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Notas de viaje

He vuelto a casa el fin de semana y así, como de paso, me he librado del infierno de Madrid, donde no quedan sino perros y niños igualmente tratados desde la distancia que permite la correa, con la misma displicencia por madres deseperadas, dueños arrepentidos o criadas aburridas.

Antes de salir hacia Euzkadi todavía tuve que resistir la visión de hombres con la cabeza cubierta con exóticos tocados. Para protegerse del sol supongo. No hay tocado de hombre que no sea repulsivo con la única posible excepción de la boina vasca.

Al bajar Somosierra y como en la frontera con Segovia no solo está aquella cabaña abandonada llena de esqueletos sino también, un par de kilómetros antes y a babor, un precioso Hopper con su casa silenciosa y una chimenea delante desde la que se ve, a estribor, una iglesuca románica cursimente restaurada. Algún día no tendré más remedio que contarles la extraña relación nocturna, mediante golpes de luz, entre la bruja que habita la parte superior de la chimenea desde tiempo inmemorial y el viejo sacristán de la ermita con hechuras de iglesia.

El sábado viajamos a Getaria, monte arriba a San Prudencio donde los herederos de mi primo mayor tienen unas viñas para chacolí y una casa prefabricada estilo finlandés desde la que se divisa el mar entre árboles y otras viñas. Mucho alcohol, mucha comida, mucho hombre sin tocado de cabeza, ningún perro y mucho niño sin correa.Y ¿cómo no? recuerdos de historias de la guerra que hemos escuchado a la generación anterior. Esa que perdió la guerra en Euzkadi y fue acosada en Francia por los nazis mientras ayudaban a la resistencia.

Y de vuelta a casa topo por azar, o porque alguien me mueve los libros depositados sobre la mesilla de noche, con El Derecho a la Pereza de Paul Lafargue, yerno de Marx. Se trata de un texto sumamente adecuado a la construcción de la Europa de hoy. Los causantes de nuestras desventuras son los predicadores de la épica del trabajo pues éste llama siempre a más trabajo y las grandes innovaciones solo nos llevan a más agobio. Tendría cosas que responder, pero me paro aquí, que estoy de vuelta en Madrid y hace mucho calor.

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Comentario

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  1. Lo que me temía, when the going gets tough, economists turn to philosophy. Bueno los que pueden…
    Yo conocí un Lehendakari que lucía sombrero de ala corta y llevaba moralmente la elegancia, cuyo sabio consejo en las muchas entrevistas que le hice en mis años de estudiante, entre lecturas de Marx y Weber, travesías a velero con el gran Jon y largos paseos…, me mantuvo alejada de la euskopeta nazionala. Nunca se lo agradeceré lo suficiente.
    Por lo demás decir que comparto la fascinación con Hopper, el enorme sosiego y el pequeño placer que producen esos paisajes cuando dan horizonte a mis pupilas. Una delicia.

  2. Yo también conocí a ese lehendakari aunque mucho peor que tu y no disfruté de sus enseñanzas. No recuerdo su sombrero, pero hubiera preferido una buena boina de Tolosa.Que suerte haber podido librarte de ciertas manifestaciones de lo que llamas la euskopeta nationala y haberla sustituido por Marx y Weber cuya mente filosófica quizá debiérmos imitar un poco.