Armen Alchian

Armen AlchianHa muerto con casi 100 años. Era un mito. A mí nunca me dio clase, pero de mis estancias en UCLA recuerdo los comentarios de sus estudiantes de entonces, el respeto con que los colegas hablaban de él y su porte de gentleman siempre en camino del golf course. Es difícil imaginarlo hoy pues Armen Alchian pertenecía a un mundo ya pasado en el que los grandes eran pocos y el reconocimiento provenía no tanto del conjunto de publicaciones más o menos «impactantes», sino de el mito elaborado mediante un boca a boca y lento en el formarse y más lento todavía en desaparecer. Un mito creado por estudiantes en un tiempo en el que la calidad de la enseñanza se apreciaba más que ahora. Alchian era un gran profesor

Merece la pena examinar la historia de UCLA desde los años cincuenta contada por su coautor Allen. Enseña mucho sobre la posibilidad de que la separación entre los economistas de agua dulce y de agua salada no sea eterna puesto que alguna vez no existió tal como se ve si notamos que las ideas de Chicago anidaron en Los Angeles y explica cómo gente como Clower y Leijonhufvud fueran y se quedaran en UCLA durante mucho tiempo.

Era alguien tan respetado que daba un no sé qué encontrarse con él en el ascensor de Bunch Hall. Atesoré sus dos publicaciones con Allen (University Economics y Exchange and Production: Theory in Use) y muchas de sus publicaciones en los journals del momento de entre las cuales recuerdo aquella en la que jugaba intelectualmente con la evolución y la racionalidad del agente individual además de sus trabajos con Demsetz, alguien mucho más asequible en el ascensor.

Han pasado tantos años que no encuentro los dos libros citados en mi biblioteca por no hablar de los artículos. Pero durante la búsqueda he topado con un volumen de artículos seleccionados que con el título de Economic Forces at Work le fue ofrecido como homenaje en 1977. Yo estaba allí y me sentí empequeñecido compartiendo mesa con Coase (que prologaba el libro) Stigler, Samuelson y Arrow y escuchando sus palabras de alabanza a un maestro. Y, héteme aquí, que el libro está dedicado y dice:

J. Urrutia
May this book in the future remind you of pleasant, productive days at UCLA and … appreciation of your having come here.
Armen Alchian
1977

El tono de esta dedicatoria indica muy a las claras la importancia que para este gran economista reverenciado por tantos tenía la Universidad para la que trabajaba. Eran otros tiempos y yo era joven.

PS: Ver también el artículo de David Henderson en Library of Economics and Liberty

Fogonazos. XXI: Algas

algas_cristina_iglesiasQue las algas son algo muy raro parece obvio a la luz de lo que de ellas se dice aquí. Peo como yo soy un chico educado en el Cantábrico es como si fueran parte de mi entorno y, de no ser por la exposición de Cristina Iglesias en el Centro de Arte Reina Sofía, no habría reparado en ellas como «cosas» únicas.

Y escribo «cosas» porque no sé lo que son dentro de las clasificaciones convencionales. Que no son seres humanos parece claro y tampoco parecen animales, pero no me extrañaría que a veces, cuando nadie les ve, se comieran seres vivos del reino animal. Parecen más bien plantas, pero como la mayoría de sus subespecies parecen vivir en el mar, yo las veo como plantas pasadas por agua, como esas verduras de restaurante chino que bien mojadas en una salsa desconocida están de rechupete.

A estas extrañas verduras es a lo que se parecen las enmarañadas vetas mojadas de los acuarios expuestos en el Reina Sofía. Acuarios maravillosos que mezclan las celosías de antaño con la naturaleza solidificada de la nueva Puerta del Prado y con algo como algas, mitad planta mitad pez, que adormecen el cuerpo y despiertan la imaginación.

En ese estado de ánimo me encontraba yo cuando escribí otro fogonazo sobre lo de la celulosa húmeda que había contenido algunos pensamientos escritos con tinta verde. Pensamientos comestibles.

XXXVIII: ?

