Escalofrío

Cultura y represiónMe gustaría saber por llegué a pasar miedo en una discusión, entre amigos, sobre la cultura y su supuesta disolución en un mundo postmoderno que no distinguiría entre un Velázquez y una tira manga, entre Wagner y Antony, entre Tolstoi y Dan Brown y que, para colmo, se vende como si fuera chicle en esas tiendas de chuches en que se han convertido los museos antaño templos de lo sublime. Quizá es que no entendí la discusión ya que pienso que eso que llamamos cultura y que consideramos más o menos sagrado, es, siempre y a la postre, una forma de dotar de sentido al mundo y ayudarnos a los seres humanos no solo a no sentirnos desvalidos, sino también a convivir en fraternidad.

Lo consigue en dos pasos no necesariamente secuenciales. En el primero elabora, en una especie de juego evolutivo, pautas sociales que nos ayudan a no matarnos, proporcionándonos así tiempo para pensar en lugar que tener que dedicarlo a defendernos de los demás. Pensar lleva tiempo y si elaboramos esas pautas sociales lo ahorramos en todo y especialmente en la toma de decisiones que, de otra forma, nos tendrían angustiados. En un segundo paso la cultura transforma esas pautas en términos lingüísticos y elabora un relato que nos contamos a nosotros mismos antes de conciliar el sueño y para poder conciliarlo sin miedo a mundos desconocidos.

Si hay algo de lo que no tengo duda es de que desde hace años carecemos de un relato convincente que nos arrulle. El relato viejo, materializado en la High Culture, se nos ha quedado inservible en todos los dominios en los que se manifiesta y la low culture no acaba de materializarse en un relato único confortable y acogedor.

Cada cual en su campo sabrá en qué medida precisa es esto cierto o solo lo es a medias o no lo es en absoluto. Pienso, al socaire del recuerdo de la discusión, en música, pintura, inteligencia artificial, literatura, filosofía (y también, más allá de la discusión concreta, en cualquier otra forma de sublimar con la que estemos más familiarizados por razones profesionales o de simple afición). En los campos en los que yo paseo a la búsqueda de sentido me da la nariz que, efectivamente, estamos sin relato. O, como decía el otro día, vivimos en un mundo sin heurística. En otra ocasión trataré de sugerir que esto es cierto en Economía, mi campo profesional, y que ello es en parte causa y en parte efecto de la crisis que sufrimos desde hace casi cinco años. Pero ahora no tengo más remedio que tratar de entender por qué me da miedo este fenómeno de falta de relato que, a mi juicio, se reflejaba en la propia discusión acalorada de una noche de sábado bien regada.

No me da miedo que se discrepe acaloradamente sobre si hoy es más culto alguien que se orienta bien en ciencias de la computación que alguien que disfruta íntimamente del Giotto, si el Google Art Project es solo información y es incapaz de transmitir la verdad de la obra original o si la experiencia de la música puede ser captada en toda su potencia en un cedé o si sería para ello mejor un vinilo. Creo que la experiencia de lo sublime no está mejor comunicada en la trucha de Schubert, un tema pastoril, que en otro lieder, el de canción para un un niño muerto, esta vez de Mahler y más bien trágico. Y, desde luego, no puedo ni dar prioridad a la erudición sobre la atención y el deseo de entender, ni a la experiencia sobre la intuición. En este trabajo de búsqueda de sentido estamos metidos muchos esforzados mineros que, además, contrastamos nuestras sensaciones con los hermanos a fin de elaborar un relato compartido que contar a nuestros hijos. Y no se sabe quién va a encontrar la buena veta y quién va a topar con el diamante. Por esa última razón, seguramente no compartida por quien no quiere creer que un pobre de un pueblo indio pueda rehacer él solo prácticamente toda la matemática, no cabe erigirse en juez de la adecuación de la búsqueda que atribuye inocencias y juega con eximentes, atenuantes o agravantes.

Esto es lo que me da miedo, casi me aterroriza, el autoritarismo en una materia como esta que nos concierne a todos en lo más íntimo, desde el experto que trabaja en los sótanos de los museos vaticanos, hasta el campesino que una vez hizo cola en el Museo del Prado atraído por la propaganda diseñada, no para él, no para distraerle de su opresión, sino para obtener fondos que permitan contratar a mejores expertos en un pintor determinado o quizá a un físico de partículas que sabe cómo examinar una vieja pintura bajo un haz controlado de neutrones.

Cualquier intento, consciente o inconsciente, de revestirse de la autoridad que da la toga de ese magistratura es una traición a los mineros del diamante, esos hermanos que quizá un día iluminaron con su pobre lamparita ese rincón escondido en donde el self-appointed juez inició el camino que le liberó de la angustia de la falta de sentido. Este ataque a la fraternidad ya no solo me da miedo, me produce escalofríos. Casi una tiritona enfermiza si pienso que muchas de las personas que, con toda su buena intención, pretenden orientar al pueblo con el resultado de sus investigaciones sin escuchar las opiniones de todos y cada uno de lo hermanos que forman ese pueblo, no son más que instrumentos de ese poder que cuando no sabemos en dónde habita solemos escribir con mayúscula. El Poder se dice de muchas maneras y actúa en todos los frentes. No podría estar ausente de la ceremonia en la que se cuece lo crudo de la experiencia hasta convertirlo en lo cocido de lo que nos alimentamos. Este Poder que nos rodea no puede dejar sin vigilancia la elaboración del relato y para ello se vale de emisarios involuntarios.

