Nuevo Gobierno Vasco: ¿qué hacer?

Me voy mañana a Chipre al congreso de ASSET en donde entregaré el tercer Premio a la Diversidad el viernes al mediodía. Les ofrezco, como despedida hasta el próximo martes, lo que saldrá un día de estos en el número de octubre del periódico de AA.AA de La Comercial de Deusto. Lo escribí a petición de los redactores de dicha publicación y lo hice hace tiempo. Sin embargo no me desdigo de nada. Ya me dirán ustedes si les gusta como programa para el nuevo gobierno vasco. Mi pequeño clip dice así: «El nuevo gobierno salido de las elecciones autonómicas tiene una tarea excitante. Debe estar preparado para, junto con las diputaciones y la ciudadanía, defender el concierto económico y mantener un superávit presupuestario primario que deje espacio para promover el espíritu emprendedor y la igualdad, dos virtudes que son parte esencial del capital social vasco. El nuevo gobierno debería fomentar la ampliación de la red de contactos exteriores evitando el excesivo localismo así como apoyar el reconocimiento social de la ciencia básica direccionando un mecenazgo fiscalmente bien tratado. La igualdad, esencial para la cohesión social, exige innovaciones institucionales que, más allá de la progresividad impositiva real, acomoden el sistema fiscal propio al mecenazgo y lo hagan sensible a la desigualdad.»

XXII: Los sistemas complejos en el FT

Hace ya más de una semana la sección Comment del FT publicó un artículo de Robert May, un profesor de Oxford especializado en sistemas ecológicos e interesado últimamente en sistemas financieros y en otros tan complejos como los ecológicos así como en los biológicos.

Sobre sistemas complejos y casi hace un mes, tuvimos ocasión de aprender algo gracias a la Fundación Areces con ocasión de un simposio organizado en colaboración con la universidad Carlos III de Madrid. Como se ve por un lado o por otro nos llega la necesidad de lidiar con las propiedades de los sistemas complejos si queremos enterarnos un poco de lo que ha pasado con la crisis financiera y de lo que podemos esperar que ocurra. En cualquier caso sobre sistemas complejos ya se ha mencionado algo en este blog precisamente en conexión con alguna idea de la economía del desequilibrio (El pasillo o corredor neoclásico) que puede considerarse como dormida a pesar de que sería muy interesante recuperarla para utilizarla en conexión con la crisis y para incorporarla a esta saga sobre la construcción de un nuevo relato.

En la columna citada del FT y en relación al sistema ecológico la columna menciona el teorema May-Wigner que parece decir que cuantas más especies y más interacciones entre ellas menos estable es, es decir más vulnerable es dicho sistema a shocks externos. Esto se parece mucho al resultado presentado en el simposio de la Areces por Shlomo Havlin en relación a los problemas que surgen de las redes de redes. Según la columna de May que estoy tratando de entender mientras la gloso, la creación de activos financieros derivados de otros activos más básicos y la posible expansión de derivados sobre derivados pudo haber llevado al sistema financiero a un grado de complejidad muy grande que lo hizo muy vulnerable ante el shock de las hipotecas subprime precisamente por el aumento de especies (productos financieros) y de sus interconexiones generadas por la creación de los derivados.

Esto resulta especialmente triste cuando nos damos cuenta que muchos de esos activos derivados no eran necesarios para cumplir con la función de mitigación del riesgo. Es decir por tratar de cubrir riesgos incurrimos en el peor de todos, en la posibilidad del colapso total. He aquí un trade off muy de economista: cuanto más repartido está el riesgo entre los agentes parecería mejor para cada uno de ellos, pero al mismo tiempo más peligrosa es la situación para la estabilidad del sistema en sí y finalmente para todos y cada uno de los agentes que lo conforman.

La columna de May continúa con comentarios muy interesantes pero que en este momento no llevarían sino a empañar la claridad de lo explicado hasta ahora. Quedémonos con la moraleja de que la economía ya nunca podrá desentenderse de la complejidad de los sistemas que se entrecruzan en el mundo económico. Y fijémonos en la guinda con la que acaba la columna: «Se podría argüir que las presiones que han llevado a los (eco)sistemas financieros a una complejidad creciente han tenido más que ver con la obtención de rentas que con la optimización de la distribución del capital», objetivo este último que es el que redime socialmente las operaciones de los bancos.

Hablemos en serio, empecemos por el final

TransformersRecuerdo la extraña frase de aquel guru de mi juventud, una frase que nunca entendí, pero que ahora cobra todo su sentido. Me la dijo un día en California, cerca de Big Sur, en el Instituto Esalen: «Seamos serios, empecemos por el final». Se refería a la terapia de la Gestalt, pero ahora entiendo la frase como aplicable a la irritante lentitud en los intentos genuinos o falsos de construir Europa: «Hablemos en serio, empecemos por el final».

