Fin de la aventura

mysterymanMe llamó Jaume, el dueño de Can Quel, hijo supongo de un tal Miquel que en diminutivo da nombre a este restaurante que tanto me gusta. Me dice que alguien le ha preguntado por mí. Confío totalmente en él pues le conozco hace años y en el pasado sirvió de enlace con Txema Montero (que aquel verano estaba por estas tierras) y con otra persona que no creo que disfrutara al ver su nombre en este post con el que, dios sea loado, termina justo a tiempo mi aventura de este verano. Una vez más Jaume va a mejorar el mundo conectando a dos personas por el expeditivo camino de convocarles a una cenita al aire libre en una noche apacible y ojalá libre de mosquitos.

En esta ocasión Jaume parece no conocer a la persona con la que quiere que nos veamos pero es amigo de la persona que le ha sugerido el encuentro entre esa persona misteriosa. Me dice que el encuentro podría tener lugar esa noche, ayer, en su su restaurante. En principio no podíamos acudir pues era la última noche de Rafa aquí y habíamos cocinado una cena exquisita para tomar en casa porque, a pesar del reforzamiento de la defensa del castillo que Rafa representa, yo sigo sin deseo alguno de exponerme y prefiero no salir de casa. Pero me pica la curiosidad y digo a Jaume que pasaré por allí a la hora que él me ha mencionado.

Así lo hice y pasé a la terraza directamente. No reconocí a nadie y volvía ya a la salida a través de la zona del bar cuando Jaume me tomó por el brazo y me obligó a seguirle para rehacer el camino y volver a la terraza. Allí estaba él delante de un vermut rojo probablemente frío. Solo le he saludado una vez, a la salida del teatro madrileño donde se ponía su obra El Crítico, el Marquina creo. Sí, allí estaba Mayorga, el mismísimo Juan Mayorga, en opinión de muchos el mejor dramaturgo español contemporáneo, algo que no me parece improbable a la vista de El Crítico, Himmelweg, El chico de la última fila (que se transformó en el guión de Dans la Maison, una película de interés indudable) o La Lengua en Pedazos, una obra que por sí sola, y en mi opinión poco informada, justificaría el premio Ceres que acababa de recibir en Mérida.

Esto es lo primero que me sorprendió, la aparente velocidad con la que había cruzado la península y llegado a esta parte oriental de la misma desde una de las más occidentales. Eso es lo que le dije en primer lugar después de la presentación de Jaume que inmediatamente se retiró a atender a su negocio. En segundo lugar no tuve más remedio que decirle que tendría que retirarme en seguida pues me esperaban en casa. A pesar de que las presentaciones y estas primeras palabras fueron efectuadas de pie, tomé asiento frente a él y escuché. Se disculpó por abordarme de esta manera pero es que tenía que contactar conmigo con rapidez y no le había sido fácil. En la reposición de La Lengua en Pedazos se había topado con un programa de mano en el que se hacía referencia a este post mío elaborado hace meses cuando la obra fue estrenada y que escribí enfervorecido por la impresión que me había causado. A él le había encantado esa crítica y, continuaba él diciendo, me necesitaba para abordar su siguiente obra en la que, afirmaba, estaba atrancado pero que tenía que entregar para finales de septiembre.

Murmuré unas palabras de agradecimiento simulando que no me impresionaba mucho la necesidad que tenía de mí y le pregunté que cómo había dado conmigo. En realidad mi mente estaba en otro lado recordando que tenía que volver a casa e imaginándome simultáneamente el orgullo que sentiría cuando mis amigos supieran que yo era colaborador de Juan Mayorga. No me contestó y continuó su discurso como si también él tuviera prisa. Me contó que no le fue difícil dar con mi nombre en Internet y posteriormente encontrar un conocido común, compañero del CSIC, que le dijo que estaba por aquí pero que no sabía dónde exactamente. Y sin embargo tenía que dar conmigo para que le asesorara en el tema del terrorismo pues ese amigo común le había remitido a mi artículo de Isegoría en el que se hacía uso de muchas de mis ideas sobre ese fenómeno tan cercano. Yo hice amago de levantarme en parte por obligación y en parte por el desencanto que me producía su limitada oferta de colaboración. Pero no lo hice pues me lo prohibió con un gesto leve sobre mis bazos cruzados sobre la mesa. Se reubicó en su silla y comenzó a contarme algo totalmente sorprendente.

