Fogonazos XIII: Procastinación y serendipidad

Educado por los jesuitas tengo a la procastinación como el peor de los vicios. Hasta el punto de que el epitafio de mi tumba será un «ya está» rotundo que refleja la aversión a dejar alguna tarea sin hacer o, más en general, a deber algo a alguien. Y sin embargo…

No ser completamente dueño de tu destino y esperar a ver si las cosas se arreglan solas proporciona sorpresas a menudo extraordinarias pues lo que se llama procastinación te conduce hasta bifurcaciones intelectuales o vitales insospechadas que te permiten descubrir ideas insólitas y no buscadas o facetas desconocidas de tu personalidad como producto de la serendipidad o serendipia.

Esta mañana me ha proporcionado un ejemplo claro. Las veo desde mi ventana ir rompiendo su cáscara verde desde dentro para en un par de días caerse y quizá dañar a un transeúnte. Ya me pasó una vez a mí y realmente duele si te dan en la cabeza. Pienso sin querer que, como castaña que soy y tan irrelevante como cualquiera de ellas, me gustaría acabar así, desnucando a alguien por mi propio peso, inocentemente sin duda pero llamando, dejando mi nombre grabado para la posteridad. Ser el ejecutor incidental de un transeúnte anónimo es como ser un Autor, conseguir la inmortalidad en la memoria de los otros. Pero llegados a este punto renace el jesuita que hay en mí y me pregunto si no estoy pecando llevado por mi romanticismo y si no debiera ser más estoico y asumir mi irrelevancia, parecida a la de esa castaña que es lo primero que veo de buena mañana al abrir la persiana.

Pero para eso necesito romper las cadenas de la autoría, esas cadenas que no me permiten ser estoico, saberme de sobra, y me retienen atado a este banco desde el que cada día persigo el párrafo perfecto, como antes perseguí el teorema más bello o la idea más rompedora. Solo hoy, empiezo a ver que igual debería caer en la procastinación y dejar para mañana el ejercicio de mi presunto genio en la esperanza de que ese abandono que mi educación me prohíba esa condición quien sabe si suficiente para que la serendipidad me ilumine y me sea entregada gratis la idea feliz que se me niega por mi terquedad en el pensar en frente al dejarme llevar por el pensamiento oblicuo.

Terrorismo en Isegoría

No está bien hacerse autopropaganda, pero quiero dejar constancia de mi artículo sobre terrorismo que apareció en Isegoría hace algún tiempo y que no me parece del todo inadecuado para las circunstancias actuales en las que la paz se ha alcanzado y ETA parece recomendar templanza a la izquierda abertzale legalizada. Los editores del número correspondiente dicen:

Por ejemplo en el artículo de J. Urrutia se procede a un sugerente e inteligente intento de modelizar el terrorismo, «actos violentos perpetrados por agentes no militares mediante el uso de medios no propiamente bélicos», desde un enfoque vinculado a la ciencia económica… Su consideración del fenómeno utiliza diversas herramientas procedentes de la teoría económica, desde la teoría de los juegos evolutivos a la teoría clásica de costes y beneficios. Nos presenta Urrutia un juego evolutivo con racionalidad limitada y memoria imperfecta que le sirve para avanzar en la explicación de cómo surgen, de manera dinámica y no lineal, comunidades identitarias diferenciadas caracterizadas por distintas pautas de conducta y de donde puede surgir tanto la fraternidad (…) La filosofía ante el terrorismo como el odio. La utilización de estos recursos, aún en su dimensión más abstracta, permite avanzar en el esclarecimiento de la naturaleza del terrorismo y la forma en que socava la fraternidad entre diferentes grupos sociales.

Este y otros artículos se pueden leer aquí.

Icon O´ Kleist

Hacer unas camisetas con esa leyenda y la efigie de Heinrich Kleist y distribuirla por todo el mundo. He ahí una idea de negocio que parece tradicional, algo hasta demasiado físico, pero que es muy acorde con los tiempos que corren en los que, como este blog insiste, no poseen un relato propio ni son capaces de confirmar una heurística creíble. En estas condiciones de lo que se trata es de poner en práctica la iconoclastia.

