juanmi, que igual hay trechos que recorrer antes de alcanzar ese estado de ánimo al que me refería más arriba como necesario para practicar la [[Parresía]], pero ese trecho tiene que ser recorrido por todo el mundo y la actitud de los periodistas en la entrevista a la que se referían los comentarios de Juanmi me hacen sentir que este recorrido no es imposible pues su actitud se fue atemperando a medida que Larreina no evitaba preguntas y aclaraba sus contestaciones.

Lo importante de esta lección es que una buena conversación es siempre posible, incluso sobre la posibilidad confederal sobre la que se pregunta Iker en su primer comentario. O eso creo a pesar del pesimismo de [[David]] ante la falta de honestidad intelectual:

el texto de la Constitución o la supuesta exclusión de la UE, son un no-debate, como ha contado [[Juan]] muchas veces.

Sí, lo he contado muchas veces, pero hoy no toca establecer enlaces pues estamos solamente ejercitando la voz en este inicio de invierno lleno de nieblas y de frío y para ese ejercicio nada como referirse a los «pequeños detalles» a los que se refiere [[David]]:

¿Por qué no se discute el eventual reparto de la deuda pública, la Seguridad Social etc.?

Y añade eso que hoy necesita más intento de parresia que ninguna otra cosa, la famosa pregunta de la consulta del 14 de noviembre del año entrante:

¿Qué sería un estado catalán no independiente? ¿Un ente confederado con la hacienda española a imagen de las diputaciones forales? ¿Sin cupo? ¿Con un cupo calculado de forma alternativa? ¿Compartiendo la Seguridad Social o fuera de ella? Hablar todas estas cosas conformaría un debate precioso, valiosísimo, que podría dar un modelo «exportable» para conformar una nueva Europa… pero los malos hábitos nacionalistas a ambos lados de la discusión (Rajoy y Más) no pueden sino esterilizar lo que ni siquiera ha llegado a ser una [[conversación]].

Ante estas preguntas serias y no meramente prácticas me parece muy adecuada la referencia de Iker al 500 aniversario del «Príncipe» de Maquiavelo y tratando de seguir sus consejos me atrevo a hacerme una pregunta adicional que podría, si hecha con corrección, eliminar el pesimismo que Iker deja traslucir cuando dice:

… yo percibo más cerrazón en el «centro». Otro debate confederal perdido, esa vieja libre asociación, en lo ético, en lo estético y desde luego en lo práctico en los asuntos que bien apuntas. Por eso, a raiz del artículo, pensé en la [[parresía]] que les falta a algunos (ni chutzpah ).

En efecto, no entiendo porqué que la soberanía resida en el pueblo español sea argumento suficiente para esgrimir la Constitución definiendo una consulta como incostitucional. Es de suponer que la consulta del 14 de noviembre no es el referendum de autodeterminación tan temido y tan denigrado sino solo una consulta, algo así como una encuesta muy amplia cuyo resultado debería hacer pensar al sujeto de soberanía si no merecería la pena cambiar la Constitución para permitir la existencia de referenda más específicos o para permitir que la voluntad de esa representación del pueblo soberano según la Constitución, el Congreso, fuera suficiente para permitir una mera consulta aun sabiendo que, salga lo que salga de esa macroencuesta, la independencia debería ser votada por todos los españoles.

No es esa una solución que a mí me guste, pues lo que me disgusta es justamente lo de la indivisibilidad de la soberanía que en los países confederales entiendo que no existe pues el poder va de abajo a arriba. Pero la pongo como ejemplo de la [[parresia]] que se podría practicar simplemente pidiendo y dando contestación a la pregunta que me formulo. Quizá los comentarios a esa pregunta en forma de comentarios a este post podrían configurar una verdadera conversación. Ojalá.