Bardo

bardoEl signo de interregoción quiere expresar una duda. Este signo es lo que mejor indica mi escepticismo ante la falta de una heurística adecuada a los tiempos que corren y que amenazan con no permitir una vuelta atrás y mi asombro ante la falta de sentido. No es la primera vez que en esta serie sobre la falta de relato expreso mi inseguridad, pero llegados a este capítulo L, ésta se hace acuciante pues quizá la idea de relato esté ya obsoleta y sea irrecuperable en un mundo en el que no hay o no vemos, más que performances. De repente y sin motivo aparente, no estoy seguro de nada, pero especialmente no sé si la heurística necesaria para caminar tristemente por esta vida gris corresponde a la idea de relato. Es posible que las rules of thumb que nos permiten sobrevivir sean más bien como ritos de entusiasmo colectivo sin ninguna estructura narrativa. Pero también es posible que el relato sea hasta contraproducente como filtro para entender lo que pasa.

¿Y si no estuviera pasando nada? ¿ Y si todo fueran imaginaciones, sombras? ¿Podría ocurrir que los movimientos diarios de unos u otros, trabajadores o parados, inquilinos solventes o deshauciados, políticos en el poder o en la oposición, no indicaran la dirección de la próxima movida ni ofrecieran pista alguna sobre esa dirección, sino que solo fueran unas movidas en sí mismas que agotan su virtualidad y pregnancia en ellas mismas? Imaginemos que solo hay una combinación errática de flash mobs y preguntémonos qué pensar o cómo hacerlo y si el relato es una respuesta adecuada.

Es dificil de imaginar a nadie fuera de esa movida sin sentido aparente, pero si alguien realmente estuviera fuera de la marea tendría ciertamente una oportunidad de ganancia difícil de dejar pasar. Una ganacia difícil de imaginar ahora pero que, desde el mundo de hoy, imaginamos consistiría en algún tipo de arbitraje entre diferentes expresiones de una fraternidad danzante. Pero, sigamos elucubrando, es también posible que a nadie le compense aprovecharse de estas posibilidades de arbitraje si, tratando de aprovecharse de ellas, se alejara del coro sin sentido más allá de su propio sonar, se sintiera desplazado, dejado atrás de esa ola gigante sobre la que uno solo quiere surfear sin ninguna intención ulterior.

Si, contrariamente a lo que en el viejo relato era indubitable, nadie quisiera otra cosa que surfear no hay nuevo relato posible ni heurística necesaria para orientarse en un mundo incierto pues no cabe la incertidumbre cuando uno está en en lo más alto de la ola y no se vislumbra la playa. La necesidad de la narrativa como la única posible justificación de esta tarea de constructor de relato, sería que ya sea por razón de fuerzas externas o ya sea por el debilitamiento interno de la propia ola, un sufero detrás de otro se fueran quedando «fuera de onda».

Efectivamente, si ese fuera el caso se podría argüir que la onda sería cada vez menos apetecible y, en un momento dado, su masa sería lo suficientemente poco densa como para que resurgiera la subjetividad hasta ese momento desdibujada en el carnaval de surferos disfrutadores de la libertad del viento en la cara. Aparecería entonces un ex-surfero rapsoda, una figura esta del rapsoda ya desaperecida de la imaginación comunal. Pero ¿qué cantaría entonces este rapsoda? O bien cantaría la alegría del viento en la cara reiniciando así un relato sobre la falta de sentido pero relato al fin, o bien entonaría una rapsodia monótona sobre la manera de apañarse para no dejarse descolgar de la siguiente ola perfecta: otro relato.

El relato puede ser por lo tanto de tipo Nietzchiano, un canto de afirmación de una vida sin exterioridad posible, o de tipo redentorista que siempre apela a algo fuera de lo conocido para construir un mundo menos doloroso. ¿Debo pues concluir que el relato es parte esencial de la realidad y que construirlo no es estúpido? De momento sí, pero no estoy seguro de haberme convencido del todo.

La lengua en pedazos

La lengua en pedazosHace unos días asistí a la representación de La Lengua en Pedazos la última pieza de Juan Mayorga puesta en escena y dirigida por este mismo joven autor, inteligente y brillante, dos cualidades que no siempre van juntas, y que simultáneamente tiene otra pieza- El Crítico– en la escena madrileña. La Lengua en Pedazos es una recreación y dramatización de El Libro de La Vida de Teresa de Jesús que exhibe un lenguaje bellísimo y fiel, en el buen sentido de esta palabra, al castellano en el que está escrito el original por la mano de esta mujer de acción y mística. La pieza se pone en escena en la sala dos del Teatro Fernán Gómez, un espacio reducido que te proporciona una experiencia diferente a la de una escena distanciada y que te permite concentrarte en el texto y en la actuación de una manera casi reverencial.

