Muñoz Molina y el oficio

muñozmolinaAntonio Muñoz Molina me parece un prosista notable. Le descubrí hace muchos años en una librería de Bilbao en cuyo escaparate pasaba desapercibido El Invierno en Lisboa. Algo me llamó la atención sobre ese libro, lo compré y lo devoré. Luego me he ido haciendo con casi todas sus publicaciones de ficción y le leo en la prensa sin disculpa alguna. No me gustó en su día un libro de juventud, posterior al Invierno, y en el que se empeña en malentender el entorno de sus experiencias de mili en San Sebastián. Me pareció tontamente ingenuo su descubrimiento de Nueva York y sus sesgos políticos no me suscitan entusiasmos, pero su escritura es inteligente,primorosa y recia a la vez, una mezcla difícil de encontrar. Por eso me alegró que le dieran el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 y me he leído con cuidado su discurso del que no tengo más remedio que destacar el siguiente párrafo que, por cierto, es el que escuché en directo sin prestarle demasiada atención. Es el siguiente en el que he subrayado aquello que más me interesa:

El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento

El oficio tiene una arqueología rara tal como ha mostrado Giorgio Agambem y merecería la pena hurgar seriamente en lo que oculta ese término tan ambiguo. De momento a mi me parece que mirarse en el oficio de uno es primordial para ser un ser humano auténtico porque es ese oficio lo que limpia el ser de adherencias espúreas a cambio de quedarse con las propias. Por otro lado el oficio es lo único que nos queda para sobrevivir con un poco de dignidad en un mundo donde lo que importa es a quién conoces y no lo que dices y es también sin duda el último recurso para resistir las miradas de condescendencia en cuanto abres la boca para decir ingenuamente lo que piensas.

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Post complementario: Cantares

Marcas en la arenaNo se cómo hace 17 años no me dí cuenta, al escribir el original el último post, de que no hacía sino repetir desde la forma de ensayete lo que, como poema, ya había cantado Antonio Machado y luego popularizado el Nano, uno de los cantautores preferidos de mi generación que añadió alguna estrofa que no incluyo en esta recreación parcial de Cantares

Cantares

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse…

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

O sea que, como decía D.de U., solo nos queda flotar, pero esto, lejos de ser una constatación perturbadora es un explosión de esperanza. Esperanza de llegar a realizar y plasmar la mejor y más elegante figura de surf imaginable.

Soros, my brother

george-sorosEl post que sigue fue publicado pronto hará 17 años en El País como una columna de opinión. No sé cómo ni porqué he vuelto a topar con aquella columna del 21 de marzo del 1996 y he creído darme cuenta de dos cosas que explicarían su reproducción aquí. La primera es que desde entonces no creo que he aprendido nada nuevo aunque, eso sí, he seguido por alguna de las veredas intelectuales que entonces se me abrían: traurig aber war!.La segunda es que, para mi sorpresa, en el texto que adjunto se encuentran algunas ideas que pueden ayudar a sobrellevar el mal que aqueja a algunos jóvenes amigos que comienzan a estar un poco hartos del mundo intelectual y moral que les rodea. Su vetustez explica la falta de enlaces

Soros, my brother

La envidia por su éxito financiero, la falta del arrepentimiento explícito que hubiera podido trocar la envidia en perdón, su descaro displicente en otros campos (mostrado, por ejemplo, en sus ideas sobre la UME expresadas en Davos hace pocas semanas) y, sobre todo, su osadía en irrumpir en coto ajeno (hablando, por ejemplo, de teoría económica o de metodología científica o de teoría política e incluso bordeando la filosofía) garantizan a Soros el desprecio de los economistas serios, la displicencia de sus colegas financieros, el silencio de los intelectuales y el embarazo añadido de los popperianos, que no saben muy bien qué hubiera pensado o dicho el maestro ante un discípulo tan atípico como Soros. Y, sin embargo, en su ensayo en el Atlantic Monthly, yo no he querido ver ni la rusticidad académica que, al menos en teoría económica, es palmaria ni la obvia contradicción entre su contenido y la experiencia financiera de su autor, sino el encontronazo con un hermano, con alguien con quien se comparte la entrega mutua del poder de conversión. Sus palabras no son vanas y reclaman tanto mi atención como mi disposición a contestar con palabra llena y pesada.

