XXVI: The good society

Bloomsbury

BloomsburyPor mucho que lo entiendo no consigo traducir al castellano un par de ideas que, en inglés, se conocen como «good Society» o «good Life». Si comenzamos por admitir que una «good Society» es aquella en la que las gentes llevan una «good Life», el primer problema es pues cómo traducir esta última expresión. Me parece que ni una «vida buena» ni «una buena vida» hacen honor a algunos ribetes de sentido que tiene «the good life». Darse «la buena vida» a mi me suena más bien a la actitud de ricachón ruso con la barriga al sol en Marbella y, a mi juicio, no comunica lo que la expresión inglesa que trato de traducir tiene de recoleto y sencillo, de ausencia de aspavientos. Y llevar una «vida buena» a mí me suena a la vida de un arrepentido después de años en la cárcel por alguna acción realmente mala.

The «good life» denota, pienso, una forma de vivir que incluye un cierto cuidado con las cosas, vivas o muertas, que nos rodean para que continúen ahí, una ausencia de abuso de cualquier cosa o de cualquier ser, una cierta modestia en la actitud vital o al menos un grado muy pequeño de arrogancia que se ejerce solo ante el poderoso. Pero aunque el lenguaje conduzca el sentido no creo que hiciéramos bien en traducir esto por una «vida modesta» o una «vida recoleta». ¿Y una «vida digna»»? Algo se acerca a lo que yo consideraría una «good life», desde luego en lo que tiene de falta de necesidad de acudir a la caridad o a la extensión de la mano para solicitar una limosna, pero le sobra un poco de rencor hacia los que les falta dignidad y se lanzan sin vergüenza hacia la captura de un billete volando.

Ante todas estas dudas léxicas ¿cómo voy a lograr traducir la «good society» que aparece por doquier y en concreto en el título del último libro de Shiller, Finance and te Good Society? La «buena sociedad» apela a un cierta clase en una sociedad de clases que, ciertamente no quiero incluir en la noción cuyo significado intento traducir, y hablar de una «sociedad buena» no significa nada en castellano. Podría aprender algo útil para esta labor de traductor detectivesca si exploro en mi recuerdo lo que era the Great Society de Lyndon B. Jonhson, un slogan político que incluía la lucha contra la pobreza y un intento de establecer algunas formas del estado del bienestar como continuación a la ruptura política que inició Kennedy. Y ciertamente, algo parecido a la igualdad de oportunidades.

La «good Society» de Shiller incluye con toda seguridad esto último pues la idea que preside el libro de este profesor de Yale es la de salvar la cara a la Economía Financiera como un avance intelectual que, si bien es verdad ha podido ser utilizada de manera desaprensiva, ha de servir cuando la utilicemos bien para dejar de correr riesgos eliminables que, cuando están presentes, hacen de la vida una aventura incompatible con la dignidad de la vida que ha de ser posible en la «good Society».

Ante mi incapacidad traductora he de volver al principio y preguntarme por lo que querrá decir realmente la «good life». Y mi primer impulso es volver la vista a lo que siempre ha sido mi vida ideal, la vida que llevaban los miembros de mi admirado Bloomsbury, un grupo de gente inteligente que disfrutaba de su educación, comenzaba a romper con el sólido clasismo de la sociedad inglesa y se sentía como la luz del mundo en el buen sentido de que creían ser capaces de aportar a la mejora del mundo gracias a que ponían su inteligencia y su privilegiada educación al servicio de sus conciudadanos sin dejar por ello de perseguir sus objetivos personales en las ciencias o las artes. Bloomsbury reúne en sí la buena vida, la vida buena, la vida digna y la good life y ejemplifica en sí misma, en sus reuniones de Rusell sq. lo que es la «good society».

Skidelski, el gran biógrafo de J.M. Keynes, junta fuerzas con otro Skidelski y juntos pretenden poner al día la famosa conferencia de Keynes (la que dio en Madrid, en la Residencia de Estudiantes) sobre Las posibilidades económicas de nuestro nietos preguntándose ¿cuanto es suficiente? (How much is enough?) o, como añade el subtítulo, Qué se necesita para una «buena vida». Las comillas no aparecen en el original, prueba evidente de que la «good Life» es algo que se entiende en inglés pero que no es transparente en castellano. Y si miramos al subtítulo entero en el original (The Love for Money, and the case for the Good Society) nos percatamos inmediatamente de que esta «good Society» tiene más que ver con la autorealización de los miembros que la componen que con su riqueza material.

Podría quizá hablar de una «vida plena», pero entonces ¿cómo llamar a la correspondiente sociedad que la hace posible? Apuesto por una «sociedad vital» adjetivando el sustantivo al que no se suele hacer caso. No creo que me vayan a dar premio alguno de traducción, pero pienso que este esfuerzo puede servir para hacernos una idea de esa vida en la que se desarrollan las actividades y se conforman las convenciones entre las que se mueve el nuevo relato que persigo.

La pimpinela escarlata

La pimpinela escarlataEsteban Ormeche ha resucitado por enésima vez. La última vez que le ví me pasó una nota de Vicente Urnieta que él había guardado y que yo reproduje en su día aquí. Luego desapareció y no puedo decir en donde está o que es lo que hace, pero he recibido lo que parecen unas páginas sueltas de un intento de memorias. También él se está volviendo viejo, pero de todas formas merece que se difundan estos intentos de sobrevivir que indefectiblemente vuelven a la infancia.

