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“Muuchaaass graaciaaass”

El destrozo de USUA me libera de mi caminata diaria para llegar a la oficina a una hora respetable. Tendré que encontrar otro recorrido para cumplir con el plan de vida de un infartado, pero de momento me libro de una manifestación especialmente dolorosa de la vuelta al pasado que la crisis nos impone. Ya no es solamente el surgimiento de nuevos sonidos de posguerra, como el afilador o el chatarrero, sino sobre todo la mendicidad vergonzante y la de verdad como la de la joven rumana asentada en ese camino diario a la oficina que, me temo, no voy a hacer en algún tiempo.

En cierta medida, y aunque suene espantosamente, me siento liberado pues me angustiaban mis disquisiciones diarias justo en el trozo de calle anterior a aquel en el que vi volar La Razón. Ahí me topo, día tras día, con mi conciencia ya de siempre confusa pero en estos últimos meses desintegrada. Esa jovencísima rumana sentada en cuclillas y apoyada en una pared cerca de un portal blande con una mano un cartel pidiendo trabajo y ase con la otra mano un vaso de cartón con algunas monedas dentro que supongo son el señuelo pues nunca lo he visto vacío pero tampoco he visto a nadie arrojando en él unas monedas.

Desde que la diviso hasta que paso por delante de ella son apenas 100 metros y un minuto de marcha. Un minuto muy largo pues pensamientos lúgubres me cruzan la cabeza. Comienzo defendiéndome acusando a sus explotadores y suponiéndola parte de una red. “Bueno y ¿qué si lo es?”, tendrá hambre, o la tendrá su madre. Irrumpe mi coté contable:”¿cuanto sacará esta chiquilla al día suponiendo que trabaja ocho horas? ¿Será normal o será uno de esos deficientes explotados por unos mafiosos que se quedan con sus limosnas?” Y, a partir de ahí, ya a veinte metros de la niña, comienzan mis dudas. Todos los días rechazo la idea de tomarla de un brazo, coger un taxi y llevarla a mi casa para que se alimente. Hago un cálculo rápido de lo que sacará durante las horas que esté ahí sentada y me sale un cantidad ridícula. Pienso en cuánto suelto tengo yo y hago una media que, en seguida, me parece exagerada si se la voy a regalar. Me siento mezquino y quiero cerrar los ojos y pasar de largo. Pero día tras día meto mi mano derecha en el bolsillo derecho de mi pantalón donde por costumbre sin sentido llevo las monedas que hace media hora he recogido de la mesilla de noche y al tacto divido el montoncito en dos, me quedo con uno, agarro el otro y lo deposito en el vaso de cartón.

Ya he pasado y oigo un susurro dulce que musita con un leve acento un larguísimo “muchas gracias”. Acelero el paso y lloro para dentro durante el tiempo que me retiene el semáforo en rojo. Solo entonces empieza mi día.

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Comentario

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  1. Si das la limosna te reconfortas contigo mismo,si no la das piensas que la entregabas a una mafia y por dentro efectivamente te sientes intranquilo en ambos casos.Me acuerdo de mi abuela en un pequeño pueblo que cuando pasaban por su casa los mendigos de aquel tiempo (hace 60 años) les daba la mitad de un pan de aquel entonces,creo que quedaba tranquila de conciencia.
    El sistema nos ha fabricado otro tipo de mendicidad y ya no se pide comida y ropa usada y es muy dificil discernir la verdad y quedarnos tranquilos como se quedaba ella.

Webmenciones

  • Señales malas 25 abril, 2012

    […] que se acercan a uno con cortesía y musitan que les ayudes-que tengas piedad. Sigo preparado para mi rumanita a la que todas las mañanas le doy algo aunque sospeche que es parte de una mafia, pero no lo estoy […]

  • Aterrorizado 25 abril, 2012

    […] resistido el impulso de la solidaridad, continué el camino elegido ese día y vi de lejos a la rumanita que a esta hora temprana pide limosna en la esquinita que le ha sido asignada y siempre sentada en el suelo exhibiendo su cartel de «sin […]