No es fácil conversar así, y por ello he de ir con tiento. Aunque nadie lo discute es conveniente empezar por recordar que el sistema de mercado es un fenómeno cultural que no puede sostenerse sin el apoyo de algunos valores (como el respeto a lo ajeno) o de algunas instituciones (como la propiedad privada o los tribunales de justicia) que no surgen necesariamente en todas las culturas. Habría que continuar recordando que la sociedad abierta no sólo ha generado los valores y las instituciones que permiten el funcionamiento del sistema de mercado, sino que también ha procurado otros valores y otras instituciones que regulan y facilitan la convivencia en áreas ajenas al mercado. Los ejemplos podrían multiplicarse, desde las formas de cortesía hasta los ritos funerarios, pero no es necesario hacerlo para apercibirse de que son tan importantes que ni las mismas sociedades autoritarias han podido eliminarlos del todo. Soros es consciente de esto cuando dice que en otras épocas “la gente estaba guiada por un conjunto de principios morales que se expresaban en el comportamiento fuera del ámbito del mecanismo de mercado”. Parecería., pues, que el mercado no agota el contenido de la sociedad abierta.

Pero es ahora cuando emerge la amenaza capitalista consistente en el enervamiento de esos valores propios de la sociedad abierta, pero que no tienen que ver con el mercado y su sustitución por los valores del mercado. “Profundamente arraigados en la tradición, la religión y la cultura, estos principios no eran necesariamente racionales en el sentido de representar elecciones consistentes entre alternativas disponibles. Incluso a menudo no podían mantenerse cuando estas alternativas aparecían. Los valores del mercado han servido para minar los valores tradicionales”. Que la irracionalidad esté amenazada por la racionalidad es una afirmación poco propia en un popperiano; pero lo que me interesa destacar ahora es que, en esta idea, le seguirán todos aquellos -muy numerosos, por cierto- que, sin entender ni una jota del programa de trabajo de los economistas, acusan a la economía de ser la nueva teología.

Más adelante trataré de convencer a mi hermano y a quienes le jalearán de que esta amenaza capitalista a la sociedad abierta ni es inminente ni tan siquiera peligrosa; pero de momento quisiera seguir la lógica interna de su trabajo. Supongamos, pues, que el mercado ha llegado a ocupar el contenido entero de la sociedad abierta y pensemos en el límite. Como nada hay ajeno a la sociedad abierta y como, en el límite, ésta ha sido invadida por el mercado, nos encontramos con que todo es mercado, o todo es sociedad abierta, no hay nada exterior a ambos. El epistemólogo irredento que Soros deja traslucir surge aquí y se pregunta: ¿cómo explicar el mercado -o la sociedad abierta-?, ¿en qué se sostiene la sociedad abierta -? el mercado-? La falta de exterioridad prohíbe cualquier explicación de las que generalmente utilizamos: ¿cómo explicar el todo? Más específicamente: ¿cómo puede seguir siendo abierta una sociedad en la que no se pone en duda que se puede poner todo en duda?, ¿cómo compatibilizar este principio de poder dudar de todo con la imposibilidad lógica de dudar del todo? El triunfo definitivo y total de la sociedad abierta y del mercado haría de ambos algo incomprensible.

Pero el problema no es sólo epistemológico. En efecto, en el límite ya no hay sociedad propiamente dicha, ya que las sociedades derivan su cohesión de valores compartidos. Estos valores están enraizados en la cultura, la religión, la historia y la tradición. Cuando una sociedad no tiene fronteras, ¿dónde se podrán encontrar valores compartidos?”. Esta ausencia pone de manifiesto una vez más, ahora desde el punto de vista axiológico, lo incómoda que es la noción de la sociedad abierta cuando se convierte en universal. Notemos de paso que la última pregunta retórica pone de manifiesto que, para alguien como mi hermano Soros, los valores y las instituciones son siempre locales. Es curioso que no haya hecho uso de semejante convicción implícita.