…pues ciertamente el anónimo puede ser un genero literario. Uno quizá especialmente adecuado para el libelo o el panfleto ya que en estos casos la expresión del pensamiento propio puede acarrear la venganza del poder contra quien los escribe, venganza materializada en cárcel o garrote. Sin embargo la intención derogatoria o movilizadora no quita la posible calidad literaria del libelo o el panfleto. Similarmente se puede ocultar el nombre no solo en un ejercicio de escritura, sino que también puede ser conveniente actuar anónimamente cuando, una vez más, la acción puede acarrear consecuencias desagradables por tratarse de una acción revolucionaria o contrarrevolucionaria que impacta en el éxito de unos u otros.

Pero ¿es que no hay razones para el anonimato que no sean tan preservadoras de la integridad física o que vayan más allá de ésta? No me resulta fácil expresarlo pero existe un cierto placer sutil en que nadie del entorno de uno conozca que el autor de ese artículo o de esa acción de los que se habla en la tertulia a la que uno asiste, o en la sobremesa de una celebración, ha sido escrito o realizada por uno bajo un anonimato férreo.

Es esta sensación rara y placentera la que me recorrió la espina dorsal cuando una joven conocida nos contó recientemente cómo hace tiempo que creía estar segura de que hay un tuitero anónimo entre el grupo reducido y cerrado de amigos de carrera que se comunican por ese medio y que ayer mismo sintió que estaba, incluso tuiteando, entre los asistentes a una reunión de ese grupo. Esta joven estaba intrigada y parecía sentir un cierto placer/miedo similar al de la Carrie de Homeland cuando, sin pruebas, está segura de que el terrorista está al lado y hay que descubrirlo no por razones de profesión o de seguridad, sino por el hecho de conseguir lograrlo, de superar un reto que alguien que juega contigo te está poniendo delante de tus narices.

Y recordé que esa sensación que la joven me comunicaba me viene de lejos, de aquella época infantil en la que nada se podía leer que tuviera algún interés para la formación de un carácter que no fuera pura propaganda eclesial. Pero había algunas obras raras que conseguían atraerte para siempre al morbo del anónimo. En mi caso fue la Pimpinela Escarlata, una obra que ya ha cumplido un siglo y que nos muestra a un aristócrata aparentemente snob y solo preocupado por el planchado perfecto de su camisa que, sin embargo, tiene una segunda vida anónima arriesgada que resulta especialmente atractiva precisamente por su anonimato. En el caso de esta novela de la Baronesa de Orczy, esa especie de elegante figura de salón, un poco a lo Oscar Wild, es un secreto rescatador de la aristocracia francesa amenazada de muerte por el Terror postrevolucionario que está en pleno apogeo al otro lado del canal. Pero no hay peligro que no sepa sortear o ventisca que no pueda capear al cruzar el canal a fin de no dejar de estar presente y perfectamente atildado en la que se comprometió a asistir junto con su amplio grupo de aristócratas ingleses y a la que acude, como siempre, del brazo de su suspicaz esposa (que no está segura de quién tiene en casa y al lado de quién duerme) y en las que exhibe una frivolidad espacialmente hiriente cuando se habla del sufrimiento que los de su clase están experimentando en Francia. Una actitud ésta que me recordó a la de uno de los amigos de aquella otra novela, Las Cuatro Plumas, más o menos de la misma época y que también era legible en aquella época de censura. En esta otra novela que todavía creo haber visto en mi casa hace pocos años, Mason describe a un joven aparentemente poco inclinado a aventuras coloniales en la India pero que, sin que nadie lo sepa, acaba siendo el más heroico de los amigos. Como Beau Gest, una novela posterior que, junto con las otras dos y las correspondientes tres versiones cinematográficas, conformaron mi educación sentimental.

Esta mezcla de aparente descuido y profunda y serena fraternidad me servía para sublimar a mi padre que jamás hablaba de su trabajo, pero cuyas gestas yo imaginaba a partir de retazos de comentarios que mis hermanas mayores traían de la calle a la casa siempre protegida contra extraños. Siempre me he preguntado que perseguía aquel hombre con su silencio a prueba de torturas. Es posible que poder sentirse por encima del mundo cuando en su presencia se hablaba de sus proezas técnicas sin conocer el autor de las mismas. Quizá era eso, justamente un orgullo satánico. Pero cabe que debajo del orgullo satánico se encuentre una inocente esperanza de que por alguna fisura de la caja de los secretos se llegue a filtrar la verdad y se le reconozca todo mientras él sigue en silencio.

Quiero pero no puedo distinguir los dos tipos de orgullo, el satánico y ese otro que podríamos denominar angelical. ¡No será el caso que ambos convergen en Lucifer…

Me pregunto si algún día sabré algo más de Esteban Ormeche, si desaparecerá en el silencio o si inesperadamente aparecerán unas Memorias naturalmente …anónimas.

Hoy desparezco unos días y no sé si podré o querré postear. ¡Hasta la vuelta!

A propósito de Cataluña: Fraternidad vs Solidaridad

esteladesA propósito de las elecciones de hoy en Cataluña quiero hacer esta distinción que quizá facilita las siguientes fases del contencioso entre esa nación y el Estado español: solidaridad y fraternidad. Hace muchos años, en el 2000, publiqué un artículo en la Revista Telos en el que esta distinción se perfilaba con precisión junto a muchas otras que me parecieron entonces y me parecen ahora relevantes para muchos aspectos de la convivencia.