Según la Wikipedia esto de la iconoclastia puede ente entenderse en lenguaje coloquial como la actitud de

… aquella persona que va a contracorriente y cuyo comportamiento es contrario a los ideales, normas o modelos o estatutos de la sociedad actual o a la autoridad de maestros dentro de esta, sin que implique una connotación negativa de su figura.

Sí, no se trata de incordiar al prójimo o al a menos no se trata solo de eso. Se trata de derribar lugares comunes constitutivos de una heurística totalmente desfasada con vistas a construir una forma de orientación no estandarizada y hecha a medida de cada sujeto. Cabe quizá organizar un club de activistas unidos por esta caza mayor no sangrienta consistente en derribar ídolos, con independencia de que jueguen su papel o no, de que sirvan para algo o estén ya obsoletos, hasta que lleguemos al principal de todos ellos, el Único, y acabemos también con él.

La idea es muy sencilla y los miembros de ese club solo necesitan ser partidarios de Aaron, negadores del poder liberador de Moisés, y estar seguros de que hay una tierra prometida en la que se derriban iconos para lo cual es necesario que los haya. Solo falta una bandera y ahí viene el negocio. Fabriquemos camisetas de distintos colores, del amarillo al negro pasando por el rojo, con un lema sencillo, el correspondiente al título de este post. A la altura del medio del esternón pondría ICON. Un poco más abajo una pequeña O, quizá con algún esbozo de apóstrofe, y a la altura del estómago un círculo grande que sirva para enmarcar y rodear el rostro de Heinrich von Kleist. El conjunto quiere llamar la atención sobre la iconoclastia y apunta a la fuerza romántica que hay que tener para pertenecer al club, fuerza solo comparable al espíritu romántico de Kleist.

Yo me las haré de todos los colores de fondo, de todas las formas de grafía y de mil impresiones del retrato. Quizá una para cada día del año, para varios años, y siempre llevaré la que toque con independencia de la tarea del día. Todos los días un icono menos, todos los días la destrucción de un ídolo para lo que hace falta que proliferen como corresponde a nuestro reconocimiento a Aaron.

Y así haré justicia a quienes me motejan desde hace años de iconoclasta, una figura que irá variando sus connotaciones hasta conformar una actividad circular que nunca se acaba.

XIX: Confederación y Steady State

Se acabó la transición y la política española se desencuaderna como un barco encallado que sufre los embates del mar. Artur Mas visita a Rajoy y nada se entiende a partir de ahí. Muchos recuerdan a Ibarretxe y su plan soberanista otros vuelven a las ideas federales, casi nadie recuerda el derecho de autodeterminación y hay como una nostalgia del centralismo nada fácil de explicar a no ser que acudamos a las rentas de la capitalidad. Por otro lado Europa quiere refundarse pero no sabe cómo pues las ideas viejas le parecen poca cosa y no encuentra nuevas. La fusión de estados y su fisión parecen cosas fantasmagóricas como si el statu quo hubiere alcanzado el extraño privilegio de lo natural.

Cuando se piensa el futuro político del mundo los hay que piensan como si estuviéramos frente al enigma del Universo y se atuvieran a la teoría del Big Bang tan acorde con nuestra visión temporal de todo con su principio y seguramente con un fin, aunque no sabemos cómo sería o si lo habría. Pero ¿si eso fuera solo pura inercia intelectual como me contaba poco tiempo antes de morir Fred Hoyle y lo sensato fuera renunciar a pensar en un principio y en un fin ya que no podemos verificarlos del todo, y nos limitáramos a alguna versión aggiornata de la Teoría del Steady State según la cual la estructura básica es, de siempre y para siempre, la misma?

