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Ronald Coase y su herencia

Ronald CoaseEste gran economista –Ronald Coase– murió hace unos días con más de cien años. Poco ha dicho la prensa por estos lares y la razón supongo es que este gigante es de un par de generaciones anteriores a la de los periodistas o economistas del momento. Sin embargo para mí fue una ocasión inolvidable aquella comida con él hace más de treinta y cinco años en UCLA con ocasión del homenaje a Alchian. Me senté a su derecha y escuché reverentemente pues por aquellas épocas había un número limitado de gigantes y Coase era uno de ellos. No como hoy cuando ya es imposible para el que esto escribe seguir de cerca la mayoría de los desarrollos teóricos aun cuando me limitara a los journals más respetados. Sus autores son solo seres normales. Honrados trabajadores intelectuales.

Coase, sin embargo, fue un autor que me enseñó la importancia de una buena idea y su fertilidad con total independencia de la elegancia de la técnica. Esa idea era la de los costes de transacción que ocurren en un mercado. Y por la existencia de esos costes podemos explicar la existencia de empresas y la presunta necesidad de la intervención estatal en situaciones en las que se dan externalidades y/o bienes públicos. Lo maravilloso es que en su ausencia ni tendría por qué haber empresas (una situación que podría estar a las puertas en nuestra contemporaneidad de fina tecnología digital), ni sería necesaria la intervención pública por ejemplo en caso de los faros.

En estos tiempos en los que el Estado parece estar en el origen de la mayoría de las rentas distorsionadoras y en los que se empieza peligrosamente a valorar el capitalismo de Estado, es bueno recordar que el mercado puede hacer muchas cosas siempre que no se le pongan demasiadas trabas. Dejar a la iniciativa de la gente la solución de algunos problemas puede ser una buena idea. La interacción entre las gentes genera instituciones que sirven para ordenar algunos aparentemente conumdrums. Esto me lo enseñó North, otro premio Nobel quien al poco tiempo de llegar yo a los EE.UU. de América mostró en clase cómo la mesta o el tribunal de las aguas valenciano eran ejemplos de ese espontaneismo del grupo. Esto mismo es el mérito de Elinor Ostrom, también Nobel y fallecida el año pasado, quien nos enseño que los bienes comunales presentan problemas que se pueden resolver sin necesidad del Estado mediante acuerdos colectivos bien resilientes. Y, lo más importante en esa línea de razonamiento, ahí tenemos el ejemplo histórico del nacimiento del mercado antes del Estado como nos ha mostrado el gran historiador Avner Greif que ha estudiado el maravillo episodio del comercio entre Genova y los magribi.

Recordar estos temas y algunos de los autores que los han tocado no solo nos dice que esto de la economía institucional no es de antes de ayer, sino también que tiene una seria tradición en Economía a la que no es ajeno Ronald Coase. Y, por otro lado, nos trae un consuelo en estos días de sufrimiento, un consuelo que viene a decirnos que los seres humanos tienen una capacidad de cooperación más allá del oportunismo rastrero que nos parece invadir.