Sí, es imprescindible empezar por el final si queremos sacar algo en limpio sobre la formación de Europa que no esté basado en los intereses inmediatos de los aparentes ganadores de la crisis o en una cierta interpretación de la historia que siempre acaba en un «yo llegué antes», como ya dije hace unos días, o en un ejercicio de poder descarnado. Pensemos pues en nuestros deseos y nuestras esperanzas en el límite, es decir en el final que imaginamos.

Respecto al mundo y, por ahora, respecto a Europa, yo ansío lo siguiente.

  1. Quiero llegar a eliminar las guerras, establecer cortafuegos contra los contagios económicos y financieros, reconocer la identidad, no necesariamente étnica, de cualquier comunidad, el respeto sin excepciones a cualquier lengua y los esfuerzos para mantener aquellas que estén en peligro.
  2. Para que algo así llegue a ser el caso deseo sentirme extranjero en cualquier lado y comportarme como tal. Contra el patriotismo, lo apátrida, es decir la generalización de lo exótico en el sentido que para todos, o casi todos, sea yo realmente un ejemplo de lo otro a lo que estudiar con asombro. Lo mismo que cualquiera de los demás es para mí: lo otro. Ser exótico para todo el mundo excepto quizá para uno mismo.
  3. Quiero poder hablar de un «nosotros» para poder «traicionar» las pautas de conducta que identifica ese nosotros a fin de subjetivizarme realmente sin ser un mero juguete en manos de la propaganda disfrazada ya sea de historia o ya sea de familia.
  4. Quiero acabar con el Estado como el origen, junto con la familia, de todos los males por haberlos hipostasiado hasta el delirio sin poseer los medios de defendernos de sus exigencias castrantes.
  5. Y bien ¿cómo llego a ese punto final? Mediante la generalización universal, y de momento europea, de la Confederación (basada en el principio de subsidiariedad) entre comunidades identitarias flotantes independientes de la continuidad del territorio y capaces de establecer acuerdos con cualquier otra que sea de su agrado.

Lidiando con la violación de la privacidad

El otro día hablaba de los castigos imaginativos que debiéramos aplicar en casos de dopaje en el deporte o de violación de los derechos de propiedad intelectual a través del plagio o del “negreo” directamente. Hoy vuelvo al tema de una forma tangencial pues solo quiero añadir algo relativo a la posible violación de la intimidad en Internet.

Leí la “piedra de toque” de Vargas Llosa en el País el domingo 20 de octubre. Se rebela contra la amenaza a la privacidad que significa Internet y aprovecha para contarnos los artículos que han sido publicados con su nombre sin haber sido escritos por él, así como alguna entrevista publicada en medios respetables pero que, sin embargo, no había tenido lugar. En mi caso y a mi nivel lo único que he detectado es que algún artículo mío aparece bajo otro nombre lo que me parece más grave que lo contrario pero que no me importa nada porque el placer está en la escritura no en el reconocimiento ni en los viajes exóticos que uno podría realizar con el dinero del premio Nobel o de los derechos de propiedad liquidados o los altos fees que un Nobel puede procurarse allí donde le llamen para hablar.

Más delicado es, sin duda, el acoso sexual o la difusión de contenido erótico que tenían un destino privado. Pero, en cualquiera de los casos, el primer reflejo del vejado, y que suele consistir en acusar a la red, solo muestra la vetustez del que protesta. Ante el miedo de que me violen de una u otra manera y luego difundan la violación de que se trata solo caben dos aparentes soluciones. La primera y más drástica es la prohibición del uso de la tecnología digital. La segunda consiste en usar esa tecnología para tapar la violación de la intimidad mediante un exhibicionismo desmedido: querías verme el culo, bien, pues lo vas a tener delante de tus narices cada vez que abras el ordenador, será tu salvapantallas.

De estas dos soluciones, que decía eran solo aparentes, la primera es impracticable en nuestras sociedades occidentales: lo que se puede hacer acabará haciéndose. Solo nos queda la otra, esa de si no quieres taza pues taza y media. Y esta acabará en nuevos negocios como siempre. Por un lado alguien hará dinero o lo intentará hacer amenazando con poner nuestra intimidad a disposición de todo el mundo. Por otro lado siempre habrá alguien que por una suma razonable sabrá tapar esa noticia o imagen que queremos ocultar bajo el peso de un enorme despliegue de noticias sobre mí o, lo que me parece realmente la única solución, llenará la red de mis debilidades o maldades estragando en poco tiempo el gusto por la ridiculez ajena que todos tenemos pero que es limitado, especialmente si florecen otras noticias igual de estúpidas como las margaritas en primavera, de manera imparable y desmesurada.