El ensayo acaba preguntándose, como ocurre con toda muestra de pensamiento genuino, qué hacer. Puesto que ya no hay sociedades opresivas, parecería que ya no tiene mucho sentido predicar la sociedad abierta a través de una red de fundaciones. En efecto, “derivar una agenda (de actuación) política y social a partir de argumentos filosóficos y epistemológicos parecería una tarea sin futuro”. Pero el Soros activista, el que quiere modelar el mundo, no se rinde tan fácilmente y termina con una apelación al trabajo: “Los tiempos están maduros para el desarrollo de un marco conceptual basado en nuestra falibilidad. Donde la razón ha fracasado, la falibilidad quizá pueda todavía tener éxito”.
Esta reflexión en el límite por parte de un hermano te deja sin. aliento, pues no llama a cualquier respuesta, sino a un uso comprometido de la palabra, a una indagación intelectual a la altura de quien se pone en juego sin protecciones falsas. ¿Cómo dar con un pensamiento veraz y consolador?

Comenzaré por admitir transitoriamente el pensamiento en el límite. Creo sinceramente que antes de apelar a la falibilidad la razón tiene todavía un par de cosas que decir. La primera es que explicar el todo puede ser hecho de manera tradicional imaginando o postulando la existencia de otros todos. Esto parece una estupidez, pero es algo que, creo entender, han empezado a barajar los físicos que buscan una teoría del todo: hay otros mundos posibles y su posibilidad explicaría la realidad de nuestro mundo. La segunda es que hay explicaciones menos tradicionales del todo que también parecen racionales. Una, por ejemplo, sería argüir que un mundo sin exterioridad se sostiene por el desarrollo de instituciones (y valores) locales. Donde no hay caparazón se desarrolla una osamenta y nada prohíbe que haya valores e instituciones locales diferentes unas de otras y todas ellas compatibles con la sociedad abierta. Pero todavía se puede ser más consolador si renunciamos a elucubrar con lo que pasa en el límite. Pensar en el límite sólo tiene, gracia cuando el límite es un espejo -todo lo distorsionador que se quiera- de lo que nos pasa hoy y aquí. Para que esto sea cierto, sin embargo, deberíamos estar seguros de que avanzamos, y continuamente, hacia el limite. Y yo creo que no lo estamos.

En primer lugar, me gustaría reaccionar contra la idea de que la lógica del mercado está invadiendo la sociedad abierta. Aquí soy beligerante en contra de la indignidad de motejar a la economía neoliberal (léase defensora del sistema de mercado) como una nueva teología. De hecho se parece a la antigua teología en que ni una ni otra consiguen imponer lo que predican. En el caso de la economía hay montones de ejemplos de que la tradición dificulta la implantación de mercados. Como muestra baste el botón de la imposibilidad de establecer aquellos mercados de derechos a solucionar que podrían contribuir a solucionar el problema medioambiental. No creo, pues, que el peligro del mercado, tal como antes avanzaba, sea inminente. Es más, me gustaría ir más allá y afirmar que no me parece que el avance del mercado sea peligroso. Frente al peligro remoto de llegar a comerciar con mercancías sagradas están los beneficios inmediatos y tangibles de desacralizar algunas instituciones. Sustituir el respeto ancestral de la esposa al esposo por el respeto mutuo puede entenderse como la sustitución del valor sagrado de la familia (que necesita una sola cabeza) por un valor mercantil propio de un contrato. Yo creo, con la veracidad que exige esta conversación con my brother Soros, que los hijos de familias contractuales salen más libres y menos traumatizados que los de las familias tradicionales.

En segundo lugar, la continuidad no está nada clara. No veo que nos vayamos acercando a un mundo como el que parece intranquilizar a mi hermano y en el que el exceso de transparencia parece cegar la comprensión, la inteligibilidad, además de acabar con los valores sociales cayendo en un atomismo solipsista. De detectar algún avance continuo, más bien vería yo un acercarse hacia un mundo en donde el respeto mutuo garantice el pluralismo cultural y las diferencias locales. Quizá un mundo así contrasta con nuestras ideas tradicionales de la verdad y con nuestras teorías sobre la acción correcta; pero a mí me resulta muy simpático y sumamente adecuado para que el actuar recupere todo su significado. Me gustaría acabar examinando en el límite el funcionamiento de este mundo.

Me resulta simpático un mundo donde hoy puedo ser politólogo y mañana literato; hoy financiero y mañana filósofo; hoy pobre y mañana rico; un poco como mi hermano Soros. Un mundo donde las modas cambian y donde no me siento mal si hoy Buda me consuela más que Cristo y mañana, quizá, pasa al contrario. Éste es un mundo que, al poder ser cambiado, da pie, deja espacio a la acción henchida de sentido. Actúo porque, como el ‘ escapado del pelotón ciclista, voy a llevarme a otros detrás y ello va a dibujar nuevas y adorables formas multicolores.