La solidaridad entre Cataluña y cualquier otra Comunidad Autónoma es la solidaridad entre los residentes de la primera y los de la segunda y esta se da cuando los catalanes dedican parte de sus ingresos a mejorar el nivel de vida de los de esa otra comunidad, por ejemplo Extremadura. Esto se hace de muchas maneras , pero la oficial consiste en que a través del sistema fiscal la relación entre ingresos y gastos fiscales es menor en Cataluña que lo que sería si esta soldaridad no estuviera mediada por el Estado Central aunque las reglas son tales que no se admite que la ordenación de la renta per cápita neta entre cualquier par de Comunidades se vea alterada por esta solidaridad. Aun con esta última cautela, cuya ausencia sería sumamente desincentivadora para los catalanes, cabe que los «paganos» se sientan en un momento dado «expoliados». Como se observará la solidaridad exige un sacrificio en términos de recursos.

Nada de esto es el caso en la tercera pata del trilema de la Revolución Francesa: la fraternidad. Se tiende, sin embargo, a equipararla con la solidaridad. Pero esta equiparación debe ser eliminada si queremos enterarnos de algo en relación al secesionismo de Cataluña o de quien sea. No es el momento de hacer distinciones a través del uso de la técnica de los juegos repetidos utilizada en el artículo citado, pero basta con decir que esta fraternidad es como el vivero de memes en el que el contacto entre unos y otros, libre y desprejuiciado, acaba generando pautas de conducta que todos practicamos porque es lo mejor que podemos hacer dado que los demás las siguen. Algo parecido a la teleia philia (o amistad perfecta) de Aristóteles en la Etica a Nicómaco. Mientras un conjunto de individuos llegan a adquirir los mismos memes que otro conjunto los habitantes de uno y otro no tienen ningún problema en convivir e incluso el dotarse de instituciones comunes. Y tampoco tiene que haber ninguno cuando en ese vivero de memes acaban generándose memes distintos para dos subconjuntos de individuos distintos, a no ser, claro está, que uno u otro de estos subconjuntos pudiera llegar a alcanzar memes específicos de acuerdo con los cuales todos los miembros de un subconjunto están mejor que antes cuando jugaban con todos los miembros del conjunto entero.

Eso es, el cuándo. Cuando se prefiere «jugar» solos se ha roto la fraternidad. Esto es lo que yo creo que ha pasado en Cataluña. Ya no estamos todos en el mismo vivero y cabe la nostalgia, pero no se trata de nada grave y de hecho cabe verlo como un proceso experimentador de acuerdo con el cual unos y otros aprenderemos nuevos memes que adopataremos o no dependiendo de las circunstancias.

¡Ya está!

Como ya comenté aquí hace unos días, ayer miércoles asistí a el homenaje al Camarada Javier Pradera, título este último de la biografía de Santos Juliá que, parece ser, no es sino el comienzo de una labor de recolección de muchas y variadas piezas escritas que Javier dejó terminadas o a medio elaborar y que algún día verán la luz gracias al esfuerzo de su viuda y numerosos amigos duchos en esto de la edición o del pensamiento político. El acto de ayer me hizo meditar sobre dos cosas.

La primera es esa tonta manía que tengo de tratar de caracterizar a los grupos humanos y de clasificarlos en alguna categoría a la que yo tampoco pertenezco. Para que no parezca esto una crónica de sociedad no usaré nombres en negrita a pesar de que muchos de los asistentes merecerían ser destacados. Allí estaba el subconjunto donostiarra; los amigos de cantabria; el puñadito selecto de políticos, tanto algunos de ahora como, sobre todo, los de la transición; un grupo de sociólogos, politólogos e historiadores que, sin ser lo mismo unos que otros, son complementarios entre sí y necesarios para que no nos abandonemos en manos de los historiadores ya que, como he dicho demasiadas veces, la historia explica todo, pero no legitima nada. Y, desde luego allí estaban, no podían faltar los compañeros que fueron sus amigos en El PAÍS. Había más gente que no supe identificar incluyendo universitarios y compañeros de tertulias, pero esta breve impresión debe bastar para que un extraño como yo avance un paso en su deseo de saber en donde están las capas de gente que influye y que, como dice un amigo muy perceptivo, al final son las que mandan.

La segunda cosa sobre la que he meditado es sobre el valor estético del compromiso, escuchada esta palabra con oídos de gentes mayores como los que ayer ocupábamos la mayoría de las sillas y que en la juventud la escucharon ennoblecida por la literatura militante del Partido Comunista. Yo nunca pertenecí ni a ese partido ni a ningún otro, pero ni qué decir tiene que eran sus miembros los que durante años supieron mantener un cierto nivel intelectual y cultural en el yermo de aquellos años tristes y a caballo de ciertas editoriales. Los animadores del acto o rueda de prensa supieron, cada uno a su manera, comunicar facetas de ese compromiso que no era ni es ahora sino un deseo de revolución, una pulsión del alma que nada tiene que ver con el comunismo en sí pues puede ser canalizado hacia la política o el amor o el crimen. Vaya hacia donde vaya, tome el rumbo que le tome, la revolución es un deseo de sublevación imposible de frenar. Y a algunos les lleva a enfadarse con unos y con otros, cultivando orgullosamente su inadecuación disfrazada de independencia, mientras que a otros les va integrando poco a poco en un grupo cada ve más numeroso a medida que desparecen en la niebla los miembros de cohortes ya acabadas.