LXXI: El poder de las palabras

Rafa Lareina

Rafael LareinaLas palabras importan e importan mucho. Siempre me ha llamado la atención la exigencia de que se diga «I love you» aunque quizá debiera ser obvio que ese es el caso. Y la declaración del cese definitivo de la violencia por parte de ETA ha revivido esa importancia referida a palabras como por ejemplo «terrorismo» en ámbitos relacionados con el País Vasco (¿Euskadi? ¿Euskal Herría?). Como otro ejemplo obvio pensemos en palabras o expresiones como «derecho a decidir», «independencia» o «federalismo» desde el fracaso del nuevo Estatut(¿o?) de Cataluña. Tanto éstas como aquellas se emplean con cuidado y se escuchan con enorme atención bajo el supuesto, que resulta cierto, de que su uso revelará el poder de las partes que hablan entre sí, tanto el que tienen como el que creen tener o como el que quieren que se crea que tienen. Un juego trivial y, sin embargo, parece ser que tan ineludible como el que se traen los amantes con el «I love you» en momentos difíciles de la relación.

Es justamente por este poder que tienen las palabras más allá de su simple significado que un diccionario les atribuye que el lenguaje debe ser examinado con todo el cuidado propio de un lingüista refinado, cosa que yo estoy muy lejos de ser. A pesar de ello me parece que cuanto más nos demos cuenta del inevitable poder de las palabras y de la infinidad de significados ocultos que aparecen en cualquier intercambio de palabras, antes podremos actuar de forma ejemplar sin argucias propias de una sociedad de astutos trileros intelectuales. Decir verdad es el reto.

Pienso en todo esto pues me ha venido a la cabeza una entrevista en TVE 24 horas de finales de noviembre en la que se me abrieron los ojos a la existencia de una verdadera posibilidad de que podamos llegar a una sociedad de personas fiables y no perdamos nuestras capacidades en el descubrimiento de posibles enemigos. Parece ser que yo soy el único que no sabe que TVE tiene como parte de sus estatutos dar voz en uno u otro sentido a todos los grupos parlamentarios y que este año solo le faltaba terminar de dar cobertura a Amaiur dentro del grupo mixto. En este contexto ocurre la entrevista a Rafael Larreina en el programa 24 horas que mencionaba y que se puede ver aquí. No es muy largo y recomiendo que se vea y se escuche como parte del ejercicio de entender el poder de las palabras a fin de ir perfilando cómo ese poder debe estar repartido en una sociedad que quiere seguir siendo considerada como tal y no un simple gallinero.

Lo que quiero destacar es la figura de Rafael Larreina al que conozco desde hace aproximadamente treinta años y que se muestra como una persona cuyo tono y selección de las palabras refleja tanto el intento leal de decir las cosas como él cree que son, más allá de intereses espurios, o de entender las de los otros sin trampas o destapando esas trampas cuando las hay, como la inflexibilidad en el rechazo de las posibles malas interpretaciones de esas palabras suyas.

Rafa, tal como le llamamos los amigos, es un ejemplo de esa [[parresía]] de la que he escrito muchas veces (como aquí y aquí) y de su poder. En el ejemplo que nos ocupa merece la pena hacer notar cómo a veces basta un hombre veraz y justo aunque esté solo para que las partes de un diálogo poco prometedor se den cuenta de que el poder entre ellos no está desequilibrado y que nadie puede forzar el poder implícito de las palabras, sino que todos pueden ya aceptar que una verdadera conversación puede por fin tener lugar sin que ningún «I love you» sea obligatorio. Un hombre solo puede convertir el diálogo en conversación.

Bernhard y Ferreira

Economía y pseudocienciaRecientemente he leído dos libros que recomiendo y que, curiosamente, me han redordado el uno al otro. El primero es Tala, de Thomas Bernhard, un autor éste que me dejó pasmado hace ya muchos años y del que no había vuelto a leer nada hasta la lectura de este libro ya antiguo dentro de su bibliografía. Son unas doscientas páginas sin un punto y a parte llenas de improperios a sus viejos amigos, improperios que se corresponden con lo que el piensa un día triste sentado en un sillón de orejas esperando a que una cena tardía, a la que no debería haber acudido, comience de una vez. Se va desvelando así un pasado en el que se fue separando de los que ya no considera sus amigos sino unos pobres artistas de casino de provincias que se defienden como pueden de su fracaso vital y profesional. Como hace Sorrentino con los personajes de La Grande Bellezza los personajes de Bernhard son talados por el autor y única voz del relato de una manera brusca, como a hachazos. El autor del otro libro («Economía y pseudociencia,… crítica a las falacias económicas imperantes») es un relativamente jóven economista al que considero mi amigo desde hace ya bastantes años y que constituye una figura nada convencional en el mundo de los economistas profesionales. Se llama Jose Luis Ferreira y tala con una suave sierra que apenas hace ruido pero que derriba árboles con la misma eficacia que Bernhard. Ferreira no es la única voz de su relato sobre las falacias que abundan en lo que él querría que fuese la economía; se apoya donde y en quien puede y su manera de criticar el quehacer de la economía o , por lo menos, de algunos de sus practicantes es ácida pero nada ruidosa. Ambos autores es me antojan similares. Los dos hablan desde su sillón de orejas apartados del ruido ambiental, los dos rechazan con ardor la oficialidad en el arte o en el saber y están abiertos a la excentricidad y los dos se repiten retóricamente configurando un relato que, como el amoníaco, va quemando las certidumbres. Con humo o sin humo. Pero implacablemente.

