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La juventud en bicicleta

Ayer al mediodía ascendía yo por el río caminando por la margen izquierda. Lo hacía aturdido y a paso lento tratando de captar los reconfortantes rayos del sol cuando le ví en la confluencia de María de Molina con la Castellana esperando ella a que se abriera el semáforo hacia el oeste y esperando yo que lo hiciera el que me daba paso al norte. Delgada, alta, con generoso escote enseñando los tirantes de un sujetador negro, con falda ancha y larga, con un pie en el suelo para sostener la bicicleta sobre la que se montó en cuanto se abrió el semáforo que le retenía. Sorteó varios coches mas lentos que ella, señaló su dirección extendiendo hacia el sur y en horizontal su brazo desnudo y acabado en una mano generosamente abierta y se paró supuestamente al otro lado de la estatua de Prim en el cruce más transitado de Madrid. Me mantuve quieto a pesar de que el semáforo que me retenía se había abierto para peatones como yo y esperé hasta que le vi emerger camino del sur, la dirección indicada por el dedo del general, con el cabello al viento y por un carril poco adecuado para bicis como si ella fuera un vehículo de tracción mecánica. Sentí que mi aturdimiento se desvanecía y por un instante me sentí rejuvenecer.

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