Parecería que el secreto de la identidad de Javier Pradera se resumiría en esa frase que curiosamente yo repito a menudo y que no sabía es lo que nuestro homenajeado contestó cuando le preguntaron cómo un chico de derechas de Donosti, con abuelo y padre asesinados al comienzo del Alzamiento, acababa ingresando en el PC. «Entré. ¡Ya está!» parece fue su contestación. Y es que ¡qué más dan las razones!, especialmente si son psicológicas, cuando la decisión ya está tomada y cualquier elucubración posterior es simplemente un error pues sean cual sean esas razones representan un coste hundido. En consecuencia ayer decidí hacer del ¡ya está! mi bandera pirata, en homenaje a Javier y porque pienso que es una insignia de vitalidad que no puede entretenerse en los detalles ni demorarse en el continuo perfilar las ideas, los amores o los deseos criminales. En cuanto uno otea el horizonte y cree sentir por donde sopla el viento ¿que razón hay para no dejar que el viento hinche las velas? y una vez hincas ¿qué razón hay para empañar el placer con tediosas reflexiones?

Cuidado!!

¡¡¡Es tan bonito el otoño!!! Las cuadrillas de barrenderos del ayuntamiento no dan abasto y el suelo se cubre de una alfombra oriental de distintos tonos de amarillo oscuro, marrón claro. Calzarse unos buenos zapatos de suela de goma y salir de casa a trabajar, o a hacer que trabajas, o a pasear, o a lo que sea, parecería pues que te alegra tontamente como era el caso en aquellos recreos infantiles en un patio de colegio cubierto de nieve. Es ahora el juego del viejo que se alegra de no estar bajo tierra o mezclado con las aguas de un mar salado, de un río o de una ría misteriosa. Pero es una alegría como la del pez banana de Salinger que de tanto gozar engorda y no puede salir de la madriguera en la que se ha comido todo lo que allí vivía a sabiendas de que esto le va a matar por un simple problema de tráfico. La única salida, la única forma de sobrevivir se la ha vedado a base de darse placer. No un placer cualquiera sino uno quedo, invisible, amable, respetuoso con los demás. Después de experimentarlo ya no hace falta seguir viviendo. Puedes desparecer sin montar un jaleo, basta con dejarse arrastrar por un autobús de línea urbano que día tras día roza la acera en la que esperas el cambio del semáforo en tu ruta habitual y te lleva, deslizándote sobre la alfombra de hojas ya húmedas, hasta una especie de murete donde choca y explota la cabeza. Completamente desfigurada menos esa sonrisa que hace días no puedes borrar de tu cara habitualmente seria.

Javier Pradera

La vida de Javier Pradera, tristemente fallecido hace un año, me resultaba lo suficientemente conocida, a través de la narración de amigos comunes, desde muchos años antes de conocerle personalmente. El número reciente de «Claves de Razón Práctica» dedica buena parte de su contenido a homenajear su figura y me descubre detalles de el tipo de vida que le tocó vivir que me son muy cercanos. Por otro lado el próximo miércoles han montado un homenaje a su persona al que espero acudir. El fue una persona que, por razones que se me escapan, fue muy acogedora conmigo cuando hace 23 años llegamos a Madrid y, lo que es más importante, supo expresarme su apoyo en momentos en los que yo estaba enredado en asuntos judiciales bien desagradables. Hablar con él fue siempre un placer, a pesar de alguna reprimenda que yo, siendo de Bilbao, tuve que sufrir de este gran donostiarra.

Hace 9 años: El Plan Ibarretxe

Lo que sigue está escrito hace nueve años, justo en vísperas de la Navidad del año 2003. No recuerdo si se publicó ni, ciertamente, en donde lo hizo si lo hizo. Creo en todo caso que contiene ideas que conforman una postura poco corriente ante un problema de secesión como el actual de Cataluña. Igual sirve para algo.

El plan Ibarretxe, un punto de vista excéntrico

Ante la aprobación del texto articulado del Plan Ibarreche por el Gobierno Vasco y su posterior admisión a trámite como proyecto de ley por la Mesa del Parlamento Autonómico, caben dos puntos de vista, no del todo alternativos, sobre la innegable pulsión soberanista que lo informa y que concreta el ya antiguo «ámbito vasco de decisión», en su día admitido por todos quizá porque algunos no se lo tomaban en serio, y hoy totalmente olvidado. Para casi todo el mundo que expresa su opinión estos días en la prensa diaria, y aún dejando aparte el recurso del Gobierno ante el Tribunal Constitucional y la modificación sorprendente del Código Penal, el Plan Ibarretxe es una afirmación secesionista totalmente extemporánea en un mundo globalizado y en el contexto de la formación de la Unión Europea.

Para unos pocos, entre los que me encuentro, este plan constituye, sin embargo, una oportunidad de comenzar a elaborar un esbozo de alternativa a la Teoría del Estado tradicional y a experimentar con ella, una oportunidad que debiera aprovecharse con mucha cautela, porque podría quebrar una tradición intelectual bien enraizada sin ofrecer a cambio un sustituto definitivamente elaborado, y porque podría desencadenar una praxis cuya generalización no es obvia. Intentaré a continuación explicar mi punto de vista, que por minoritario y personal podría calificarse de excéntrico, y que se queda más acá de importantes discusiones juridico-técnicas (como, por ejemplo, si la doctrina de la concurrencia de actos podría quizá justificar que la modificación del Estatuto de Gernika y la necesaria, y previa, modificación de la Constitución se efectúen en un mismo y único acto) y de profundas reflexiones filosófico-políticas (relativas, por ejemplo, a cual podría ser la norma básica o Grundnorm kelseniana que dota a la Constitución de su poder legitimador exclusivo).