La grande bellezza

La gran BellezaEl nihilismo, entre el costumbrismo imaginativo y el difícil trance de reconocimiento de la esterilidad estética, trufado por un guión lleno de frases citables más allá de las menciones de o a Celine, Proust o Flaubert quien, ahora me entero, quería, parece ser, escribir sobre la nada con el único sostén del estilo de la escritura, de su sintaxis y de su prosodia, sin historia o moraleja. Esto es en breve La Grande Bellezza, una película que me podría descolocar, pienso, porque hace ya unas semanas me escriben unos viejos y buenos amigos de LA preguntándome:

Has anyone told you that Toni Servillo in Sorrentino’s movie reminds them of you?

Ante esta pregunta intencionada no tenía más remedio que satisfacer mi ego e ir a verla en cuanto la estrenaran aquí. Así que el domingo, nada más volver de mi otro LA, no tuve más remedio que abalanzarme a la sala que me permitiera visualizarla en versión original. No había leído todavía esta buena reseña que recomiendo calurosamente, pero se trata de que mi ego la entienda a su manera a fin de contestar propiamente a mis amigos californianos. Iré por partes.

En cuanto al costumbrismo, esta película es a menudo citada como una puesta al día de «La Dolce Vita» felliniana. Pero en el año 2013, después del berlusconismo y sus bunga bunga o de la mella producida por la crisis, nada puede narrarse que no incluya la podredumbre que, por cierto, no se subraya demasiado, o la crítica al nuevo poder tonto y difuso frente a la desaparición del presunto poder de la clase empresarial o de una aristocracia venida a menos o la estupidez de la curia que solo sabe de gastronomía, sin mencionar a la mafia que parecería haber perdido su centralidad y sus aspiraciones hegemónicas una vez admitida socialmente como una humilde y poco ambiciosa suministradora de cocaína.

Como nexo de unión entre esta parte costumbrista que pretende hacer una radiografía de la Italia de hoy mismo y la parte más ambiciosa relativa a la estética y al sentido de la vida con un toque de nihilismo básico, yo propondría los pechos femeninos de ración como fetiche tanto en la pintura atesorada por los empobrecidos aristócratas como en las jóvenes que, desde la adolescencia a la madurez entre nihilista y cínica, parecen haber rodeado a Jep Garambella recién llegado a sus sesenta y cinco años. Y así paso a la otra parte de esta, para mí, película de ayer que huele a ayer.

Sí, quizá son esos pechos adolescentes los que mantienen de momento el relativo buen humor de este protagonista que no cree poder volver a escribir otra novela y derrocha su vida entre las crónicas periodísticas que una enana felliniana le encarga sobre una performer tonta, el Costa Concordia o «la santa», una monja viejísima, remedo cruel de la Madre Teresa, y el alcohol que suelta su lengua y le permite decir unas duras palabras contra las falaces soluciones gauche divine a la leve inquietud de una vida sin sentido.

Jep es sobre todo lúcido o eso cree él. Nosotros los espectadores creemos saber un poco más y le vemos llorar en el funeral del hijo raro de una amiga o ante la victoria de una enfermedad sin nombre que acaba con la vida de esa otra joven que es hija de un amigo empresario de la noche loca. A pesar de que llorar en los funerales está fuera de la norma social de un elegante noctámbulo, nuestro hombre ya no es lo que era y la muerte que se acerca le lleva no solo a derramar lágrimas (¿o son quizá fingidas?) sino también a deslizarse por el mundo sucio y pobre de una Roma finalmente decadente ahora sí, de verdad.

