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Mi hija y su botillero

botilleroTiene que alimentarse sano, además de hacer ejercicio y salir un poquito para mantener la mente abierta ante la avalancha de esos últimos detalles que le exigen tanto el trabajo propio como la dirección de todo un equipo de apoyo. Así que su botillero le provee hoy de lechuga fresca y tomates de los baratos (que tampoco hay que pasarse), de un puré de guisantes (con picatostes está buenísimo, pero se me han olvidado), dos aguacates (uno más maduro que el otro), albaricoques y cerezas. Además incluyo entre los paquetes, aun a riesgo de estropearlos, dos foulards ligerísmos de colores fosforitos. Ya se ha pasado la temporada de peras de agua y todavía no ha llegado la de los melocotones rubios así que no le llevo sino una muestra de esas dos frutas.Con todos estos alimentos y con los foulards dentro de mi mochila, junto con el puré, cojo un taxi y se lo llevo todo a su casa en la esperanza de verle sonreír. Se mata de risa al verme de traje y sin manos para tanto paquete. Yo, muy serio, retomo el taxi y le doy la dirección de mi oficina al taxista. Los botilleros somos así. Y una hija es una hija.

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