Me centraré primero en lo que considero los dos rasgos principales del plan y sólo después pasaré a deducir las consecuencias políticas que de ellos se derivan. No diré nada por lo tanto sobre muchas cuestiones candentes como serían, entre otras, la posibilidad de articular un lenguaje para el diálogo, el oportunismo de la presentación del Plan o de su «penalización», la pretendida exclusión de la mitad de los vascos, la inseguridad jurídica y la incertidumbre económica que podría acarrear, el problemático encaje en el entramado constitucional o la comparación con la práctica de otros países europeos. Callaré sobre esto porque mi competencia técnica al respecto es limitada por no decir nula. A pesar de ello quiero intervenir en un debate que, a mi juicio, debería ser previo al que ya ha comenzado (¡y con qué ruido!) sobre esas cuestiones candentes, a pesar de que se niega su posibilidad, y al que me llama la simple responsabilidad ciudadana.

El primer rasgo básico del Plan Ibarretxe es su carácter de acto fundacional. Esto significa, utilizando una analogía quizá no muy apropiada, que no se trata de un documento de divorcio que pone fin a una relación matrimonial formal y previa especificando quién se queda con qué. La relación entre España y una parte de ella, que hoy llamamos Euskadi, ha sido durante siglos una relación de hecho que, aunque pespunteada por actos simbólicos propios de un matrimonio formal, como por ejemplo la Constitución actual, o la jura de los Fueros en Gernika antaño, se ha conformado históricamente, y por lo tanto, de manera contingente. Esta afirmación no pretende ser sólo una finura intelectual más o menos petulante sino una denuncia doble. Por un lado la afirmación de contingencia histórica (o lo que es lo mismo de la no necesariedad de la forma actual de la relación) pretende denunciar discretamente las doctas explicaciones históricas del encaje profundo de Euskadi en España como ciertas pero inútiles para la discusión política que, se quiera o no, se abrirá en torno a la propuesta de Ibarretxe.

Pero, por otro lado, esa afirmación quiere llamar la atención sobre el chirriante contraste entre un acto fundacional de afirmación de soberanía nacional y el deseo de anclaje histórico motivado por la necesidad de colgar el acto fundacional de la legitimidad de los derechos históricos reconocidos explícitamente por la Constitución y el Estatuto. Este anclaje histórico es una finta jurídica hábil; pero para alguien que como yo entiende la historia como explicativa de todo y legitimadora de nada, es algo que sobra y que incluso puede llegar a ser peligroso para la propia afirmación nacional tal como mostró la utilización interesada de la ley de Territorios Históricos hace casi veinte años.

En efecto para un nacionalista que descree de la historia, y por lo tanto heterodoxo, el acto fundacional contenido en el Plan Ibarretxe conforma no un divorcio sino un contrato prematrimonial. Un contrato prematrimonial ciertamente extraño, pues intenta plasmar las reglas del juego entre dos viejos amantes que, a juicio de quién esto escribe, deberían haberse decantado hace mucho; pero al mismo tiempo rejuvenecedor e incluso ilusionante ya que, por primera vez, es propuesto por Euskadi, la parte díscola de la pareja de hecho. A diferencia de la historia, los contratos, que duran lo que duran las circunstancias que los propician y lo que tarda en reducirse suficientemente el coste de romperlos, no explican nada; pero son, mientras duran, la única fuente admisible de legitimación por parte de una ciudadanía que cree saber que la Grundnorm kelseniana que hace de la Constitución la única fuente de la que se deriva la legitimidad del Estatuto, debe estar precisamente en el pacto implícito desde el que se redacta aquella, pues si no habría que ubicar su origen último en la fuerza que mostró el Estado en el 23 F del año 81 y entonces entraríamos en un vacío que se me antoja abismal.

Quiero discutir ahora el segundo rasgo básico del Plan Ibarretxe; el hecho de que pueda entenderse como un acto de asimilación del terrorismo. Asimilar el terrorismo quiere decir, en primer lugar, aprovecharse objetivamente de él aunque pueda producir repugnancia subjetiva. Para quién privilegie el punto de vista histórico aquí no puede haber sorpresa ni escándalo alguno pues desde siempre, y hasta hoy mismo, la violencia y el terror han sido utilizados o aprovechados de forma casi general, bien con ignorancia de las víctimas inocentes que produce, bien con su reconocimiento como simples consecuencias no deseadas, o bien con respeto genuino que sin embargo no llega a ver en ellas una causa suficiente para acallar la expresión de una voluntad determinada.