No me veo pues en ninguno de los papeles de este protagonista y mucho menos en sus dotes de sociabilidad noctámbula. Me reconozco un poco en el abandono culpable de las aspiraciones de juventud a base del witdrawal from toda la podredumbre ambiental. Pero sobre todo si en algo soy parecido a Jep es en la elegancia en la que me envuelve «el mejor sastre de Roma» (en mi caso un buen sastre español de apellido vasco) con su correcto corte y sus telas inglesas. Que me envolvía, debería haber dicho, pues desde que cumplí los 65 encuentro un placer morboso en no renovar nunca mi vestuario.

Como mi apariencia física cada vez es más parecida a la de un homeless, me siento muy libre, sin necesidad de alcohol, para cultivar un nihilismo que, cuando pretende renovarse, cae indefectiblemente en la crítica descarnada de todo un entorno tontamente decadente.

Paseo por la memoria

Vista del Abra desde el Molino de AixerotaSi lo que quieres es ir desde LA a Andramari en la muga entre Getxo y Berango toma el metro en Gobela hasta Bidezabal y, desde esa estación, camina por el Camino del Angel hasta la Venta y desde ahí continua hasta tu destino a no ser que quieras dar un pequeño rodeo y pasar por el Molino de Aixerota que es lo que hice yo.

¿Y por qué querría yo ir a Andramari? Pues en mi caso porque el sábado pasado leí en El Correo que había una especie de alarde del deporte rural vasco bajo el lema de vivir en euskera con financiación de la Diputación y en honor de un getxotarra que ha dedicado mucho esfuerzo a que no se pierdan las tradiciones simplemente porque… son nuestras. Llegué cuando terminaban los bertsolaris y comenzaba el arrastre de piedra para continuar luego, por lo que se veía allí abajo, en la cancha del frontón, con levantamiento de piedra y con corte de troncos.

¿Y porqué tomé el pequeño rodeo por el Molino? Porque recordaba la vista sobre el puerto y sobre el mar abierto más allá del contramuelle de Santurce. Me quedé pasmado al ver cómo ha cambiado el otro contramuelle, el que nace en la Playa de Ereaga y que ahora acoge a los cruceros que ahí atracan cargados de ingleses que vienen al Guggenheim y a comer y beber y cómo se va rellenado el puerto interior con distintas plataformas de descarga así como el exterior con muchas otras. Pero eso no es la causa de mi síndrome de Stendhal adaptado. El cielo era límpido, extrañamente brillante, tanto que recordaba al de Boulder, y el contraste con el verde de la tierra era como un recordatorio de los ucranianos no vendidos ni vencidos.

Como desde nuestra vivienda hasta la estación de Gobela vi casas maravillosas de hace cien años y en el de Bidezabal hasta el Molino viviendas recientes llenas de aparente buen vivir, me salió del alma decirme en alta voz que «esto es más bello que el Ocean Drive» que yo recorría al volante de mi mustang verde con una alpargata en el bolsillo del pecho de mi camisa veraniega. Y con esa mezcla de orgullo y de nostalgia por haberme perdido algo en los últimos años, comencé mi camino de vuelta hasta LA, un largo paseo por la memoria de antaño. Una memoria llena de detalles guardados a veces en la retina y casi todos desparecidos en la realidad, tal como pude constatar.

De Andramari a san Nicolás era casi todo como nuevo para mí y si lo recuerdo lo recuerdo mucho más desaliñado que las placitas y jardincitos que vi el sábado. La esquina de Oroldi me hizo pensar en qué grande era y qué adelantados de los tiempos nos creíamos y quizá éramos, al ponernos al frente de aquella librería que nunca olvidaré y que luego pasó a LA. Y un poco más adelante una de esas casitas algorteñas que todavía se conservan me recordó a Paco Sosa Wagner y aquellos viejos tiempos de Sarriko. El Heidelberg, con sus maravillosas hamburguesas emigró, como Oroldi; a LA desde su sitio de siempre enfrente del desaparecido Hotel Eguía, el horfanato no ha dejado ni una huella tapado como está desde hace años por una gasolinera en la que nunca reposto pues me traería recuerdos muy tristes. Y desde ahí, Basagoiti abajo es ya como el pasillo de mi casa.