No me lo iba a creer, pero había pedido a su amigo Coetzee, visitante habitual de estas tierras, que tratara de localizarme en el Baix Empordà. El novelista se había puesto en contacto con su club ciclista de la zona y éste con una hermandad de tractoristas. Ambas organizaciones habían diseñado un plan conjunto que peinaba la zona todas las mañanas, pero con aparente poco éxito pues no fue hasta hace dos días que finalmente me habían localizado. Justo anteayer por la mañana supo que podría encontrarme en Foixá y pensó con buen criterio que Can Quel era el lugar apropiado para citarme.

Era mi momento y sin embargo lo desaproveché totalmente. Todas mis ansiedades y miedos estaban justificados pues efectivamente había sido perseguido sistemáticamente. Podía respirar por fin pues lo había sido con un buen, excelente, propósito, pero lo mejor del verano había sido dedicado a una protección que ahora me parecía ridícula y me hacía sentir como el verdadero paranoico que en realidad soy. Pero debo ser algo peor que paranoico pues en el mismo momento que entendí el terror de este verano, me deshice de la presión de su mano y me retiré silencioso perdiendo quizá la oportunidad de mi vida.

La ansiedad de la espera

tranxiliumAyer llegaron refuerzos a mi castillo. Llegó mi hijo Rafa, guapo y fuerte y, además, buen negociador lo que es importante pues es posible, aunque poco probable, que haya que negociar. Y ahora mismo no veo espacio para esta negociación pues no imagino con quien podríamos hablar yo o Rafa. Nadie se ha presentado a cara descubierta y, si lo pienso bien, la mayoría de los ruidos raros y la gran parte de los otras señales de persecución están más bien en mi cabeza. O eso es al menos lo que dice este hijo con cuya ayuda me siento más seguro.

De todas formas será difícil resistir hasta el domingo. He elegido ese día para tratar de desaparecer subrepticiamente. Al tratarse de un día festivo el cerco será posiblemente menos apretado y si aprovecho la hora de la misa mayor en la vieja iglesia de este pueblo, en la que habrá cánticos de un coro que viene de Barcelona, es posible que el taxi que he llamado ya para que me venga a buscar pase desapercibido. Pero falta tiempo y puede pasar cualquier cosa.

Estoy ansioso y esto no me permite ni leer ni escribir. Solo estoy para hacer recaditos pero eso es justamente lo que no puedo hacer porque no me atrevo a salir de casa. Ir a la piscina sería correr un riesgo innecesario. Solo encuentro una ventaja a esta ansiedad: no tengo apetito y la báscula lo refleja. En mi desesperación de encarcelado me he puesto a leer el folleto explicativo del Transilium. Hace días que se me acabó este tranquilizante pues resulta que ahora su compra se ha vuelto más complicada y solo te dan una receta al mes. Fui al ambulatorio a explicar mi caso cuando todavía respiraba con facilidad y me negaron la receta sin un informe médico del que no puedo disponer ahora y aquí. Así que estoy limpio desde hace por lo menos dos semanas, más o menos el tiempo que llevo ansioso.

No me tranquiliza la lectura del folleto y estoy a punto de echarlo a la basura cuando mi ojos caen con la siguiente explicación de para qué se utiliza Transilium: para paliar las manifestaciones de ansiedad que puedan surgir ante «la ansiedad ligada a la prescripción de una intervención quirúrgica». Me tengo que quitar esta piedra y no voy a poder evitar la cirugía.

Guerra

Juego de Tronos - Islas del HierroMientras permanezco encerrado esperando poder huir de esta trampa mortal en la que he caído sin saber cómo podría ganar algún tiempo y pensar y escribir sobre los problemas que dibujan la apertura de curso en este país (las becas, Gibraltar, el submarino que no emerge, financiación ilegal de partidos, contabilidad b, desvío de fondos públicos, corrupción en general) o sobre asuntos económicos de enjundia (el 1% rico que controla al resto, el euro, las elecciones alemanas, el posible frenazo intempestivo del QE), pero no puedo pues mi paranoia me tiene paralizado con Siria y las consecuencias de los amagos bélicos de Obama.