El texto de la pieza de Mayorga recrea de una u otra manera la vida de la santa desde su infancia hasta su primera fundación en Avila cuando escapa del convento de unas carmelitas bien calzadas, vestidas, cuidadas y con libertad de movimientos y funda el convento de las descalzas, pobres y realmente encerradas. De este paso del Convento de la Encarnación al de San José es de lo que es examinada por el Inquisidor durante 80 minutos de teatro puro en el que el pretexto histórico no evita la recuperación casi imperceptible de temas de relevancia para hoy, temas que surgen de un examen inquisitorial cada vez más y más comprensivo.

Por este último detalle el expectador es llamado a preguntarse sobre el mismo proceso inquisitorial que, aun siendo hoy inaceptable, parece poseer ribetes humanos y flancos débiles que podrían incluso llevar a la “conversión” del agente defensor de la fe o más bien de la ortodoxia oficial, esa que hace falta para sostener una Iglesia. Curiosamente ese diálogo entre la razón y el entusiasmo nos enfrenta a dos cuestiones totalmente vigentes hoy. Por un lado asistimos al enfrentamiento entre la comunidad supuestamente universal que pretende ser la iglesia y la comunidad real de las monjas disidentes que pretenden estar juntas para compartir su fe en el recogimiento y su pobreza sin trampas. Por otro lado también observamos la falsedad de un pretendido diálogo que está de antemano viciado por la asimetría del poder y su contraposición con lo que sería una conversación desprejuiciada. Quizá veo aquí más de lo que hay, pero no puedo evitar ver en la contraposición entre la humilde y constante energía de Teresa y en el reblandecimiento paulatino del inquisidor, la potencia de la negación implícita en la construcción de una alternativa que no se pretende imponer a nadie.

Ni qué decir que en la puesta en escena se pueden discernir toques de feminismo militante. Comenzar la obra a oscuras con Teresa cortando patatas con el ruido del cuchillo sobre la tabla de madera generando la atmósfera de una sala en la que un juez llama al orden con el sonido del mazo para poder comenzar la vista oral, y terminarla con con el mismo sonido a medida que se apagan las luces como si la causa estuviera vista para sentencia, nos recuerda que la causa del feminismo sigue pendiente aunque no hay que despreciar lo conseguido por la visionarias y tercas defensoras de sus visiones.

Estos dos puntos, el de la potencia de la negatividad y el de la terquedad en la verdad propia, se complementan para ofrecernos una esperanza liberadora en momentos en los que se pretende ocultar la asimetría del poder que invita al diálogo para saber lo que tu harías y se evita la conversación franca en la que quizá no cabe más que describir nebulosamente aquello que no se puede resistir pues hiere en lo más profundo.

Son estas dificultades de descripción las que nos llevan al tercer aspecto de este trabajo de Mayorga, el menos teatral y el que más claramente desvela al filósofo analítico que hay en él. La problemática del lenguaje está presente en el mismo título, La Lengua en Pedazos, que en algún momento sugiere la obligación injusta de morderse la lengua ante la injusticia o la falta de libertad para seguir tu camino, pero que más a menudo durante los 80 minutos se nos presenta como la imposibilidad inherente a ciertas vivencias, especialmente las místicas, para ser explicadas de viva voz. La falsa puesta en escena del inquisidor de su propios sueños a fin de convencer a Teresa de que mejor es callar que balbucir lo que no se entiende, nos remite al Tractatus de Wittgenstein, pero no para presumir de cultura, sino para hacernos ver a los espectadores de hoy que quizá merezca la pena balbucir e intentar encontrar el lenguaje adecuado para gritar nuestra verdad tanto de pie en las moquetas del poder como sentados en las aulas de los doctores.

Fogonazos XX: el ladrón era yo

Debo una disculpa urbi et orbi. Después de las obras que siguieron a la inundación de la oficina eché en falta el proyector utilizado a veces para ilustrar las presentaciones que inician una tertulia de las que se celebran periódicamente en la FUE. Me dije a mí mismo que deberían haber sido los trabajadores que llevaron a cabo la obra. Así se lo hice saber a mucha gente y estuve tentado de protestar al seguro que envíó a esos trabajadores. Si no lo hice fué por pereza. Ayer los ponentes de una interesante introducción al tema de la tertulia me solicitaron un proyector con lo que decidí lanazarme al Corte Inglés a comprar uno. A medida que me acercaba a este establecimiento fue surgiendo la luz en alguna parte de mi cerebro y comencé a pensar que igual aquel proyector estaba en mi domicilio cuando ocurrió la inundación. Y se fueron conectando neuronas y la luz se hizo. Recodé la forma del proyector, el color de lacartera que lo contiene así como otras de sus características. Volvía mi casa de la que no me había alejado mucho y entré en mi despacho. Allí a la la vista de cualquiera estaba el proyector como la carta robada de Poe. El ladrón era yo y además de ladrón difamador. Lo siento de corazón.