Rectificación

No solo los periódicos, también los blogs deben rectificar cuando meten la pata. Yo la metí hablando de la cesión que Rajoy había hecho de su sillón al enviado de la dueña y en los comentarios subsiguientes. Estos últimos días he visto cómo el Presidente del Gobierno ha adquirido esa costumbre de ocupar una esquina del tresillo y de dejar la butaca del que manda a su visitante. ¿Cabe elucubrar sobre ello? ¿Tendría importancia esa elucubración a efectos de descifrar las intenciones de los mercados y para invertir en consecuencia?

Siempre cabe elucubrar sobre cualquier cosa y esta ocasión es rica en simbolismos y lecturas psicoanalíticas. Se trata de una versión de un reflejo común en las personalidades huidizas. Estar siempre cerca de la puerta para poder huir si la situación se pone desagradable o peligrosa, es una actitud que no sé lo que significa, más allá de una evidente prudencia, pero que comparto plenamente. No es timidez o si lo fuera, es posible que solo fuera una timidez fingida. Y fingirla es otra manera adicional de preservar la retirada. Es propia de seres que tienden a ver todo en términos bélicos o excesivamente competitivos. Mejor huir antes que levantar bandera blanca. La versión Rajoyista consiste en generalizar ese rasgo para mostrarlo a la galería. Nos cae simpático y nos dice que quiere huir, pero también nos dice que no es por inferioridad sino por una pulsión de aniquilación, de autoborrarse como para dejar sitio a lo obvio que llegará si no lo impedimos con nuestras tonterías.

Si en el post pasado la interpretación ofrecida era que quería hecerse el simpático con Alemania a fin de que los mercados entendieran que era un fiel seguidor de la consolidación fiscal y así ganar esa confianza que él cree es un factor importante de competitividad, la que ahora corresponde es más sutil. No quiere ser contemplado como unidireccional y generaliza la cesión se su sillón para dar a entender que no hay vasallaje, sino una manera de estar que no prejuzga, que no se enroca, que se adapta a lo que haga falta. Y esto sí es bueno para la inversión. Creo yo. Veremos.

“Muuchaaass graaciaaass”

El destrozo de USUA me libera de mi caminata diaria para llegar a la oficina a una hora respetable. Tendré que encontrar otro recorrido para cumplir con el plan de vida de un infartado, pero de momento me libro de una manifestación especialmente dolorosa de la vuelta al pasado que la crisis nos impone. Ya no es solamente el surgimiento de nuevos sonidos de posguerra, como el afilador o el chatarrero, sino sobre todo la mendicidad vergonzante y la de verdad como la de la joven rumana asentada en ese camino diario a la oficina que, me temo, no voy a hacer en algún tiempo.

En cierta medida, y aunque suene espantosamente, me siento liberado pues me angustiaban mis disquisiciones diarias justo en el trozo de calle anterior a aquel en el que vi volar La Razón. Ahí me topo, día tras día, con mi conciencia ya de siempre confusa pero en estos últimos meses desintegrada. Esa jovencísima rumana sentada en cuclillas y apoyada en una pared cerca de un portal blande con una mano un cartel pidiendo trabajo y ase con la otra mano un vaso de cartón con algunas monedas dentro que supongo son el señuelo pues nunca lo he visto vacío pero tampoco he visto a nadie arrojando en él unas monedas.

Desde que la diviso hasta que paso por delante de ella son apenas 100 metros y un minuto de marcha. Un minuto muy largo pues pensamientos lúgubres me cruzan la cabeza. Comienzo defendiéndome acusando a sus explotadores y suponiéndola parte de una red. “Bueno y ¿qué si lo es?”, tendrá hambre, o la tendrá su madre. Irrumpe mi coté contable:”¿cuanto sacará esta chiquilla al día suponiendo que trabaja ocho horas? ¿Será normal o será uno de esos deficientes explotados por unos mafiosos que se quedan con sus limosnas?” Y, a partir de ahí, ya a veinte metros de la niña, comienzan mis dudas. Todos los días rechazo la idea de tomarla de un brazo, coger un taxi y llevarla a mi casa para que se alimente. Hago un cálculo rápido de lo que sacará durante las horas que esté ahí sentada y me sale un cantidad ridícula. Pienso en cuánto suelto tengo yo y hago una media que, en seguida, me parece exagerada si se la voy a regalar. Me siento mezquino y quiero cerrar los ojos y pasar de largo. Pero día tras día meto mi mano derecha en el bolsillo derecho de mi pantalón donde por costumbre sin sentido llevo las monedas que hace media hora he recogido de la mesilla de noche y al tacto divido el montoncito en dos, me quedo con uno, agarro el otro y lo deposito en el vaso de cartón.

Ya he pasado y oigo un susurro dulce que musita con un leve acento un larguísimo “muchas gracias”. Acelero el paso y lloro para dentro durante el tiempo que me retiene el semáforo en rojo. Solo entonces empieza mi día.