Para quién no cree en la historia como factor legitimador, aprovecharse del terrorismo o de sus víctimas para hacer política en una u otra dirección es, sin embargo, envilecedor de forma que merece la pena renunciar temporal y unilateralmente a las propias ideas si éstas van a tener una cierta ventaja (deseada o no) con relación a un terrorismo del que se aborrece; pero cuyos efectos dañinos para la convivencia, bien se produzcan éstos por sotavento, a través de la coacción intolerable que representa, bien por barlovento, a través del estigma moral con el que se acompaña la extensión indiscriminada de su autoría, no pueden evitarse de manera alguna. Pero asimilar el terrorismo es también hacerlo desaparecer transformando al terrorista en un actor político no violento y respetuoso con las reglas, tal como ocurrió con otras ramas de ETA. No me cabe duda de que el Lehendakari Ibarretxe, a pesar de que, digan lo que digan, no descarta ni rechaza las medidas policiales en general, pretende esto último y, en particular, cree ver en su plan esta virtualidad pacificadora. Pienso que ésta es la única manera honrada de entender su insistencia en retrasar el acto fundacional definitivo por parte de la ciudadanía vasca a un escenario del que haya desaparecido la violencia. Y sin embargo el propio Lehendakari debería entender que es difícil, y para muchos imposible, evitar la sospecha de que además de acabar así con ETA, no esté, él y todo el nacionalismo, aprovechándose de su amenaza latente para pactar implícitamente con los parlamentarios de Sozialista Aberzaleak un voto favorable a su Plan.

Puesto que hay dos alternativas para entender uno y otro de los rasgos básicos del Plan Ibarretxe, nos encontramos con cuatro posturas posibles y es muy sencillo ubicar a cada partido político o a cada comentarista en una u otra. El ejercicio es recomendable porque ayuda a comprender las posturas que se observan sobre cuestiones políticas concretas. El Gobierno, por ejemplo, parece creer que el Plan Ibarreche es un acta de divorcio que se aprovecha del terrorismo. Yo me voy a limitar a explicitar las consecuencias políticas de mi postura específica, que, a diferencia de la del Gobierno, ve en el Plan Ibarreche un contrato prematrimonial que intenta, quizá torpemente acabar con ETA.

La primera consecuencia política y la más ambiciosa es que la idea de contrato prematrimonial debería generalizarse. No sólo España sino cualquier Estado, e incluso todo el mundo, debería considerarse como una red de redes o comunidad de comunidades, es decir como una red de grupos cada uno de los cuales está conformado por individuos que quieren estar juntos por una u otra razón (incluyendo, naturalmente, como posible razón legítima un sentimiento identitario) y que desean cooperar, en mayor o menor grado, con otros grupos similares. Elaborar esta idea nos llevaría a una idea del Estado en la que éste deja de ser una forma concreta de protegernos de nosotros mismos mediante la delegación del monopolio de la violencia y se diluye en un conjunto de grupos, conjunto que se autosostiene y se autoregula de manera quizá volátil, pero que refleja los intereses cambiantes de esos grupos.

Esta primera consecuencia política de mi punto de vista sobre el Plan Ibarretxe puede parecer ingenua a cualquier experto en Teoría del Estado, quién no verá en ella más que una exposición postmoderna de la idea de confederación; o incomprensible a un filósofo del derecho que, positivista o formalista, se sentirá incómodo por no saber donde ubicar el origen de la fuerza de la ley; pero no parecerá extraño a un economista familiarizado con dos ideas recientes. Por un lado tenemos al historiador económico Avner Greif que ha mostrado cómo existió antes de la emergencia del Estado, un sistema de mercado que sostenía el intercambio no simultaneo entre miembros de comunidades distintas desde la autoregulación interna a cada comunidad. Por otro lado, Alesina y Spolaore arguyen convincentemente que la descentralización y la secesión son inevitables en un mundo en el que la globalización erosiona las ventajas del tamaño y en el que la homogeneidad de las preferencias de un grupo pequeño facilita la correcta provisión de bienes públicos. De acuerdo con esta primera consecuencia de mi postura específica, el Estado podría ser entendido como un bosque rasgado por cortafuegos entrecruzados o como un acuerdo mínimo entre comunidades. Si lo vemos de la primera manera nos daremos cuenta de que perdemos cubicaje de madera cuando no hay incendios; pero que conservamos mejor la que hay en caso de incendio.

El acuerdo mínimo con el que también podríamos identificar al Estado alternativo que trato de dibujar, consistiría en disciplinar a los miembros de la propia comunidad en sus relaciones con un miembro de cualquier otra. El Estado se desmaterializa, se desmenuza y se enerva su poder único, desdibujándolo entre el de muchas comunidades, cada una de ellas con poder escaso pero suficiente.

La segunda consecuencia política que se sigue de mi postura específica sobre el Plan Ibarretxe es más obvia y está relacionada con la torpeza que muestra como intento de acabar con ETA. El juego de hacer y deshacer comunidades y plasmar acuerdos ya es suficientemente complicado como para llevarlo a cabo con la violencia terrorista de por medio. En el caso del Plan Ibarreche su propuesta debería culminarse, si ahí se llegara, no sólo en «ausencia de violencia» (formulación ésta que admitiría a estos efectos una tregua indefinida de ETA) sino sólo algún tiempo después de la entrega de armas de manera publica y verificable.

Aquí acabo. Soy consciente de lo que queda por discutir y se que nada de lo que se haga o se diga podrá resarcir o rendir homenaje suficiente a los que, en los últimos treinta años, han sido víctimas directas o indirectas del terrorismo de ETA. Sin embargo también creo saber que son precisamente el respeto a esas víctimas y la conveniencia de discutir muchas cuestiones ausentes de este artículo las que exigen una reflexión seria sobre los dos puntos del Plan Ibarretxe que he destacado como básicos y previos. Yo creo en la soberanía indiscutible de cualquier grupo de personas para organizarse y reorganizarse – con las cautelas adecuadas de respeto a las minorías- así como en la posibilidad de universalizar esta idea tanto en la teoría como en la práctica por complicado que parezca esto último. Opino, además, que esa idea en la que creo es fértil y que merece la pena exprimirla a fin de explorar todas sus implicaciones, esperemos que novedosas y pacificadoras. Sin embargo todas sus virtualidades quedarán abortadas si no cesa la violencia de manera que creamos irrevocable, pues nadie se atreverá a expresar sus pensamientos relativos a esas implicaciones, y muchos menos a alentar su experimentación, en medio de una amenaza terrorista. Bien porque está amenazado, bien por delicadeza, o bien por miedo a ser acusado de cómplice del terror.