España como pronombre reflexivo

Este pasado verano murió Gregorio Peces Barba: no pude asistir a sus exequias y tampoco pude honrarle hace unos días en el homenaje que le dedicó la Universidad Carlos III de la que Gregorio fue su primer Rector. Me hubiera gustado hacerlo pues, como antiguo miembro de la Comisión Gestora, puedo atestiguar que sin su capital político la Carlos III no sería hoy lo que es. Trabajamos juntos muchos años y remamos casi siempre en la misma dirección, pero fuera del ámbito universitario casi nunca estábamos de acuerdo. Especialmente si se trataba de cuestiones constitucionales y singularmente del título VIII de la CE78. Por esa razón me parece que el mayor homenaje que yo puedo dedicarle es reproducir lo que ya hace seis años escribí en este blog contestando a un artículo suyo en El País a propósito del Estatut. El post así como su artículo tienen hoy, pienso, una relevancia mayor que en el momento en el que fueron escritos. Especialmente al socaire de la columna de Félix de Azua en El País de ayer.

En opinión de Gregorio Peces-Barba, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar. Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible.

En “España como poder constituyente” (El País 5 de enero del 2006) el Rector de la Universidad Carlos III y Alto Comisionado para las víctimas del terrorismo, Gregorio Peces-Barba Martínez (GPB), nos instruye sobre la correcta comprensión del contenido de la propuesta de un nuevo Estatuto para Cataluña y sobre el carácter heroico del PSOE como su único defensor cabal posible, todo ello basado en su visión de la naturaleza política de España. Voy a pasar de puntillas y rápidamente sobre los dos primeros asuntos, que se entienden muy bien, y voy a tratar de concentrarme en el tercer asunto porque yo no lo entiendo y porque la exposición de mi incomprensión puede dar origen a una discusión iluminadora.

El político que hay en GPB admite que, a diferencia del Plan Ibarreche, la propuesta de Estatut cumple todos los requisitos formales exigidos por la CE78 y, una vez que, congruentemente con esa corrección, se está discutiendo previamente a su discusión en la comisión constitucional del Congreso, pretende orientar la limpieza del texto presentado. Este texto, en opinión de GPB, sufre de un defecto originario puesto que parece que no acepta que España sea el poder constituyente, ni siquiera que sea un interlocutor. Siempre se utiliza el término Estado Español, con lo que el texto se sitúa en la filosofía de que España es un Estado plurinacional, pero no una nación. Para estos planteamientos Castilla, Aragón y León son los interlocutores nacionales de Cataluña

El GPB político hace notar que está surgiendo un proyecto confederal entre naciones, entes éstos que el lector de esta pieza no sabe en este punto lo que son debido a que todavía no he dejado hablar al GPB catedrático. Pero es que hay más. Si bien lo anterior sería ya malo, todavía es peor lo que los cuatro partidos catalanes pretenden puesto que es más que un proyecto confederal, donde la Generalitat aparece en relación bilateral y en igualdad de condiciones de sus órganos con los del Estado, sin reconocer la soberanía ni la existencia de España como poder constituyente

El resaltado es mío y sirve para recordar aquello de lo que realmente quiero hablar en cuanto termine con los asuntos meramente políticos. Lo único que sabemos de momento es que, en opinión de GPB, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar.

Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible. El PP no buscaría en serio acomodar el Estatut y se confundiría cuando usa, en contra de su aprobación, la falta en el texto de una apelación clara a la ciudadanía ya que ésta es perfectamente compatible con la interpretación de España como una nación, interpretación ésta no admitida realmente por el llamado cuatripartito que defiende el Estatut, a no ser que su postura sea un farol desde el que negociar.

En consecuencia no queda más que el PSOE como fuerza política significativa, para llevar a cabo la pesada tarea, propia de un Sísifo, consistente en convencer a todos acerca de dónde están los límites constitucionales. Mientras el PP «empequeñece» -la Constitución- «hasta hacerla mezquina y conservadora», los nacionalistas «la desvirtúan, abusan de ella y la transforman en un inmenso fraude». El PSOE pasa así a ser su único campeón. Aquí solo quiero añadir que tendría que defenderla contra alguien tan cercano como Ignacio Sotelo que en el propio periódico El País afirmaba unos días antes que la CE78 era mala porque desemboca o en un Estado unitario o en una confederación y no en un federalismo que es lo bueno, algo que sería compartido por muchas personalidades del propio PSOE y por una gran mayoría de la izquierda española.

Pero GPB no es solo un político, ni siquiera primordialmente un político. Es, además de uno de los padres de la CE78, un catedrático de Filosofía del Derecho. Su percepción del contenido confederal de la propuesta de Estatut y de su constitucionalidad, así como su idea de lo que es España, proviene de esta doble condición, tal como muestra la primera parte del artículo al que me estoy refiriendo y que ahora paso a considerar.