Si los EE.UU. junto con Inglaterra, Francia, Israel y Turquía en coalición intervienen en Siria a la manera americana con contundencia y a distancia (al menos al principio) la que se puede organizar es de órdago, con Rusia y China denunciando la agresión junto, por lo menos, con Irán. Solo he vivido guerras lejanas, como la de Argelia, Vietnam, Irak u otras menos impactantes para mí, pero nunca me han paralizado ni han puesto en juego mi vida en su totalidad en el sentido de dudar si debiera enrolarme. Ya no cabe esta postura, pero es que en cualquier caso voy a morir en esa guerra pues si ocurre sus efectos pueden durar muchos años.

Viendo el Dr. Zhivago hace unos días, reflexionaba yo sobre la concesión literaria de Pasternak de hacer creer al lector que el comisario político encarnado por Tom Courtenay (Pasha) y que había puesto la revolución por encima de su amor a Larisa, una vez alcanzado el descreimiento por derrota busca ese amor perdido. Finalmente la lírica vencería a la épica revolucionaria, el amor a la humanidad cedería ante el amor a un prójimo concreto. Pues bien, en estos días de turbación pienso que las cosas son quizá al revés, que es el amor a ese ser amado único, ese ser que es el principio de la lírica, lo que hace a uno jugarse la vida de manera insensata una vez perdido por una u otra razón. Pero como ningún amor puede hoy nacer en mí, ya semienvenenado, ni tampoco pierdo el de mis seres queridos, no puedo jugarme la vida por razones épicas y permanezco aquí encastillado soñando inútilmente en pasarme a los hermanos musulmanes o subrayando que odio a los ejércitos que no permanecen en sus cuarteles.

Se acerca el fin

convenxo-y-cóncavoLes recuerdo las dos pinchazos en mi brazo y en mi tobillo, dos lugares desprotegidos. Creo que comienzan a surtir efecto. Me duermo con facilidad a pesar de haber renunciado a mi somnífero diario y, lo más serio, ayer tropecé bajando las escaleras que conectan los dos pisos. Si hubiera tropezado dos escalones más abajo es posible que hubiera caído hasta la planta baja sorteando los débiles cables que refuerzan la barandilla y que hoy estuviera en urgencias otra vez.

Bien pensado quizá urgencias, o mejor la UVI, fuera el lugar más seguro para alguien acosado por fuerzas sin identificar. El más protegido y también el más aseado porque estoy empezando a babear inconscientemente. Cuando me doy cuenta de ello porque la baba se me cae sobre el periódico o sobre este teclado me entra lo que antes era una ira sorda y ahora es más bien una aceptación perruna e impropia de la dignidad humana. Es incluso posible que llegara a hacerme amigo de una enfermera y le convenciera para que fuera vertiendo poco a poco mi veneno casero en el oído derecho en el que parece que se cuela cualquier cosa a juzgar por la experiencia del nadar diario, por cierto cada día más escueto.

Pero eso de la UVI no va a ser posible y voy a tener que atrincherarme en casa. No ya en la parcela que aunque bien cercada es vulnerable, sino en el edificio principal, en la propia masía, apagar la luz del jardín para que crean que no hay nadie en casa y entren al atardecer mientras yo les espero con mi cerbatana corta con el dardo bien pulido presto a ser disparado. Todo esto va a acabar con un asalto a mi casa con las dos nórdicas de ojos vidriosos al frente de una pequeña turba de expertos en cerbatana vestidos de ciclistas.

¿Sigue la aventura?

Sí, después de recibir los dos flechazos en mi flanco derecho, decidí, creo que con buen criterio, encerrarme en mi casa y no correr riesgos pues me parecía evidente que de tregua nada, que seguían ahí fuera espiándome y buscando el momento de encontrarme en una situación vulnerable.