Fogonazos VIII: USUA

Ya voy superando el malestar físico innombrable del que me quejaba en el último post, pero todavía me cuido y todavía ayer no había salido de casa, renqueante como un viejo achacoso. Así que no es difícil imaginarse mi susto cuando recibo una llamada del conserje de la casa en cuyo semisótano está ubicada USUA anunciándome que un radiador del piso superior, correspondiente al entresuelo, había explotado y que USUA estaba empapada e irreconocible, echada a perder, que mejor si no iba a trabajar.

USUA es el nombre familiar que le damos, entre los amigos a la delegación en Madrid de la FUE (Fundación Urrutia Elejalde), una fundación dedicada al estudio de la Economía y la Filosofía tal como se puede constatar aquí. USUA querría decir, en una versión macarrónica del Euskara, paloma, pero en sus siglas deberíamos leer Underground Space Urrutia Arúspice, una forma de interpretar la misión de la Fundación como un ejercicio adivinatorio, algo no muy alejado de la realidad. Pues bien ese refugio había sido bombardeado.

Soy un tipo ya curtido así que la tentación de no volver a salir nunca de casa solo me duró doce horas y esta mañana me he decidido a confrontar el desastre. No podía imaginarme ni en la peor de mis pesadillas el espectáculo que se abre ante mis ojos cuando me asomo al lugar donde sacrifico palomas para esparcir sus entrañas sobre la mesa de reuniones y leer el futuro, generalmente económico, y me encuentro con todo el falso techo caído sobre el suelo, con los tubos de agua, electricidad y luz colgando del techo, la moqueta completamente empapada y muchos libros y papeles tan húmedos que resultan ilegibles o inutilizables para cualquier cosa. Ahí están mis ideas sobre redes y otros sistemas complejos, el original de La Crónica de una Crisis, docenas y docenas de libros ya acartonados o hundidos en una pasta informe, archivos deformados como parturientas fuera de cuentas. Incluso parte de los cuadros, sin gran valor, se han dañado y, en todo caso, no hay manera de entrar para comprobar si los ordenadores funcionan ni quiero hacerlo como el que no se acerca al cadáver hasta que el juez lo ha levantado. No sé si mi memoria de muchos años se ha perdido y eso me deprime aunque esa idea quizá no sea sino un sentimiento narcisista.

Así que he vuelto a casa y me he arrebujado en la cama ensoñando aquellas gripes infantiles que te permitían unos días de vacación inesperados, días dulces y serenos separado el mundo. No quiero pensar, solo disfrutar de lecturas fáciles y de la inesperada oportunidad de escribir el párrafo perfecto. Para eso no hace falta ningún papel, ni libros ni archivos. Solo dolor y esperanza.

Fogonazos.VII: Demasiada muerte, demasida comida

Desde el miércoles estoy malucho con todos los síntomas de una gripe típica de vacunado contra ella. El malestar se reparte por el estómago, la garganta y las piernas. No estás mal pero te sientes fatal. Como decía aquel famoso mariscal austriaco respondiendo a su Emperador: «la situación es desesperada pero no seria». Era antes del fin de una batalla cruenta, una situación parecida a la que vuela por mis alrededores estos últimos meses. Asisto a demasiadas misas de difuntos, leo demasiados obituarios, me estremezco al saber que empiezan a notarse los suicidios de pequeños empresarios y de parados y todavía no me he liberado de la visita el Viernes Santo al lugar de lo hechos que comentaba have agunas semanas.

No es de extrañar que ante la muerte uno vuelva su atención hacia el placer elemental y, sobre todo, hacia la comida. Ese era mi caso y ya había ganado unos tres kilos de peso. La comida de mediodía en un indio este pasado miércoles me proporcionó un placer instantáneo que, poco a poco, se trocó en dolor y hastío. Esa misma noche tuve que abandonar precipitadamente la ronda de vinos mensual con la mala conciencia de no colaborar al entretenimiento general. El jueves ya estaba mal y a duras penas pude cumplir con mis compromisos.

Pero cancelé todos los del viernes y ese día, así como el siguiente y ayer sábado, me arrastré de la cama al sillón, de este al trono y vuelta a empezar, leyendo sin atención lo último de Vargas Llosa a fin de corroborar mis impresiones del último post. Apenas si he comido algo, he adelgazado esos tres kilos ganados tontamente más otro de propina, mi hermana me recuerda el día del santo de nuestra madre,San Anselmo, ese creyente en el absurdo como prueba de racionalidad, veo perder al Barça y ya medio adormilado me vengo del mundo apagando el televisor en medio de un fascinante debate sobre muerte de elefantes.

Hoy me encuentro mejor. No siento nauseas al pensar en la comida y así puedo escribir este post justificativo del silencio de este blog. Pero todo enseña y yo he aprendido que los malos tiempos matan y engendran un deseo atávico de comida que no hace sino empeorar las cosas. Creo que es el momento oportuno de largarme unos días a Bostswana.