Lo mismo pasa con la teoría del Estado. La teoría política nos proporciona desde hace cuatro siglos una variedad de explicaciones, desde Hobbes a Schmitt, respecto a su origen y en cuanto a su final se piensa que todo marcharía hacia un Estado único. Este es un ejemplo de inercia intelectual que es hora de desmontar. Quizá demos algunos pasos en una dirección alternativa si cambiamos de perspectiva y pensamos en la generalización de una confederación asimétrica de comunidades identitarias con acuerdos entre ellas y sin ninguna autoridad central. En esta perspectiva se me ocurre que podemos imaginar una perspectiva temporal en la que, en un primer movimiento, ocurriera como una especie de extensión de una confederación entre Estados como los actuales para, en un segundo movimiento, asistir a un desinfle de esa construcción mediante la disipación de Estados que, primero reducirían su tamaño y luego perderían su naturaleza de Estados y ganarían su categoría de comunidades.

¿Que esto es un nuevo feudalismo? Pues no lo creo.

XVIII: Ideas sobre la reforma bancaria

Mi repetado y admirado JASA (Jose Angel Sánchez Asiaín), el más jóven de mis viejos amigos, aprovecha una de esas citas que nos concedemos de vez en cuando para, charlando sobre la Unión bancaria europea y la reforma bancaria aquí y en todo el mundo, recalcar un concepto que se me antoja crucial. Se trata de lo que él llama el «control del deudor». Conocer a quien se presta y tener olfato en cuanto a su solvencia y buenas costumbres es importantísimo para el banco prestamista. Cuentan que hubo un tiempo en que la Comisión de Operaciones del Consejo de un buen banco tomaba sus decisiones sobre la base de toda la información disponible sobre el prestatario y del olfato de los consejeros que se pasaban las letras por la nariz como última garantía de la bondad de la operación. Esta sensibilidad hacia quien era de verdad el deudor se ha hecho imposible y no tanto por el tamaño de la cartera de clientes sino por la titulización llevada a cabo por los mismos bancos y la distribución posterior de los correspondientes productos derivados. Este «control del deudor» es algo que habría que tener muy en cuenta a la hora de pensar en una reforma bancaria y en la unión bancaria europea.

Esta reforma bancaria exige aumentar la resiliencia del sistema bancario y sobre ello John Kay tenía algo que decir el último miércoles en el FT. Esta inteligente rara avis nos avisa de que nuestro pensamiento va descaminado. El reforzamiento del sistema bancario que se plasme en una mayor resiliencia del mismo no pasa por una supervisión más exhaustiva como parecería derivarse de la discusión entre Bruselas y Berlín sobre a cuentos bancos podría supervisar el BCE. Tampoco por una regulación más exigente en relación a las ratios de capital tal como hace Basilea. La resiliencia que ansiamos para evitar lo que pasó en el 2008 se derivará de un cambio en la estructura del sector que acabe eliminando los bancos sistémicos. Ningún banco debe ser en sí mismo un posible detonador de una explosión como la que observamos hace cerca de cinco años. Todos los bancos habrían de ser pequeñas entidades especializadas en cierto tipo de riesgo que pudieran controlar.

La tercera persona que me ha ayudado a coser estas ideas es Michele Boldrín, el flamante nuevo director de FEDEA. En una columna de El País bien reciente nos dice que para conseguir la unión bancaria en Europa es conveniente que los bancos, cualquiera que sea el origen de cada uno, acaben cubriendo el territorio dela UE para lo cual hay que evitar que cada uno de ellos se encasquille en su hábitat original.

Después de haber leído a Kay y a Michele y teniendo en cuenta la opinión del joven sabio banquero, se nos aparece con nitidez eso de lo que hablamos cuando hablamos de la unión bancaria en la UE o en la Eurozona. Si conseguimos compatibilizar a Boldrin y a Kay el «control del deudor» parece posible. De ahí que el problema sea cómo hacer compatibles la asistematicidad de cualquier banco activo con su extensión zonal. ¿Cómo se consigue eso? No lo sé todavía pero si hay una oportunidad ésta radica seguramente en un intercambio de capacidad entre los grandes bancos europeos y en una nueva forma jurídica ad-hoc que permita unir los resultados y separe la gestión.