Pero el encierro duraba ya demasiado. Por un lado tampoco había contribuido a mi capacidad de trabajo y no he acabado ninguno de mis deberes pendientes. Por otro lado se me están agotando las provisiones a pesar de que, con estos nervios, no me encuentro bien del estómago. Y resulta que también la encerrona tiene sus horrores y amenazas. Los tractores han vuelto a aparecer y ayer pasaban por delante de los setos que aíslan la piscina de miradas malsanamente curiosas, con los volquetes llenos de hierba. No sabría decir de donde venían ni a donde iban aunque por la frecuencia de su paso yo diría que por muchos que sean los tractores, aunque hubieran traído aquí a todos los de la comarca, su recorrido no puede ser muy largo. Pasaron tantas veces que me hace sospechar pues no hay alrededor de mi masía campo tan grande como para acumular tanta hierba.

Así que hoy he decidido salir de noche y a un sitio concurrido. Hay un sitio al que todos los años acudo y nunca logro evitar que mi visita coincida con las fiestas patronales: la Escala. hay allí un restaurante que me gusta mucho y ofrece comida sana. Siempre voy por el mismo sitio y año tras año me veo envuelto en una sardana. Me encanta este baile pues los pasos no son complicados para una mente enredada como la mía y mi prudencia hace que, desde hace años, consiga ser requerido a entrar en el círculo por parte de señoras mayores (será porque la jóvenes no tienen ya ojos para mí, algún día tenía que llegar este momento); pero este año me he encontrado sin pretenderlo entre dos bellezas nórdicas de ojos vidriosos. El pánico duró solo unas décimas de segundo pues, no sé cómo, me ha venido a la memoria aquella canción que ya era vieja cuando llegué al uso de razón: Rascayú por aquello de que “los esqueletos salían bailando una sardana”. Me ha entrado una risa desencadenada en forma de carcajadas irrefrenables y, como en un ensalmo, las nórdicas de ojos vidriosos se han esfumado.

He seguido recordando cómo la canción también me interpela como si yo fuera “un muerto salido de la fosa”. O sea, que igual es esto, estos miedos y esta paranoia, lo que conforma el purgatorio. Espero que realmente sea solo temporal.

LX: Blank Slate (Entrada 2.000)

Blank Slate

blankslateSteven Pinker ya nos fascinó con su «Language Instinct» y con su profusa argumentación teórica y empírica a favor de una consideración del lenguaje como algo innato en el ser humano, algo que ya había defendido el padre de la gramática generativa, intelectual antisistema y maestro de Pinker, Noam Chomsky. El lenguaje o, mejor dicho, la capacidad de hablar, está grabada en nuestro disco duro, es un instinto sin el que no aprenderíamos a hablar por mucho contacto que tuviéramos con otros seres hablantes.

Parece que en «Blank Slate» (que quizá debiéramos traducir como tabla rasa y no como pizarra virgen), la última obra de este joven profesor del MIT, vuelve al ataque describiendo otras muchas partes de nuestro disco duro. No sabemos cómo la evolución ha hecho que todos disfrutemos del olor de las flores, pero es un hecho que es así, independientemente de la educación, el hábitat, la cultura y cualquier otra influencia externa. Sólo conozco referencias sobre Blank Slate, pero, aun así, voy a tomarlo como pretexto para volver sobre el lenguaje y, sobre todo, para hablar de escritura que, aunque no es lenguaje y mucho menos algo innato, parece que se impone como referencia en cuanto se menciona una tabla o una pizarra.

En el Tractatus, Wittgenstein concebía el lenguaje como representación de la realidad y las palabras como cuadros realistas que representaban las cosas. Esta concepción, digamos que ingenua, del lenguaje no resistió la reflexión crítica de su propio autor, quien nos ofreció una conjetura diferente en su segunda etapa, correspondiente a Philosophical Investigations, según la cual no son las palabras los elementos primitivos del lenguaje, sino los juegos de lenguaje, algo un poco más complicado que los juegos de palabras y mucho más cercano a la idea de malabarismo o juego de manos. Si Wittgenstein no hubiera sobrepasado su primera etapa, correspondiente al Tractatus, los avances de las neurociencias, metabolizados por gente como Pinker, hubieran acabado sin paliativo alguno con una concepción del lenguaje como representación y se hubieran acercado al segundo Wittgenstein arguyendo que el instinto cuya existencia se predica es el instinto para jugar juegos de lenguaje que, en principio, no tendrían por qué tener relación alguna con la realidad, lo mismo que las relaciones matemáticas tampoco tienen por qué representar relaciones entre cosas. Otra cosa distinta es que, luego, matemática y lenguaje nos hayan permitido entender el mundo exterior y modificarlo. Pero, si bien puede llegar a admirarnos, lo que realmente sobrepasa mi capacidad de asombro y de reverencia es la imposibilidad de no hablar, la irresistible compulsión a enmarañar el bosque del lenguaje dotándolo de una complejidad inimaginable y tan imposible de desentrañar que preferimos pensar que quien habla ya no somos nosotros, sino el propio lenguaje.