Un mundo sin heurística

Life and death of Marina AbramovicEl pasado viernes mi abono para la temporada de ópera 2011-2012 del Teatro Real, me ofrecía, según el programa del folleto explicativo, una creación de Robert Wilson, Marina Abramovic y Antony cuyo título es The Life and Death of Marina Abramovic. Resalto lo de creación pues puede que no sea una ópera aunque no es exactamente un musical, ni un circo, ni un mero espectáculo de luz y sonido. Y esto es lo interesante intelectualmente hablando, se trata de algo distinto, al menos para alguien como yo que solo conoce algunas puestas en escena de Wilson en Salzburgo y Edimburgo, algunas piezas de Antony y su grupo y apenas si recuerda algunas noticias periodísticas sobre las performances de Marina Abramovic. Y ¿qué es eso nuevo?

Francisco Calvo Serraller nos dice en el programa que se trata de una «obra de arte del futuro». Elvira Lindo nos comenta de pasada en su columna de El País que es una oportunidad para que el público del Real (conservador y un poquito pueblerino, pensamos que quiere decir) se sienta en onda y à la page. Mi accidental compañero de sesión piensa que se trata de una banalidad (incursa incluso en una innecesaria y ordinaria escatología) propia de la naturaleza del espectáculo sin relación alguna con el arte y la cultura. Y ¿yo? ¿qué pienso yo? Pienso que se trata de un espejo de un mundo sin heurística.

Mi compañero accidental de sesión, con el que ya he establecido nada menos que una conversación, una institución muy actual, me hace saber mediante el correo electrónico que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres y ese es un buen punto de partida para contarme a mí mismo lo que entiendo por un mundo sin heurística. Me escribe llamando la atención sobre una buena lista de incertidumbres:

incertidumbres ecologistas, incertidumbres biológicas, incertidumbres del papel de la tecnociencia, incertidumbres de la cohesión de un mundo sobrepasado en el crecimiento del ser humano, incertidumbre de los esquemas validos para una comunidad global, incertidumbres de los sistemas políticos operativos para los nuevos tiempos, incertidumbres sobre el papel de los distintos colectivos del hombre (élites en su mejor sentidos, especialistas, masa humana, en el sentido Orteguiano que por primera vez acede a la educación y a la información con resultados paradójicamente sorprendentes, continuidad de sectores hambrientos en el mundo a pesar del despilfarro diario de alimentos por parte de los que comemos todos los días…

Es bien cierto que vivimos en un mundo lleno de incertidumbres frente a las cuales es urgente elaborar reglas de dedo (rules of thumb), formas automáticas de reaccionar que vayan conformando una heurística que es posible no sea perfectamente racional, pero que es una forma no suicida de irracionalidad que nos permite no morirnos de hambre, como el asno de Burulan, ante la duda de cual sería la mejor manera de de actuar en este mundo nuevo y quizá desconcertante y que, por otro lado, nos reta a contribuir con nuestra reflexión venga ésta de donde venga.

En un mundo así no hay más remedio que contribuir a una nueva heurística como bien saben los inversores financieros que ya no pueden fiarse de los sofisticados cálculos del riesgo. Por lo menos y de momento, tenemos que elaborar unas cuantas reglas para andar por casa, es decir para orientar nuestros propios pasos, reglas necesariamente elaboradas por uno mismo de forma que cada uno de nosotros se ve obligado a ser un filósofo deconstructor improvisado hijo de esa posmodernidad a menudo simplificada como un raro apéndice de la modernidad. No nos queda más remedio, por pura supervivencia, que deconstruir para volver a aprender todo de nuevo y sin prejuzgar cual sea el final de esta forma de experimentar.

Mi ya amigo de sesión me recuerda que la cultura y el arte, como forma singular de esa cultura, son cosas muy serias que no pueden confundirse con la frivolidad del puro espectáculo para el disfrute del cual basta con acudir a cualquier revista musical. Que son cosas muy serias no me cabe la menor duda, son tan serias que en ellas se refleja nuestra cosmovisión y son ellas nuestro Virgilio para orientarnos en este mundo dantesco en el que el hombre ha vivido siempre más o menos consolado por sus propios mitos y construcciones intelectuales. Que esa importancia no pueda reflejarse en la frivolidad de la gastronomía como una de las bellas artes o en el inocente entretenimiento del Rey León, no me parece tan obvio. Toda creación humana contribuye a la identidad de la comunidad en la que vivimos y esa identidad está hecha de raras pautas de conducta derivadas de la interacción de los miembros de esa comunidad.

Inevitablemente se cuela en la charla del intermedio de esta creación la postura de Mario Vargas Llosa sobre la banalidad en la cultura, una postura explicitada en una entrevista del diario El País a los pocos días, creo que el domingo, como apoyo a la edición de un libro u opúsculo que no he leído, pero que supongo estaba ya prefigurado en aquel artículo de hace unos cuatro meses en ese mismo diario y en el que reseñaba equivocadamente el libro de Carlos Granés titulado El Puño Invisible Vuelvo a destacar esta cita con la que yo no podría estar más en desacuerdo:

Aquélla acabó por convertirse en un ruidoso simulacro que, a menudo, galeristas, publicistas y especuladores del establecimiento trastocaron en pingüe negocio. O, todavía peor, en una payasada ridícula. Una vez más quedó claro que el arte y la literatura progresan con realizaciones concretas -obras maestras- más que con manifiestos y bravatas, y que la disciplina, el trabajo, la reelaboración inteligente de la tradición, son más fértiles que el fuego de artificio o el espectáculo-provocación.

