LVI: Debe ser la edad

Acolchando

acolchandoQue la crisis va a cambiar casi todo en nuestra manera de vivir se proclama por doquier. Se ponen muchos ejemplos en muy diversos ámbitos, pero en general se pone énfasis en los efectos de un incremento generalizado del grado de aversión al riesgo (una idea intuitiva pero que exige ciertos tecnicismos para su compresión correcta) de los agentes individuales debido al atracón de riesgo que muchos se han dado. Se menciona el Decrecimiento como una experiencia sanadora y si se descubre la [[decrecionismo|trampa de esa idea]], se nos refiere al necesario cambio en nuestro estilo de vida. Quizá hay algo en este sentido de culpa que no sea del todo tonto. Me refiero a la vuelta al campo de mucha gente joven que la ven como un cambio que permitirá convivir y educar a la prole con desembolsos razonables apoyados en ciertas formas de cultivo de tomates u hortalizas. Me interesa ese movimiento lateral, pero no creeré en él a no ser que en esa actitud vislumbre yo un poquito, aunque sea solo una pizca, del espíritu de Fray Luis de León en su Beatus ille:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Pero ya no hay sabios sino solo científicos o, lo que es peor, especialistas o expertos. Y para vivir se necesita un marketing continuo de tu propio nombre. La sabiduría se me antoja imposible. Va se eso: la edad.

Lenguaje

La lingüística siempre me ha atraído, pero especialmente desde que, equivocadamente, no distinguía entre el lenguaje y una lengua, y el aprendizaje de un idioma me puso delante de interesantes puzles que trascendían el mero estudio de la gramática y las sorprendentes comparaciones con mi lengua original. No se cómo se me mezcló todo esto con la filosofía analítica y el giro lingüístico y no me lo podía quitar de la cabeza incluso cuando tenía que estudiar como un condenada para sacar adelante mi doctorado en Economía en el tiempo que mi lingüista preferida me había concedido. Me interesaban más los nombres de Saussure o Chomski que los de Solow o Samuelson y reconstruir idiomas artificiales (que era el ejercicio que aquel discípulo de Jakobson había asignado a mi mujer) me llevaba más tiempo que pergeñar mi term paper y, para colmo, en nuestra vida social me apetecía sobre todo salir con Tito Sarone, que venía de lo que quedaba de la Escuela de Praga, y su mujer Laila.

Todo esto me viene a la memoria después de seguir las noticias sobre el Día del Español y los festejillos al respecto que organizó el Instituto Cervantes. Me entero que el español es el segundo idioma en el mundo con más hablantes nativos, que 20 millones de personas lo estudian en el mundo y se me pasa por la cabeza aquel trabajo sobre el valor económico del español que realizaron dos colegas de estadística hace muchos años bajo la batuta de Martín Municio. Simpatizo instantáneamente con una señora que se dedica la recuperación de arcaísmos como, por ejemplo, la palabra «albricias» y me asombro a mí mismo abominando, en contra de mi propia convicción, el uso de anglicismos como el ya generalizado «al final del día» en lugar de jugar, según contexto, con «al fin y al cabo» o con «a la postre» o con el socorrido «a fin de cuentas» o el forense «en última instancia».

Pero todo esto no es sino léxico y lo interesante no es un idioma sino el lenguaje y lo que se podría llamar la lógica de la gramática, pero aquí ya entramos en terrenos pantanosos para un tipo grueso y bárbaro como yo. Me refiero a si hay una gramática universal como debería ser el caso si es el hombre el que ha construido el lenguaje. La película Hanna Arendt, al presentar unos flash backs de Heidegger, me hizo recordar eso que dicen que dijo el filósofo. Que no se podía filosofar más que en griego clásico o en su ausencia en alemán. Quizá no fue sino otra metedura de pata de su patriotismo desorientado, pero pienso que igual tenía razón.

No sé cómo explicarlo bien pero esa forma que tiene el alemán de cambiar el significado de un verbo según el prefijo que lo acompañe, me lleva a pensar que un nativo alemán está acostumbrado a no saber lo que un párrafo largo le dice hasta que lee o, en su caso, escucha, el último sonido del párrafo, el fonema(?) crucial. Hasta es momento es posible que la audiencia no sepa si el que habla está dando la bienvenida a un grupo de personas o se está despidiendo de ellas. Y termino desbarrando: quizá esa tensión acumulada durante la espera del significado despierte la mente filosófica.