La escritura no es innata, pero a través de ella contribuimos también al lenguaje. Aun con voto de silencio, yo puedo escribir mis visiones, ideas o silogismos y contribuir a enredar más el bosque del lenguaje de forma vicaria mediante la expresión de mis lectores. No sólo la poesía de William Blake enriqueció el habla, también su obra plástica añadió pistas falsas a la imposible tarea de salirnos del lenguaje. Tampoco tenemos una compulsión irresistible a escribir, pero quien hace de la imposibilidad de dejar de escribir su utopía (como, por ejemplo, los deconstructivistas incomprendidos) nos está ofreciendo una inmejorable oportunidad de entender, aunque sea por aproximación, la imposibilidad de no hablar. Cualquier papel en blanco, cualquier tabla de cera virgen, cualquier pizarra de negro riguroso, nos obliga a escribir, a rellenar cualquier espacio escribible. No hay slate que pueda permanecer blank. La tiza rellena toda su negrura con el blanco de su cal y, cuando la pizarra se ha tornado blanca, nos chupamos el dedo para seguir escribiendo con él sobre el polvo de yeso, dejando nuestra huella, borrando las anteriores y contribuyendo a generar material de estudio para el deconstructor que, para analizar nuestra contribución, escribirá con tiza en los espacios negros recuperados con nuestra saliva.

Decir, como los hermeneutas y los deconstructores, que no hay nada fuera de la escritura, es decir que no hay nada fuera de la narración y, finalmente, que no hay nada fuera del lenguaje. Nuestra única responsabilidad como seres humanos, si creemos que ser eso nos hace responsables de algo, es hablar mucho, desenredar la maraña del lenguaje mientras contribuimos a enredarlo cada vez más. La tarea es inacabable, pero éste es precisamente el aspecto consolador de nuestra única responsabilidad. Pensar que quizá tuviera un fin nos retrotraería a la creencia en el principio y eso nos devolvería a la maldición de los porqués. Si no hay ni principio ni fin, como en la concepción hoyleana del universo a modo de estado estacionario, no hay que buscar porqués, sino entregarse al lenguaje y aprender a ser su instrumento.

Termino. Escribir no es sino hacer gimnasia con el lenguaje. ¿Para qué? Para que cuando llegue a nosotros el lenguaje nos coja entrenados para ser dignos de ser arrebatados por él. Y que conste que esto no es mística, sólo escritura. Lo mismo que Blank Slate.


Entrada publicada originalmente el 27 de enero del 2.003

Se acabó la tregua

VigilanteHan pasado las fiestas de los pueblos de esta comarca y ya han reaparecido los ruidos sospechosos. Operarios semiocultos trabajan ya con el martillo pilón y los tractores ya ocupan el ancho total de las carreteras. Los ciclistas han vuelto y el tráfico por donde yo paseo me parece más intenso que la semana pasada. Están desapareciendo las instalaciones y desde luego también las performances si no contamos como tales los ejercicios de las gaviotas tierra adentro protegiéndose de la tramontana.

Todo ello me ha asustado un poco esta mañana en mi paseo diario obligatorio. Por eso he decidido conducir hasta Girona capital con la disculpa de sacar billetes de AVE para la vuelta a Madrid. Cumplida esta misión que me suelta un poco los nervios he paseado por la ciudad, llena de turistas, y me he detenido a comer en una terraza enfrente de la cual una especie de hule negro tapaba una obra en la que sonaba insistentemente un martillo pilón que se ha silenciado en el mismo momento en el que iba a ocupar una mesa aparentemente libre.