Ya tuve ocasión, en el post enlazado, de expresar mi extrañeza por la lectura , a mi juicio equivocada, que Don Mario hace de Granés y subrayar la importancia que movimientos aparentemente irracionales han tenido para nuestra weltanshaung y, sobre todo, para nuestra práctica cotidiana. Y, mira por donde, la creación del otro día en el Teatro Real hace uso de no pocos de esos movimientos artísticos o culturales o intelectuales para montar un espectáculo, sí, un espectáculo lleno de formas de recordarnos que estamos llenos de incertidumbres ante las que no hemos sabido ordenar nuestra reacción. La guerra de los Balcanes es de ayer y está ahí y solo un poco más alejada en el tiempo recordamos la defensa partisana contra el nazismo o la esperanza de la vía de Tito y de la economía cooperativa de su Yugoslavia comunista. Pequeñas cosas que no es de extrañar trajeran consigo desarreglos psíquicos y un enorme sufrimiento y desorientación que olvidó toda clase de heurística previa, se dejó llevar por sesgos en estado puro y, en el mejor de los casos, anidó a creadores como Mariana Abramovic y otros muchos literatos y artistas que no conocemos por estos lares.

La mezcla de música tradicional y hasta diríamos que nacionalista con otra moderna sin llegar a ser digital junto a un libreto, si así se le puede llamar a la historia que se nos cuenta, forma un conjunto poético perfectamente integrado en la sensibilidad de los tiempos sin que por lo tanto se pueda decir que se trata de la obra de arte del futuro. Está ya aquí y perfectamente establecida y algunos nos regocijamos de ello pues nos proporciona como un aire renovado en una escena operística que se ahoga en preciosismos innecesarios como el de I due Figaro de hace unos días que me pareció una total mediocridad cultural por maravilloso que sea el esfuerzo de Eduardo Mutti de recuperar la música napolitana como esta de Mercadante.

La crítica fue unánimemente entusiasta con el esfuerzo de Mutti y sin embargo creyó necesario ofrecer opiniones dispares y contradictorias de esta creación. El público se sintió transportado por Mercadante interpretado por una orquesta organizada por el maestro napolitano y mostró una cierta división de opiniones el pasado viernes aunque me consta que al menos un grupo numeroso se sintió genuinamente entusiasmado por algo que, se siente, está en el camino de poner en tela de juicio la más pequeña de nuestras reglas de conducta a fin de volver a pensar una vez más sobre las reglas de nuestra vida en común y sobre nociones necesariamente cambiantes de lo sublime, lo racional o lo trascendente. Tuve la sensación de que hasta las secretas reglas de higiene o el individualismo fueron puestas en duda con cierta creatividad. Y de ello me alegro.

La captura del regulador

CNENo se ha aireado mucho, pero ya es un hecho que las más importantes agencia o comisiones reguladoras independientes van a ser fundidas en una sola con el pretexto de hacer más difícil su captura y de, al tiempo, reducir los costes de funcionamiento así como los de consejeros y empleados de las mismas mediante el fácil expediente de la reducción de su número. En efecto, el Consejo de Ministros del 24 de febrero aprobó la unificación de las ocho agencias reguladoras independientes no financieras en una única que se llamaría Comisión Nacional de Mercado y Competencia. Esto reduciría el número de consejeros de 52 a 9, con un ahorro inicial de 4 millones de euros. Las sedes actuales se convertirían en subsedes y éstas podrían ser descentralizadas como lo fue en el 2005 la sede de la Comisión Nacional del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), hoy en Barcelona, con el consiguiente enfado y dimisión de su presidente a la sazón.

Parecía que este movimiento del nuevo gobierno podía pasar desapercibido, pero la actitud e la CNE y de su Presidente, Alberto Lafuente, adelantándose a la solución minesterial del problema del deficit de la tarifa eléctrica ha hecho que no se haya olvidado totalmente. Todo esto ha elevado el ruido de los rumores que atribuyen la decisión ministerial al deseo cainita de eliminar a la mayoría de los presidentes de estas agencias o comisiones que habrían sido nombrados recientemente por el gobierno anterior.

Parecería pues oportuno preguntarse si la decisión puede o no tener una justificación técnica. La más creíble sería sin duda la que dice que esa centralización administrativa reduce las posibilidades de la captura del regulador. El asunto tiene su enjundia pues la captura de cualquier regulador independiente es una posibilidad que pone en juego muchas ideas alrededor de la forma de capitalismo en la que estamos viviendo desde hace muchos años, una forma que contradice la conocida salmodia sobre las virtudes de esa competencia como parte fundamental de la economía de mercado que, junto a la propiedad privada del capital, conforma el capitalismo. Y contradice la aparente defensa de las virtudes de la competencia porque la correspondiente agencia reguladora puede pervertirla generando rentas ya sean de posición (entendidas con amplitud y no meramente como rentas de la tierra) o cuasi rentas derivadas precisamente de una falta de competencia que permite formas de composición accionarial que propician el monopolio.