Mi reencuentro con la Goulue

logo_LG_for_OrsayHe encontrado marcando una página de un libro viejo un scratchbook del restaurante «La Goulue», 746 Madison ave. N.Y. Este establecimiento tuvo cierta importancia en mi madurez y me acongoja enterarme que ya no está donde estaba. Se ha movilizado con nombre distinto a otra parte de Manhatan. Durante bastante tiempo me fue indispensable para anotar en dos pinceladas las últimas ocurrencias que luego veían la luz en este blog como, por ejemplo, aquí y aquí, entre otros posts. De hecho en una nueva escapada a Nueva York me aprovisioné de centenares de estos cuadernitos de notas en esta especie de bistrot de Madison. Pero un día se acabaron y me estilo on line cambió. Me pregunto qué pasará con ese estilo ahora que he recuperado este ejemplar perdido y hallado en un libro enterrado. De momento tomo nota de un pensamiento atribuido a Miguel Narros: «el teatro te enseña a vivir y la vida a hacer teatro». Ha muerto hoy y La Goulue ya no está donde debería. No es consuelo creer en el cielo o saber que hay otra Goulue en Florida

LV: Los economistas y las rentas

Dilbert

DilbertUna de las razones que hacen de las crisis algo confuso para los economistas es que nunca son puramente económicas sino que, en general, son también políticas y sociales. El ejemplo del euro nos muestra palpablemente que, en la eurozona, el problema es sobre todo político. Pero es que, además, debemos profundizar en el aspecto social de toda la actividad económica y, en particular, en el entramado de lo que se llama la búsqueda de rentas (rent seeking). Las rentas son esos ingresos de un agente económico que consideramos injustificados debido a que están por encima de su coste de oportunidad. Este coste de oportunidad es lo que ese agente ganaría en competencia y coincide con lo que ganaría en lo segundo que mejor sabe hacer ya que cualquier exceso sobre esa cantidad atraería inmediatamente a la competencia. Es por lo tanto natural que sea la falta de competencia lo que genera rentas de modo que asociamos éstas inmediatamente con los monopolios y con quien, como el Estado, concede muchos de ellos. Pero en los últimos años hemos aprendido que no siempre es este el caso y que hay complicadas tramas de grupos de poder que consiguen generar, capturar y sostener rentas en perjuicio de aquellos grupos que simplemente compiten en el mercado y acaban ganando solo su coste de oportunidad.

Pensemos en los sueldos desmesurados de los CEOs de grandes empresas privadas y preguntémonos también si los economistas académicos no son también uno de esos grupos que buscan y consiguen rentas basándose en sus presuntos conocimientos cabalísticos cuya inteligencia nadie niega. Si pretendo centrarme en CEOs y en economistas es porque en ambos casos pienso que ni la resaca de la crisis va a acabar con las rentas de unos y otros. Podríamos decir, siguiendo lo que Noah Smith dice respecto a los economistas en su artículo del Atlantic de junio 4, que unos y otros, aunque como grupo no son homogéneos y aunque están a menudo equivocados en sus decisiones o sus visiones, realizan unas funciones que todavía pueden ser útiles. No discutiré la utilidad de los CEOs pues en el mundo casi todos los sectores adolecen de falta de competencia y ese toque de poder de mercado puede permitir que alguien con las dotes adecuadas pueda conseguir para la compañía que dirige y sus accionistas una renta apreciable que justificaría el componente de renta de su sueldo.

Pero hace ya tiempo que es imposible evitar la discusión sobre la utilidad de los economistas académicos como asesores de política económica. Ellos son los primeros en dudar de sí mismos. Como recuerda el citado Noah Smith, Greg Mankiw (de Harvard) dijo

«después de un cuarto de siglo como economista profesional tengo una confesión a hacer: desconozco un montón acerca de la economía. Es más, el área de la economía a la que he dedicado la mayoría de mi energía y esfuerzo -las subidas y bajadas de los ciclos económicos- es donde más a menudo me encuentro frente a importantes cuestiones sin respuestas obvias».

En estas condiciones parecería natural que la economía fuera un mundo en el que florece la competencia intelectual. Y sin embargo también aquí observamos la existencia de rentas. Y es que, a pesar de todos los pesares, hay economistas que, como un buen CEO, generan una mayor confianza entre el público. No se trata tanto de que esos economistas tengan un mejor CV que otros como de su mayor capacidad «literaria». Como nadie cuenta con datos suficientes para poder proceder a la manera de científicos duros, unos economistas académicos se distinguen de otros básicamente por su potencia narrativa reflejada a veces por su capacidad de escribir dentro de una tradición especialmente reverenciada y a veces por su osadía en romper la tradición y convertirse en heraldos de una nueva narrativa. Me atrevo a afirmar que las rentas están ahí esperando a estos últimos ante el horror de los primeros.