En efecto, no se preocupa GPB de lo que es España a la manera histórica en que lo hicieron Américo Castro o Sánchez Albornoz, sino que se preocupa de lo que es España desde el punto de vista constitucional. Aún circunscrito a un ámbito de estudio así restringido, el primer párrafo del artículo le deja a uno confundido nada más empezar su lectura debido a las extrañas conclusiones que deduce el catedrático de la lectura del artículo 1.1 de la CE78.

Según esa lectura, España «como realidad nacional y social es el poder constituyente». Esta «realidad», así implícitamente aceptada como nación, conforma la nación española que «es previa a la Constitución, la realidad fundante básica,… el poder constituyente originario» y, además, «aparece también como expresión de la soberanía nacional, que reside en el pueblo español». Aunque en las citas precedentes aparezcan conceptos técnicos como poder constituyente originario, soberanía nacional y pueblo español, cosa no extraña en un especialista en filosofía del derecho, lo que hace de la lectura del primer párrafo del artículo algo realmente difícil y sorprendente es que todas esas afirmaciones sobre lo que realmente es España, provienen de la interpretación del citado artículo 1.1 que, en lo que nos importa ahora, solo dice que «España se constituye…».

El pronombre reflexivo «se» no tendría sentido a no ser que España preexistiera. Y dicho pronombre reflexivo, junto al verbo de la cita, evidencia sin duda posible, que esa realidad preexistente es la que constituye. España es pues, para GPB el intelectual, nada menos que un pronombre reflexivo. A mí no me disgusta nada esta manera de conceptualizar un Estado o una nación o ambas cosas simultáneamente: ¡es lo que es porque quiere!. Mi perplejidad comienza cuando pretendemos discernir qué es ese ente preexistente a quien podemos aplicar el «se constituye…». La solución o respuesta de GPB nos depara varias sorpresas.

La primera sorpresa ni siquiera es tal al comienzo. Cataluña (o Castilla o Aragón o León, por mencionar aquellas entidades que menciona el autor del artículo) es una nación cultural (que ya se sabe lo que es: lengua, costumbres, un derecho privado algo diferente, un poco de historia no muy mítica, etc.), pero no tiene poder constituyente ni soberanía propia, ni sabríamos qué significa el pueblo catalán. Esta concepción era esperable, como también lo es que un catedrático de Filosofía del Derecho haga una distinción concordante con lo anterior. La nación (supongo que cultural, porque si hay otra no sé de momento en qué consiste) pertenece al orden de la gemeinschaft (comunidad), un orden centrado en los sentimientos, mientras que el Estado pertenece al orden de la gesellschaft (sociedad), un orden centrado en lo racional. Lo sorprendente de esta primera sorpresa empieza ahora.

En efecto, llegados a este punto y desde mi ignorancia, yo llegué a pensar que, aclaradas las nociones anteriores y hechas esas distinciones, lo que «se constituye…» es una nación (que, de momento, tengo que seguir considerando como una nación cultural ya que no se me ha dado otra noción alternativa) y que lo hace, constituirse, en Estado. Pero, si esta fuera la interpretación correcta del artículo 1.1 de la CE78, este artículo se leería entonces como diciendo que «la nación española se constituye en Estado».

Consecuentemente podría argüirse que una nación (otra vez cultural) podría constituirse en Estado aunque no sea éste un destino obligatorio, ni quizá tenga un derecho automático a hacerlo, ni haya una sola forma de articularlo en caso de que lo tuviera. Pero una conclusión así sería muy contraria a la intención explícita del GPB político, por lo que, seguramente, su pensamiento va por otros derroteros.

Efectivamente es así y es por esos otros derroteros por donde surge la segunda, y esta vez genuina, sorpresa. Afirma GPB que la nación y el Estado, cada uno de estos conceptos asociado al correspondiente término de la distinción de Tönnies (comunidad y sociedad), «no son imprescindibles el uno del otro». A partir de aquí se dispara el pensamiento imaginativo y, manteniendo la idea de nación como nación cultural, nos vemos autorizados a admitir que puede haber naciones sin Estado, asociaciones de estas naciones sin Estado, Estados sin nación, coaliciones de naciones que no conforman un Estado o que conforman uno plurinacional.

Hay ejemplos de todas estas posibilidades; pero España no sería para GPB un Estado sin nación (lo que sí sería para Carod Rovira) sino un Estado plurinacional. Luego, a falta de otro ejemplo de Estado sin nación que no se me ocurre, la lógica de GPB nos llevaría pensar que la nación es previa y que solo puede «constituirse» en Estado lo que es una nación o un conjunto de ellas. Pero esto rompería la imposibilidad de traspasar la frontera entre comunidad y sociedad que GPB se ve obligado a afirmar para evitar el romántico derecho de una nación (cultural) a convertirse en Estado.