Un hurray por el dopaje y la piratería

JESSE-OWENS-a-1024x768No sé por qué pero eso del dopaje en el deporte, y estos últimos meses especialmente en el ciclismo, resuena en mi cabeza en la misma longitud de onda que las cortapisas a la libertad y a la gratuidad en la red en relación a la protección de la propiedad intelectual, un asunto este último en el que el presidente de la Academia de Cine incidió el domingo pasado por la noche en su discurso institucional de la gala de los premios Goya.

Empecinarse en la defensa del canon digital y en la condena de la violación de la propiedad intelectual como si esta fuera piratería es algo comprensible pues todo lo que vaya a favor del monopolio es bueno para el monopolista; pero que sea comprensible no quiere decir que sea adecuado si contemplamos los intereses de todo el mundo. Hoy nos encontramos ya con modelos de negocio para compartir música, por ejemplo, que permiten a las discográficas vivir, a los artistas seguir creando y al público disfrutar de la cultura, musical en este caso. Podemos empeñarnos en la defensa numantina del copyright, pero a veces esa defensa suena a impostada por lo exagerada y por la certeza, que esa impostura revela, de estar extrayendo las últimas gotas de leche de la vaca que sabemos ya no da más de sí.

Pues bien , esto es exactamente lo mismo que pienso en el caso de esta persecución inquisitorial sobre el dopaje en el deporte. Aparte de los deportistas, los que viven, y nada mal por cierto, del deporte organizado ya no son los “mecenas” de hace un siglo que por pura generosidad se dejaban enredar en la gestión de clubs de fútbol u otro deporte o regalaban su tiempo por puro altruismo a una federación en el intento de preservar valores importantes como el de la deportividad o el espíritu olímpico. Se trata de personajes que se aprovechan de los dineros que mueve el deporte en general, o las olimpiadas en particular, para sacar algún provecho personal. Estos señores ven el «negocio» peligrar si nos ponemos tontamente serios y comenzamos a perseguir el dopaje. Paradójicamente tienen razón.

De la misma forma que pienso que la propiedad intelectual, aunque provenga de la Revolución Francesa, no tiene un fundamento teórico serio y que se puede llegar a arreglos institucionales adecuados para todos, pienso que la persecución inquisitorial del dopaje tampoco lo tiene pues si lo que perseguimos es la igualdad de oportunidades quizá debiéramos organizar no solo Juegos Paralímpicos, sino infinidad de torneos diferenciados segmentando más finamente a los deportistas según sus propias dotes naturales o la alimentación recibida. Ahora bien, es muy cierto que no parece que esto fuera a generar masas de aficionados dispuestos a pagar la entrada a competiciones de primerísima calidad. Volveríamos, por ejemplo, a distinguir entre deporte profesional y deporte amateur como ocurría en el tenis hasta hace medio siglo cuando ya se empezaron a organizar torneos open que daban cabida simultáneamente a amateurs y a profesionales.

Me parece que defender el deporte amateur es equivalente a defender el acceso libre o el código abierto. Es una cuestión de mero buen gusto. Lo contrario, es decir el deporte profesional o el código cerrado es, simplemente, una ordinariez. Refinarnos exige o bien volver más allá de los orígenes o bien adelantarnos al futuro próximo. Y, en cualquier caso, tanto el dopaje como la piratería son dos procesos innovadores que generan como siempre sus mártires.

Diguem no!

Habría que pensar que no estamos en la misma situación en la que Raimon cantaba la canción que da título a este post y nos emocionábamos con un trocito de libertad. ¿O sí? Más de una década transcurrió entre la fecha de esa canción y la Constitución y las canciones de este cantautor nos acompañaron por el arduo camino de la liberación. Es posible que no tengamos que acordarnos que encarcelan a hombres llenos de razón o que se pasa hambre o que la única ley es la sangre, pero la situación presente está tan necesitada de cambio como lo estaba el tardofranquismo.