Digo que la cuestión no es trivial porque la generación de rentas aumenta artificialmente la escasez influyendo arteramente en la distribución y disminuyendo la igualdad de oportunidades en un momento económico en el que esa igualdad merecería mejor trato a la vista del mucho desempleo existente y especialmente del escandaloso porcentaje de jóvenes parados, jóvenes que necesitarían una oportunidad si no queremos perder la capacidad de producción de casi toda una generación sobradamente educada.

Preguntémonos por lo tanto si la unificación de organismos reguladores puede facilitar su captura o, tal como se pretende, impedirla o al menos hacerla menos fácil. Esta pregunta ha sido ya respondida en términos teóricos y empíricos. Todo parece indicar que la unificación hace más fácil la captura. Teórica y discursivamente el argumento es bien sencillo. Estas agencias nacen para evitar la imposibilidad de compromiso de la que adolece el Estado quien es la única institución cuyo committment (o compromiso irrevocable) no es posible puesto que dicho Estado no es controlado por nadie. En consecuencia si se quiere que cualquier promesa de política económica sea creíble, es necesario delegar en una institución a la que se dota por el Parlamento de independencia para que lleve a cabo esa política de manera creíble aunque no sea intertemporalmente consistente. El ejemplo paradigmático es el de un Banco central y la política Monetaria. Pero, al no tratarse de una independencia nacida de la constitución misma del Estado, la delegación que la otorga es siempre revocable. Por lo tanto la semilla está sembrada para que en vez de ejercer la independencia, la agencia correspondiente, sabiéndose frágil, caiga en la tentación de dejarse capturar. Naturalmente que, sabiendo esto, los posibles capturadores están siempre al acecho y no desaprovechan ocasión alguna de ejercer su capacidad de captura a fin de extraer rentas que luego ya sabrán repartir entre ellos. Esta tarea sin embargo se hace más difícil cuando la captura total exige las capturas parciales de todas las agencias independientes.

Frente a esta manera de pensar el asunto cabe argüir que los capturadores podrían especializarse de manera que el total de ellos acabara teniendo la misma fuerza que el grupo total de ellos en el intento de capturar el único regulador. Sin embargo, este argumento hace aguas por razones de tipo no tanto económico como sociopolítico. Si, como parece ser cierto, los capturadores pueden estar organizados por sectores (o regiones en el caso de la distribución territorial de las agencias independientes) parece más plausible que en algún caso sus esfuerzos no obtengan el deseado fruto.

Por si estos argumentos no fueran suficientes, contamos también con alguna evidencia como la que nos ofrecían hace ya muchos años Marin y Sicotte en una monografía del CEPR de octubre del 2003. Esta evidencia se refiere a lo ocurrido a partir de 1961 cuando la burocracia marítima estadounidense se separó en dos ramas. Las funciones antitrust fueron delegadas en la Federal Maritime Commission y las funciones reguladoras de los subsidios en la Secretary of Commerce. Los autores citados han estudiado la evidencia disponible y concluyen corroborando las ideas aquí vertidas.

Por si no fuera suficiente mala la reducción en el número de agencias independientes, todavía cabe un último motivo de preocupación. La posibilidad de que sea el propio gobierno (por cierto único), responsable de la reducción en el número de agencias, el que sea capturado por lobbies o grupos de presión. En ese caso el Gobierno tiene ahora mucho más fácil la captura del regulador mediante los nombramientos al frente de esa agencia (o agencias) de parsonas «adecuados» a los intereses del Poder.

Fogonazos VI: El viento en las páginas

Starry Night, por Vincent Van GoghNo en las velas, sino en las páginas de un periódico diario, quizá uno de esos que son gratis. El viento del norte sopla en la calle Miguel Angel y organiza un remolino en la esquina con Martínez Campos a las 15.30 de la tarde cuando vuelvo a la oficina de la FUE después de un seminario sobre, entre otras cosas, las trampas de la razón.

El viento me sopla en la espalda y veo cómo va deshaciendo un diario cuya cabecera no distingo. Primero deshace el periódico en dos y luego cada una de esas partes en otras varias comenzando siempre por las hojas centrales de lo que queda.

Un pequeño cambio en la dirección y la velocidad del viento allá por el International Institute (que fue sede de la Institución Libre de Enseñanza) produce un fenómeno extraordinario. Las páginas se van colocando otra vez en orden hasta completar el diario completo.

Ahora puedo leer la cabecera: La Razón.

Posibles teorías alternativas del valor

Mozart vs SallieriQué tiempos aquellos en los que el Decano se enzarzaba con los estudiantes en una discusión en el Aula Magna de una facultad de económicas y casi llegaban a las manos por una discusión sobre la Teoría del Valor. Recuerdo aquel estudiante, hoy un influyente e imprescindible consultor para navegar bien en Latam, y en aquel entonces defensor de la Teoría del Valor-trabajo que ponía valor y precio a cada cosa según el trabajo empleado en producirla y despreciaba a la teoría neoclásica para la que, según él, lo único importante para determinar el valor de algo era la utilidad en el margen. ¡Error! decía el Decano pues los neoclásicos no solo miraban a la utilidad y a la demanda sino también y simultáneamente a la oferta y la tecnología.