Para mantener esa frontera bien nítida necesita GPB, por lo tanto, introducir finalmente una distinción entre nación a secas (que todavía no sabemos lo que es) y nación cultural para poder argüir lo que le pide su faceta política, que España es una nación soberana y con poder constituyente que está formada por, entre otros entes, naciones culturales sin poder constituyente y sin un pueblo soberano. Naturalmente esta distinción es una mera petición de principio ya que no se sigue de ninguna lógica ni de ninguna lectura posible del artículo 1.1 de la CE78. Pero no es una petición de principio inocente, sino que acarrea consecuencias nada triviales.

La primera consecuencia de la extraña lógica del GPB catedrático es que nos vemos irremediablemente impelidos a admitir que las naciones soberanas, como España digamos, son un conjunto no definido de agentes individuales que se constituyen simultáneamente como nación y como Estado a través de una Constitución. Pero si esto es así resulta que no se puede decir que «solo España es anterior» tal como se dice al principio del segundo párrafo del artículo de GPB. España como nación no es anterior y, de hecho, es difícil argüir que sea el poder constituyente originario. Es la propia Constitución la que es ese poder constituyente originario.

La segunda consecuencia se sigue de la primera puesto que si ésta es cierta no podemos hablar de un concepto unívoco de Constitución pues mientras algunas han permanecido en el tiempo aunque sea con enmiendas (como la de los EE.UU. de América o la no escrita del Reino Unido), otras han sido sustituidas por otras en un momento dado (como las constituciones que ha habido en Francia o en España).

La tercera consecuencia es que las naciones culturales lo tienen difícil para constituirse en naciones soberanas y en Estados. Lo tienen difícil porque o bien lo hacen de la misma forma que, según GPB, utilizó España de acuerdo con la primera consecuencia, es decir fiándolo todo a una Constitución propia, o bien lo hacen como les da la gana porque nadie tiene nada que decirles debido a que no forman parte de ningún Estado constituído.

La primera vía es el famoso derecho de autodeterminación que no parece compatible con ese espíritu constitucional de 1978 que permanece en el recuerdo de aquellos que directa o indirectamente discutieron la posibilidad o la conveniencia de incluirlo.

La segunda vía es directamente imposible porque, aunque sea discutible si hay algún estado sin nación, lo que parece obvio es que no hay ninguna nación, cultural o no, que no pertenezca hoy a algún Estado. Ante la aparentemente única vía de llegar a ser Estado que parecería quedar abierta a una nación cultural como Cataluña incluida en España, la respuesta es, en este segundo caso bastante poco presentable: «¡se siente, se siente, has llegado tarde!»

Nos encontramos pues en una situación extraña. La situación deriva de una petición de principio sobre la naturaleza de España como pronombre reflexivo que parecería derivarse de la filosofía del derecho con la intención de impedir que el Estatut pase tal como está. Curiosamente esta extraña mezcla de ciencia jurídica y de política, una vez analizada con cierto rigor, aunque no con técnica jurídica, nos lleva a sospechar que Sotelo tiene razón y que puede desembocar en una confederación como resultado de la irritación que produce esa especie de teorema de imposibilidad de autodeterminarse a no ser que ya lo estés. O eso o una configuración estatal que por muchas concesiones que se hagan no deja de ser un Estado unitario. En cualquier caso, esta mezcla curiosa, no parece favorecer el Estado Federal deseado por alguna parte del PSOE.

Dejaré para otro día preguntarme que tendría de malo una confederación, como la que parece que querrían Euskadi y Cataluña, o quizá una menos asimétrica y menos bilateral, y termino con una última vuelta de tuerca. Quizá resulta que, tal como parece mostrarnos la historia, una confederación no es estable y acaba en una federación. Así ocurrió en los EE.UU. de América y en la Confederación Helvética. Qué paradoja si así ocurriera y que fiasco para el esfuerzo teórico-político de GPB.

Aquí terminaba el artículo de hace más de seis años y, ciertamente, he tenido ocasión de escribir sobre la posibilidad de una confederación. Por ejemplo lo he hecho aquí y aquí entre otros muchos lugares.

Nuevos castigos para las trampitas

Por un lado parece que ya no hay nada que hacer, excepto quizá, acudir a la justicia ordinaria. El gran, incomparable y genial ciclista que se entrenaba en Girona ha sido condenado. Después de una investigación cuya duración avergonzaría al más vago de nuestros jueces de instrucción, la USADA ha decido que Lance Amstrong se dopaba y ayudaba a otros a hacerlo bajo los ojos vigilantes y curiosos de algunos médicos deportivos españoles. La UCI, al tanto de la investigación, tarda solo dos días en decidir que este experimento tan importante es suficiente para privarle de los siete tours de Francia que ganó para solaz de todos los que amamos el deporte (y que no sabemos todavía quien los ha ganado o si no los ha ganado nadie), y casi con toda seguridad de todos los fondos que su fundación allegaba, mediante el uso comercial de su nombre para fines encomiables.

