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Mi mosca

Este agosto es muy distinto del del año pasado cuando el oído me jugaba malas pasadas con los ruiditos de la bodega. No siento que nadie nos persiga y he comenzado con buen ánimo mis ejercicios matinales consistentes en caminar cinco kilómetros. Hace tanto calor que conviene comenzar los paseos a las 8 de la mañana. Hay a esa hora como un amago de brisa y en ella me refugio para deslizarme por un territorio que «colinea toscanamente» mientras la niebla se despereza entre los árboles. Agradezco la compañía diaria de mi mosca, una de esas pequeñitas, que cada día me acaricia en el mismo lugar del paseo y en el mismo punto de mi calva. Le agradezco las caricias, pero su voz enfría mi pasión. He decidido hablar con ella para que me siga mimando pero en silencio. Ya veremos.

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