Juan Urrutia Elejalde
Catedrático de Fundamentos
del Análisis Ecónomico

La cultura en tiempos revueltos

Dicen que la segunda fase de la Gran Depresión, la que correspondió a la política del Presidente Hoover, fue una época en la que eclosionó el arte cinematográfico y el entretenimiento en general. La explicación más sencilla parecería que la gente, en circunstancias que eran como las actuales, tiene ganas de tomarse un respiro y no estar las 24 horas del día preocupado por un porvenir que no se ve por lejos que se mire en el tiempo. Los actores y la gente de teatro en general tienen que prodigarse por doquier a fin de procurarse un sustento que no está al alcance de la actividad selectiva que realizaban hace bien pocos años: una obra de teatro de un cierto éxito les procuraba el suficiente poder de compra para todo el año. Hoy con la subida del precio de las entradas las obras no duran mucho en cartel y hay que cambiar de espectáculo a menudo. Una película atractiva podía permitir a las estrellas principales ser selectivas con los guiones que les llegaban. Hoy se tienen que agarrar a lo primero que les llega. Los músicos tienen que multiplicar sus actuaciones en vivo pues eso que llaman piratería no les proporciona suficientes ingresos. Los artistas plásticos se ven obligados a bajar los precios y los galeristas han de inaugurar exposiciones nuevas cada mes a ver si consiguen renovar una clientela que se resiste a ampliar su colección en estos tiempos atribulados.

Como resultado la oferta cultural de una gran ciudad se amplía hasta límites que llegan a empachar. Tomemos como ejemplo el día de hoy en Mardid. Un repaso rápido de los actos a los que a mí me gustaría asistir incluyen los siguientes. Hoy se inaugura una exposición sobre Dadá y la Neovanguardia; canta nada menos que Patti Smith cuyo «éramos como niños» reposa sobre mi mesilla de noche a la espera de un momento de calma; hay así mismo una especie de conversación sobre Bob Wilson, ese gran director de escena que me llamó mucho la atención ya hace muchos años en el Festival de Edimburgo y que hace bien pocos meses colaboró a crear aquel espectáculo (sobre el que escribí aquí) sobre Marina Abramowitz que se presentó en el Teatro Real con la colaboración de Wilhem Dafoe y Antony y un par de escritores y unos críticos parlotean hoy sobre David Foster Wallace una obra menor del cual ya encontró su camino desde mi mesilla hasta mis ojos. Y no cito las películas que querría ver o la obras de testro a las que me gustaría acudir antes de que las prisas y la necesidad de retener a los pocos aficionados que estamos dispuestos a pagar el nuevo IVA, obliguen a los empresarios a renovar las carteleras.

Así como el exceso de comida tres estrellas astraga el paladar, el exceso de oferta cultural enerva el ojo crítico y, lo que es peor, te pone los nervios a cien por la imposibilidad de no poder atender a toda ella. Por ejemplo hoy, para mí, es un día triste pues cualquiera de los acontecimientos que hoy se me ofrecen en esta ciudad en la que tengo una oficina y a lo que me hubiera gustado asistir, me impediría ver en directo el final de Amar en Tiempos Revueltos, una serie impecable a la que me he hecho adicto y que hoy se va, al menos tal como ha sido durante años y hasta nueva orden, dejándome huérfano de sentido. Eso es algo que no haría nunca de modo que mi fidelidad a la cultura modesta me impide degustar la cultura highbrow.

De todas formas ¡me recuperaré!

Mi 14-N

Hoy, es decir ayer, he hecho huelga por solidaridad con los que lo pasan mal y están cabreados, me gusten o no los convocantes. Pero ¿cómo hace huelga un jubilado? Para empezar no he escrito nada en el blog pues no había post adecuado a la ocasión. No he andado los cinco kilómetros que un infartado debe andar al día (bueno en realidad son 35 a la semana). No he comido segundo plato como cuando, en la infancia, sí lo comía por los chinitos que no podían hacerlo, y no he acompañado el primero con vino. No he echado siesta al final del telediario del mediodía, esas noticias alargadas artificialmente que tampoco he visto. He leído eso sí, pero solo cartas que no había recogido del buzón en días. Muchos anuncios de reformas de pisos, innumerables cartas de banco, como siempre indescifrables, invitaciones a inauguraciones de exposiciones de arte, ofertas resistibles de apuntarte a algo, lo que fuere, la introducción de un libro nuevo de Ariel Rubinstein que me envía por correo postal a pesar de que se puede leer on line, la puesta al día de una ONG con la que colaboro,y mucha otra publicidad que he leído palabra por palabra y no sé cuantas cosas más.