He reaccionado a tiempo y he entrado dentro del restaurante en donde he elegido una mesa cercana a la ocupada por una madre con dos hijos que en ese momento daba el pecho al menor. Me ha parecido que en un ambiente así nadie osaría atacarme. Pero por si acaso he pedido un solo plato, agua y la cuenta. No me han mirado con cara rara por lo que mis temores han aumentado.

He salido pitando y he conducido por una carretera desconocida para mí hasta parar en un súper en el que nunca había entrado. He adquirido toda clase de viandas y litros y litros de agua. No pienso volver a salir de casa, ni siquiera con chaleco antibalas y sombrero de apicultor hasta la fecha de vuelta. Renuncio a mi cerbatana artesanal y a mi veneno propio. No me queda ni una gota de valentía. Pienso leer, escribir y ver la tele. No abriré la puerta al reparador del aire acondicionado y solo usaré un ventilador.

Y además mañana tendré que ir preparando la entrada 2.000 de este blog que nació en enero del 2003 cuando sí sabía quien me perseguía.

Pinchazos en el flanco derecho

Bicycle-Men(Rob Grant Art)Extrañas sensaciones después de varios días de convalecencia.

Es cierto que la presencia de la piedra no se deja notar gracias a mi gusto recobrado por el rock-and roll que, ejecutado en solitario después de un paseo matinal alrededor de la piscina con la mente en blanco y contando pasos como un metrónomo, pues no me atrevo a salir de casa de buena mañana en ausencia de testigos, obliga a mi piedra a cambiar de posición eliminando algunos de los síntomas más llamativos. Sí eso es cierto, pero también lo es que he ido descubriendo pequeños puntos en el bíceps y en el tobillo de sangre coagulada que bien pudieran ser los vestigios cuasi invisibles de su ataque alevoso. Se encuentran en una parte del cuerpo, la derecha, que es precisamente la que presento a los ciclistas que vienen de frente al tiempo que un automóvil me sobrepasa desde detrás como ya conté todavía en julio.

Es posible, pero no soy capaz de describir los posibles síntomas de ese posible envenenamiento dulce. La falta de memoria para los nombres es cosa de hace meses o quizá años. La falta de apetito la atribuyo al calor y a mi dieta contra el azúcar en sangre. ¿Y de los dolores musculares qué? Temo, incluso más que a la peste, que el veneno de mis enemigos sea una versión del curare que, ya mejorado, consiga generarte unos coágulos que si suben a la cabeza me dejen sin habla y sin capacidad de huida, esa arma que yo considero muy mía pues me ha librado de todos los ataques de los que he sido objeto y ya son muchos.

Tendría que cerciorarme saliendo de nuevo a la carretera y recorriendo los cinco kilómetros de mi paseo habitual con paso vivo y provisto de mi cerbatana y mi chaleco antibalas, pero me temo que no me voy a atrever pues con estos nervios soy capaz de disparara a mi compañero de fatigas con el que me cruzaba todos los días y trataba de hablarme en castellano mientras yo farfullaba un poco de catalán. No, creo que debo seguir cuidándome dentro de mi fortaleza mientras trato de olvidarme de todo y de poder leer tres páginas seguidas de lo que sea más allá de la novela de DdeU que me divierte y me preocupa. Pero eso es otra historia sobre la que volveré si el clima, el terror y la vejiga me dejan en paz.

Urgencias: like a rolling stone

StonesMe vuelve el recuerdo del CAP de Roses y de las urgencias del Josep Trueta en donde acabé hace ya casi dos años por la práctica poco cautelosa de los deportes de riesgo. Y es que el lunes por la noche, estando cerrado el CAP de Celrà, acabé en las urgencias de ese hospital. Una hora de espera, otra hora de pruebas y análisis y dos horas en camilla y camisón de apertura posterior, alineado en el pasillo esperando al diagnóstico y a las ordenes de la joven médico de guardia. No hay infección de ningún tipo y todas las constantes están bien. Las dificultades de miccionar y el color del resultado del esfuerzo por hacerlo denotaban, desde luego, el jugueteo de la piedra en la vejiga. Había cambiado de sitio y taponaba el conducto correspondiente.