La teoría de la acción que puede dirigir mis actos ya no es la tradicional basada en el plano inclinado como metáfora central de la mecánica clásica de la causa y el efecto, sino que corresponde a la comprensión de la interacción social entre agentes racionales, pero miopes e inerciales, que configuran pautas sociales cambiantes. Su metáfora es más bien la de la dinámica de fluidos o la del paracaidista en caída libre: la gravedad está muy lejos de ser su destino y no hay cabo que le ligue al pasado, sólo hay la posibilidad de desplazarse a velocidades de vértigo en cualquier dirección con el mero movimiento de un dedo. Enseñar a cómo mover los dedos e iniciar la formación de convenciones sociales que organicen el tráfico de paracaidistas en caída libre es la tarea de quien hoy quiere, como ayer quiso my brother Soros, contribuir a dar forma a ese mundo en el que, efectivamente, no hay ancla que nos permita permanecer quietos mientras todo fluye.

Para terminar, me gustaría decir que creo sinceramente que la descripción que he realizado del trabajo de Soros no violenta la explicación que él mismo ofrece a Vargas Llosa (EL PAÍS, 26 de enero y 5 de febrero), sino que la refuerza, es congruente con las ideas geopolíticas que tanto parecen interesarle (¿cómo arreglárselas sin tener enemigos?), y permite dar cuenta de la referencia a Hegel con la que abre su ensayo: “En la filosofia de la historia, Hegel identificó una pauta histórica turbadora: la ruptura y la caída de las civilizaciones debido a una intensificación mórbida de sus propios principios básicos”. Creo, pues, haber contribuido a que sus ideas sean tomadas en serio y espero que mis acotaciones sirvan para contemplarlas desde una perspectiva menos apocalíptica.

Father, I miss you

koEl otoño, me apercibo por fin, es tiempo de funerales, un tiempo para apercibirse del llanto de los árboles. Funerales de todo tipo, laicos o religiosos, convencionales o llenos de intención, con unas u otras lecturas, con oficiantes excluyentes o integradores según te impongan su regla o te hagan meditar. Sobre todo se diferencian en la parroquia que atiende a la llamada de la familia convocante y eso depende del barrio en donde se celebren las honras fúnebres. De los últimos a los que he asistido me quedo con el religioso de un barrio periférico, con una parroquia asistente muy variada venida de puntos muy lejanos entre sí y con lecturas más de boda que de funeral, como es el caso de ese trocito de Pablo (en 1 Corintios 13:1-8)

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía y entendiese todos los misterios y toda ciencia y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres y si entregase mi cuerpo para ser quemado y no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es sufrido, es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser, pero las profecías se acabarán y cesarán las lenguas y la ciencia se acabará.

Y en el silencio solicitado por el oficiante pienso que a mí se me ha acabado mi capacidad de inventar mitos, ya apenas entiendo lo que mi lengua dice y la ciencia se me hace irrelevante. Me hago viejo y me pregunto si el amor continúa. Con los ojos cerrados y en un profundo silencio la dirección del pensamiento cambia como una brújula mareada y no pienso en mi capacidad de amar sino en mi torpeza en detectar el amor de los que me quieren. Y mientras el cura continúa hablando de Dios Padre se me representa la figura de mi padre biológico, se me empañan los ojos y musito solo para mí: Father, I miss you.

LXVI: Exit,Voice (and Loyalty)

Sai: Hikaru no go

Sai: Hikaru no goNo es la primera vez que utilizo el título de ese gran libro de Albert O. Hirschman ese gran pensador que militaba en las filas de los economistas como por casualidad. Como dice Gladwell era economista (con gran conocimiento del desarrollo económico) pero tenía un espíritu literario. Este título lo utilicé al menos aquí hablando de empresas y del activismo empresarial pero, mucho más en general, la distinción entre Exit y Voice, con la posible mediación de la Loyalty, es una gran distinción que ilumina la reacción ante situaciones límite que se plantean en el devenir de muchas instituciones u organizaciones a las que pertenecemos.