Por otro lado la Ministra de Educación alemana ha sido dictaminada como plagiaria por un tribunal académico después de arduas pesquisas iniciadas de oficio supongo, o quizá a instancias de algún purista desnortado. No sabemos si seguirá el camino de su colega, el exministro de defensa, K.T zu Guttemberg, que ya dimitió hace año y medio. En el caso de la Schavan, Anette para Angela, parece que solo se trata de alguna pequeña apropiación de ideas y frases contenidas en fuentes secundarias. Nada muy grave me parece a mí, siempre que no te pillen. Pero en esto de las tesis hay muchas formas de trampear. Se dice que un exministro español se hizo elaborar una tesis sobre la política económica que él mismo dirigía y que, desgraciadamente, no fue nunca publicada pues hoy podríamos revisar algunas de las opiniones del «negro» y contrastarlas con lo que ha pasado años más tarde. Si este cuento fuera cierto habría que decir en favor del mundo académico español que nada ocurrió que no fuera lo natural e incluso conveniente a diferencia de la falsa e hipócrita pureza germana.

Este post es una defensa de la generosidad con el castigo, legal o social, de estas trampitas, pues lejos de hacer el mal o de romper tontas normas consuetudinarias o profesionales o incluso leyes de la propiedad intelectual, estas trampitas contribuyen al entretenimiento general e incluso al avance de la humanidad que muy a menudo peca de pacata y utiliza su famoso nombre en vano para mantener situaciones de tonto privilegio. Es conveniente que el experimentador de ciertas drogas que son tan buenas que nunca fueron detectadas en los controles rutinarios no abandone este tipo de actividades que acaban mejorando a todos. Así mismo los que escribieron total o parcialmente tesis ya publicadas con otro nombre deberían salir a la luz para que nos ilustren con sus nuevas ideas que seguro han elaborado y que, por otro lado, no parece que sean muy caras. Y los simples plagiarios podrían muy bien servir como redactores de discursos que seguramente mejorarían nuestra comprensión de lo que pasa o lo se quiere que pase.

Haríamos muy mal en castigarlos por eso de la ejemplaridad pues lejos de eliminar esas actividades que ahora comprometen sus carreras y sus investigaciones o actividades políticas deberíamos utilizar a sus autores para labores sociales que a todos nos vienen bien. La ejemplaridad debería limitarse a una pequeña insignia de distintas formas, según la naturaleza de su generosidad secreta, y desmontable en varios pedacitos que serían siendo eliminados a medida que la persona valiente e innovadora va poco a poco haciendo el trabajo en el que tanto de su vida ha comprometido hasta quedar completamente aceptada como héroe o heroína y, deseablemente, reconocida con el equivalente a un título nobiliario o medalla especial que podría lucir en reuniones sociales u oficiales en las que, de una u otra forma, quisiera alentar la innovación y el talento.

Un domingo cualquiera

A estas edades es raro, en mi caso, que trasnoche el sábado y, desde luego, es casi imposible que ese eventual disfrute de la aparente libertad de la noche traiga consigo la efervescencia etílica. Así que, los domingos prontito estoy ya en la calle inventando nuevos recorridos que, quién sabe, rompan algunas leyes físicas y me permitan caminar siempre cuesta abajo. Hoy no ha sido excepción y, para mi sorpresa, me he topado con dificultades para circular a mi ritmo, ese que mis cañerías agradecen, debido a dos eventos protegidos por la policía que aquí y allí me han cortado el paso. La XXXII Carrera de la Ciencia CSIC ofrecía un bonito espectáculo multicolor que hasta arrancaba aplausos a su paso por parte de otros señores mayores que, como yo, seguramente añoraban la simple alegría de correr. Como ellos corrían cuesta abajo, yo me he hecho a la idea que hacía lo mismo a pesar de hacerlo a contracorriente. Después de oír cómo la guardia urbana daba avisos de que ya la cola de la carrera enfilada el último kilómetro he podido pasear en llano hasta que he topado con la manifestación monocolor, lenta y serena conmemorativa del día contra el cáncer de mama: un mar de globos rosas que no ha impedido que cruzara por medio de su marea con una sonrisa por mi parte que quería ser de ánimo. A lo que voy es que no entiendo cómo los dos actos no se han coordinado pues si algo puede ayudar a controlar la epidemia del cáncer es justamente la ciencia. Esa ciencia que se ha confabulado para hacer imposible el pasear siempre cuesta abajo si quieres volver al punto de partida.

Furia destructiva

Esta mañana he enfilado el camino hasta la oficina en Madrid de la FUE como quien vuelve a la patria después del exilio. Sabía que el espacio estaba mejor que cuando tuve que abandonarlo, pero hoy no estaba seguro de que el camino al trabajo fuera parte del paseo obligado por razones médicas que me ordenan quemar el azúcar que mi metabolismo acumula como si quisiera vengarse de mis excesos. Ni tampoco hubiera podido jurar que realmente quería volver y dejar, vaya usted a saber por cuanto tiempo, el exilio dorado de mi territorio familiar y los descubrimientos que he ido haciendo a su alrededor. Una vez más me he encontrado en territorio de nadie, como en una frontera deshabitada, solo. Y la cólera se ha apoderado de mí.