Ignoro si esto es fácil o difícil pero sin duda es un esquema que exige el refuerzo de la supervisión y acuerdos entre países miembros. Esto último no es fácil estos días.

Tulipanes

TulipanesRajoy, en la entrevista de TVE 1 contó cómo habría que distinguir entre la compra de deuda y la reducción del déficit. No me pareció un argumento presentable porque, si la compra de deuda rebaja la famosa prima de riesgo, la partida de intereses a pagar dentro de las obligaciones presupuestarias futuras descenderá y facilitará la reducción del déficit y, consecuentemente, de la futura ratio de deuda/pib. Si no captamos eso acabaremos en la manía del déficit cero y al final, si recordamos la abusada metáfora del riego sanguíneo, en la satanización de las finanzas.

Es pues natural la exigencia de un poco más de precisión. Hablemos pues de tulipanes. El tulipán negro puede entenderse como un disfraz engañoso, lo mismo que el déficit, y el tulipán amarillo como señal de amor desesperado, de amor que oculta su nombre, algo poco legal, a contrapelo de la sociedad y corruptor de las costumbres como muestra el caso de tío Oscar, algo parecido al endeudamiento. Es decir los tulipanes pueden servir de símbolo del dinero fiduciario que nos engaña y del endeudamiento que no es sino una costumbre propia de países pecaminosos, generalmente del sur, sardinas de acuerdo con la brillante clasificación que nos propone este artículo de Vanity Fair.

Y a pesar de todo la manía de los tulipanes existió. Y a nadie se le ocurrió prohibir los tulipanes. A nadie se le debiera ocurrir hoy prohibir los tulipanes sean negros, amarillos o de cualquier otro color. El dinero fiduciario, una burbuja controlada aunque no siempre, es muy útil y la deuda moderada es una forma de ayudar al crecimiento. Y ambos nos llevan a una sociedad de la que podemos disfrutar, en la podemos ser nosotros mismos, sentirnos orgullosos y competir fraternalmente siempre que sepamos manejarla con inteligencia y sin engaños.

Por eso hay que ir a escuchar a R. Shiller hablar de todo lo que Finance pueden hacer en favor de Good Society.

Exponer bien

En mi juventud las pocas escuelas de negocios existentes no se preocupaban de entrenar a su tropa en la retórica pues no parecía que hubieran descubierto la capacidad de seducción de esta parte bastarda de la filosofía. Y sin embargo las familias de un cierto entorno social pensaban que el exponer con seguridad y brillantez era un activo apenas tangible que, como si fuera una planta exótica, les tocaba a ellas plantar y hacer crecer. Eran las épocas de aquel charlista García Sanchiz que recorría los escenarios de la geografía española y latinoamericana con un espectáculo disfrazado de excelencia intelectual. Un charlista, o quizá, a diferencia de otros de su generación que tenían que discursear por necesidad, simplemente un sacamuelas que al final es reconocido como el miembro de la Real Academia que llevó por todo el mundo la palabra y el gesto de la madre patria mediante una actividad que se dio en llamar «españolear».

Exponer bien cualquier tema se convirtió, para algunas gentes bienpensantes, en una señal de capacidad intelectual, pues nadie perdería tanto tiempo en el aprendizaje de la retórica a no ser que fuera una muestra fehaciente de que solo para ti era asumible dada tu enorme capacidad. Sin embargo no era tal señal pues, como supongo ya sabían aquellas primitivas business schools no está nada claro que la buena exposición requiera capacidad intelectual y no un simple ronroneo de gato adobado de chilliditos al estilo García Sanchiz. De hecho no está nada claro que la capacidad intelectual sea reconocida o demandada en la empresa. Nunca viene mal dirán algunos, pero en mi pequeña experiencia sí que hay circunstancias en las que la capacidad intelectual puede ser un lastre. Ciertamente cuando se necesita fidelidad al jefe no es fácil distinguir los comentarios de un tipo inteligente de los torpedos a la decisión de ese jefe. Esto explica por qué la retórica sigue sin enseñarse en las ya numerosas business schools y por qué solo en ciertas circunstancias se aprecia esa cualidad en algún directivo.