La «filosofía» del Athletic

escudos-Athletic-ClubHoy quiero comenzar a recoger en el blog las columnas que desde hace aproximadamente un año escribo mensualmente en la revista capital. No creo que merezca la pena añadir enlaces. No voy a hacerlo en orden cronológico, sino aprovechando la posible relevancia actual de lo que dije hace tiempo. En esta primavera tardía nos están bombardeando con los nuevos fichajes futbolísticos para la temporada que viene. Como todo esto no es sino parte de la labor de una gran organización de captura de rentas, me parece el momento de reproducir lo que dije en marzo de 2012 con ocasión del llamado mercado de invierno.

La «filosofía» del Athletic

Nunca he podido conciliar el sueño la noche de un día de liga sin saber el resultado del Athletic. Muchos entenderán esta extraña fidelidad. Sin embargo, yo me di de baja como socio de mi equipo del alma en la primera ruptura de mi vida cuando decidí, sin saber lo que hacía, que quería ser un intelectual. Me equivoqué porque la añoranza ha sido desde entonces cada día mayor y porque se puede ser un intelectual y cualquier otra cosa sin traicionar tus más profundos amores. Pero si yo me equivoqué o no, no es la cuestión. Lo interesante de de mi decisión juvenil es que revela algo que tiene trastienda debido a que, por mucho que trates de disimularlo en tu vida, la «filosofía» de tu equipo, en expresión de su presidente actual, acaba condicionando tu proceder en todas las actividades de esa vida.

Y sí, mi equipo mantiene una determinada filosofía al menos desde hace 110 años tal como se ha puesto de manifiesto en el caso de Fernando Llorente. Campeón del mundo con la selección española, este buen jugador quería aceptar una oferta económicamente jugosa de un equipo extranjero aprovechando el llamado mercado de invierno. Para ello habría sido necesario que ese equipo extranjero pagara la clausula de rescisión establecida en este caso por el Athletic de acuerdo con el jugador con quien, además, el club tenía contrato hasta el final de la presente temporada. Ni que decir tiene que aceptar una rebaja en el pago por la rescisión hubiera sido un buen negocio para este club centenario dado que el jugador ya estaba decidido a largarse. Pero ese negocio no tiene sentido, pensábamos algunos, cuando el dinero resultante no puede utilizarse para compra otro jugador caro. ¿Que por qué no puede utilizarse así el dinero de la venta de Llorente? Pues muy sencillo, porque la «filosofía» del club continúa siendo la de contar sólo con jugadores de la tierra y contar con ellos sale a un precio relativamente asequible.

No estamos locos ni desfasados. No estamos locos porque es mucho más divertido competir en cualquier deporte con tus propios medios sin echar mano de apoyos oportunistas pues solo así estarás seguro de haber ganado tu, así como de simplemente haber ganado sin otras connotaciones difíciles de desentrañar pero que tienen que ver con el mayor flujo de dinero a fin de contar con jugadores todavía más caros que consigan un mayor flujo que…. genere más dinero y… nada más. Y no estamos desfasados sino todo lo contrario: somos unos visionarios. En un futuro próximo el deporte, y no solo el deporte, recuperará un cierto espíritu consistente ni más ni menos en competir duramente entre amigos y hacerlo por un deseo irrefrenable de ganar cueste lo que cueste en esfuerzo físico aunque siempre a salvo de conservar la amistad. ¿Qué emoción tiene ganar a un equipo de una ciudad desconocida de un país lejano? La globalización no puede esgrimirse contra esta duda «filosófica» porque, que se tarde menos en llegar de nuestra ciudad a esa otra, no significa que sus habitantes estén más cerca o sean amigos y, por lo tanto, la emoción de ganar puede no ser tan grande por rico que sea ese otro equipo.

¿Y si esta fuera la «filosofía» que realmente subyace a la competencia en general y no solo a la deportiva? Creo que si ese fuera el caso entenderíamos mejor lo que se necesita para regular la competencia mediante una agencia independiente. No se trataría tanto de evitar la colusión entre amiguetes para explotar al consumidor. De hecho no haría falta pues se trataría más bien de dejar asombrado a tu amigo por tu capacidad de innovar y de ganar mercado precisamente porque es tu amigo y sabes que él estará tratando de hacer lo mismo en un juego eterno que os une cada vez.