Blandiendo un trapo como quien empuña una espada vengadora he comenzado a descargar mi furia contra las carpetas hechas pasta y llenas de ideas ilegibles totalmente dañadas por el agua de la inundación que me obligó a exiliarme con lo puesto y solo diferente de los exiliados que en la guerra atravesaban los Pirineos por la ausencia de abrigo en mi caso. Con ese espíritu poco amable comienzo mi labor con ira contenida pero decidido a terminar pronto con mi labor de rescate. A nadie le interesa el contenido de mis carpetas excepto quizás a mí, pero ya no soy el que era hace unos meses. Se me ha ido olvidando lo que estaba haciendo o bosquejando hace casi medio año y mi cabeza está llena de los proyectos que he ido imaginando y atesorando en ese territorio que me dio cobijo cuando se me cayó el cielo encima. Unos proyectos y otros no casan, no son los de ahora continuación de los antiguos ni estos pueden ser concebidos como ideas germinales de los nuevos que corresponden a otro mundo. Pero tampoco puedo negar que soy el mismo en cierto sentido no sé si relevante o no.

Así que con el trapo en la mano voy repasando las carpetas, a penas despegables unas de otras por la mezcla de pasta de papel reseca y de polvo acumulado. Enfurecido por no saber por qué lo estoy voy separándolas en grupos. Primero las cosas oficiales, desde recibos a invitaciones para hablar aquí o allí, lo que parece que preparé para cumplir con esas amables invitaciones en lugares insólitos y obituarios o discursos de homenajes merecidos. En un segundo grupo coloco las carpetas llenas de fotocopias de papers que algún día acumulé para decidir si aceptaba o no los ofrecimientos para defender sobre bases teóricas los intereses de algún sector o empresa que estaba dispuesta a pagar bien y discretamente. Y para terminar esta primera exploración de los efectos del desastre, en una columna aparte, y muy alta, acumulo las cosas personales, desde cartas, hasta los primeros borradores de trabajos ya olvidados pasando por innumerables copias en papel de trabajos ya publicados en su versión definitiva pero que son testigos de los titubeos propios del oficio que oscila ente la austeridad y la exuberancia como todo en esta vida en crisis.

En cada uno de estos bloques el procedimiento es el mismo. Toco, ya con guantes, cada “ladrillo” y decido si lo guardo para archivarlo mejor o lo tiro a una bolsa de basura. Al principio la decisión es difícil pues me detengo a tratar de leer lo que mi letra temblorosa había escrito y la duda se adueña de mí, especialmente si esa nota marginal parece avanzar algunas de las cosas en las que me he concentrado en el exilio, pero poco a poco la furia se desata y voy llenando a reventar la primera bolsa de basura. En tres horas quedan muy pocos documentos encima de la mesa de reuniones y por el suelo y sobre algunas sillas campan no menos de ocho bolsas de basura rebosantes.

Ha llegado el momento difícil. Archivo con cuidado las carpetas que todavía pueden abrirse y contienen material que me parece aprovechable y me quedo contemplando los fardos de plástico. Pienso que puedo hacer varios viajes al contenedor indicado pare el reciclaje de cartón y librarme para siempre de esta materia que configuró mi pasado con sus alegrías, esperanzas locas y alguna idea, si no genial, al menos aprovechable. E inmediatamente se me ocurre que también podría dejar esas bolsas de plástico como abandonadas para algún loco que un día decida escribir mi biografía o, con menos coquetería, para que yo mismo comience mis memorias complementarias de esa novela apenas empezada que he salvado de la tercera columna.

Me siento idiota por mi indecisión tan propia de un espíritu pusilánime. Me odio a mí mismo, pero me pongo la chaqueta y me marcho de este territorio que habré de recuperar poco a poco. Quizá no es debilidad de carácter sino el destino del ser fronterizo. Ya decidiré mañana.