Eran tiempos en los que parecía que nos tomábamos en serio la manera de mirar a la ciencia económica pues creíamos que esa mirada determinaba nuestra actitud hacia la convivencia. Hoy ya nos tomamos tan en serio prácticamente nada y, como resultado, vivimos simultáneamente distintas teorías del valor. Y parece que sin aspavientos cuando es hoy cuando deberíamos estar echándonos los trastos a la cabeza.

«Solo lo que cuesta vale» dicen no pocos al tiempo que otros remachan que los tiempos exigen esfuerzo, sacrificio y austeridad en una especie de remedo de aquellas muy serias teorías del valor que calculaban lo que de cada bien exigía la producción de una unidad de un bien determinado y lo que de trabajo exigía la producción de cada uno de ellos permitiendo así calcular el valor-trabajo relativo de los bienes y, en principio, los precios relativos. Esto a través de la plusvalía, decía el estudiante, nos lleva a la lucha de clases y consiguientemente a una manera de entender la convivencia.

Y sin embargo podría haber una teoría alternativa del valor que afirmaría que lo que vale es justamente lo que no cuesta. Todo lo que realmente es novedoso y nos indica un camino que nos aleja de la vulgaridad circundante es gratis o algunos dirían gratuito, sin justificación aparente. De aquí no se sigue una teoría general de los precios relativos ni una manera específica de entender la manera de no matarnos unos a otros, pero sí abre un portillo a entender bien algún día las mil maneras de generar escasez, cuando ésta no es natural, a fin de atrapar rentas.

Parece que la crisis nos debería devolvernos a aquellas épocas de discusiones abiertas y condicionantes de la maneara de vivir. Pero no es así pues si lo fuera estaríamos realmente atrapados en la economía de la abundancia y en la disipación de rentas. La única manera de disipar rentas, es decir de eliminar los beneficios no merecidos, es la admiración por la competición atlética o de cualquier tipo que todos llevamos en lo genes y de la cual nace la idea de competencia económica. La única justificación moral, realmente moral, del esfuerzo es que éste se ejerza simplemente por ganar. Para saber más que otro, hacer un sudoku más rápido, llegar antes que otro, saltar más que un cuarto otro o llegar más lejos que un quinto otro, cualquier otro. Cualquier otra justificación del esfuerzo quita valor a cualquier cosa que consigamos mediante ese esfuerzo, ese sudor con el se nos castigó al expulsarnos el paraíso.

Y de aquí sí que se sigue una forma de vida. Me gustaría ser el Decano de una discusión de este tipo para hacer una afirmación aparentemente alocada: hay que vivir para volver al paraíso y decirle al ángel exterminador que hemos ganado y que gracias por haber sabido competir. Probablemente sería abucheado como lo fue aquel que hace tantos años sembraba la duda sobre la teoría del valor-trabajo.

A vueltas con la felicidad

Como dentro de unos pocos meses se cumplirán diez años de la primera época de este blog, voy a tratar de recuperar algunas entradas o borradores que me parezcan significativos. Tal es el caso de este borrador del 29/10/2003 que tiene un espíritu y un estilo que nada tienen que ver con los actuales después de casi cinco años de crisis. Es posible que se publicara en EXPANSION, pero no lo he podido encontrar.

Escuela de Atenas, por Tibaldi, en El Escorial

Que el dinero no hace la felicidad es una pieza de sabiduría popular en cuyo análisis no imaginamos a los economistas para quienes la idea de felicidad parecería totalmente ajena. Sin embargo empiezan a aparecer estudios y encuestas sociológicos, así como experimentos de laboratorio, relacionados con los determinantes de la felicidad, que plantean problemas interesantes que la ciencia económica, en su afán imperialista, pretende hacer suyos.

Pero, como siempre, hay antecedentes. Limitándonos a los próximos hay que citar The Joyless Society que en 1976 publicó Scitovski en Oxford University Press. En la segunda parte disecciona las estadísticas del consumo cultural americano y europeo y ofrece unos comentarios que hace poco (ver Economista joven, economista viejo en Economía en Porciones, Prentice-Hall, Madrid 2003) yo resumía de la siguiente forma:

A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer. El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer estaría muy relacionado con lo inesperado. La rutina y homogeneización haría feliz a un americano mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.

Habría mucho que discutir sobre esta caracterización del gusto artístico que hace Scitovski e incluso cabría darle la vuelta; pero lo que interesa retener ahora es que la felicidad como confort es muy diferente de la felicidad como placer y que hay como una presunción implícita de que solo la segunda es creativa.

Mucho más recientemente he topado con tres publicaciones que directa o indirectamente, de frente o tangencialmente, exploran los determinantes de la felicidad sin distinguir entre confort o placer. Mesina, di Tella y McCulloch resumen una encuesta sociológica sobre el efecto de la desigualdad sobre la felicidad diciendo que es negativo, grande y significativo en Europa pero no en los EE.UU. En el Economic Focus del 9 de agosto, The Economist se hace eco de las Robbins Memorial Lectures ofrecidas por Richard Layard y en las que éste economista introduce la idea de ocio como determinante de la felicidad. Citando algunos experimentos de laboratorio Layard sugiere que los europeos serían más felices que los americanos debido a que trabajan un 15% menos consiguiendo así un surplus de ocio gracias a un más alto tipo marginal en la imposición sobre la renta que desincentiva el trabajo.