Cruel y ridículo

Bodegon1VquincozaHan sido unos días de ajetreo. He tenido visitantes queridos cuyas atenciones me han llevado todo el tiempo que tengo disponible desde el viernes por la noche hasta hoy. No hay visitas sin comida y bebida en abundancia y, como era de esperar, me he excedido incluso sin contar la cena mejicana del jueves después de Wozzek, una ópera cuyo desazonado me abrió el apetito. Pero los excesos no son óbice para compartir una buena conversación intelectual e incluso, diría yo, que le dotan de una chispa enriquecedora más allá de la tonta exigencia de coherencia. Así ocurrió con una charla relajada y en inglés después de una comida de mediodía sobre las diferentes actitudes de escuelas enfrentadas en cualquier ciencia en general y en particular en la economía. La incapacidad de ponerse de acuerdo sobre el desacuerdo y de disfrazar éste con ropajes entre acusadores e insultantes fue la única conclusión a la que llegamos. O, mejor dicho, solo la anteúltima pues para nuestra satisfacción, acabamos estando de acuerdo finalmente en que la actitud de científicos e intelectuales en estas disputas tribales son «cruel and ridiculous», es decir grotescas. Espero que esta pizca de maledicencia me haga recuperar la buena forma.

Devaluar el año

edadesEso de «devaluar el año» fue la sugerencia de una jóven ante el problema de las pensiones del que discutíamos entre un buen grupo de gente. Es un problema difícil pero abordable tal como dije aquí y concluye ese informe:

Entonces, el problema es, que tenemos que revisar todos estos aspectos para tomar nuevas iniciativas, necesitamos de nuevos conceptos de lo que debe ser la seguridad social. Hay que aportarlas, hay que analizarlas, hay que discutirlas, pero necesitamos hacer luz en toda esta grave problemática que tiene muchas aristas, en muchos aspectos y que, solamente con un propósito, digamos, de responsabilidad ante las generaciones futuras y todos los millones de trabajadores, solamente a través de este insoslayable compromiso social podremos lograr resolver

No lo entendí muy bien en el contexto eso de «devaluar el año». Estábamos hablando de cómo evitar la sugerencia japonesa de irse muriendo al ritmo necesario para mantener la sostenibilidad de las pensiones y esta solución un poco excesiva, y quizá incomprensible, trató de contrarrestarse reivindicando la productividad de los abuelos en su trabajo de eliminar ciertos gastos asociados a la compatibilización de trabajo y hogar entre los padres.

Una línea de pensamiento ésta que nos llevó a meditar sobre la posibilidad de que estos servicios pudieran ser pagados de forma que cuenten y se reflejen en la contabilidad nacional de la misma forma que siempre se ha debido contabilizar el trabajo del ama u amo de casa.

Sugerencias todas ellas razonables pero de difícil ubicación dentro del espectro de ideas desplegado por la expresión «devaluar el año». Si por cada año trabajado solo se contabiliza medio nos encontraremos que a los 65 se habrá trabajado menos de treinta y eso solo debería dar derecho a una pensión muy reducida. ¿O quiere decir lo contrario?

No lo sé, pero, alejándome un poco de una problemática tan actual, sí sé que en estos momentos a mi me gustaría cumplir años cada vez más rápido. Pero no sé si esta opción sería siempre defendida por mí. Durante muchos años, en efecto, he guardado free slots para que ciertas edades quedaran reservadas a fin de ser usadas más adelante. Así que hace poco cumplí 45 y me sentí como sin necesidad de hacer cálculos vitales. Pero, como digo, he cambiado de opinión y resulta que acabo de cumplir 80. Tiene esto una ventaja enorme más allá de la problemática del cómputo de las pensiones. Me refiero a cuando ellas te miran y te dicen admiradas «¡pues cómo los llevas!»; «¡Nadie lo diría!». Pero lo mejor es que, prevenido que es uno, todavía me queda libre el slot de los cincuenta.

Sorpresa

La lengua en pedazosMe encuentro esta mañana con la sorpresa de un ping back que me hace una ilusión infantil. Resulta que «La lengua en Pedazos» de Mayorga vuelve al Teatro Fernán Gómez. Y ocurre que en el anuncio on line de esta reposición, además de explicarse el autor, se recogen algunas críticas pasadas. Y mira por dónde, ahí está aquel post escrito hace ya seis meses justo después de asistir a la representación. Me hace más ilusión que una cita de un artículo técnico o que una nota de agradecimiento de un economista de tronío.