Me podía ir a casa y solo tenía que esperar una horita más a que pudiera ella escribir el diagnóstico y recetarme unos medicamento adicionales y compatibles con todos los que ya tomo desde hace esos dos años que mencionaba. Esa espera fue larga, pero no me importaba. Lo que sí me importó fue la primera espera a ser examinado. Aparcado en una especie de salita con bancos adosados a la pared y en total soledad me parecía que me habían olvidado y pensaba que si me escapaba al cuarto de baño ni siquiera me recordarían. Pero no tuve más remedio que hacerlo varias veces con resultados exitosos solo a medias, de forma que se iba empapando el pañal improvisado en casa antes de decidirme a acudir a urgencias de ese hospital al que, hace dos años, llegué en helicóptero y del que salí en ambulancia ya estabilizado después del infarto.

Todos los recuerdos de aquella experiencia, reprimidos desde entonces, se agolparon en mi conciencia y, a pesar de la levedad de este problemilla de este lunes de agosto que poco a poco y con ayuda de la medicación se va solucionando, me encuentro como si me hubiera librado de la muerte por un pelo. Acudieron a mi mente los sonidos de la UVI, los olores desagradables de todo centro médico mezcla de higiene y podredumbre, los comentarios patéticos de celadores, enfermeras y médicos, todos ellos dentro del protocolo recomendado al efecto, y sobre todo los lamentos de los enfermos mayores y desorientados que llamaban a gritos a sus familiares o demandaban con urgencia cualquier alivio. Se construye un mundo de escasas y escuetas boxes y de pasillos parecidos a los de los trenes especialmente arreglados para acomodar las camillas de los enfermos que acudían a Lourdes en busca del milagro. Un mundo fantasmagórico que no está ni aquí ni allí.

Te quieres quedar pero también marcharte. Cuando ves a una persona joven que se va con un brazo en cabestrillo o con un peroné vendado y con la sonrisa en la boca te alegras y te gustaría salir cuanto antes para irte a tomar un gintonic con tu mujer y tu hija, que también esta vez me han acompañado, y que te esperan fuera. Pero cuando ves a esos hombres viejos acompañados por esposas que no pueden ocultar la mala conciencia que sienten por el hastío de la repetición es como si prefirieras quedarte ahí dentro hasta enloquecer, oculto por pudor a la mirada de mis chicas, para finalmente ser trasladado al otro mundo.

Pero bueno, la Amatxo de Begoña ya me va sacando de ésta. Ya me veo casi como un Iñaki Perurena de lo interno o como un remedo de mis coetáneos los Rolling Stones:las piedras son lo nuestro.

Instalaciones y performances

pajaLas balas de heno siempre me han llamado la atención; pero es que este verano me están volviendo majara. En mis paseos mañaneros busco las zonas más planas posibles a fin de reservar mis fuerzas y resulta que, así, paso por delante de muchos campos recientemente cosechados y con los rollos de la paja dispuestos en figuras muy raras y llamativas. Las hay de muy diversas formas y con más o menos más elementos pero el secreto artístico está en su distribución. Hay una campa en particular con sus 43 balas de heno que yo diría que cambia de aspecto cada día y que siempre deja un gran espacio central en donde, dependiendo del tiempo, se reúnen las gaviotas en plan performance bien en grupo bien en soledad.

La circulación de tractores y otra maquinaria agrícola es abundantísima este verano y, aunque hasta hoy pensaba que eran parte de la conspiración del ruido a fin de que el disparo definitivo no se oyera, estoy empezando a sospechar que igual me estoy pasando en mi paranoia y que lo que ocurre de verdad es que los payeses de este Baix Empordà son unos artistas que, en cooperativa, se están orientando hacia las instalaciones y abriéndose a las performances.

Esto podría ser una elucubración más de mi locura, pero es que ayer mismo creo haber identificado a Marina Abramowic justamente en medio de ese espacio central reorganizado. Era un día sin gaviotas y ella estaba tratando de encontrar su postura en una escena de varios hombres que la hacían rodar de una bala a la otra. Continuaba así cuando volvía yo por el mismo camino pero ahora un helicóptero sobrevolaba el espacio mezclando su ruido con el de los tractores que continuaban con su tarea de rehacer unas instalaciones transformándolas en otras. Las performances se unen a las instalaciones. Y todo es severamente vigilado… desde el cielo.