Su relectura me retrotrae una vez más a la época de mi formación, una época en la que la ciencia en general, y la economía en particular no habían alcanzado la dimensión, en términos de practicantes, de publicaciones y de influencia, que ha llegado a tener. En aquel ambiente más familiar y distendido el desprestigio intelectual del libro, frente al prestigio del artículo académico, no había alcanzado la escandalosa brecha actual y todavía era posible topar con una idea fructífera no necesariamente en un área concreta de la Teoría o la Política económicas, sino en el mundo de la reflexión general conectada con el desarrollo de tu vida misma. Mientras estudiabas podías plantearte si permanecías leal a ese mundo que comenzabas a descubrir o te largabas a otro después de dar un portazo.

Algo parecido se empieza a plantear a raíz de la gran recesión que con origen en el 2007 se plantea desde el año siguiente y se va complicando por meandros inesperados hasta hoy mismo cuando el liderazgo de los Estados Unidos de América se ha visto puesto en duda en la crisis de Siria y su papel como soporte de un mundo económico globalizado e impredecible sigue en entredicho a pesar de la temporal y solo aparente victoria demócrata en el asunto del techo de deuda pública. Y se plantea con mayor crudeza en este país que pierde pie y a una edad en la que uno no tiene las cervicales como para huir muy lejos ni puede alzar mucho la voz por falta de fuelle.

Hay situaciones o tendencias en las que uno no sufre por la tensión entre Voice y Exit. Pongamos que hablo de la hiperinflación deportiva que nos golpea desde la intensa información sobre las vértebras de un jugador de fútbol o el dopaje de atletas o el calendario de la liga de balompié. Basta con cambiar de canal o de periódico o no leer la sección correspondiente o con escribir un post cruel sobre el endeudamiento de los grandes clubs de futbol o sobre cómo uno volvería la infancia compitiendo por el placer de ganar en buena lid. Y uno siempre puede vivir como si la gastronomía o el diseño no existieran.

Mucho más irritante es, al menos para mí la cuestión de la ciencia, nuestro dios único hasta ayer y hoy puesta en entredicho, por ejemplo, en la portada del The Economist fechado hoy 19 de octubre: How science goes wrong, así como en sus páginas interiores. Aquí y en mi situación no es cuestión de apearse pues ya lo hice hace años, pero queda la cuestión de levantar la voz para atacar las prácticas que, en mi opinión, están convirtiendo a la ciencia en una forma más de banalidad alejada de la búsqueda sistemática de la verdad. Ya lo hago a veces (como aquí) pero la lealtad me tapa la boca porque, a fin de cuentas ¿qué otra cosa mejor que la ciencia tenemos a mano?

Pero ni este último argumento ni lealtad alguna me sirven para paliar la irritación que la corrupción del entorno, por causas y mecanismos, tantas veces subrayadas y descritos, me produce diariamente. España se me antoja un país en el que una nueva clase dominante amamantada a los pechos de burbujas de las dos últimas décadas y formada por una mezcla infame de arribistas de diversa calaña que transitan displicentemente por la revolving door y no dan cuentas a nadie, por lo que se sienten completamente impunes, se hace con enormes rentas de «situación» al amparo de instituciones «extractivas» que cada vez alienan más a la cada vez menos poblada clase media.

Quiero irme y chillar al cielo con toda la poca potencia de mi voz. Irme es fácil, pero no es fácil decidirse por un destino en el que la humedad no me produzca dolores reumáticos, en el que la cultura florezca genuina y uno pueda leer periódicos no controlados por esa clase dominante. No, no es fácil, pero ese lugar podría encontrarse e incluso con un coste de vida inferior al de Madrid. Mucho más difícil es clamar al cielo de manera efectiva, que vaya a alguna parte. ¿Basta este blog? Pues yo creo que no; pero no se me ocurre qué otro megáfono puedo utilizar. Quizá no haga falta gritar y baste con no cejar o con añadir a la escritura una actividad un poco grupal como por ejemplo recoger comida desperdiciada.