Podríamos pensar que si bien el exponer bien no es una señal de inteligencia en ningún sentido relevante, quizá sea al menos una habilidad para el bien enseñar y algo que, si bien no es útil para la empresa, podría ser necesario para comunicar el pensamiento abstracto. Pero tampoco es cierto que el mero bien exponer señale la capacidad para enseñar pues en realidad castra la atención. Enseñar, a diferencia del adoctrinar, exige una retórica, pero no esa de las que se enseña en los seminarios para preparar el sermón del domingo; sino la que es sinónimo de seducir, de comunicar algo a lo que la audiencia no puede dejar de atender pues les ha llamado la atención, sea porque comienza provocando, sea porque no comienza o porque comienza por el final. Hay que exponer mal para que la atención del público, de los colegas de ciencia o de los estudiantes, no se deslice por la pendiente fina del sueño que genera lo conocido o lo desconocido que suena como conocido.

No hay buena retórica en este segundo sentido que no sea creadora de lenguaje. A no ser que la lengua sea, si no nueva, al menos novedosa, no hay forma de no dejar que el cerebro entre en una fase de funcionamiento automático o rutinario impermeable a cualquier idea distinta o realmente nueva. Esta forma de construir lenguaje no es fácil de ejercer, requiere no solo entrenamiento sino un cierto genio lingüístico. Termino diciendo que el único buen sustituto que conozco de ese genio es el que habla una lengua extranjera a partir de un cierto conocimiento mínimo de la local o aborigen. Aunque sea solo por casualidad estos enseñantes o comunicantes encuentran las cosquillas del lenguaje y solo por ello son más capaces que un aborigen poco versado en lenguaje en la comunicación de verdad.

Por ejemplo «decliner mon nom» es algo que yo, que hablo bien sólo el castellano, podría decir, por ejemplo, a mis alumnos de Grenoble queriendo expresar mi deseo de renunciar a mi identidad mientras que ellos, que han leído bien el Exile de Saint John Perse, tendrían que dejar espacio a que lo que yo esté intentando decir sea que deseo habitarlo, hacerlo mío, dotarlo de sentido.

Después de todo es posible que las business schools sí que debieran enseñar retórica. Pero solo si la empresa es una que lo que realmente quiere es crear abundancia.

Resaca de la Diada

Rara vez me quedo hasta el final de El Gran Debate de Telecinco los sábados en horario de noche. Pero ayer lo hice pues me interesaba palpar el sentimiento general después de la Manfestación del día 11 en Barcelona. Es un progranma inteligente y muy bien llevado por Jordi González y Sandra Barneda aunque con un exceso de publicidad.

La cadena había invertido en un macrosondeo del que no conozco las características, pero que no creo sea muy diferente en sus resultado de los que parece se han llevado a cabo por otros medios sobre el sentimiento independentista en Cataluña. Había varios resultados interesantes que no recuerdo en detalle pero que puedo reproducir de forma aproximada. Cerca del 70% quieren un referendum sobre la independencia. Alrededor del 50% votarían que sí a esa independencia y sobre todo lo harían por razones económicas aunque no faltan los que lo harían por razones identitarias.

Las razones económicas tienen que ver con el déficit fiscal que estaría sufriendo Cataluña en el actual sistema de financiación autonómica. Si no me confundo esto se debe a que, de toda la recaudación fiscal en Cataluña, casi la totalidad (no toda pues hay figuras impositivas cedidas) iría a la Hacienda Central que sería la responsable del gasto corriente de la Generalitat, de realizar las inversiones nuevas en Cataluña, y del mantenimiento de las anteriores, nutriendo además el fondo de compensación interterritorial (o como se llame) que nunca podría ser de tal naturaleza y tamaño que llegara a romper el orden previo del pib nominal per cápita entre las autonomías. Los detalles aquí

La parte más floja del debate fue la breve confrontación entre dos economistas que no supieron explicar ni bien ni mal las cuentas y la relevancia de ese presunto déficit fiscal, pero que por boca de uno de ellos, Robespierre Centeno, consiguieron complicar la cuestión hablando del superávit comercial o de la carga de la deuda que Cataluña tendría que soportar en caso de secesión. Ante la falta de sustancia en los detalles de los argumentos económicos, la cuestión se planteaba muy simplificadamente en torno a si el nivel de vida después de la secesión, suponiendo que fuera posible, sería más alto o más bajo que antes. Otra vía muerta para la discusión pues depende de detalles de los que nada sabemos.