Mi hija y su botillero

botilleroTiene que alimentarse sano, además de hacer ejercicio y salir un poquito para mantener la mente abierta ante la avalancha de esos últimos detalles que le exigen tanto el trabajo propio como la dirección de todo un equipo de apoyo. Así que su botillero le provee hoy de lechuga fresca y tomates de los baratos (que tampoco hay que pasarse), de un puré de guisantes (con picatostes está buenísimo, pero se me han olvidado), dos aguacates (uno más maduro que el otro), albaricoques y cerezas. Además incluyo entre los paquetes, aun a riesgo de estropearlos, dos foulards ligerísmos de colores fosforitos. Ya se ha pasado la temporada de peras de agua y todavía no ha llegado la de los melocotones rubios así que no le llevo sino una muestra de esas dos frutas.Con todos estos alimentos y con los foulards dentro de mi mochila, junto con el puré, cojo un taxi y se lo llevo todo a su casa en la esperanza de verle sonreír. Se mata de risa al verme de traje y sin manos para tanto paquete. Yo, muy serio, retomo el taxi y le doy la dirección de mi oficina al taxista. Los botilleros somos así. Y una hija es una hija.

El Campo de la Cebada

El campo de cebadaHace ya algún tiempo Alberto Corsín excitó mi curiosidad al contarme, a mí y a otros amigos, el estudio de campo que, como antropólogo, había llevado a cabo entre los arquitectos movilizadores de esta experiencia urbana que ha dado en llamarse Campo de la Cebada. El lo contaba como un ejemplo de lo que los arquitectos, con escaso futuro inmediato, eran capaces de hacer una vez que se reinventaran a sí mismos. Pensé que tenía que ir a ver con mis propios ojos este experimento de convivencia de barrio ubicado en un descampado relativamente reducido entre el mercado tradicional del mismo nombre y el conocido Teatro de la Latina. Parece ser que cuando derribaron el polideportivo allí situado unos jóvenes arquitectos desocupados pero llenos de ilusión comenzaron a elaborar, junto con los vecinos más activos, planes de uso que consiguieran aprovechar el espacio vacío para, con el permiso del ayuntamiento, organizar actividades varias que configuraran una comunidad real y no una simple zona administrativa.

Al cabo de unos años el espacio está vivo y veo con asombro que hasta programan una Universidad de Verano abierta a las ideas de los vecinos y, hemos de suponer, que a sus necesidades además de otras muchas actividades. El día que fui a ver el Campo me llevé una sorpresa pues me encontré con multitud de actividades funcionando simultáneamente. Había ¡como no! un tingladillo para picar tapas, un entrenamiento de baloncesto siendo observado por vecinos algo más mayores que los jugadores, una pequeña banda de música en vivo que amenizaba la mañana sin ser estridente y que, con humor, se denominaba, según la pancarta, Cantamañanas. Y, desde luego, no faltaba el solárium donde se broceaban unas jóvenes de buen ver. Había por allí otras actividades que ahora mismo no recuerdo, pero no importa pues lo interesante es, pienso, resaltar que en medio de un recinto reducido rodeado de grafitis, se desarrollaban los contactos humanos propios de una comunidad viva. Alrededor de este recinto la vida continuaba como corresponde una zona en la que, a juzgar por las sonrisas de la gente, la pobreza no ha hecho una enorme mella y en la que se respira un buenvivir.

En el paseo del domingo siguiente he visitado el edificio del COAM (Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid) y he percibido una especie de extraño encontronazo entre la pretenciosidad constructiva y la necesidad (?) de abrirse a las visitas a través de un mercadillo de productos africanos. He aquí el dilema: Construcción u organización ciudadana a través de un urbanismo que facilite la vida en común. Al salir me he percatado de una especie de pancarta de protesta contra la nueva ley de colegios profesionales que, parece ser, quiere quitar a los arquitectos y, por lo tanto, a su Colegio profesional, el monopolio de la construcción. He recordado el artículo de Ricardo Aroca en El País protestando contra esta aparente atropello y he pensado que las cosas se mueven a pesar de los cazadores de rentas de todo tipo.

El argumento de Aroca era que el arquitecto es mucho más que un constructor de edificios y tiene conocimientos no necesariamente al alcance que sepa construir con cierta garantía. Y reproduce ideas que parecían reflejar la práctica de su jóvenes colegas que han juntado fuerzas para vivificar el descampado en donde de momento no se va a construir. Acabo mi paseo rumiando que la idea de la profesionalidad encubre la caza de rentas y que acabar con ellas puede liberar fuerzas hasta ahora fuera de circulación en beneficio inmediato de la ciudadanía y a la larga, quien sabe si también a favor de la propia arquitectura como práctica social. Sospecho que descubrir si esto es correcto o no es lo que Corsín trata de dilucidar.