La leccion de Avelino

obama-ice-creamNo recuerdo, de momento, su nombre, pero sí su cara y los maravillosos helados que desde el carrito de Aberasturi nos ponía con aquellos kukurutxus que casi eran mejores que el propio helado que, en mi caso, siempre era un sorbete de limón.Jamás he vuelto a disfrutar tanto de cualquier otro tipo de capricho, ni siquiera de los más refinados que te acosan en la edad adulta. Pero todo cambió un día de agosto de hace mil años en el que por la tarde y desde el balcón de nuestra casa de verano detrás de la parroquia se San Ignacio, observaba yo asustado cómo de hundían los botes pesqueros de txipirones que, dentro del Abra, intentaban volver a un pequeño puerto deportivo en LA. La galerna pasó, pero mi infancia se acabó cuando a la mañana siguiente me enteré que la tarde anterior el heladero había intentado guarecerse bajo un gran árbol de Txomintxu y murió totalmente achicharrado por un rayo. Aprendí que ante las galernas o tormentas de cualquier tipo no hay que tratar de protegerse sino más bien plantarles cara. Si los pequeños pesqueros deportivos hubieran salido del abrigo del Abra seguramente hubieran acabado mejor parados frente a una mar más franca y menos enrevesada que la remansada en esa enorme piscina que es el Abra.

Esta es la lección de Avelino pues ese era, creo recordar ahora, el nombre del heladero. Una lección que nunca me ha fallado en todas las tormentas que a uno le caen encima a lo largo de una vida. Si el tsunami te coge haciendo submarinismo lo mejor que puedes hacer es permanecer en el fondo del mar mientras te dure el aire de las bombonas contrariamente a lo que sería la reacción intuitiva de emerger y nadar hasta esa deseada tierra firme que ya ha sido devastada por vientos huracanados. Creo que esa lección del heladero sirve incluso para esos terremotos que nos describe con fruición la televisión mientras un reportero heroico filma la huida desesperada de las gentes que, seguramente se acercan hacia el epicentro a toda velocidad mientras creen huir de él.

Todo esto volvió a mi cabeza hace unas semanas cuando un amigo y avezado navegante nos explicaba, hablando de sus aventuras de este verano pasado, cómo cuando en sus singladuras familiares se encontraba en medio de una tormenta no intentaba volver a puerto entre otras cosas porque los puertos se cierran en esas condiciones para evitar precisamente las extrañas corrientes que se forman y que pueden acabar en colisiones de las embarcaciones que alocadamente buscan refugio.

Pues bien, entre Avelino (RIP) y este amigo me han llevado a la conclusión de que si la supensión de pagos de los EE.UU. de América llega dentro de unas horas por falta de acuerdo entre republicanos y demócratas sobre el techo de deuda y/o las partidas cruciales del presupuesto federal para el año que viene, no trataré de colocar mis activos en otros más seguros denominados en monedas menos frágiles o en activos menos etéreos comprando bienes raices o materias primas o minerales convencionalmente seguros. Ni el trabajo conjunto de los tres ultimos premios Nobel, tal como lo explica expléndidamente Tano Santos, podría hoy predecir los nuevos precios relativos de los activos de uno u otro tipo después de una eventualidad (risk event) como la que posibilitaría la suspensión de pagos del Tesoro americano. De hecho, y contrariamente al fondo del trabajo de los tres, no parece posible que los precios de los activos hoy puedan incorporar toda la información existente pues no hay ningún precedente del risk event

Linda Evangelista

Mi amigo Vicente Urnieta al que sinceramente creía fallecido desde hace unos diez años me envía este suelto.
linda-evangelista

He tenido un repentino y agudo ataque de celos al verle como imagen de Loewe anunciando lo que yo creía que era un secreto entre ambos, su cruzado de piernas, ante el que palidece la tonta nueva colonia. Ya sé que yo no aparezco en su biografía y que al fin encontró su felicidad, pero no creo que ella olvide nunca nuestra pequeña aventura en Tahití. Ella por su lado y yo por el mío queríamos desaparecer por motivos que no vienen al caso y lo conseguimos juntos sin salir en ningún momento de aquel palafito con suelo de cristal que nos arrulló durante cuatro días. Cada una de aquellas cuatro noches se enfundó para mí con el único vestido casi elegante que precipitadamente había metido en su maleta-mochila. Yo prometí mirarle solo en su reflejo en el suelo del palafito cuando ya anochecía. Ella cambiaba seductoramente de postura y yo, sin pestañear, le contaba cuentos melosos completamente desnudo con el vientre contra el cristal. El cuarto día se despidió, nos besamos suavemente y nos hemos mantenido alejados durante estos treinta años. Me hubiera gustado que, en sus declaraciones hubiera tenido como un guiño verbal a aquel extraño pasaje del remoto pasado, pero es lo que prometimos. Ya! Pero no puedo evitar la tentación de la venganza redactando este pequeño post.