Por eso es bueno volver a recordar que el saber decir no cuando toca es muy importante aunque como decía Ignacio Sotelo el otro día en El País es muy difícil «oponerse a la presión social de nuestro entorno, rompiendo con el entramado ideológico dominante incluyendo el más recio que configuran los prejuicios». Son estos prejuicios, junto con el entramado que los sostiene de manera sutil, los que ha desplazado la carga de la prueba sobre la dificultad del momento de manera que a cada grito de hartura siempre hay alguien que, en defensa del statu quo, responde: «y, entonces, ¿tu que harías?»

Cuando oigamos eso es posible que tengamos una contestación adecuada, pero, en mi opinión, lo que la situación exige es no exponer lo que haríamos y limitarnos a cantar «diguem no» porque aceptar un debate es dar bazas al poder pues su legitimación, la de ese poder, es precisamente que admite los debates. Y no solo eso, sino que, además, esos debates no pueden ser ganados por el débil en la relación de poder.

Podría ser al revés en ciertos casos estilizados de los que escribí hace muchos años. En las condiciones allí especificadas con un decisor que escucha desapasionadamente los argumentos del debate y conoce la información de cada parte y estas partes nunca mienten aunque pueden no decir todo lo que saben, es posible que el decisor dé la razón a la parte débil que posee, se supone menos información. Esto se debe a que el que más información posee es posible que la manipule ocultando parte de ella.

Pero como éste no es el caso en general pues el decisor es parte interesada del juego, no podemos esperar que el debate sea una manera adecuada de zanjar los encontronazos que se dan en la vida real. Como por ejemplo el de los desahucios. De ahí que podamos reivindicar lo adecuado de la negatividad desnuda y no constructiva frente a la aparente buena voluntad de los poderosos o sus esbirros. En cada uno de los casos que nos abruman lo que tenemos que hacer es decir que no. Eso es: diguem no, nosaltres no som deixe món.

Boli y servilleta

lulu
Provisto de boli y de un cuadernito de servilletas he pasado dos días zascandileando por ahí con tiempos muertos en estaciones y aeropuertos, trenes y aviones, sin duda los mejores lugares para dejar que el pensamiento se piense a sí mismo sin direcciones predeterminadas. Así esperaba yo volver con servilletas hechas cuerpo.

En un viejo café lleno de jubilados y jubiladas, seguramente viudas, tomo nota de esta frase sacada de una crítica del FT a la puesta en escena reciente de «Lulú», la ópera resultado de la colaboración de Berg y Wedekind e inquietante visión de una época con el subconsciente al aire. Traduje allí en el café, después del bollo suizo mojado en un descafeinado con leche y sin cuidado la siguiente frase de la crítica (los enlaces son míos)

El epítome de… la belleza es una figura con forma de mujer de goma sin rasgos faciales, como una caricatura de Grosz de una pintura de Francis Bacon.

Releo y pienso: lo evanescente como volutas de humo se hace carne y comienza a descomponerse hasta convertirse en trozos de basura orgánica.

Recojo mis aperos de labranza del lenguaje y camino hacia la próxima reunión.

Fogonazos XIX: Dos días para pensar

He terminado dos piezas, trozos de pensamiento cableado, que todavía deben ser domados, enderezados, para que puedan ser leídos, pero que, a mis efectos, ya están terminados. Lo que resta es pura calderería, lenta, contundente y firme pero aburrida. Por eso me parece un regalo los dos días que tengo por delante, días de aeropuertos y trenes en los que me niego a tabletear y me quedo pasmado mirando a mi alredeor lo que nunca aparecerá ya enmarcado en cualquier relato y lo que no perdura en sí, pero deja huellas en el habla del que mira. Dos días de servilleta y boli con el que dibujar pensamientos evanesentes sobre un tejido acolchado en el que la tinta se hace cuerpo.

Fogonazos XVIII:punto en boca

Cuando hablamos demasiado se nos cruzan los cables, pero esos cruces son reveladores.Un ejemplo. hace unos días en una de las tertulias en las que se discute hasta la náusea el llamado caso Bárcenas, un contertulio habitual en diversas cadenas y, a su vez, moderador de alguna en el pasado, dijo, para indicar que no había más remedio que mantener una determinada opinión que había que “poner punto en pared”. Quería decir supongo que el no iba a cambiar de opinión y que aconsejaba “poner pies en pared” . Pero cabe la posibilidad que el cerebro le traicionara y que lo que realmente querría haber dicho era eso de “punto en boca” con lo que estaría mostrando su arrogante autoritarismo acostumbrado a ordenar sin apelación.