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Obituario: so long Isabel

Ayer murió una amiga. Una amiga única: una mezcla de Oscar Wilde -uncle Oscar, diría ella- y de Reina de Inglaterra. Y la una, verdaderamente iconoclasta, podía muy bien acabar con la tonta altivez de la segunda. Pero la segunda, a veces, castraba la inteligencia de la primera.

Su sentido era el oído que le convirtió en una próspera editora de música. Con ella nos paseamos durante muchos kilómetros por Salzburgo a pesar de su natural y real pereza para el ejercicio a no ser que fuera acompañado por una conversación inteligente. Se trataba de preparar la obra de la sesión de la tarde ya fuera en el Neues Theater o en el Altes o en el Mozarteum.

Cuando llegaba el momento y todos salíamos sonrientes después del buen rato pasado, ella fruncía el ceño porque esa performance que acabábamos de escuchar no podía compararse con la de, por ejemplo, Lucerna de hacía un par de años. Pero enseguida se le cambiaba el humor cuando nos acercábamos al restaurante elegido con cuidado exquisito. Quiza el K und K, realmente Kaiserlich und Könilich.

El vino y la cerveza desataban su lengua mientras saboreábamos arenques y wiener schnitzels, su natural miopía parecía curarse como por ensalmo y tomaba la palabra para quejarse de la pobreza intelectual en materia de arte, especialmente de teatro Isabelino en donde, según ella estaba todo. Y lo que faltaba se podría encontrar «naturalmente» en Agatha Christie, musitaba como si ella, la iconoclasta,se lo creyera.

El tiempo hizo su trabajo sucio y la Reina ganó terreno poco a poco. Como tal ofició en los Teatros del Canal en Madrid la última vez que le vi poniendo en escena la «prueba» de la corrección de su solución al problema de la autoría en Shakespeare. El bardo patán no pudo haber escrito de esa manera tan elegante y acertada. Tendría que ser Marlow el verdadero autor de mucho Shakespeare.

La escena de la taberna sobre el Támesis me recordó unas memorables vacaciones remontando este río desde Londres hasta su casa de Windsor, exclusa tras exclusa, bebiendo sin parar con unas costillas sustituyendo al schnitzel.

La Reina se negó, como era de esperar, a ser tratada con mistificaciones químicas que no estuvieran en Hamlet y se ha largado tan serena. Mi amiga se llamaba Isabel y supongo que en el funeral de esta tarde sonará un trocito del solo de la Reina de la Noche de la Flauta. So long Isabel.

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