Me alegra que Vicente esté vivo y, por lo que parece no muy lejos de Madrid, pero me cabrea que no me contara nunca este secreto. Ajustaremos cuentas en cuanto nos crucemos.

Cosas que pasan en Colorado

6a010535f73ca8970c010536c5ef4f970cHace una semana acababa de terminar la reunión del Aspen Institute España en colaboración con la Universidad Carlos III de Madrid y me recuperaba de unas conversaciones cruzadas sobre Investigación, Política y Economía que, debido a la altura intelectual y a la diversidad de puntos de vista resultaron , además de agradables y sumamente interesantes, agotadoras. No sé si para todo el mundo, pues había un buen lote de gente joven, pero desde luego para mí.

Sin embargo para mí esa jornada tenía, además, un valor sentimental pues mis años en Colorado fueron quizás los más felices de mi vida. Esto incluye los días que pasamos en Aspen precisamente leyendo la Montaña Mágica pues se nos ocurrió que no había sitio mejor fuera de Alemania para enfrentarse con esa compleja obra. Aspen no está lejos de Boulder, sede de la UC, en donde yo trabajaba en mi doctorado, daba clases secretas de marxismo americanizado a chicanos que no las tenían todas consigo en los EE.UU., tomaba clases de cine (ya lo he contado mil veces, por ejemplo aquí) con Stan Brakhage y asistía boquiabierto a, por un lado, el devenir cotidiano de un estado democrático que me respetaba como si fuera un ciudadano más y, por otro lado al pleno desarrollo de la contracultura. Todavía hace poco tiempo encontré entre papeles viejos el primer número del The Whole Earth Catalogue.

Así que la excursión a Aspen aprovechando unas vacaciones de Semana Santa son un hito de aquella juventud omnipotente que me ha venido al recuerdo con ocasión de esta reunión de hace una semana. Y es que, además, últimamente llegan noticias de un renacer del espíritu progresista de aquellos años en Boulder, no necesariamente en todo el Estado, tradicionalmente conservador. Lo último es esta freakada que se me había escapado pero que ha sido recuperada por QM. Esto de lazar tus cenizas sobre y más allá de las Montañas Rocosas no es una mala terminación para una vida libre de alguien que como Hunter Thompson no se asustó ante lo que la vida apuntaba por aquel entonces y vivió tal como le dictaba lo que salía de su pluma: escribiendo a lo gonzo

LXV: Big Data

Digital City

digitalcityDe repente y casi sin aviso previo, como la cosa más natural del mundo, ha surgido en las conversaciones cultas o en diarios nada especializados, este animal lingüístico:Big Data. Incluso está ya traducido el libro de este mismo año titulado Big data. La revolución de los datos masivos. Es algo que tenía que llegar como última y previsible manifestación de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación). Se trata de una herramienta o familia de herramientas en permanente evolución que permite almacenar, ordenar y gestionar la inmensidad de datos acumulados por empresas y organizaciones de todo tipo: supermercados, bancos, seguros, empresas eléctricas administraciones etc. pero que, claramente, también pueden ser utilizados por otros a quienes se les pueden vender.

Como un ejemplo tonto pensemos en los datos sobre clientes que puede almacenar un banco a través del uso de la tarjeta de crédito sobre las posibilidades financieras de un cliente así como sobre sus gustos, por ejemplo culturales, en materia de viajes, ópera, teatro o cine. Es posible que yo, que me dedico a manejar una web de contactos entre viudos maduritos, esté dispuesto a pagar por esos datos más o menos agregados y mejor o peor identificados a fin de mejorar el servicio que ofrezco a una clientela muy especial. Y también es posible que no solo esté interesado en esos datos brutos sino también en la herramienta que me permita optimizar su uso convirtiendo los simples datos en información estructurada con la que no podría contar en principio cualquier competidor mío que no tenga acceso a una herramienta similar.

Una cuestión interesante que el ejemplo pone de manifiesto es que no solo hay aquí un mercado de datos crudos, sino también un mercado complementario de herramientas para que el cliente de datos pueda generar la información que le interesa. Lo normal, además, es que cada empresa en su sector quiera los datos y la herramienta para organizarlos, pero que prefiera elaborar sus propias aplicaciones pues solo ella sabe lo que quiere hacer con los datos que genera o compra. Dicho de otra manera, una vez los datos se transforman en información intercambiable, cada posible usuario tiene que trasformar esa información en conocimiento útil para aquellos aspectos que solo ella sabe que le interesan. Informacion y conocimiento no son lo mismo aunque el primero exija, en general la segunda.