Además de la desigualdad y el ocio podríamos pensar en la seguridad como un tercer determinante de la felicidad y a ello nos llevaría una lectura oblicua del último libro de Robert Schiller, The new financial order editado por Princeton University Press, New Yersey 2003, en el que con verdadero talante proyectista recomienda nuevos y ambiciosos esquemas de aseguramiento mutuo. De acuerdo con estas tres piezas bibliográficas nos encontraríamos con que la felicidad de un miembro individual de un cierto grupo dependería de la desigualdad de la renta en el grupo, del ocio al que se puede acceder dados los incentivos fiscales y de la certidumbre que me puedo garantizar a través de los activos financieros disponibles a efecto, de aseguramiento.

Entender las características de una función que uniera igualdad, ocio y seguridad a la felicidad no es un problema baladí o falto de interés; pero está muy alejado de lo que puedo hacer hoy aquí. Hoy y aquí sólo se me ocurren algunos comentarios y una sugerencia interpretativa que quizá puedan tener algún interés.

El primer comentario es típico de economista. Quizá un mismo grupo humano pueda alcanzar a través de su actividad económica, y teniendo en cuenta el sistema impositivo y el financiero, dos tipos de equilibrio: uno, europeo, en el que hay poca desigualdad, mucho ocio y poca incertidumbre y otro americano, en el que la desigualdad es mayor, se trabaja más y hay una mayor incertidumbre. Cabe, naturalmente, que cada tipo de equilibrio corresponde a grupos humanos distintos; también es posible que haya otros equilibrios menos característicos y no es posible saber si siempre podríamos clasificar los equilibrios unánimemente en términos de felicidad. A pesar de estas matizaciones y sólo a efectos expositivos voy a continuar fijándome en los dos equilibrios que he destacado.
El segundo comentario es menos de economista y exige un poco de imaginación. Es claro que no puedo clasificar ambos equilibrios porque he comenzado admitiendo que no parece haber una relación clara entre renta y felicidad individuales. Trataré por lo tanto de clasificar ambos equilibrios de acuerdo con una noción alternativa y mal definida, la creatividad, que en cualquier caso, parece estar en el origen del crecimiento de los países en la sociedad global del conocimiento. Lo que quisiera saber es si, en los términos utilizados por Scitovski, el equilibrio americano es más o menos confortable que el europeo y si éste es más o menos placentero que el americano, a fin de saber cual es más creativo.

En el tercer comentario pretendo contestar a la pregunta que acabo de plantear en el segundo. En los términos generales que utilizaba Scitovski deberíamos decir, tal como ya insinué, que quizá hoy lo americano haya heredado la búsqueda del placer y de la creatividad y lo europeo se haya estancado en el confort. Quizá en los 70 los americanos prefieran Wyeth a Pollock; pero quizá sean los europeos los que prefieren hoy Clemente a Rothko. Sin embargo quizá quepa una sugerencia que pretendería hacer una distinción fina en el concepto de creatividad.

En efecto, se me ocurre que podríamos pensar en dos tipos de creatividad asociados respectivamente a los dos términos, Manchester y Atenas; que Freeman Dyson utiliza para caracterizar dos actitudes distintas hacia el conocimiento. La creatividad manchesteriana, estaría asociada a la solución de problemas concretos planteados por la realidad inmediata, mientras que la creatividad ateniense estaría en el origen de conceptualizaciones más generalizadoras.

Simplificando todavía más diría que esta distinción correspondería a la distinción entre tecnología y ciencia, o entre ciencia aplicada y ciencia básica. Mi sugerencia arriesgada puede por ahora explicarse claramente. El equilibrio que Europa alcanza en términos de igualdad, ocio y seguridad proporcionaría más o menos felicidad (¿quién lo sabe?) pero creo que propicia una creatividad ateniense, mientras que el equilibrio que América alcanza entre esos mismos elementos proporciona una creatividad más asociada a Manchester aunque no podemos decir nada respecto a la felicidad que proporciona a un americano.

Hace unos años hubiera terminado este conjunto de comentarios sugerencias e ideas afirmando que yo preferiría, en las condiciones expuestas, ser Europeo pues la creatividad que me lleva a la compresión general y a la unificación del conocimiento me hace más feliz que la creatividad asociada a la solución de problemas según van llegando. Habría añadido sin duda que no hay tecnología sin ciencia, una afirmación muy europea o ateniense.

Hoy, a la vista de lo que observo sobre política científica o prestigios culturales no estoy tan seguro de que la ciencia preceda conceptualmente a la tecnología y, consecuentemente pienso que quizá fuera muy feliz enfrascado en problemas tecnológicos simples y bien definidos con la finalidad de no desviarme mucho de la renta media y a pesar de la falta de ocio o de la relativa inseguridad. Pero quizá este cambio en mis preferencias no sea genuino sino el resultado del éxito momentáneo del modelo cultural americano… a pesar de Bush.