A media tarde, antes de que cayera el sol, he decidido, rompiendo un poco el espíritu huelguista, salir a lo que llamamos en mi ciudad «dar la vuelta a la manzana». Vivo en un barrio en el que hay tan poca vida que una huelga no puede notarse. Pero no he podido evitar cruzarme con gente y, de repente, me he dado cuenta que no veía sino cejas, algo en lo que rara vez reparo: la gente tiene sin excepción unas líneas peludas encima de los ojos que no entiendo para que sirven. Creo que para nada, pero su variedad es tal que me he quedado asombrado. Y mientras me recogía he pensado que es justamente lo que no sirve para nada lo que puede ser usado para expresar diferentes estados de ánimo. Las he elevado y sigo con ellas a la altura casi de la frente asustado de mi falta de comprensión. No recuerdo cómo las tiene Rubinstein, aunque creo recordar las de Frida Kahlo y sin duda recuerdo las durante años cuidadas para que parecieran puntiagudas de Lola Flores y las de Arístegui a las que ya me referí un día. Ya veremos cómo me levanto mañana, es decir ya hoy.

XXV: Signos de descomposicion

El segundo número de la revista Claves de Razón Práctica en su nuevo formato constituye el número 223 desde su fundación. El anuncio de su salida nos muestra que viene dedicado a las tribulaciones del intelectual en tiempos de mudanza bajo el título general de «Buscando el Rumbo», una etiqueta que me parece similar a esta de «Hacia un nuevo Relato» cuya entrada XXV está constituída por este post. Quizá ambas etiquetas comunican una idea, esa que preside el blog de Jesús Zamora, A Bordo del Oto Neurath y que muy bien podría predicarse delos intelectuales de estos tiempos sin una narrativa generalmente aceptada: «Somos marineros que han de reconstruir su barco en altamar…»

Esta falta de rumbo fue parte de la inauguración de un ciclo de conferencias organizadas por el Casino de Madrid cuya conferencia inaugural corrió de cuenta de Victor Pérez Díaz, un intelectual que, de manera elegante dibujó inmplícitamente un cierto rumbo que nos llevaría a ir esbozando un cierto relato nuevo. No puso Victor demasiado énfasis en la pérdida del rumbo por lo que este post podría quizá considerarse como una muy humilde aportación a la descomposición general en la que nos encontramos inmersos conducida mediante la llamada de atención sobre unos cuantos signos de descomposición de lo que ha sido nuestra heurística hasta bien recientemente. Sin meternos en honduras en las que, por otro lado, quizá deberíamos meternos, bastará con señalar unos pocos acontecimientos recientes.

La desgracia del concierto, rave, o fiesta que se organizó en el Madrid Arena, un recinto propiedad del Ayuntamiento de Madrid y que acabó con la muerte de tres mujeres jovencísimas puede o no exigir una investigación y puede o no ser jurídicamente hablando responsabilidad del Ayuntamiento, pero que en medio de la conmoción la Alcaldesa de la Villa se ausente de la ciudad que ella trata de regir, se me aparece como algo inusitado en otros tiempos en los que en cosas como estas primaba la compasión o su apariencia. Que la Señora Botella sepa encauzar o no una investigación de la que se sigan responsabiliddes es, en cierta medida, irrelevante. Así mismo lo es que dimita ella, tal como muchas voces airadas la piden, o que no lo haga. Lo que hace del mundo en que vivimos algo sorprendente es nada más que la ausencia de una lágrima, aunque fuera fingida. Esa esa falta de compasión, quizá solo aparente, la que ha derrotado a Romney frente a Obama demostrando que es posible que haya elementos del antiguo relato que estén todavía por ahí no tan desaparecidos.

Esto mismo es lo que desearía fuera verdad en los caso de dos despidos facilitados por las últimas reformas laborales. El del periódico El País, o más bien de su propietaria PRISA, es chocante para aquellos que nos hemos hecho maduros protegiéndonos del desamparo ambiental cobijándonos bajos sus páginas. Claro que los tiempos no pintan bien para la prensa en papel y que ya han tenido que cerrar muchas cabeceras, pero a mí me suena raro esta debacle de una sociedad como PRISA cuyas acciones se abisman en el vacío sin fondo desde hace tiempo y que sigue manteniendo a su presidente sin ninguna protesta accionarial conocida. El desprecio que la propiedad ha mostrado hacia los sindicatos no es propio del tono del periódico que parece haber entrado en una deriva para mí desconocida si pensamos que su explicación de la huelga a los lectores es un signo de su nuevo rumbo. Causas similares, es decir falta de adaptación a los tiempos, parecen subyacer al ERE de Iberia, una línea aérea que parece no poder competir por rutas todavía rentables y que habría llegado tarde al transporte low cost. Parecería que estos dos casos muestran que tanto los sindicatos como la continua disminución de los costes del transporte ya no forman parte del relato que compartimos.

Y ¿qué es lo que muestra esa cuestión de los desahucios que nos acaba de enfrentar al abismo del suicidio? Un amplio abanico de desajustes en relación al arreglo al que creíamos haber llegado hace solo unos años. Una ley obsoleta, ya denunciada por Europa, y que además se liberalizó en su día para permitir unos intereses de demora abusivos; una patronal bancaria aparentemente poco alerta pues el boom inmobiliario, por muy burbujeante que fuera, debería haberle hecho pensar sobre las deseables novedades legales; la imposibilidad de entender el interés que puede tener la banca en ejecutar los desahucios cuando no sabe lo que hacer con los pisos que le entran en sus balances y, finalmente, la extraña injerencia de la judicatura en esta tesitura por muy duro que les resulte hacer cumplir la ley ante la imposibilidad de distinguir entre los hipotecados realmente golpeados por la crisis de aquellos que se aprovechan del tono general de los tiempos.