Tenemos pues nuevos mercados para tres mercancías en principio diferenciadas, el de datos, el de información y el de conocimiento. En cada uno de ellos se intercambia un bien y cabe preguntarse si se trata de un bien privado cuyo uso es rival (más para ti, menos para mí) y excluyente (si lo uso yo tu ya no puedes utilizarlo) o se trata de un bien público en cuyo consumo no hay ni rivalidad ni exclusión. No parecería haber duda sobre los datos: se trataría de un bien privado de quien los genera y almacena aunque podríamos discutir sobre la conveniencia de su propiedad privada intelectual. Tampoco cabe duda sobre lo que he llamado conocimiento: vuelve a tratarse de un bien privado de aquel que lo ha elaborado cuya propiedad no tendría porqué ser ambicionada por nadie.

Pero ¿qué decir de la información o sistematización de los datos mediante una herramienta determinada? Puede ser un bien privado que el mercado suministra en cantidades adecuadas pero también pude tratarse de un bien público que el mercado infraproduciría sistemáticamente. En este caso nos enfrentamos a un pequeño rompecabezas pues cabría que la propiedad no fuera, como en los bienes públicos, propiedad el Estado que los debe producir a fin de no caer en el infraproducción, sino cabría que todos los generadores de datos se pusieran de acuerdo para compartir y hacer públicos todos los datos y todas las herramientas poniéndolos por ejemplo en una nube conformada por la integración de todas las nubes, una por cada generador de información. Como ya nos contó Ronald Coase un faro, típico ejemplo de bien público, puede producirse en la cantidad óptima de forma privada.

Refranes, tópicos y relatos

dilbert_heuristics
Nunca me han gustado los refranes. La sabiduría que nos dicen acumulan me parece siempre mediocre y pensar contra ellos ha sido siempre uno de mis placeres, una manera específica del pensar a la contra, de eso que he llamado el «kontraren kontra». Por eso leí con todo cuidado la columna de Daniel Innerarity en el Babelia del 14 de septiembre en la que, bajo el título de «Pensar por cuenta propia» y con la excusa de comentar dos libros de Aurelio Arteta sobre los lugares comunes, ofrece unos comentarios lúcidos sobre el pensar «subcontratado» con el que funcionamos en nuestra vida y no solo en la cotidiana. Esos lugares comunes nos ayudan a vivir y es difícil imaginar un trajinar diario que no los tuviera en cuenta y tuviera que reflexionar a cada paso preguntándose por el por qué de respetar las costumbres o las normas o perdiera el tiempo preguntándose sobre la salud mental de Galileo.

Si bien a menudo pensamos como Arteta que los tópicos son tontos, y la mayoría de los refranes lo son, no deja de ser cierto que las rules of thumb con las que nos conducimos casi todo el tiempo constituyen una heurística que nos facilita la vida y nos identifica como colectivo original que se conduce de una manera determinada que, parece ser, nos ha servido hasta ahora para preservarnos e incluso para mejorar alguna cosa o costumbre. Y no solo eso sino que, bien pensado, en general pensamos a la contra y la calidad de nuestras reflexiones, su utilidad para la vida de los nuestros, depende de la potencia de los tópicos que intentamos derribar. Cuanto más enraizados están más original parecerá nuestra vuelta de tuerca. Innerarity hace una gran labor en colocarse como siempre, y tan inteligentemente como siempre, en un término medio subrayando la necesidad de no dejarse arrastrar ni por los que nos hacen la ola ni por los que no aceptan nuestras reflexiones novedosas.

En un mundo sin heurística no se puede vivir, pero cuando la heurística se convierte en un relato o narrativa que se conforma como una fuente de comprensión es hora de preguntarse si ese relato todavía nos sirve y dota de sentido a lo que hacemos o a lo que decimos; o es ya hora de ir abandonando el antiguo y sustituyéndolo por un nuevo relato que nos sea más útil y nos haga sentimos más creativos y auténticos. Este es el esfuerzo que a lo largo de más del cincuenta entradas, la primera aquí y la última, de momento, aquí, se ha realizado en este blog y al que ya sería hora de darle un poco de forma.