A falta de los detalles necesarios lo interesante fue contemplar dos posturas irreconciliables. Para unos esa independencia es imposible porque exigiría un referendum en todo el Estado y porque, aunque el ámbito fuera solo el de Cataluña gracias a una reforma constitucional, la mayoría de los catalanes votaría que no por miedo e incertidumbre. Para los otros eso habría que verlo por lo que el referendum en Cataluña debería hacerse cuanto antes.

Pero lo que mereció más mi atención fue la discusión sobre si es o no coherente pedir simultáneamente la independencia y un pacto fiscal que arregle el déficit que Cataluña cree tener en relación a otras autonomías del régimen común. Los partidarios de frenar la secesión, esos de siempre, decían que si pides lo más, la independencia, para qué vas a pedir lo menos, es decir el pacto fiscal. Los partidarios de aventurarse por el camino de la posible secesión, argüían, y con razón a mi juicio, que solo faltaba que después de torpedear la independencia, se frenara luego el cambio fiscal precisamente porque se pedía la independencia. Más allá de que haya voces autorizadas que no ven la posibilidad de ese pacto por razones de federalismo fiscal, este es el argumento que no puedo escuchar sin enfurecerme pues revela el paternalismo malintencionado del centro. Si no puedo largarme quiero ser tratado como creo que merezco con total independencia de mis deseos de secesión. Este es el argumento correcto.

En cualquier caso, tanto la intervención de un senador de CIU como la opinión de algunos de los contertulios, apuntaba hacia un cambio constitucional que convirtiera el Estado Español en un Estado Federal como hay muchos. Este argumento me es más simpático en sí mismo y sobre todo porque me parece que conduce rápidamente al estado Confederal, el más acorde con las características de nuestro tiempo.

El FT de los miércoles

Soy un antiguo que quiere ser moderno. Leo on line todo lo que puedo, pero los miércoles no perdono el FT en papel. Leer a John Kay y a Martin Wolf simultáneamente aunque, en general, no se puedan conectar ambas columnas, es un placer que solo alcanza su clímax cuando esas páginas de color inconfundible de salmón escocés son manoseadas sin límite.Curiosamente ayer miércoles 12 de septiembre ambos vuelven a coincidir después de unas vacaciones descoordinadas y esta vez sí creo que puedo poner ambas columnas en una cierta relación. Veamos

John Kay nos hace ver con su habilidad habitual que eso de establecer objetivos inteligentemente complejos en la regulación en general y específicamente en la regulación bancaria puede no ser una política inteligente. Se refiere a la intervención de Andrew Haldane en Jakson Hole y lo trata de explicar como parte de la llamada ley de Goodhart que explica que un objetivo complicado, como serían las medidas de Basilea para establecer el capital necesario para un banco ponderado por el riesgo de los activos que mantiene en su cartera y medido por el mismo banco, pierde su presunta inteligencia porque, argumento conocido, el mero conocimiento del objetivo modifica los incentivos de los agentes para saltarse el objetivo regulatorio. Recuerdo que escribí sobre esto internamente cuando servía en el consejo de un gran banco y comenzó a ponerse en marcha el sistema de Basilea.