Allí están dos casitas en las que veraneé solo a medias, pues la mayoría del verano estaba por ahí fuera aprendiendo idiomas, y ambas muy cerca de la casa Uriarte a la que me temo le han dejado casi sin vistas sobre el parque María Cristina a donde hoy llega el funicular desde Ereaga y sigue defendido por lo que siempre he creído que son dos faraonas egipcias, no lejos de la librería Zárraga en la que he comprado muchos libros en la infancia pero nunca material de oficina pues mis veranos siempre fueron libres con todas las asignaturas aprobadas en junio.

Y desde ahí hasta Txomintxu, punto de encuentro en tiempos sin móviles y donde murió Avelino, me paseo debajo de una bóveda de planos unidos por sus ramas y ahora sin hojas. En la adolescencia volver a casa por la noche era un infierno pues tenías que escuchar los comentarios de las chicas que protegidas en su grupo deslizaban comentarios azarantes. Hoy recuerdo todas las casas, recuerdo a dónde llevaban las calles de bajada hacia la playa y recuerdo sobre todo la siniestra iglesia de San Ignacio (¡qué mañana esta, va de Iglesias!) en la que un día me negaron la comunión por no llevar calcetines. Podría citar los nombres de casi todos los moradores de esta avenida de hace sesenta años.

A partir de Txomintxu llego a la avanzada que llamábamos «lavanzada», una zona ajardinada en la jugábamos al futbol y desde la que se vuelve a divisar el Abra que sigue esplendorosa alla abajo donde en aquellas épocas estaba el bar Juanito otro punto focal para jóvenes en edad ya de ligar. Recorro el muelle con rapidez, que llego tarde a comer, y pienso, esta vez para mis adentros, que igual habría que morir aquí cerca del cementerio de Berango. Me consuelo pensando que dentro de pocos días volveré por estos parajes.

Lo último de Woody

blue-jasminUnos me habían dicho que Blue Jazmine estaba muy bien y otros, los más, que era un bodrio. Ayer viernes después de un viaje endiablado de Madrid a Bilbao, y arrebatados por el aburrimiento de una carretera con tráfico y niebla, nos lanzamos a los multicines del puerto de Getxo a ver esa película doblada. Creo que el doblaje, por el mero hecho de serlo y no porque sea peor que en otras películas, acaba arruinando una película de por sí fallida. Ninguno de los habituales comentarios cínicos o fingidamente tales, resiste una traducción simple.

Visionar a Woody Allen en español es como escuchar El Anillo de Wagner entonado en una harmónica. Y, quizá más grave, es que ya no es que haya abandonado New york por París, Barcelona o Roma, ciudades con las que parece tener alguna sintonía, sino que se ha pasado a la costa oeste, a San Francisco, un poco al norte de esa otra ciudad (LA) de la que Woody pensaba que su única aportación a la cultura era la de permitir girar a la derecha con el semáforo en rojo.

La factura es correcta, el montaje brillante, la fotografía de Aguirresarobe totalmente límpida y las necesidades psicoanalíticas de la protagonista tan presentes como siempre. Pero la causa de su desarreglo no es, como solía ser el caso, la ligereza del amor (su única garantía de permanencia) sino la espantosa corrupción de los negocios que poco a poco se va descubriendo como una causa más de la crisis, una corrupción que, solo si se descubre impúdicamente, nos llevará a cambiar de vida hacia una nueva más interesante y, según Allen, mucho menos bella.

Lo más grave para los admiradores de WA, como yo lo he sido desde su comienzo, es que no ha sido capaz de sentir amor por San Francisco, un lugar en el que uno puede vivir tan genuinamente como en Bilbao quizá porque posee una euskaletxea maravillosa y porque hay unos maravillosos restaurantes vascos no lejos de la mítica City Lights, durante cierto tiempo el centro del porvenir.