El Valor de Shapley

Lloyd Shapley, premio Nobel de Economia 2012Ya se han otorgado los premios Nobel de Economía a Shapley y Roth, una persona mayor y otra menos mayor, una combinación que permite recuperar a investigadores que se lo hubieran merecido años atrás. Es el caso de Shapley de cuyo concepto-solución -el valor de Shapley- quiero hablar hoy. Hay que ubicarlo en la teoría de los juegos cooperativos, una especialidad que ya en los años ochenta del pasado siglo parecía carente de novedad. Binmore visitó Bilbao en esa época y exhortó a los jóvenes investigadores a que abandonaran esa línea de investigación y se concentraran en los juegos no cooperativos si querían hacer carrera académica. Y, sin embargo, yo nunca dejé de interesarme en ellos y en el link anterior defendía, como parte de un posible nuevo relato, volver a ellos pues sin ellos no podríamos pensar en teoremas de equivalencia entre distintas nociones de solución, teoremas que me parecen enormemente inteligentes y que además hacen uso de la ambivalencia de la meacánica cuántica traducida a términos económicos. Un agente económico es a la vez un individuo (partícula) identificado por sus genes y miembro de una onda (colectividad identificada por sus memes. Encontrar equivalencias entre lo que ocurre cuando funcionan los individuos interrelacionándose entre sí y lo que ocurre cuando la intrerrelación es entre grupos de individuos es un ejercicio intelectual estimulante.

El teorema de equivalencia entre el núcleo de una economía y el equilibrio competitivo en una economía límite es un resultado a mi juicio memorable. Tal como dije hace cuatro años en Expansión con ocasión del premio Nobel otorgado a Auman, algún día le tocaría a su más o menos coetáneo Lloyd Shapley, el descubridor de la la noción del Valor que lleva su nombre y que, en condiciones ideales, es decir, en el límite, equivale también a las asignaciones del equilibrio competitivo y de rebote a las asignaciones del núcleo.

Pero lo más iluminador hoy sería recordar los fallos de estas equivalencias en una economía que no está en el límite sino que posee un número finito de individuos o un número limitado de coaliciones o grupos de individuos que se pueden formar. Las asignaciones de equilibrio competitivo están siempre en el núcleo y en el camino hacia el límite, con un número creciente de coaliciones y cada vez más individuos, el núcleo se va reduciendo. Ninguna de estas cosas es cierta del valor de Shapley, algo que se intuye en cuanto recordamos que dicha solución está formado por todas las asignaciones de bienes en las que cada individuo recibe la media de lo que aporta a cada coalición de las que se pueden formar. Esta diferencia entre economías en el límite y economías en el camino al límite ilumina, creía yo, algunas nociones poético-filosóficas lo que ya es algo. Pero hay más.

Recordemos que en una economía que no está en el límite, si bien las asignaciones de equilibrio competitivo están en el núcleo, este no es el caso en relación al Valor de Shapley y esta diferencia, como todo lo relacionado con esta rama del pensamiento económico, es enormemente rico en implicaciones metodológicas. En un equilibrio competitivo no se elimina la envidia en sentido absoluto entre dos individuos cualesquiera aunque en el límite se habrían eliminado la envidia relativa entre esos pares de individuos. En el Valor de Shapley cada individuo, como ya sabemos, recibe la media de lo que aporta a cada coalición a la que pertenece entre las que se pueden formar. En el límite eso quiere decir que las asignaciones en el Valor de Shapley son tales que no se da la envidia relativa pero en el camino hacia el límite se puede dar la envidia absoluta y la relativa. Pero a pesar de ello el hecho de que cada individuo reciba la media de lo que aporta a las distintas coaliciones le dota de un cierto encanto normativo. No es cierto que la competencia, incluso todo lo perfecta que pueda ser con un número finito de individuos, haya eliminado todo el poder monopólico existente ni que por lo tanto, se haya cargado todas las rentas, pero casi lo ha conseguido. No se puede eliminar cualquier individuo de la economía sin que esta cambie su configuración de equilibrio, pero casi se puede porque por muy productivo que sea ese individuo lo que contabilizamos como su aportación está matizado como por un arreglito dificilmente rechazable.

Por todas estas razones me alegro mucho de Nobel de Shapley y me parece una buena ocasión para utilizar su aportación más importante (a pesar de que las noticias de prensa no la resalten como se merece) a un problema que estos días parece abrumarnos. Me refiero naturalmente a la decisión de lo que cada comunidad autónoma debe recibir a modo de financiación. Si estuviéramos en una confederación cada una debería recibir la media de lo que aporta a las coaliciones de autonomías con las que ha establecido convenios.

Premio Nobel a la UE

La UE gana el premio Nobel de la Paz. ¿Se lo merece? Sí. ¿Es oportuno? No. Es asombroso que setenta años más tarde parece que se han olvidado los odios y desvaríos que causaron millones de muertos y sembraron las semillas de otros odios. Matar esas semillas es la única manera de evitar la orgía caníbal de carne destrozada en medio de la llamada civilización. Y para eso nació la CECA en su día y más tarde la UE y, en su seno, finalmente por el momento, el tótem del euro. Preservar esa moneda, ese tótem, es la única garantía que podemos aportar de que la tentación de la orgía del mal no nos arrastrará una vez más. Salvar al euro como aparente prioridad es, sin embargo, poco oportuno pues pone en segundo plano la prioridad por excelencia: evitar la muerte que la pobreza acarrea consigo en una rambla de Almería, en una calle de la banlieu parisisna o en alguna parte de Grecia.