¿Y qué nos cuenta Martin Wolf? En el contexto de sus comentarios sobre las declaraciones de Draghi y de las probables condiciones para la compra de bonos en el mercado secundario por parte del BCE nos hace ver que incluso un objetivo regulatorio simple puede ser nocivo. Nos convence de que si se pone un límite concreto a la cantidad a comprar, en casos extremos los incentivos trabajan a favor de la actuación poco responsable de los países porque ellos piensan que, llegados al límite, el BCE decidirá seguir comprando dadas las consecuencias de no hacerlo. Un ejemplo de la ley de Goodhart que aplica a un objetivo bien sencillo.

Concluyo que fijar objetivos no solo es inútil sino quizá nocivo. Esta es una discusión antigua que nos lleva a un punto límite curioso. Mejor la discreción incluso en política monetaria. Pero esa discreción es a su vez peligrosa si existe la posibilidad de captura del regulador, una pesadilla. Este dilema va en contra de la formación de grandes áreas económicas y nos invita a pensar en las dificultades de la formación de Europa en materia de regulación, por ejemplo, bancaria.

XVII: Corrupción

Es hora de continuar con la serie sobre el camino hacia un nuevo relato que quedó interrumpida por las vacaciones. Es cierto que el post sobre la desigualdad debería haber formado parte de esta serie, pero está bien así pues poco añadía a las dos últimas entradas (esta y esta) ambas relacionadas con la desigualdad en la distribución de la renta. Parecía que esas reflexiones podrían llevarnos a una suerte de activismo por parte de los economistas o similares que aclarara un poco la inteligibilidad de la situación. Pues bien el artículo de César Molinas de hoy en El País resulta oportuno pues es un ejemplo de activismo que parece ser todavía tiene munición y al mismo tiempo aporta al nuevo relato al iniciar una teoría de la clase política española que ha sido incapaz de diagnosticar la situación y de ofrecer el dibujo de una salida posible.

Nada exime de su lectura, pero esa obligación que yo ya he cumplido, no me libra de la obligación de glosarlo aunque sea de manera muy indirecta. Primero porque me reconozco en algunas líneas de su argumentación especialmente las relacionadas con la extracción de rentas y con el juego que hacen Acemoglu y Robinson con esa extracción. Segundo porque merece la pena elaborar un poco más la idea de corrupción que César utiliza sin nombrarla en ningún momento. El hacerse con rentas mediante el monopolio otorgado a cambio del sostenimiento de una clase dominante que no dice su nombre es, ciertamente, corrupción pero se trata de una corrupción de una clase que ya ha sido identificada aunque su denuncia no forme parte todavía de la conversación general. Pero lo que sostiene la posibilidad de ejercer impunemente la corrupción es un tipo de eso mismo, corrupción, que sí dice su nombre porque está orgullosa de sí misma.

Lo que estoy tratando de denunciar y/o identificar es una actitud odiosa que nada tiene que ver con trincar dinero de una u otra manera. Esa avaricia oportunista es propia de pobre gente que solo merecería eso: dinero. La tierra en la que crece esa lacra es, sin embargo de otra naturaleza bien difícil de detectar. Es esa tierra inmaterial en donde crece la flor de la honradez y el desinterés material. Es una tierra cuyos hijos se ven a sí mismos como gente ejemplar y generosa que por tradición y estudios tiene la última palabra en cuestiones políticas y de moral pública, una posición ésta bien ganada a base de admoniciones públicas siempre basadas en su entendimiento preclaro y en las plataformas que indefectiblemente ocupan. Nada piden a cambio pues no hay dinero para pagar su aportación social.Sería pues inconcebible que alguien tratara de desenmascáralos. No tienen máscara, simplemente tienen razón y lo único que piden, ¡qué digo piden!, que exigen es que se les coloque en primera fila de cualquier acto público y que se escuche con respeto su palabra o, en cualquier caso, que se haga lo que ellos dicen que hay que hacer basándose en su evidente buen y certero juicio de mostrado por el hecho de que están siempre en el sitio de honor de la conciencia pública. Fin del argumento…de autoridad.

La tarea es sencilla. Nos bastaría en gritar que el Señor exhibe una desnudez mendicante y ofrecerle un retiro sencillo en una residencia donde su psique pueda ser estudiada con cuidado.