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Un domingo cualquiera

A estas edades es raro, en mi caso, que trasnoche el sábado y, desde luego, es casi imposible que ese eventual disfrute de la aparente libertad de la noche traiga consigo la efervescencia etílica. Así que, los domingos prontito estoy ya en la calle inventando nuevos recorridos que, quién sabe, rompan algunas leyes físicas y me permitan caminar siempre cuesta abajo. Hoy no ha sido excepción y, para mi sorpresa, me he topado con dificultades para circular a mi ritmo, ese que mis cañerías agradecen, debido a dos eventos protegidos por la policía que aquí y allí me han cortado el paso. La XXXII Carrera de la Ciencia CSIC ofrecía un bonito espectáculo multicolor que hasta arrancaba aplausos a su paso por parte de otros señores mayores que, como yo, seguramente añoraban la simple alegría de correr. Como ellos corrían cuesta abajo, yo me he hecho a la idea que hacía lo mismo a pesar de hacerlo a contracorriente. Después de oír cómo la guardia urbana daba avisos de que ya la cola de la carrera enfilada el último kilómetro he podido pasear en llano hasta que he topado con la manifestación monocolor, lenta y serena conmemorativa del día contra el cáncer de mama: un mar de globos rosas que no ha impedido que cruzara por medio de su marea con una sonrisa por mi parte que quería ser de ánimo. A lo que voy es que no entiendo cómo los dos actos no se han coordinado pues si algo puede ayudar a controlar la epidemia del cáncer es justamente la ciencia. Esa ciencia que se ha confabulado para hacer imposible el pasear siempre cuesta abajo si quieres volver al punto de partida.

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